OBJETIVOS DEL TRABAJO

Rudesindus          Entre  la postura apriorística de la ciencia histórica y los planteamientos especulativos de los esotéricos, es necesario un estudio de la Tradición Jacobea como origen del Camino de Santiago. El propósito del trabajo es el estudio de sus fuentes para ver si contiene indicios o criterios de verosimilitud, o es una falsedad arropada en el transcurso de la Historia.

          Aunque incluyendo ampliaciones y complemento grafico adicional, todo lo aquí publicado relativo a Tradición Jacobea y sus criterios de verosimilitud, fue editado en el número 7 de la revista Rudesindus de 2011.

          Junto a este objetivo prioritario de este blog iré incluyendo otros muchos temas complementarios, como breves relatos literarios, artículos musicales, diarios de peregrinación, personajes de la historia jacobea, conformando un mosaico temático que pueda ser del gusto del peregrino del Camino de Santiago.

          Y si este Blog resulta de tu agrado, te invito a regristarte y a que lo des a conocer entre tus contactos que puedan estar interesados.

 

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18- Virgen de Biakorri de los pastores y peregrinos.

          Dicen algunas guías que a unos 12 km de salir de Saint-Jean-Pied-de-Port y a unos 14 antes de llegar a Roncesvalles, se llega a una zona llana donde se encuentra la Virgen de Biakorri. No hay que atender demasiado a las guías porque hay kilómetros… y kilómetros, que es de cajón que no es lo mismo subir que bajar o llanear, y los que debemos recorrer hasta llegar al lugar de Biakorri, hay que hacerlos a expensas de notar el resuello de la fatiga y el sudor de gota gruesa, y aunque haga fresquito o frío franco, hay tramos de un notable desnivel ascendente antes de llegar al lugar que me refiero, y los kilómetros parece que son más largos de lo normal. Se hace necesario tomarse un respiro en el pueblito de Huntto o quizás mejor en el refugio de Orison, antes de aventurarnos, ya casi a monte abierto, a ir en busca de la Real Colegiata de Santa María de  Roncesvalles.

          La talla de la Madre de Dios de la que os hablo se encuentra, pues, a mitad de camino, más o menos, de la mítica etapa entre Saint-Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles, y surge como una aparición celestial a la que bien merece dedicar un alto en el camino y detenerse un ratico a admirar el paraje en que nos recibe  y encomendarnos a la modesta pero sobrecogedora imagen de la Virgen con el niño Dios en brazos.

          En el trayecto de subida nos acompaña un paisaje verde frondoso en ascenso escarpado y muy exigente que se ameniza con la visión de abundante ganadería local, y entre una cosa y otra, la visión de una atractiva naturaleza conformando un paisaje que nos despierta un sentimiento de paz y de compañía, lo que junto al hecho de que suele ser la primera etapa de nuestra peregrinación, las fuerzas soportan el castigo con el entusiasmo propio de quien aborda el mítico paso por los puertos de Cize, donde las leyendas medievales cuentan algún que otro milagro jacobeo.

          Servidor es cristiano viejo, no solo como hijo, nieto y biznieto… de cristianos, lo que hasta hoy no tenía demasiado mérito en la vieja Hispania, tierra de la que se decía no ha mucho ser tierra de misioneros, botijos y toreros; cristiano viejo más que nada por peinar canas desde hace años, y estar un tanto chapado a la antigua usanza, muy hecho a los hábitos y tradiciones de mis mayores, ahora ya propios, incluyendo por supuesto y sobre todo la misa de los domingos y fiestas de guardar. A la milenaria peregrinación por el Camino de Santiago, si le falta la motivación religiosa, le falta lo esencial, y aunque dicen que tiene mucho de pragmático y senderismo, yo camino con la memoria del Apóstol, la fe, la devoción, la oración y el canto gregoriano, cosas que andan conmigo entre mi mochila y mis botas de siete leguas.  

          Con ese espíritu peregrino, que impulsa al caminante más con el alma que con las piernas, es como inicio la subida hacia los montes pirenaicos que separan La France de L’Espagne por el tradicional paso que llaman ruta de Napoleón, por ser este el paso de las tropas napoleónicas en la invasión de España, por la Vía Aquitania. Lo hago casi sorprendido y sobretodo agradecido de poder hacerlo en solitario, rodeado de esa soledad que no se vive como abandono ni aislamiento impuesto sino como retiro voluntario en que sientes que el propio espíritu del Camino va contigo, que Dios y su apóstol Santiago me acompañan haciéndome más llevadero el peso de la mochila en las durísimas rampas de desnivel que voy encontrando. Quedó atrás la ciudadela medieval de Saint-Jean-Pied-de-Port que me fue tan grato visitar; quedó atrás la pequeña aldea de Huntto y su anunciado albergue; atrás también el mirador de Francia y su emblemática panorámica que encontraremos como aliada en casi toda esta jornada;  y atrás quedó también el tentador refugio de Orisson y su atractiva terraza hacia las montañas, donde se impone un descansito para reponer. Todavía asciendo junto a mi propia sombra por tramos ahora menos exigentes que transcurren entre las cimas del Pic D’Orissons, de Itchachéguy y D’Hostatéguy envolviéndonos entre verdes prados de pastoreo llenos de ganadería local y de rincones privilegiados de la naturaleza, hasta llegar a un punto en que el camino se hace inusualmente amable y que desemboca en una casi-planicie desde la que se divisa, por su izquierda, un promontorio rocoso en cuya cresta destaca una figura en la distancia. Conviene acercarse para comprobar que es la imagen de la Virgen de Biakorri, tambien llamada d’Orisson, protectora de pastores y peregrinos, dice alguna cita que traída hasta allí desde Lourdes por pastores, una modesta talla fruto de la fe y la devoción de los lugareños, adornada con flores, collares, conchas, buenos deseos… y distintas ofrendas con que peregrinos y pastores gustan obsequiar a la Madre de Dios y a su divino niño.

          Se impone una parada, no solo para descansar como recomiendan las guías, sino porque desde allí se domina con la vista una panorámica de amplísimos valles y cumbres que sobrecoge el alma e invita a respirar con mayor profundidad y menor ritmo, paraje merecedor de que el Santo Virila quedara allí extasiado por su contemplación. En todo caso es un buen lugar para rezar y meditar, comprobando una vez más que en Camino lo sagrado y lo profano son parte de una misma cosa, que se complementan y hacen que la peregrinación logre su dimensión más plena. El tiempo, algo fresquito tan solo hace un rato, flota aquí templado en el ambiente por efecto de un sol espléndido que permite ver la majestuosidad de algún ave que planea sobre un cielo abierto y generoso. A buen seguro que desde allí la Virgen, colocada mirando hacia Santiago, vigila a los peregrinos que se dirigen a Compostela. Ahora, con su protección podemos seguir hacia el Col de Bentarte, hacia el puerto de Lepoeder y descender luego hacia Roncesvalles siguiendo la llamada mítica del Olifante de Roldán.

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1- Los treinta peregrinos Loreneses

          El Maestro Huberto, que fuera en el siglo XI canónigo de la Iglesia de Santa María Magdalena de Besançon,  de quien fue considerado piadosísimo clérigo, nos deja el relato de uno de los mayores testimonios del valor de la  protección de Santiago Apóstol a sus peregrinos, en el libro II del Códice Calixtino, que es parte del registro de la Memoria del Mundo, y donde lo presenta así: “De los treinta loreneses y del muerto a quien el Apóstol llevó en una noche desde los puertos de Cize hasta su monasterio”.

          Cuenta en su relato que, movidos por una piadosa devoción, treinta caballeros de la Lorena, determinaron visitar la basílica de Santiago de Galicia el año 1080 de la Encarnación del Señor, y como quiera que la mente humana cambia tanto en sus propósitos y planteamientos en tareas de prometer fidelidad y servicio mutuo, hicieron pacto por su fe jurando ayudarse mutuamente y guardarse lealtad, con excepción de uno, que no quiso ligarse al compromiso a través del juramento, quizás porque no consideraba necesario someter a juramento colectivo lo que entendía como una obligación moral personal. Luego se verá cuan baldío puede ser el corazón humano para cumplir sus promesas, y cuan generoso puede serlo otras veces para cumplir libremente lo que es de justicia y deber de buen cristiano y caballero.   

          Puestos en camino, llegaron sin novedad a la ciudad de Gascuña llamada Porta Clusa, donde uno de ellos, habiendo caído gravemente enfermo, no podía en manera alguna continuar su viaje, por lo cual sus compañeros, según la fe jurada, fuéronle conduciendo a caballo unas veces, en brazos otras, hasta Portus Cisere, empleando quince días en un camino, que los que van libres suelen recorrer en cinco. Finalmente, cansados y tristes, olvidando la promesa pactada, resolvieron abandonar al enfermo a su suerte, confiando acaso que pudiera, en solitario, dar solución a su estado.

          Tal hicieron todos menos aquel que no había querido ligarse con juramento, quien dando prueba de lealtad no comprometida sino inspirada en la piedad, decidió asistirle como si fuera el buen samaritano, y no solo no separándose de su compañero necesitado sino, al contrario, continuar con él su camino trabajosamente. Así llegaron hasta Ostabat y después a la aldea de Saint-Michel, al pie del puerto de Cize, en donde el enfermo le pidió que siguiera solo ante la dura subida que tenían delante, ante lo que él respondió que nunca le abandonaría. Subieron a la cima y fue en su cumbre, a la caída de la tarde, cuando el alma del peregrino enfermo abandonó su cuerpo, acompañada del bienaventurado Santiago y fue colocada en el descanso del paraíso, donde recibió el premio de sus virtudes.

          Aterrado el caritativo peregrino por la soledad de aquel áspero monte, por las tinieblas de la noche, por la vista del difunto, por las gentes bárbaras que habitaban aquellos montes, y no esperando humano socorro, ante la desesperación y soledad del momento encontró refugio moral en poner todo su pensamiento en Dios, pidiéndole fervorosamente su auxilio. Y El Señor, que es fuente de misericordia y no abandona a los que esperan en él, se dignó a asistir al desolado peregrino enviándole al mismo Apóstol Santiago, el cual se le apareció en traje de guerrero, montado a caballo. “¿Qué haces aquí, hermano mío?”, dijo a aquel infeliz, a quien la angustia estaba a punto de arrancar el alma. “Señor, le contestó, tengo ansias vivísimas de dar sepultura a este mi compañero, pero no hallo modo de hacerlo en medio de esta inmensidad”. A lo cual repuso aquel: “entrégame el cadáver y monta tú también tras de mi hasta que lleguemos al lugar de la sepultura”. Y dicho y hecho, el Apóstol recibe en sus brazos al difunto que coloca delante de sí, y hace que el peregrino monte detrás.

           ¡Oh maravilloso poder de Dios y prodigioso patrocinio del bienaventurado Santiago! Recorriendo en aquella noche el camino de doce jornadas, antes de la salida del sol, se apeaba el Apóstol en el monte del Gozo, una milla antes de su monasterio, y dejaba en tierra a los que traía consigo, ordenando al vivo que fuese a rogar a los canónigos de dicha basílica diesen sepultura a aquel peregrino del bienaventurado Santiago. Enseguida añadió: “Cuando veas que se han verificado con el debido honor las exequias de tu difunto, y cuando regresares, después de haber permanecido una noche en oración, según costumbre, hallarás en la ciudad de León a tus compañeros a quienes dirás: Puesto que no os habéis portado fielmente con vuestro compañero abandonándolo a su suerte, el Apóstol os hace saber por mi conducto que mientras no hagáis la debida penitencia, no recibirá con agrado vuestras preces ni vuestras  peregrinaciones”. Fue en este punto cuando por fin entendió el piadoso peregrino que el que le hablaba era el mismo Apóstol de Cristo, y quiso echarse a sus pies, pero el soldado de Dios, desapareció de su presencia.

          Cumplidas todas sus devociones, y siguiendo las palabras de su protector, inició el peregrino piadoso el viaje de retorno, en el que halló en la mencionada ciudad a sus compañeros, a quienes relató con precisión cuanto le había sucedido desde que se separaron, y cuáles eran las exigencias y amenazas que había pronunciado el Apóstol contra ellos por no haber sido fieles a su compañero. Admirados de lo oído y avergonzados y arrepentidos de su conducta, confesaron su falta ante el obispo de León, quien les impuso penitencia allí mismo, y completaron luego su peregrinación para mayor gloria del Apóstol Santiago.

          Muy probablemente Huberto, primer autor del relato, se hallaba entonces en Santiago, y vio y trató al peregrino que había permanecido fiel, como a los que desampararon al compañero de quien habían jurado no separarse hasta la muerte. Según el autor francés Pierre David en sus estudios y trabajos sobre el Liber Sancti Jacobi, considera que Huberto de Besançon debió ser un personaje histórico de cierta autoridad; no en vano Besançon era también la patria chica de Guido de Borgoña (papa Calixto II; 1119-1124), con quien debió tener un vínculo notable. La fama del prodigio se extendió con rapidez, y el relato fue insertado en el Códice del papa Calixto II, después de ser confeccionada su redacción final en el Concilio I de Letrán (1123).

          El prodigio referido es también relatado posteriormente en las hagiografías de Vincent de Beauvais (1190-1264) en su Speculum Historiale y Jacques de Voragine (1228-1298), en su Legenda Aurea narran los milagros del Calixtino.

          En el mismo Monte del Gozo, y en el lugar en que fue sepultado el peregrino lorenés, cuyo nombre, Godofredo, nos aporta Castellá Ferrer (1567-1612), fue alzada una capilla en honor de san Lorenzo, aunque era conocida vulgarmente con el nombre de iglesia del Cuerpo Santo. A ella, como a la de San Marcos, se dirigía en otro tiempo procesionalmente una vez al año el cabildo catedral, en testimonio de lo grato que era al Apóstol la peregrinación a Compostela. En el Siglo XVII era muy visitado el sepulcro do Corpo Santo, según el testimonio de Castellá Ferrer (Historia de Santiago Zebedeo, lib III, fol 226 vuelto); y en diferentes iglesias y altares consagrados a nuestro santo Apóstol en diferentes puntos de la cristiandad, como la tabla pintada en 1441 por Giovenale Johanilis de Orvieto conservada mucho tiempo en la que fue Cappella di San Giacomo de la iglesia de Santa Maria Araceli de Roma, hoy  Capilla de San Michele Arcangelo.

          Relata López Ferreiro (1837-1910) en su Historia de la Iglesia de Santiago, que en un altozano cerca de la ciudad estuvo la capilla de Santa Cruz que después se llamó Manxoi (del francés Montjoie) y del Cuerpo Santo, fundada sobre el sepulcro del peregrino. Esta capilla era distinta de la actual de San Marcos, y estaba a unos dos kilómetros más próxima a la ciudad, sobre un altozano, cubierto hoy de pinos, a la derecha de la carretera de Lugo. Fue lugar muy venerado, y en el que durante los siglos XII y XIII se recogían abundantes limosnas. En el siglo XVII quedó abandonada la capilla, y hoy apenas se descubren sus cimientos. Pierre David, no obstante, considera que esta identificación es tardía y está inspirada en la lectura del milagro.

          Emblemático episodio el relatado aquí, a mi gusto el más atractivo de entre los que se cuentan como milagros del Apóstol Santiago, que además desmitifica la imagen de Santiago Caballero, tan vinculado al tradicional concepto de Santiago Matamoros. Es tradición diferenciar tres formas de presentar a Santiago: como apóstol, como peregrino y como caballero. Pero hay otras imágenes que muestran una figura intermedia entre Caballero y Peregrino, o Caballero y Apóstol; pero lo relevante, además de la moraleja de este relato, es que sobretodo Santiago es una figura protectora, que aporta más una función de vigilante, acompañante y benefactora del peregrino.

 

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35- Les chansons des pèlerins de Saint-Jacques

          La expectación que generaban los cantos peregrinos entre las gentes formando corro a su alrededor para escuchar las nuevas melodías se refleja muy bien en esta copla de los propios peregrinos franceses:

Les hommes, femmes et filles

de toutes parts nous suivoient

pour entendre la melidie

de ces pelerins francçois.

          Se repite esta expectación en otros cantos franceses, evidenciando que era habitual que los peregrinos cantasen en público y escuchasen los cantos de otros peregrinos como forma de amenizar el camino, aliviar sus fatigas y compartir sensaciones. Esto generó la recopilación y edición de cancioneros que serán muy apreciado por los peregrinos, especialmente en Francia.

          Las canciones de peregrinos son casi tan antiguas como la peregrinación y el culto jacobeo, enlazando con los cantos del Códice Calixtino. Su temática es muy variada, por los muchos aspectos que atañen al peregrino. Unos abordan la dimensión espiritual del viaje y su sentido religioso, y aconsejan una buena preparación moral. Otros narran milagros acaecidos en el camino, alimentando la fe y la devoción, como máximas fuerzas del peregrino, y conformando un patrimonio popular vinculado al Liber Sancti Jacobi. Otros son cantos de itinerario, que aportan gran información sobre el camino, la ruta a seguir, las ciudades y lugares de paso, los hospitales de acogida, los santuarios a visitar, los trámites necesarios, el peligro de algunos lugares, la llegada a Compostela, y luego incluso el retorno a Francia.

          Las primeras creaciones musicales de los perergrinos en ruta no nos han llegado, pues son fruto de la creación y transmisión oral. Pero hay constancia de su antigüedad. Un manuscrito del siglo XV contiene una antigua canción de los jacobsbrüder alemanes en el Camino de Santiago en que se describe la indumentaria peregrina y las penalidades del Camino. Y en el relato de su peregrinación a Santiago de 1539, el italiano Bartolomeo Fontana menciona una canción de los peregrinos franceses que hacía referencia a la belleza y la dureza del paso por Asturias. Son evidencia de que los peregrinos en ruta usan el canto desde tiempos muy antiguos.

          Pero las ediciones escritas de cantos peregrinos no aparecen hasta el siglo XVII,  aunque incluyen alguna canción cuyo origen se remonta al siglo XIV. La primera colección fue impresa en Valenciennes en 1616, por el editor Viruliet con el título “Les Rossignols spirituels liguez enduo, dont les meilleurs accords nommement le bas, relevent du seigneur Pierre Philippes, organista de ses Altezes Serenissimes”, de 264 páginas, que se reeditó a los cinco años, en 1621. Contiene la canción conocida como Valenciennes o canción de los ruiseñores, que empieza:

Pour avoir mon Dieu propice,
fis voeu d’aller en Galice,
voir le Sainct-Jacques le Grand,
j’entreprins cest exercice
non pas comm’un faitneant.

          Continúa luego con una larga serie de estrofas que irán relatando lugares y hechos que transcurren hasta llegar a Compostela. Esta es una característica de estos cantos, que narran, en sucesivas estrofas, las etapas y acontecimientos del viaje, siguiendo rutas que se encontraban en Le Chemin de Paris à SainctJacques en Galice (París en 1621), y en la “Guide qu’il faut tenir pour aller au voyage de Saint Jacques en Gallice” (cofradía de peregrinos de Senlis, 1690). Lo hace al modo de la primera guía alemana de peregrinación a Santiago de 1495, le Wallfahrtsbuch de Hermann Künig, escrita en verso y en letra gótica y traducida al francés por Léon Marquet. Según el itinerario, varían las estrofas dedicadas a una etapa del camino, y surgen diferentes ediciones con el nombre genérico deChanson des Pélerins de Saint-Jacques”.

          En Francia se desarrolló una notable actividad de recopilación y edición entre los siglos XVII y XIX, en un conjunto de libritos conocidos como la Bibliothèque Bleue, que tuvo en la ciudad de Troyes su centro de producción más importante. El canónigo francés Camille Daux aporta comentarios en su edición de Les chansons des pèlerins de Saint-Jacques de 1899, como que los peregrinos se proveían de livretes, recueils y chansons, del mismo modo que los turista y viajeros de hoy usan ahora guías e indicadores, y que las chansons eran todo un manual para el peregrino por la mucha información útil que aportaba y que fueron causa de que la demanda del peregrino de libritos, folletos y grabados con cantos e imágenes, en los que se especializaron algunos editores para atender esta demanda de artículos jacobeos.

          La edición más conocida se tituló Les Chansons des pelerins de Saint Jacques, con una viñeta en portada que representaba un peregrino en marcha con báculo y calabaza, debajo del cual se lee: “Sur l’Imprime a Compostelle”, lo que hizo creer al musicólogo Santiago Tafall que hubo una edición compostelana, inexistente, pues la frase era un artificio para facilitar la venta del librito. Con un formato de 5,5 cm por 11,5 cm, con 48 páginas, encabezando cada canto con una pequeña viñeta jacobea, 10 en total, al que seguía el texto sin notación musical, por lo que la melodía debía ser conocida o aprendida por el peregrino por transmisión oral, acordes con el valor popular tradicional de estos cantos. El librito contenía una relación de las reliquias que se conservaban en la catedral compostelana, evidenciando motivación religiosa. Al final del libro figuraba la aprobación fechada en Troyes el 7 de agosto de 1718. En la Biblioteca Nacional de París se encuentras tres ejemplares, pero de distintas ediciones.

          Hay una segunda edición con grabados aún más antiguos. Otra rara y pronto agotada, fue recogida por Alexis Socard, en sus Noels et cantiques imprimés a Troyes depuis le XVII siècle jusqu’a nos jours, Paris, Aubry 1865. Pero la corta tirada de 200 ejemplares la convirtió enseguida en una rareza bibliográfica.

          Muy interesantes son las ediciones de Carcasona en 1860 y 1862, pequeños folletos en los que, tras la portada, había un boletín de inscripción dejando espacios en blanco para la fecha y el nombre del peregrino, así como de la cofradía a la que pertenecía. No es extraño, porque este librito, a través de sus cantos, era una verdadera guía informativa del Camino que servía además como identificación del peregrino. En ellos aparecen escritos los nombres de ciertos lugares más correctamente que en ediciones anteriores. Fueron impresos por Pierre Polere, y figuran en la Biblioteca Nacional de París. De varias de estas publicaciones las reprodujeron A. Nicolai, Camille Daux y Daranatz en ediciones posteriores.

          Conocemos también la música con que se cantaba por lo menos una de las melodías. En el siglo XVIII el abate francés Dandichón transmitio una versión de aire agil y animado. Mme. Lavergne transcribió esta melodía que dio a conocer a Nicolai y a Camille Daux, quien editó una versión parecida pero de aire más lento que la del abate Danchichón.

          Adornando ciertas estampas impresas con toscos grabados policromados en madera, se editan algunas de estas canciones, por el impresor de Orleáns J. Bautista Letourmy. Representan una figura de Santiago peregrino junto a alguna escena como la del milagro del ahorcado, que al parecer, los mendigos o los propios peregrinos vendían entre el corro de curiosos después de entonarlas, o tal vez a cambio de techo o comida.

          En el siglo XIX, como consecuencia inevitable de la decadencia de la peregrinación a Compostela, estos cancioneros fueron cada vez menos utilizados y dejaron de editarse.

          La variedad temática de los cancioneros franceses es considerable, tanto como la finalidad acerca del propio camino. La peregrinación a Santiago desde Francia es un largo viaje que implican una gran cantidad de aspectos que el peregrino debe conocer.

        Una de las canciones, titulada “Quand nous partîmes de France en grand dèsir“, va narrando las características y costumbres de los pueblos, villas y ciudades por donde pasa el peregrino, desde París hasta Compostela. En Bayona dice que que cambiar los “luises” en “doblones”:

Étant arrivés à Bayonne,

loin du pays,

nous changeâmes tous en doublone

nos beaux louis.

En Bizkaia señala la existencia de una lengua incomprensible:

Dans la Bizcaye:

c’est un pays rude a passer,

d’un diffèrent langage

En el paso de montaña San Adrián fortalecieron el corazón con un trago de vino:

Quand nous fûmes à la montagne

Saint-Adrien,

un reste de vin  de Champagne

nos fit du bien;

nous avións souffert la chaleur

dans le voyage;

nous fotifiâmes notre coeur

pour ce pèlerinage

En Vitoria olía a romero y lavanda

Près de la ville de Vitòria,

ah! quel bonheur,

de rappeler dans ma memoire

la bonne odeur

que nous donnaient le romarin

et la lavande;

depois le soir jusqu’au matin

nous chantâmes losange

          En Santo Domingo oyeron cantar al gallo en la catedral y rememoran el milgro de la resurrección del niño y el canto de la gallina asada:

Quand nous fûmes à S. Dominique,

le Coq chana,

nous l’entendimes dan l’eglise,

nous étonna;

On nous dit que le Pélerin,

par un miracle

a ce signe resucita:

 ce n’est pas une fable

En la iglesia de los Agustinos de Burgos vieron sudar un crucifijo:

A Burgos, grande e belle ville

 nous pèlerins

visitâmes la belle église

des Agustinos.

Ces pères furent nous montrer

le grand miracle

de voir un crucifix suer,

c’est chose veritable

 En León las mujeres salieron a recibir a los peregrinos vestidos de gala…

Quand nous passâmes dans la ville

nommèe Lèon

nous chantames d’un air agile

cette chanson;

les dames sortaient des maisons

avec dècence,

pour avoire chanter nos acompagnons

a la mode de France.

          En León el peregrino podía desviarse a Oviedo a visitar las reliquias de la capilla del Salvador:

Qui a estè à Saint-Jacques

et n’a estè à Saint-Salvateur

a viosité le serviteur

et a dèlaisse le Seigneur.

          Desde Oviedo, los peregrinos se dirigían a su destino final, en un recorrido que tenía en Ribadeo una etapa importante, pasando otras anteriores como Luarca y Navia:

A Louarque [Luarca] sur la mer

faut passer,

sans y faire demeurance,

Navia et Rive Dieu [Ribadeo]

dangereux

pour les pèlerins de France. 

           Los tramos finales del camino, se abrevian mucho, per suele citarse el Montjoye (Monte del Gozo), desde el cual se pueden ver ya las torres de la catedral de Santiago.

 

Nous contunuâmes le voyage

por arriver

et sentîmes notre courage

se fortifier;

et nous passâmes à Montjoie

près de Saint-Jacques

sans quitter un moment la voie

pour arriver a Pâques.

          La culminación es, obviamente, Santiago de Compostela.

Quan nous fumes dedans Saint Jacques,

Hélas, mon Dieu!

Nous entrâmes dedans l’églize

Pour prier Dieu,

Ausy ce glorieux amy de Dieu,

Monsieur saint Jacques,

Qu’au païs puissions retourner

Et faire bon voyage.

Prions Dieu!

 

Nous vimes la superbe église

de ce saint lieu,

nous invoquâmes l,entremise

de notre Dieu;

on y voyaitdes pelerins

de touteslangues

et des pays les plus lointains

y chanter des louanges

          Una versión posterior, titulada “Lorsque nous partîme de France“, describe después de la llegada, el del regreso de Compostela hasta París.

          Como muestra de que el canto era también expresión de alegría y de descanso en el camino, cabe recordar una canción francesa, titulada La gracia de Santiago, cuenta cosas divertidas en tono jocoso: “Cuando volvía de Compostela, el cojo bailaba sobre una cuerda y el tullido se balanceaba en un trapecio. ¡Oh, gran Santiago, cuídame! Cuando volvía de Compostela, el marido que nunca tuvo hijos, por poco que tardara en regresar, se encontraba a la vuelta con dos. ¡Oh, gran Santiago, cuídame! Volvían de Compostela un sordo y un mudo; el mudo parloteaba como una urraca, por lo que el sordo suplicaba. ¡Oh gran Santiago, tápame de nuevo mis oídos!

          Estas canciones, ofrecían, por tanto, muchas funciones al peregrino: fortalecer su religiosidad, proporcionarle información sobre el camino, avisarle de peligros, darle consejos útiles, y alegrar sus momentos de descanso.

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22- Los Siete Varones Apostólicos de la Bética

 

         La Tradición Jacobea identifica a estos personajes apostólicos como los discípulos de Santiago que predicaron la palabra de su maestro por Hispania, y que tras la decapitación de Santiago en Jerusalén, raptaron su cuerpo en las afueras de la ciudad y lo llevaron clandestinamente a Hispania, donde alguna cita propone que el propio Apóstol les había pedido que lo llevasen a su muerte. De los nueve discípulos de inicio, dos de ellos, Atanasio y Teodoro, permanecieron custodiando el sepulcro jacobeo, y fueron después enterrados en el mismo espacio que Santiago. Los siete restantes -Torcuato, Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Exiquio- son identificados como los Siete Varones Apostólicos. El Códice Calixtino (s. XII) dice de ellos que el propio Santiago los había elegido durante su predicación y que posteriormente serían ordenados obispos en Roma por Pedro y Pablo y volverían a Hispania a continuar con su misión hasta su martirio, identificándolos como un elemento continuador de la Tradición Jacobea.

          Pero hay otra versión más antigua sobre los Varones Apostólicos, unos manuscritos mozárabes del siglo X, a su vez fundados en otros de los siglos VIII, que no mencionan a Santiago y según los cuales son enviados por los apóstoles San Pablo y San Pedro a la Bética Hispana para predicar el Evangelio. Pero incluso este relato mantiene elementos comunes a la Tradición Jacobea, por cuanto tras acudir a Acci (Guadix), fatigados del camino, se quedaron en las afueras para descansar, enviando a algunos de los discípulos a la ciudad a comprar víveres, y celebrándose allí las fiestas de Júpiter, Mercurio y Juno, no fueron bien recibidos sino tratados hostilmente, les hicieron huir y les siguieron hasta el río Fardes, donde milagrosamente fueron protegidos por el hundimiento del puente romano, pereciendo los perseguidores. Ante esto fueron recibidos en Acci por la matrona Luparia, quien se convirtió al cristianismo, pidió el bautismo y levantó una iglesia y un baptisterio. Es decir que aparecen algunos elementos comunes con la Tradición Jacobea como partes de una tradición común.

          Posteriormente los Varones se distribuyeron por diferentes lugares para difundir la doctrina cristiana, y así Torcuato permaneció en Acci (Guadix); Tesifonte fue a Vergi (Berja); Indalecio a Urci (Pechina); Segundo a Abula (Abla según unos y Ávila según otros); Eufrasio a Iliturgi (Andújar); Cecilio a Ilíberis (Elvira o Granada), y Esiquio a Carcesa (Cazorla). Tras su muerte por martirio, sus reliquias obraron milagros y beneficios entre los fieles, y el que más festeja la tradición es que todos los años la víspera de la fiesta, un olivo plantado por los varones, se cubre de flor y al día siguiente da hermosas y muy abundantes aceitunas que los asistentes se apresura a coger para usos devotos.

          Los historiadores modernos coinciden en considerar los relatos como fruto de la narración legendaria, aunque no son pocos los que proponen un núcleo histórico principal entorno al hecho de la venida a España de los Varones Apostólicos en el primer siglo de la era cristiana con una labor evangelizadora. Los documentos en que se basa esta tradición hispana aunque considerados de fecha tardía, son numerosos, lo que da un fondo de verosimilitud histórica a los personajes y su misión, si bien muy alterada por los relatos legendarios. Entre los documentos en que se fundamenta la tradición manuscrita hay que considerar ante todo Los Calendarios mozárabes hispánicos, hasta siete completos del siglo XI, que mencionan la celebración de los Varones Apostólicos, y que son copia, según todos los indicios, de otro Calendario de la época del Rey Wamba (siglo VII), pero parece que existentes ya en el siglo IV, o a lo más en el V, lo que ofrecen un argumento serio a favor de la existencia y venida de los Varones Apostólicos a España. Por otro lado están Los Martirologios, en particular el de Lyon, redactado en el 806 y que en el 861 nos ofrece un relato más abreviado de la venida de los Varones Apostólicos España. También hablan de los Varones Apostólicos el Martirologio de Beda (735), el de Usuardo (873), el de Adón (875) y el Martirologio Romano (1583). Una tercera fuente documental son los Documentos litúrgicos mozárabes. Existe una Misa y un Oficio de los Varones Apostólicos de rito mozárabe y cuya antigüedad se data en el s. VII. Mas posterior es el Documento emilianense titulado De Misa Apostólica in Hispaniam ducta terminado de redactar el 994, y aún una Vita extensa del Leccionario complutense y la Vita brevis del Cerrao tense (s. XIII) del dominico Rodrigo de Cerrato, como documento más tardío que incluye un resumen biográfico de los Siete Varones Apostólicos. Todos estos testimonios concuerdan en afirmar que los Siete Varones fueron enviados a España por los Apóstoles desde Roma, donde fueron consagrados obispos; y todos coinciden en referir el suceso sobre el puente de Acci (Guadix), en donde lo más relevante que el dato legendario, es la localización geográfica del inicio de su labor evangelizadora.

          Es reseñable que las ciudades referidas ya existían en la época de predicación propuesta por la Tradición, y que pertenecían a una región que ya a finales del Siglo III y principios del IV estaban densamente cristianizadas, como acredita el concilio de Elvira (hacia el año 300), lo que da a la Tradición de los Varones un importante grado de verosimilitud. La mención de Acci (actual Guadix), resulta singularmente sugerente, pues sería inconcebible que desde la mera fantasía un relator situara en aquel rincón de la Bética y con topónimos ciertamente romanos, aunque transformados por las dominaciones posteriores, y bien comunicadas entre sí por vías romanas ya existentes en la época, de modo que es bien factible que los misioneros accedieran por la Vía Augusta, o bien entraran a Urci (Pechina) desde el Portus Magnus almeriense, siguiendo una vía marítima que era la más viable comunicación comercial y constante en la época con Ostia el puerto de Roma, como demuestran valiosos estudios arqueológicos con hallazgos paleocristianos, de forma entonces más lógica incluso que adentrarse en Córdoba o Sevilla, cuya importancia será muy posterior.  Un matiz cronológico necesario aclarar es que, sin duda, no todos murieron en la misma fecha que cita la Tradición, pero es natural que se conmemorara conjuntamente la labor de todo el grupo evangelizador (15 de mayo), de quienes hoy si se celebran en fechas diferentes.

          Como demuestran los documentos y restos arqueológicos, permiten ver que Acci era un núcleo notable de comunicaciones en la Bética romana en el siglo I a. C., y centro de actividad comercial y cultural relevante del ámbito romano, disponiendo de una importante red de vías de comunicación que mantenía estrechamente relacionada la ciudad, con el resto de poblaciones, lo que justifica bien que pudiera ser punto de inicio de la misión.

          Estos argumentos y evidencias, como el hallazgo reciente de un teatro y edificación romana en Acci, son suficientemente sólidos para aceptar como hipótesis aceptable el núcleo esencial de la Tradición de los Varones Apostólicos y es la solidez de estos testimonios lo que mejor justifica que este relato se incorporara a la Tradición Jacobea como forma de consolidarla; aunque merece indagarse mejor cual fue el verdadero origen y la misión de los Varones Apostólicos. El relato se funde con el de Santiago Apóstol, explicando que fueron los discípulos que Santiago convirtió, que presenciaron la visita de la Virgen del Pilar en Zaragoza, que le acompañaron en su retorno a Jerusalén, y que fueron luego los que tras su decapitación llevaron el cuerpo de Santiago de nuevo a España para enterrarle en Compostela.

          Por tanto requiere un serio análisis el origen y la misión de los Varones a Hispania, y valorar si su vinculación a Santiago es o no auténtica o si su origen se vincula más expresamente con un envío desde Roma. El contraste más relevante deriva de la comparación entre el Calixtino y los documentos mozárabes que citan a los Varones Apostólicos, pues las Actas y documentos mozárabes son muy anteriores al Calixtino, ya eran conocidos cuando menos desde el siglo VIII, y nada decían de su vinculación con Santiago y sí en cambio de su ordenación como obispos por parte de San Pedro y San Pablo, en Roma, y de su posterior envío a España en misión evangelizadora. Todo parece indicar que el Codex Calixtinus introduce la historia de los Siete Varones, sugiriendo su temprana conversión en Galicia como resultado de su labor apostólica, y su viaje de ida y vuelta a Jerusalén. Particularmente la Misa Apostólica, alude concretamente a los Apóstoles Pedro y Pablo, sin mencionar a Santiago, y dado que por esta época, s. XI, la Tradición Jacobea de Santiago en España se admitía generalmente, la misión de los Varones Apostólicos enviados por Pablo y por Pedro desde Roma, durante la segunda prisión romana del primero, recobra notables opciones.

          Por tanto la venerable y remota tradición de los Siete Varones Apostólicos tiene su dosis de viabilidad en lo sustancial, aunque no en su conexión jacobea, y cabe aceptar con notable precisión que el cristianismo se implantó en la Bética en los primeros siglos de la era  cristiana. Está bien documentado que muchos soldados de las legiones destacadas en Jerusalén en los tiempos de Cristo, eran de origen hispano, siendo conocedores e incluso adeptos del naciente cristianismo, y a su retorno a su tierra de origen pudieron convertirse en buena medida en difusores del cristianismo y apoyar a los misioneros que llegaran en labor evangelizadora, que luego la leyenda acrecienta y distorsiona, pero que no desmiente en lo esencial.

          Es una cuestión importante plantear como se explican las coincidencias de dos relatos tan distantes entre sí como Iria Flavia y Acci. Ya el Misal Gótico del IV Concilio de Toledo (633) menciona los hechos protagonizados por Torcuato, sus compañeros y Luparia, más de tres siglos antes de que fueran incluidos en los relatos Jacobeos. Parece, por tanto, obvio pensar que trata de una trasposición, en donde es evidente que el accitano fue el relato primario, por su coherencia, sin elementos apocalípticos y fantasiosos como el gallego. Torcuato y Luparia, que se citan en algunos relatos de la Tradición Jacobea no antes del siglo X, estaban ya presentes en documentos mozárabes anteriores; quizás en su traslado al norte durante la dominación musulmana fue cuando se intercalaron con el relato jacobeo para fundamentarlo mejor. Pero en realidad son tradiciones diferentes, no muy distantes en el tiempo, que se unificaron pero que hoy son claramente diferenciables.

          Los distintos relatos de la Tradición Jacobea (La Translatio Sancti Jacobo de Santiago de la Voragine, Las versiones de la Carta de San León, y los relatos de Glembours, de Shaschek, y de León Rosmithal), buscan dotar a la tradición popular, oral y poco documentada, de una forma escrita y culta, desde la creencia en el hallazgo de la tumba apostólica y la respuesta del mundo cristiano en forma de peregrinación. La primitiva versión de la Tradición mezcla desde su origen los dos focos de evangelización que en poco tiempo se unen entre sí como dos gotas de aceite: el Finisterre, de mano de un Apóstol en persona, y la iniciada en la Bética, por los Siete Varones Apostólicos enviados por Pedro y Pablo, o según otros, algunos decenios después por San Clemente (tercer sucesor de Pedro).

          Un hecho que amalgama el escenario común de estas antiguas tradiciones cristianas, es el ámbito romano. El Centurión Cornelio, primer gentil que, según relatan las propias Escrituras, fue bautizado por San Pedro, lideraba una corte militar de Itálica, la ciudad de la Bética hispana, cercana a la actual Sevilla. Se trataba de la corte que proporcionó la guardia que custodiaba primero a Santiago hasta su decapitación, y luego a Pedro en su liberación, desatando la represalia de Herodes. La evasión de tal represalia justifica la huida de la guardia romana, tal vez incluso llevando los restos tratados de Santiago por Simón el Curtidor a las lejanas tierras de Hispania, lo que también puede explicar la mezcla de las dos tradiciones.

          Un personaje que merece especial atención y estudio es la mujer que aparece en ambos relatos, Reina Lupa en el caso de la leyenda gallega y Luparia en el relato mozárabe. Es aquí donde puede estar la clave de enlace entre ambas tradiciones, pues parece ser un mismo personaje cuando en realidad son dos personajes distintos que se identificaron como uno solo. La Reina Lupa de la Tradición Jacobea es un personaje que la tradición popular gallega vincula a los mouros, seres míticos y mágicos del ancestral acervo gallego, pero que en realidad se trata de la noble hispano-romana Atia Moeta, titular del mausoleo funerario que aceptó los restos del apóstol Santiago, encajando en lo esencial con la Tradición Jacobea; por asimilación con la Tradición de los Siete Varones Apostólicos fue asimilada como Lupa que la leyenda elevó a la condición de reina, como modo de señalar su dignidad y autoridad local. Por su parte la Luparia del relato mozárabe fue una comerciante bien situada en Acci, relacionada con todos sus habitantes, entre ellos la colonia judía de Acci fruto de la Diáspora, tal vez incluso judía ella misma, que tomó contacto con Torcuato y sus compañeros con quienes alcanzó logros de entendimiento y colaboración. Surge una versión común que identifica estos personajes como uno solo, estableciéndose así fácilmente la fusión de ambos relatos, en donde se derivaba fácilmente la condición de discípulos de Santiago.

          Hay por tanto un gran escenario común en ambas tradiciones, la Tradición Jacobea y la Tradición de los Varones Apostólicos, que en algún momento se entremezclaron en una tradición única como modo de reforzarse mutuamente, pero que hoy son reconocibles como tradiciones diferenciables.

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32- Iglesia de Santiago de Tordesillas

          Los días 17 y 18 de Junio de 2017 la Cofradía de Santiago de Madrid que tengo la suerte de presidir, visitó Tordesillas en colaboración con la Asociación del Camino de Santiago del Sureste en Valladolid. No en vano Tordesillas, además de un emblemático lugar de la Historia de España es también meta de una de las etapas del mencionado Camino del Sureste.

          Tordesillas, injustamente valorada con la polémica del Toro Vega, es cuna de momentos emblemáticos de la Historia de España.  El 7 de junio de 1494,​ entre los representantes de Isabel y Fernando, reyes de Castilla y de Aragón, por una parte, y los del rey Juan II de Portugal, por la otra, firmaron el llamado Tratado de Tordesillas, en virtud del cual se estableció un reparto de las zonas de navegación y conquista del océano Atlántico y del Nuevo Mundo. Las Casas del Tratado es cita obligada que enriquece de historia y de cultura al visitante.

          Otro acontecimiento histórico es que en marzo de 1509, la Reina Propietaria de la Corona de Castilla, Doña Juana llega a esta localidad, y lo que podría haber sido una parada más en su ruta de casi dos años con el cuerpo sin sepultar de su marido, Felipe I “El Hermoso”, se convirtió en su destino definitivo, con la excusa de enfermedad mental y por decisión primero de su padre Fernando el Católico y luego por su hijo Carlos I, de modo que Juana viviría recluida por 46 años en Tordesillas, en una fortaleza, hoy inexistente, hasta su fallecimiento, con el único alivio de la compañía de su hija pequeña Catalina.

          Pero la visita tuvo otros muchos alicientes, empezando por el Monasterio de Santa Clara que entre sus muchos atractivos nos mostró un fresco de un peregrino medieval; el museo de San Antolín, que conserva múltiples tesoros históricos y artísticos, una inolvidable comida de hermanamiento con la Asociación del Camino de Santiago del Sureste en Valladolid, un paseo por las calles del lugar en especial por su emblemática Plaza Mayor o las atractivas visitas al museo del Encaje, a la Bodega Muelas y a la pastelería Galicia, en pleno centro de la población.

          Pero os confieso que el lugar que más impacto dejó en mi alma de peregrino fue nuestro paso por las ruinas consolidadas de la antigua iglesia de Santiago, una estructura que ha podido resistir el abandono y el olvido total, y que en su retiro es aún lugar emocionante de cita para peregrinos y visitantes de los vestigios jacobeos en Tordesillas.

          Encontramos esta estructura al noreste de la localidad, en una calle de ronda interior cerca del antiguo Convento de San Francisco, la calle Santiago, circunvalada por la calle Corro Sol. Fue parroquia hasta el siglo XIX, añadiéndose su feligresía, tras su cierre diocesano, a la parroquia de Santa María desde 1885.

          Con fama de ser la más antigua parroquia “de las que en Tordesillas hubo”,  databa en origen, probablemente, de los siglos IX o X, época de la que nada se conserva, pues experimentó grandes reformas en el siglo XVI y lo que queda de ella es de la Edad Moderna, tras la reforma de 1949. La época de la primera reforma estructural, es contemporánea al gran momento histórico de la firma, en un caserón de la villa, del Tratado mediante el cual España y Portugal se dividían el mundo conocido.

          La situación algo periférica de este templo, hace pensar que su ubicación fue extramuros de la primitiva cerca medieval. Los restos que aún perviven son los de una edificación construida en varias etapas, pues constaba de nave principal única con capilla mayor y crucero, sacristía, torre, capillas funerarias adosadas y pórtico de diferentes épocas. Esta superposición de fábricas, procedentes de obras sucesivas en el tiempo, fue modificando la morfología del edificio, con distintas calidades en su ejecución y materiales.

          Su única nave ser dividía en dos tramos y se cubría por techumbre mudéjar de madera a parhilera. El crucero se alineaba con la planta y se cubría con cúpula del siglo XVIII sobre pechinas. La capilla mayor, con bóveda de cañón, iba originalmente cubierta con armadura mudéjar, que en 1561 se obliga a blanquear con cal, y se separaba del resto por arco triunfal de medio punto. A los pies se levantaba la tribuna y se adosaba la torre. El desaparecido Retablo Mayor des esta iglesia es probable que fuera proyectado por el ensamblador vallisoletano Alonso de Villota.

          En el testero de la capilla mayor tuvo altar dedicado a Santiago Apóstol con escultura del santo en su representación de matamoros, después de su aparición en Clavijo, que se terminó de dorar en 1692. Hubo otro altar dedicado a San BIas con cuadros de estilo hispano-flamenco y frontal de cuero cordobés. Y aún otra capilla fundada por el inquisidor Arganda para su enterramiento que estuvo dedicada a la Visitación de Nuestra Señora. Su altar tuvo frontal de azulejo, y en una losa de esta capilla puede leerse:

AQUI ESTAN SEPULTADOS EL DOCTOR FRANCO DE ARGANDA YNQUYSYDOR APOSTOLYCO y CANONYGO DE LA SANCTA YGLESIA DE TOLEDO y DOÑA VANA DE ARGANDA SU ERMANA, DE LA CAMARA DE LA REYNA DOÑA ANA. FALLECYERON AÑO DE 1609 Y 1614.

Y en la cornisa que recorre la capilla se lee:

 

EL DOCTOR FRANCISCO…DE ARGANDA. INQUISIDOR APPOSTOUCO y CANONIGO DE LA SANCTA YGLESlA… y DOÑA IU … SU ERMANA, DE LA CAMARA DE LA REINA DOÑA ANNA ..A.

           Por desgracia solo se conservan algunos restos en estado de ruina consolidada, y de su pasada estructura no queda más que parte de los muros, habiendo desaparecido  techos, cubiertas y el coro situado a los pies del templo. La ruina ha sido desescombrada, limpiada y consolidada, lo que permite apreciar que aún conserva el pavimento, constituido por las losas de las tumbas que ocupaban la capilla mayor y la nave del templo, formando nueve calles que la recorrían hasta los pies, donde se situaba el coro.

          En esta zona sólo se mantiene un pretil de piedra sobre un escalón que marca la separación de la nave, flanqueado por pilastras y con un escudo en su centro, donde aparece la Cruz de Santiago y dos conchas de peregrino. También se mantiene una pequeña puerta con moldura rehundida en el lado de la Epístola, junto a la torre, que posibilitaba la entrada independiente a la parte baja del coro, quizás para facilitar el acceso a la torre, cuya puerta de entrada está hoy tapiada.

          Por fortuna se han mantenido la sacristía, de planta rectangular y cúpula rebajada. Adyacente, se encuentra la Capilla de la Visitación, cubierta con bóveda vaída, si bien sólo quedan los arranques esquineros donde aún se observa la decoración de yeso en puntas de diamante.

          El edificio conserva aún sus dos portadas en pie: una al lado del Evangelio, pequeña, con arco de medio punto de generosas dovelas flanqueada por un contrafuerte. La principal se abre al costado sur, de la Epístola, y es de medio punto también con grandes dovelas y columnillas de gótica estirpe que se prolongan, por baquetón, sobre el trazado del arco. Un alfiz la enmarca. Estuvo esta portada cubierta con pórtico hundido, del que sólo se conserva un arco carpanel de piedra.

          De igual forma ha desaparecido todo el cuerpo de ladrillo de la torre, que aún se mantenía en 1980, y del que sabemos que sobre la basa de piedra hoy presente, levantó cuerpo alargado de ladrillo con huecos de medio punto para campanas: dos en sentido longitudinal y uno en el transversal. Actualmente es imposible el acceso al cuerpo de piedra que se mantiene, ya que su entrada, desde lo que fue coro, esta tapiada. En el muro norte, por dentro, se incrustó un nicho funerario en forma de caja vertical donde, entre molduras clasicistas puede leerse:

 

HIC IACET VIVAT … M

DOCTORIS CESPEDES M … TUl

VIS MAGTS SISTE VIATOR

RUMPE IAM JONICUM OPUS

CONSULE IN CODICE ANNUM

L. ET VI SOECULI XVIII

FESTINAS EN LAUS ABSIT

ME PETRO EM. CASSADO AUCTORE

IOSEPH ANT. LATATU AVNVENTE

NEC RELUCTANTE EM. GARCIA

MUNERE TRIUNVIRALI

EST POST LIMINIO REVERSA

En la bordura se dice:

IETRE (PETRE?) QUIDEM MANUEL CASSADO ALBIZ – MALVENDA [CANTABER ILUSTRIS CONTECIT.I.STELAPE.

          Son precisamente los muros de la nave los que han sufrido mayor ruina. De hecho sólo queda su basamento de mampostería a lo largo del lado del Evangelio y los pies del templo. La falta de protección del tapial de estos muros, al desaparecer la cubierta, ha acelerado su deterioro y desaparición, pues en fotografías de los años 1980, si bien se aprecia el desmoronamiento en su coronación, aún se mantenían en su mayor parte. Por el contrario las partes de ladrillo y tapial asentadas sobre zócalo de piedra de sillería (crucero, capilla mayor, sacristía y capilla próxima), han mantenido buena parte de la altura de sus muros. La sacristía mantiene incluso su techo y cubierta.

          Sin duda la calidad en la ejecución de los zócalos de los muros ha influido en su estabilidad planteando problemas desde bien antiguo pues entre 1785 y 1795 se hizo obra en el muro norte por tener una gran oquedad que ponía en peligro la fábrica. Quizás se refieran estas noticias al arco de medio punto embebido en parte del muro noreste, entre el crucero y la capilla mayor, que aparece cegado en las fotos del Catálogo y que, probablemente, se ha destapado cuando se realizaron las obras de limpieza y consolidación de las ruinas. Este arco pertenece a una construcción anterior a la que formó el crucero y la capilla mayor.

          En la capilla de la Visitación la ruina de la bóveda vaída que la cubría deja ver su solución constructiva, que formaba el cascarón con doble capa de ladrillos colocados a tabla y recibidos con yeso. Apoyaba sobre los muros del recinto mediante arcos de ladrillo en resalte formando una moldura recta que remata el encuentro con cada paño en continuidad con las pilastras que recorren los paramentos.

          El cuerpo de ladrillo de la torre ya presentaba agrietamientos en sus fachadas norte y oeste cuando fueron publicadas las fotos del catálogo, aunque el basamento de piedra aparece en perfecto estado, al menos en los paramentos que se aprecian en la imagen. Las grietas, que parecen reparadas en parte, evidencian los problemas de estabilidad de sus muros que, bien por problemas de asentamiento sobre la fábrica de ladrillo, bien por problemas de cohesión de su aparejo, causaron su ruina o propiciaron su derribo ante el peligro con que amenazaban.

          Tordesillas se vio privada así de un vestigio singular que muchos vecinos aún recuerdan, especialmente cuando al llegar el 25 de julio se celebra la fiesta religiosa y profana en la que los parroquianos aportaban lo mejor de si mismos. Tal fue la celebración de la octava de Santiago, ocho días de atenciones espirituales y el último, al llegar la fecha señalada en el calendario, la efigie de Santiago Matamoros era paseada en andas alrededor del recinto y barriada entre el repicar de campanas, acompañado de la dulzaina y del tamboril, una vez acabadas las ceremonias litúrgicas de rigor.

          Entre los aspectos lúdicos de conmemoración de la octava aparece la noticia de toros a cargo de “los de Santiago” y así según los libros de actas municipales, el mayordomo del Santísimo Sacramento presentó al consistorio esta petición: “Habiéndose terminado de dotar el altar del apóstol Santiago, y para la colocación del Santísimo, teniendo prevenidos dos toros y novillos de limosnas, por ser pobre el mayordomo y no poder sufragar tantos gastos, le ayude este Ayuntamiento a hacer el toril y a tapar las calles”, accediendo a esta petición de muy buena gana el Municipio (Acuerdos, 1962).

          El Apóstol Santiago era celebrado con toros, función a todos gustosa, uno de los cuales será soltado a la vega, con sus clarines aunque con la expresa prohibición de participación de los clérigos, según mandado episcopal “Que no salgan los sacerdotes con vara larga a los toros de la Vega, porque en esta Villa hay muchos sacerdotes que con vara larga y hábitos indecentes salen a lidiar los toros de la vega…”  Y es que también el caballo blanco de Santiago, galopa y retumba y ensordece  sus cascos por entre los pinos de la vega del Toro de Tordesillas, mientras rumia estrellas en los campos celestiales.

         

            La estatua de Santiago Matamoros, que aún, y por suerte, la conservamos todavía en el museo de San Antolín, en donde fueron recogidas las piezas que pudieron salvarse, representa al apóstol con su caballo blanco y mandoble en ristre da tajos y acaba con un grupo de moros que yacen a los pies de su caballo, en homenaje a la Batalla de Clavijo, comienzo de la leyenda de Santiago como adalid cristiano contra la morería. La azulejería de Talavera también fue trasladada al mismo lugar y allí, en dicho museo tordesillano, al lado del sepulcro del arcipreste Juan González, fundador del hospital de peregrinos, se presenta a la posteridad. Hay que decir que para evitar los vaivenes de la talla al ser portada por las buenas gentes de su barrio y darla consistencia debida, el rabo del jaco se desarma y por salva sea la parte se le introducía una arroba  de arena para ganar así el peso necesario.

          Recordar la dedicación de este templo tordesillano refleja notablemente y sin ninguna duda la devoción que desde la Edad Media hubo en España hacia el apóstol y por Tordesillas se encaminaban a Santiago de Compostela un gran contingente de peregrinos. Pero esto no es solo lo que suscita la devoción sino que la dedicación de un templo es exponente del reconocimiento de la villa de Tordesillas al protomártir, al considerarle como protector de reyes, del reino y de los hispanos.

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31- El Castro Lupario y la Tradición Jacobea

          Enclavado en las estribaciones del Camino Portugués a Santiago de Compostela y vinculado a la leyenda del Apóstol Santiago y de la mítica reina Lupa, está este recóndito lugar, uno de los yacimientos arqueológicos más relevantes de la comarca de Santiago y merecedor de mayor atención de las instituciones. Es el llamado Castro Lupario, una arcaica fortaleza cuya fundación se sitúa en tiempos remotos de la historia local, y conocido también como castro de Francos o de Veca o de Faramello, como también se le llama por topónimos de lugares que están a su falda.

 

            A unos doce kilómetros de Santiago y a unos ocho de Padrón, entre los términos municipales de Teo, Rois y Brión, dominando el entorno de los valles del Sar y del Tinto, hay un monte de mediana altura, cubierto de espesa vegetación y con unos ciento cuarenta metros de altitud y novecientos metros de circunferencia con cierta forma de herradura y con una meseta en su parte alta de una hectárea y media de superficie cuyo recinto es conocido también como “Eira dos Mouros”. La falda occidental es profunda y muy escarpada, lo que hace muy difícil la ascensión por aquella parte, por lo que debe acometerse por su ladera norte en una subida algo fatigosa pero que puede hacerse con relativa facilidad acometiendo su exigente subida, siempre que el estado de la vegetación lo permita, hasta su cima, un paraje solitario que guarda restos todavía imponentes de una muralla que rodea el contorno casi circular de su meseta, y que aunque algo desportillada en algunos tramos, ofrece unas formidables proporciones que llega hasta dos metros de espesor y más de cuatro de altura.

          Se trata muy probablemente de un Oppidum céltico o íbero, como otros ejemplares de la región, que debió ser capital de los Amaaeos o pobladores del valle de la Amaía, pues se trata de la principal fuerza existente entre otras de la comarca. Consistía en una primitiva forma de organización tribal que constituía una unidad defensiva y social.

          Con la conquista se convirtió después en fortaleza romana, quizás un castro o præsidium en donde estuviese alojado un destacamento de algunas de las dos legiones (quizás de la VI, Victrix) que guarnecían a Asturias y a Galicia. Así lo acreditan trozos de ladrillo romano y terra sigillata que se ha encontrado sobre el terreno, así como por la vía romana empedrada que rodeaba su base, que comunicaba con la que iba desde Iria hasta Asseconia pasando al pie del Picosacro o monte Ilicino, atravesando un puente de un solo arco, cuyo esqueleto se mantiene todavía sobre el riachuelo de Padarela, el río Tinto, que baña las estribaciones del Castro Lupario y que el vulgo aún llama dos Mouros.

       Hay por tanto un esquema de comunicaciones que hace comprensible y viable los movimientos que hubieron de efectuar los discípulos apostólicos en búsqueda de un lugar adecuado para la sepultura de su maestro, para atravesar el valle de la Amaía, acceder al Pico Sacro, y tomar la vía romana per loca maritima, que atravesaba el Tambre entre Ons y Negreira y se dirigía hacia la costa de Finisterre; en definitiva, que los desplazamientos e itinerarios propios que conectan los topónimos de lugar mencionados en el relato de la Tradición Jacobea, encajan y responden bien con la distribución geográfica lógica y asumible ya desde los primeros momentos de la era cristiana.

          En el primer periodo de la Edad Media parece que tuvo allí su residencia el Comes o regio mandatario de la Amaaea, en que se levantó una fortaleza interior que conservó durante varios siglos una Torre central, llamaba Torre de Sixto, topónimo de una localidad limítrofe, y que es citada en algunas referencias escritas, como la del padre mercedario Juan de Azcona en 1532, o Mauro Castellá que visitó el famoso Castro a principios del siglo XVII y en su Historia del Apóstol Santiago nos deja una notable descripción que nos da buena idea de las proporciones y la relevancia del lugar:

           “Residía Lupa en un Castillo, y fortaleza suya, rodeado de gruesa muralla, que aún tiene doce pies de ancho en algunas partes, dentro de la cual hay tanta capacidad, que cabe un escuadrón de cuatro mil hombres, y mas: aún hay hoy día grandes pedazos de ella, en partes tiene altura de una pica (que quiere Dios conservar estas memorias por honor de su apóstol). Tenía el Castillo en medio de esta plaza, cuyos cimientos se ven ahora, y desde la entrada de la primera muralla se iba a él por una calle estrecha de ocho pies de ancho, hecha de uno y otro lado con gruesa muralla. Estaba esta fuerza y están estos vestigios en un sitio fuerte que ocupa la corona de un alto cerro, a dos leguas de Iria, junto a Francos, a mano izquierda del camino que viene a Compostela, de la cual dista otras dos, llámanle ahora Castro Lupario, como le llamaban antiguamente, y este nombre ha conservado siempre, como se halla en la historia Compostelana, y en muchas escrituras de la casa Apostólica. Ha tenido y tiene este nombre, porque fue de la Señora Lupa. De poco tiempo acá por una ermita que fundaron en él los comarcanos de la vocación de San Antonino, le llamaban también Castro de San Antonino”.

          Ciertamente, está documentada la existencia de una parroquia en la Edad Media conocida como San Antonino de Castro, lo que originó también el nombre de castro de San Antonino. Fue una de las iglesias que recibió diego Gelmírez de su hermano Munio. En 1635 el visitador diocesano ordenó su demolición por estar en estado ruinoso, y mandó que se pusiera una cruz en su lugar.

          La tradición nos dice, por tanto, que allí estuvo emplazado el Palacio de la Reina Lupa, que en él residía habitualmente, por lo que era conocido con el nombre de Castro Lupario. Así lo cita ya el Códice Calixtino en el siglo XII, como testimonio de que se trata de un lugar arcaico con raíces culturales populares en el que subyace un fondo de historicidad.  Desde allí es donde cuenta la leyenda que recibió a los apóstoles que acudieron a la autoridad del lugar en su propósito de buscar una sepultura para el cuerpo de su maestro.

          Cuando Antonio López Ferreiro estuvo allí por primera vez, hacia fines del siglo XIX, todavía existían algunos restos del castillo que describe Castellá Ferrer, aunque en estado de ruina y era identificable y medible la estructura de la torre que se elevaba en el centro con unas medidas de 69 pies en largo y 39 en ancho. Detectó incluso una especie de torreón que defendía la entrada del muro exterior abierta hacia el norte del castro, cuyo perímetro interior era de unos 600 metros. Solo unos pocos decenios después de aquella descripción y por el absoluto abandono de aquellas ruinas, desapareció todo vestigio de la misma, de modo que no queda una sola piedra de dicha Torre y menos aún del castillo y las estructuras interiores del castro.

          Por tanto del Palacio o Fortaleza que había en el recinto amurallado nada se conserva, aunque es de suponer que sus cimientos y algunos restos se hallen soterrados o cubiertos por el espeso manto del espinoso tojo y maleza  que crece en toda la planicie y laderas, a veces tan intensa y tan densa que impide su acceso o lo dificulta muchísimo, generando en alguna ocasión la realización de intenso desbroce y agresivos cortafuegos, motivo de polémica y protesta. Servidor intentó la subida al lugar en junio de 2015 por su lado norte, y solo pude llegar a la base del otero por hacer imposible el ascenso un tupido manto de agresivos tejos.  

          Fernando Acuña Castroviejo y Milagros Cavada Nieto realizaron la excavación mejor documentada que se conoce y que realizaron en 1970. En el interior observaron que su amplia plataforma central estaba cruzada por varios muros, restos sin duda de antiguas construcciones, quizá el castillo y torre citados. A la derecha de la entrada y por la parte exterior de la misma detectaron un saliente rodeado de pequeños muros que podrían corresponder al torreón defensivo que señala López Ferreiro. Y confirmaron la existencia de los cimientos de una construcción rectangular con unas dimensiones de casi setenta metros de largo por cuarenta de ancho compatible con el palacio o fortaleza de la que hablan distintos relato. También encontraron gravados rupestres, esculturas, cerámicas y monedas, que descubren, dentro del contexto en que se hallaron, la relevancia del lugar.

          Merece compendiar estos hallazgos hoy en dispersión museística o de localización ignorada. Utilizada en la muralla del castro como elemento constructivo, sobre una piedra de granito rectangular, se halló un petroglifo en cuatro círculos concéntricos con una pequeña cazoleta central y dos líneas radiales que salen del centro de la composición. Se ha encontrado la escultura de una cabeza humana esculpida en una pieza de granito de 22 cm de ancho, 27 de largo y 20 de grosor, un trabajo tosco con predominio de trazos curvos, que muestra rostro ovalado donde solo aparecen los rasgos de la cara, con cejas marcadas, ancha nariz, y boca de amplia hendidura e indicios de lo que pudiera ser un bigote. Su uso, poco claro, podría tratarse de trofeo, representación de deidad, ornamental o valor funerario. Se han recogido fragmentos de cerámica de diversa época y significado funcional, como tejas, ladrillos y otros usos. Se han localizado dos piezas de indudable interés situadas encima del muro que se levanta en las inmediaciones de la entrada al recinto castreño y que permanecen allí. Se trata de dos piezas de granito de forma irregular, con una perforación cerca de sus extremos y cuya finalidad podría ser la de anclaje de alguna puerta o cancela. En el terreno numismático se han encontrado unas cuantas monedas y un medallón aparecidos a mediados de 1970. Las monedas, en número de diez o doce, constituyen un pequeño “tesorillo” de piezas todas diferentes e inusuales en otros yacimientos, y que abarca un amplio periodo cronológico, desde la de Tyche de Antioquía, en la actual Turquía, del año 312 antes de Cristo, hasta el as o Dupondio de Crispina Augusta del año 180 de Roma, o una pieza de la Urbs de Roma de la época de Constantino de la Ceca de Roma de 330-331. La fecha de ocultación de estas monedas puede fijarse hacia mediados del siglo IV.

 

 

          En los aspectos arqueológicos coinciden los entendidos que desde las descripciones de Castellá Ferrer y de López Ferreiro, pocos son los cambios que hoy se perciben en este castro. Las medidas de la muralla hoy son, lógicamente, un poco inferiores a la de aquellos autores, dado el tiempo transcurrido, y ha habido lógicamente derrumbes inevitables, ha aumentado la maleza y lo que antes era confuso, hoy lo está un poco más. Aun así lo que se conserva es suficiente para dar una idea de la importancia que sin duda tuvo en tiempos pretéritos.

          Las valoraciones sobre sus interesantes hallazgos sugieren la gran importancia que debió tener en tiempos pretéritos. El lugar ya de antiguo debió de ser habitado o frecuentado por individuos de la Edad del Bronce como muestra la del petroglifo citado que nos habla de que el emplazamiento fue lugar de culto. Durante la Edad de Hierro, ya con un castro constituido como estructura cierta, la cultura material de sus pobladores se manifiesta en la cabeza descrita. Y en tiempos romanos, el castro no dejó de tener su importancia, como lo demuestra la ocultación numismática reseñada, a lo que habría que añadir el paso de dos vías por sus inmediaciones y la existencia del pequeño puente de Paradela, para salvar el río. Las murallas del castro pudieron levantarse en la Edad del Hierro por pobladores del valle de Amaia y luego reutilizada en tiempos romanos. La rareza de las monedas nos induce a pensar en una función especial del lugar. Y las citas de la Traslación de los restos apostólicos puestos en ese escenario de verosimilitud toponímica y geográfica, hace aún valiosa la importancia del lugar. 

          El castro fue declarado Bien de Interés Cultural (BIC) en 2009 y a raíz de ello en los alrededores de este recinto prerromano se dispuso una ruta de senderismo llamada Ruta do Castro Lupario y Río Sar. Pero lo cierto es que el propio castro está en absoluto abandono y sería deplorable el deterioro de estas murallas, uno de los monumentos más populares de la Tradición Jacobea y la Reina Lupa, que medió en proporcionar sepultura al Apóstol, en el lugar que fuera inicialmente su mausoleo familiar y que en el transcurso de los tiempos será el fundamento de la ciudad de Compostela. A pesar del abandono los entendidos lo consideran uno de los sitios más interesantes de la zona, un recinto enigmático satisfactoriamente bien conservado a pesar del olvido y abandono, que encierra ciertas singularidades y misterios que merecerían mayor estudio, con algunas formas detectables a través de Google Maps. Un muro de piedra imponente rodea el compartimiento superior de la Acrópolis con una pared divisoria en su interior. Hay una suerte de terraplén extramuros que podría tratarse del acceso original al castro con alguna forma de infraestructura defensiva. Como fenómeno de interés, hay unas derivaciones radiales de la misma época del propio muro, que descienden hasta el mismo pie de la montaña, quizá separadores de diferentes fincas de cultivo o ganadería. Un detalle interesante es la ausencia de trazos de viviendas, por lo menos en la zona norte, lo que podría indicar un uso culturalmente diferente del resto de los asentamientos en la zona. Todo ello sugiere lo conveniente y deseable que sería un estudio más activo y permanente de este complejo arqueológico, que podría arrojar verdaderas joyas al patrimonio gallego y tal vez aclarar sus enigmas. Podría asociarse con una explotación museística y centro de interpretación, semejante, por ejemplo, al castro de Viladonga (Lugo), prototipo de castro de interior, aunque en el caso del Castro Lupario contaría con el estímulo adicional de ser escenario de la Tradición Jacobea, encontrarse muy cerca de Compostela y prácticamente a los pies del Camino Portugués de peregrinación, lo que podría muy bien asentar las bases de un centro sostenible con instalaciones pensadas tanto para el peregrino como para el visitante.

          Hoy por hoy la realidad, tristemente, es muy otra, no solo por su olvido y desatención absolutos, sino por los desmanes de una administración local desinformada que hace cortafuegos en los montes sin personal capacitado ni estudios previos, como el realizado en junio del 2010 hasta el mismo muro del Castro Lupario. La propia administración descuida y daña el patrimonio que dice proteger, y como no va a denunciarse ni multarse a sí misma, asunto sobreseído. Así se van acumulando daños irreparables como la agresión a perímetros de castros y de caminos antiguos, o la destrucción de mámoas. Que verdadero despilfarro o falta de previsión y estrategia cultural.

¡Que buen vasallo sería…

si tuviese buen señor!

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34- João Zorro y Lisboa medieval.

          João Zorro (Joán, Johán, Xoán o Xohán Zorro) fue un juglar portugués de biografía desconocida que desarrolla su actividad poética durantes finales del siglo XIII y primer cuarto del XIV, durante el reinado de Dionisio I de Portugal, en cuya corte estuvo al servicio del monarca. Se piensa que dos de sus cantigas fueron compuestas por orden real con ocasión de la botadura de navíos en los astilleros de Lisboa para el inicio de alguna campaña militar naval.

          En el siglo XIII Lisboa se convirtió en la capital de Portugal por su localización estratégica, y llegando a ser un importante centro comercial que conoció gran prosperidad por su actividad marítima y colonial. Es la época del rey Don Denis, gran cultivador de las letras en su país, trovador célebre y protector de trovadores y juglares en su corte. Lisboa empieza a desempeñar un papel político y cultural muy importante y João Zorro fue, según los investigadores, un famoso juglar de la corte de Don Denis, es decir, su actividad poética tuvo lugar en el período dionisíaco de la poesía cortés gallego-portuguesa, un período que, junto al período alfonsí, constituye la época clásica de esta poesía, una época de florecimiento y esplendor para la más famosa escuela poética medieval en la Península Ibérica.

          Las célebres cantigas de João Zorro se consideran por algunos investigadores los documentos poéticos mayores de la Lisboa medieval, de la cual nos da importantes testimonios, siendo el único poeta de los Cancioneros medievales gallego-portugueses que dedica una gran parte de su obra a esta ciudad, y su contenido puede reflejar el nacimiento de una nueva época en Portugal, que va a desembocar en los Descubrimientos.

          De su obra han llegado hasta nuestros días tan sólo once de sus cantigas, gran parte de las cuales son barcarolas o cantigas marineras, pues la constante referencia a motivos marineros es una de las características más sobresalientes de Zorro.

          “En Lixboa sobre lo mar” [B 1151a-1152a, V 754], es una conocida cantiga ambientada en Lisboa, aparentemente de tema heroico pero que oculta una cantiga de amor que a su vez remeda la forma de una cantiga de amigo en la línea de la tradición literaria medieval galaicoportuguesa, con coplas alternas, paralelísticas y con leixa-pren. El sujeto lírico, una voz masculina, anuncia a su dama que ha ordenado construir barcos en Lisboa, un motivo temático que ha de entenderse como parte de los preparativos de una campaña militar y que sirve para introducir el tópico de la separación de los amantes. Aunque formalmente la tenemos que clasificar como una cantiga de amor, ya que la voz es masculina, como se ha dicho, está realmente lejos del universo común de ese género, y muy cerca del universo de las cantigas de amigo (incluso, además de la tradicional forma paralelística, uno de sus “marcadores” habituales, el término velida). Esta simbiosis entre los dos géneros es, desde luego, una de las originalidades de la cantiga. Otra característica muy original es el hecho de que esta voz masculina no es la del trovador, como cabría esperar, sino la voz del mismo constructor de los barcos, el rey Don Denis. Este es un caso único en la lírica gallego-portuguesa (e incluso en la lírica en general). La composición entra, por lo demás, en diálogo directo con las cantigas de amigo del mismo autor, y donde una voz femenina se refiere igualmente a estas barcas nuevas que el rey mandó hacer.

[B 1151a-1152a, V 754]

En Lixboa, sobre lo mar
barcas novas mandei lavrar,
ai mia senhor velida!

En Lixboa, sobre lo ler,
barcas novas mandei fazer,
ai mia senhor velida!

Barcas novas mandei lavrar
e no mar as mandei deitar,
ai mia senhor velida!

Barcas novas mandei fazer
e no mar as mandei meter,
ai mia senhor velida!

          La magnífica versión instrumental de Strella do Día y Quinta estampida real ambientan bien la temática en el tono festivo de la botadura de navíos en los astilleros de Lisboa para el inicio de alguna campaña militar naval.

          En otra cantiga de amigo, eco de la anterior, se construye una narrativa simbólica con cuatro personajes: la madre, la hija, el rey de Portugal y el amigo. En general, las cantigas de amor son de un carácter más culto que las de amigo y, en su mayoría, son cantigas de maestría. La cantiga que analizamos es una de las pocas que son escritas con estribillo. Es ésta una de las características en el estilo de João Zorro, es decir, la forma tradicional de su poesía. Sin embargo, no dejan por ello evocar el universo cortés, miembro del cual fue el poeta mismo. En estas cantigas aparecen las piedras angulares de la poesía de João Zorro: el río, el mar, el rey de Portugal, Lisboa, etc. Estos aspectos de su poesía tienen que ver en gran medida con las circunstancias históricas de su época, las cuales Zorro refleja fielmente en su obra.

[B 1153, V 755]

El-Rei de Portugale
barcas mandou lavrare,
e lá irán nas barcas migo
mia filha e noss’amigo.

El-Rei portugueese
barcas mandou fazere,
e lá irán nas barcas migo
mia filha e noss’amigo.

Barcas mandou lavrare
e no mar as deitare,
e lá irán nas barcas migo
mia filha e noss’amigo.

Barcas mandou fazere
e no mar as metere,
e lá irán nas barcas migo
mia filha e noss’amigo.

          Otras cantigas sobre botadura de barcos con el trasfondo del amor truncado lo tenemos otras dos piezas de João Zorro.  

[B 1156, V 758]

Mete el-Rei barcas no río forte;
quen amig’ha que Deus lho amostre:
alá vai, madr’, ond’hei suidade!

Met’el-Rei, barcas na Estremadura;
quen amig’ha que Deus lho aduga:
alá vai, madre, ond’hei suidade.

          En esta breve cantiga del ciclo “barcas novas”: el rey lanzó las barcas al mar y la doncella espera, ya con nostalgia, que Dios le traiga rápidamente a su amigo que en ellas va. Una vez más, y al contrario de lo habitual en cantigas de amigo, la escena es concretamente ubicada en la Extremadura portuguesa.

[B 1150a / V 753]

Per ribeira do río
vi remar o navío,
e sabor hei da ribeira.

Per ribeira do alto
vi remar o barco,
e sabor hei da ribeira.

Vi remar o navío;
i vai o meu amigo,
e sabor hei da ribeira.

Vi remar o barco;
i vai o meu amado,
e sabor hei da ribeira.

I vai o meu amigo,
quer-me levar consigo,
e sabor hei da ribeira,

I vai o meu amado,
quer-me levar de grado,
e sabor hei da ribeira.

          En esta cantiga integrada en el ciclo que tiene Lisboa como escenario, la voz femenina canta ahora la ribera del río, seguramente el Tajo, donde ve el barco a remos que lleva a su amigo. El placer que ella siente con la contemplación de la escena que exalta la belleza del estuario del Tajo, esconde una nostalgia evidente sobre la marcha de su amigo y la separación obligada, patente en los versos donde ella dice que su amigo la quiere llevar consigo.

          En un papel central de las obras de João Zorro ocupa un protagonismo destacado la ciudad de Lisboa, que no es sólo el marco donde se desarrolla la acción, sino también objeto del poema. Las citadas barcas nuevas simbolizan la propia ciudad de Lisboa en pleno desarrollo, donde la construcción naval se convierte en un modo de existencia política y comercial.

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