OBJETIVOS DEL TRABAJO

Rudesindus          Entre  la postura apriorística de la ciencia histórica y los planteamientos especulativos de los esotéricos, es necesario un estudio de la Tradición Jacobea como origen del Camino de Santiago. El propósito del trabajo es el estudio de sus fuentes para ver si contiene indicios o criterios de verosimilitud, o es una falsedad arropada en el transcurso de la Historia.

          Aunque incluyendo ampliaciones y complemento grafico adicional, todo lo aquí publicado relativo a Tradición Jacobea y sus criterios de verosimilitud, fue editado en el número 7 de la revista Rudesindus de 2011.

          Junto a este objetivo prioritario de este blog iré incluyendo otros muchos temas complementarios, como breves relatos literarios, artículos musicales, diarios de peregrinación, personajes de la historia jacobea, conformando un mosaico temático que pueda ser del gusto del peregrino del Camino de Santiago.

          Y si este Blog resulta de tu agrado, te invito a regristarte y a que lo des a conocer entre tus contactos que puedan estar interesados.

 

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4- Lucha de Titanes entre Navarrete y Nájera

          Uno de los personajes más legendarios en el Camino de Santiago es Roldán, histórico comandante de los francos al servicio de la Marca Bretona que murió en la mitificada batalla de Roncesvalles a manos de los Vascones en el año 778. Supuestamente sobrino de Carlomagno, su figura está rodeada desde hace siglos por un halo mitológico que nace en la Chanson de Roland del siglo XI y llega a atribuirle lugares geográficos hispánicos que se relacionan con supuestas hazañas sobrehumanas de este paladín del imperio carolingio, ensalzado especialmente por una notable defensa del cristianismo contra el Islam.

          Su nombre y su halo heroico se detecta en tramos navarros del Camino, como el monumento a Roldan en el alto de Ibañeta, y la Cruz de Roldán poco antes de llegar a Burguete. Pero es en tierras riojanas, entre Logroño y Nájera, donde encontramos el escenario del que se cuenta tuvo lugar una de las leyendas carolingias más extendidas en la ruta jacobea: la batalla entre Roldan y el gigante Ferragut.

          Opté por salir de Logroño aún con la oscuridad de la primera madrugada, pasando la emblemática Puerta del Camino y atravesando la ciudad para que los primeros despuntes de la luz solar me encontraran ya fuera del casco urbano atravesando el parque y embalse de la Grajera, construido en 1883 como reserva de agua destinada al riego de las abundantes huertas locales, actualmente área extensa acondicionada como parque recreativo que resulta muy agradable atravesar entre corredores de footing y abuelos que invierten su ocio en paseos por el parque.

 

          Tras un importante repecho entre vides y arboledas, inicia el descenso hacia Navarrete junto a una valla metálica donde hay frecuentes cruces de palo insertadas por los peregrinos. Finalmente llegamos a las sugerentes ruinas del hospital de peregrinos de San Juan de Acre, preámbulo de la entrada en Navarrete pasando por la calle de la Cruz que nos llevará hasta la imponente Iglesia de la Asunción; en esta calle encontramos alusiones a la leyenda en forma de capitel románico de final del XII o del XIII representando el combate entre los dos míticos guerreros. Y poco después, saliendo del poblado riojano nos encontramos con su cementerio cuya entrada está ornamentado con la portada gótica del hospital de peregrinos de San Juan de Arce, que fue allí trasladado, y cuya portada central está coronada por una cruz que asienta sobre capitel que representa nuevamente la legendaria batalla.

          El Camino transcurre entre abundantes viñedos, instalaciones y cooperativas vinícolas que nos recuerdan de continuo que andamos por tierras de la Rioja, hasta llegar al lugar conocido como Poyo de Roldán, en el término de Alesón, que la leyenda identifica como el lugar donde aconteció la gesta entre Roldán y Ferragut; allí encontramos el área recreativa de Alesón, con un antiguo chozo guardaviñas restaurado que servía de refugio a los agricultores y los guardas de viñas; cerca y al paso del peregrino aparece un rústico panel informativo que nos invita a detenernos un momento para empaparnos del contenido de la leyenda.

          Esta tradición se extendió a lo largo del Camino de Santiago por el Codex Calixtinus (Siglo XII), que en su libro IV relata las conquistas de Carlomagno, y dentro de ese libro, en el capítulo XVII, la lucha de Roldán contra Ferragut en Nájera. Por eso la escena de este choque entre los dos míticos adversarios la encontramos en distintos puntos del Camino de Santiago. La representación más valiosa es el espléndido capitel sobre una de las columnas que enmarca la fachada del palacio de los Reyes de Navarra (siglo XII). Este capitel narra la lucha entre los dos combatientes: en el lado izquierdo el jinete Ferragut llega combate, en el frente del capitel el combate con lanzas a caballo identificándose a Roldán con una cruz sobre su escudo, y a la derecha el combate a pie donde Ferragut levanta una enorme maza. Esta misma escena es recogida en el monumento de Roncesvalles levantado por la Diputación Foral de Navarra en 1978, en que vemos las mismas tres escenas del capitel de Estella en relieve sobre una roca traída de la sierra de Urbasa. También en Roncesvalles según se llega a la colegiata por el Camino que viene desde San Jean Pied de Port, quedando detrás de la pequeña iglesia de Santiago, en ubicación que pasa desapercibida a muchos peregrinos, en primavera del año 2011 hay instalada una escultura dedicada a la muerte de Roldán, obra del autor italiano Mario Bassi.

          Otra representación de interés es el alto capitel de la Iglesia de San Nicolás de Bari de San Juan de Ortega (Burgos). Se trata de un pieza del siglo XII en el que se representan las dos figuras de Ferragut y Roldán, la primera a la izquierda, a pie y con cota de malla, casco, escudo y espada en actitud de atacar; se enfrenta a una figura ecuestre que porta también escudo y casco.

          Ferragut, dice la leyenda, que era un paladín sarraceno, descendiente de Goliat y originario de Siria que fue enviado por el Emir de Babilonia al mando de 20.000 hombres para combatir en Nájera al ejército cristiano comandado por Carlomagno. Se dice además, que era de estatura gigantesca, muy fuerte e invulnerable, con excepción de un talón de Aquiles, que en el caso de Ferragut era el ombligo. Al enterarse de la presencia del guerrero sarraceno, el Emperador dispone sus tropas en orden de marcha hacia Nájera y cuando llegan, se encuentran de frente al ejército musulmán comandado por Ferragut. El gigante sirio, al modo de las justas medievales, reta a cualquier cristiano que quiera medirse con él. Carlomagno va enviando a sus mejores hombres, que son vencidos y encarcelados por el gigante. Roldán solicita entonces permiso a su tío para luchar y se le concede.

          La lucha será encarnizada durante dos días, estableciéndose treguas durante la noche. Primero combaten a caballo y ninguno obtiene la victoria tras el agotamiento de sus respectivas cabalgaduras. Tras un descanso reanudan la lucha a pie con espada y maza, terminando a pedradas y puñetazos; tampoco se define un vencedor y viene una nueva tregua en la que el gigante, reconociendo la valentía del caballero, le ofreció perdonarle la vida si dejaba de luchar, pero Roldán se negó; Roldán y Ferragut, conforme a la cortesía caballeresca, entran en conversación acerca de sus religiones y en un momento dado, el paladín sarraceno confiesa que su único punto débil es el ombligo, cosa de la que Roldán tomará buena nota en modo que será decisivo para el desenlace de la pelea.

          La lucha continúa y en el fragor del combate Roldán cae al suelo, momento en que Ferragut se abalanza sobre su enemigo y lo inmoviliza bajo su peso descomunal, quedando a merced de su rival; Roldan recuerda entonces el punto vulnerable del sarraceno, invoca la ayuda divina, toma su daga y la clava en el ombligo de Ferragut, que resulta herido de muerte y vencido de modo inesperado. Las tropas cristianas aprovecharon la situación para atacar Nájera, conquistarla y liberarla; los árabes tuvieron que abandonarla y Roldán ganó la fama de mejor guerrero de la cristiandad, lo que implicaba la moraleja de la superioridad de la fe cristiana sobre la musulmana.

          Desde el Poyo de Roldan que guarda la memoria de la lucha entre los dos guerreros y entre las dos religiones, ya todo será prácticamente bajada hasta Nájera y tras cruzar el puente sobre el río Najerilla, me toca enfrentarme en un nuevo y duro duelo con mi compañero de camino francés, el parisino Alain, con un par de jarras cervezas como armas. En esta ocasión el desenlace no obtuvo ganador, y quedamos emplazados para otro momento.

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36- Sarastro y los peregrinos

          Con un clima bastante frío y algo de nieve, visité Jaca a finales de Noviembre del año 2013, ciudad emblemática del Camino de Santiago (en su tramo aragonés), invitado por mis buenos amigos Paco Rapún y Ernesto Gómez, que regían entonces la Asociación Jaca Jacobea. En aquella ocasión para participar en una Mesa de trabajo sobre un proyecto jacobeo, invitado en calidad de asesor musical, mesa en la que se analizaron varios dosiers de trabajo y se establecieron algunos objetivos de interés para la Asociación.

          Durante ese encuentro, como asesor musical del proyecto al que se me invitaba, me pidieron una intervención musical. No pude negarme. Ni quise. Al habla con Marta Lafarga y el cuarteto de cuerda Sibelius de Jaca, para no improvisar, elegimos como tema musical el aria de Sarastro “O Isis und Osiris” de la Flauta Mágica de Mozar, no solo porque Mozart siempre es una garantía, sino también porque el texto hace alusión a los riesgos que asumen los peregrinos en su aventura, ya que Sarastro dice (traducido del alemán):

¡Oh Isis y Osiris,
conceded a esa nueva pareja
el espíritu de la sabiduría!
Vosotros que guiais los pasos
de los peregrinos,
fortalecedlos en el peligro
dándoles paciencia.

Hacedles ver el premio de la prueba;
y si debieran ir a la tumba,
recompensad su audaz virtud,
acogiéndolos en vuestra morada.

          La peregrinación medieval era un peligroso reto que no siempre culminaba con éxito, por eso cobran sentido las palabras de Sarastro en el mundo de la peregrinación jacobea, en modo que cabe dar a este canto el sentido de ruego a la divinidad en petición de sabiduría y protección para los proyecto de los peregrinos.

          El auditorio no era exigente y aplaudió la intervención a pesar de que tuvo sus limitaciones pues en la grabación, el cuarteto de cuerda estaba entre el micrófono y un servidor que, hoy felizmente jubilado, era entonces no más que un modesto bajo de coro que cantaba siempre desde su esquinita en su condición de bajo profundo. Por tanto, ruego benevolencia en los oyentes y quede sobre todo como testimonio del deseo de éxito en los proyectos de los peregrinos en el Camino de Santiago.

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7- Santiago peregrino del arzobispo don Álvaro de Isorna

          El prelado gallego Álvaro Núñez de Isorna fue eclesiástico que, durante la mayor parte de su vida, se dedicó al servicio regio en diversas facetas, destacando las ceremonias y la diplomacia, especialmente durante el reinado de Juan II de Castilla. Persona procedente de la Iglesia de Compostela, fue obispo de Mondoñedo, de León, de Cuenca y finalmente arzobispo de Santiago de Compostela entre 1445 y 1449, siendo su trato paternal y afable con su cabildo y su clero. De él Lopez Ferreiro dice que su breve pontificado fue como un ligero rocío que refrigeró por algún tiempo la sed de paz y justicia en que ardían los pueblos. Su carácter dulce y apacible, unido al gran prestigio que en todas partes se había conquistado, a todos los tenía contenidos, aún a los más osados, dentro de la barrera del deber. Entre sus bellas cualidades resalta también su amor a la ciencia y a la ilustración. Fue sepultado en la Catedral compostelana en la capilla de su fundación, cuyo solar fue luego absorbido por el nuevo claustro del siglo XVI. La capilla fue demolida y los clérigos racioneros Sancti Spiritus trasladaron sus restos a su capilla en el crucero de la catedral, pero sin dejar constancia de donde fueron colocados.

          Como regente de la sede compostelana, su principal preocupación fue la redacción de su testamento, para evitar los conflictos que había ocasionado la herencia de su predecesor, Lope de Mendoza, mediante una Reserva Pontificia para que su sucesión fuera decidida por el Papa.

          A su muerte su legado patrimonial se incorpora a la catedral, destacando una estatuilla del Apóstol Santiago que sin embargo no aparecerá en el inventario del Tesoro de la Catedral hasta 1537, inventario en donde se presenta así: “de plata, todo dorado, con su diadema en la cabeza, tiene en la mano derecha un bordón y en la izquierda su libro; está sobre un pilar, con un escudete de armas de Arçobispo Isorna”. Los punzones que aparecen en la propia pieza “F” y “M” permiten identifican al autor, el orfebre italiano Francesco Marino, llegado a Compostela en tiempos del Arzobispo Lope de Mendoza (1399-1 445), que marca el momento de esplendor de la escuela compostelana, en la que se señala a este orfebre como “prateiro do dito señor arçobispo”. La pieza en cuestión es un cargo que le hace Álvaro de Isorna para su devoción personal como pieza para su oratorio privado.

          En ella el autor, conforme al gusto de la época, busca la impresión artística clásica mediante la frontalidad del cuerpo y del rostro. La estatuilla viste sobre-túnica de ondulados pliegues que se abre a los lados sobre los brazos, con las dobladas solapas, botonaduras y botines puntiagudos con veneras y hebillas que enriquecen la pieza y le confieren un aspecto italianizante propia del autor. La imagen incluye los símbolos propios de la iconografía del peregrino medieval, pero solo el zurrón es de época, mientras que el bordón con la calabaza, la esclavina y el libro son del siglo XVII. El Libro lleva la inscripción: “EN ESTE LIBRO AY DE LA VESTIDURA DE NRo Patrón Santo”. En su interior se encuentra una tela de seda roja, con unas perlas cosidas y un cuarto creciente y una estrella, recortados en lámina de oro, que han permanecido en contacto con el sepulcro apostólico. Una presencia singular confiere a la pieza su gran diadema, elemento incorporado también en el siglo XVII, en franjas de abanico a partir de una faja curva ceñida a la cabeza, decorada con vistosa pedrería que sustituye a otra de similares características que si tenía la obra en principio.

          El rostro de Santiago, marcado por el realismo de la época, muestra una mirada fija con sentido de súplica intercesora, buscando acentuar sus facciones con barba, gran mostacho y cabellera corta, además con sobredorados para aumentar el halo divino. La alta peana es hexagonal y en dos cuerpos. El primero inferior más ancho y con una fila de bolas y friso de seriadas ventanillas caladas. El segundo superior con los recuadros de cada lado del hexágono decorados con rosetones flamígeros. El cuarterón central luce el escudo de armas de don Álvaro.

          Forma parte de una de las piezas mas distinguidas y celebradas del Tesoro de la Catedral que puede admirarse en la Capilla de las Reliquias.

 

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23- San Veremundo, abad de Irache y protector de peregrinos

          Santo Domingo de la Calzada o San Juan de Ortega son nombres y lugares muy populares y conocidos para el peregrino jacobeo, pero confieso que nada sabía de San Veremundo hasta encontrarme con él en la Iglesia de Nuestra Señora de la Ascensión de Villatuerta (Navarra), en el monumento que hay en la plaza frente a este templo. Allí encontré también una fuente que además de calmar mi sed y llenar mis reservas de agua, muestra al caminante una inscripción que nos anuncia el papel de este emblemático personaje y su vinculación con esta tierra y con el monasterio de Irache.

          Mis pasos dejaron hoy muy atrás Puente la Reina y su monumental puente románico sobre el Arga, así como Mañeru, Cirauqui y Lorca, antes de llegar a Villatuerta, a cuyo casco antiguo se llega tras atravesar el río Iranzu por su puente románico de dos ojos del siglo XIII. Allí encontramos la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y su entorno, en donde nos recibe la talla de San Veremundo y se percibe enseguida que se trata de una figura histórica de mucho renombre y querencia en la zona. No en vano es el patrono del Camino Navarro de Santiago. Su memoria es elogiada así en el Martirologio Romano: En la población de Estella, en Navarra (España), san Veremundo, abad de Irache, el cual, habiendo abrazado desde joven la vida monástica, estimuló a sus monjes a buscar la perfección con su ejemplo y con ayunos y vigilias. († c.1095).

Y en la mencionada fuente puede leerse:

Bebed agua peregrino
Tomad descanso y dejad sed
Y en próxima etapa sabed
Que os dará fuerza y buen vino.

Aquí Nació San Veremundo
Que en Irache fue su abad
Pedid su gracia y marchad
Haciendo amor el Camino.

          Cobra sentido lo leído sabiendo que poco después vendrá Estella, donde terminaré hoy mi caminata, y en cuyo albergue municipal “Hospital de Peregrinos de Estella” hay otra talla de San Veremundo que subraya la importancia que tiene allí su figura; y en la jornada de mañana, poca después de Estella viene Ayegui, a los pies de Montejurra, con la Fuente del Vino y el monasterio de Irache a los que hace alusión expresa el escrito en piedra junto a la fuente de Villatuerta.

          Veremundo nació en el año 1020, parece que de una familia bien situada. No se conoce con seguridad el lugar de nacimiento, y Villatuerta y Arellano se disputan el honor de haber sido su cuna natal, posiblemente porque su padre fuera natural de uno y su madre del otro, y él permaneciera vinculado a ambos. Pero hay constancia que el propio santo afirmó que desde la ventana de su habitación en el monasterio de Irache veía su pueblo, que no podría ser otro que Villatuerta.

          Hacia el año 1032, siendo todavía muy joven, ingresó en el monasterio benedictino de Irache del que era abad su tío Munio, y pronto, tras adquirir los hábitos, le nombró portero del monasterio, que era el encargado de repartir la comida a los pobres y desvalidos que acudían pidiendo amparo. Allí fue donde alcanzó renombre como monje ejemplar destacando sobremanera su amor y su labor en beneficio de los pobres. Las crónicas cuentan que siendo portero de la abadía, distribuía con generosidad comida entre los pobres, y como cada vez eran más los que acudían, cierto día en que llevaba muchos panes envueltos en su túnica, el abad Munio, buscando poner freno a su excesiva generosidad que menoscababa los bienes del monasterio, le preguntó qué llevaba, “astillas para hacer fuego calentar a los pobres”, respondió el santo. Cuando el abad ordenó a Veremundo que abriera su túnica, los panes se habían transformado en “astillas”, con lo que Dios mostraba que el gesto era agradable a sus ojos. El bellísimo relato es mucho más que una leyenda piadosa, es una clara huella que refleja una actitud sobre una realidad social, que se debe analizar no por la veracidad de sus detalles legendarios, sino por el fundamento real y objetivo de su contenido: Veremundo prestaba ayuda y asistencia mirando más al necesitado que a las normas del monasterio.

          A la muerte de Munio, Veremundo, a pesar de su juventud, será elegido para sucederle como abad, y fue durante su mando que el monasterio de Irache alcanzó su máximo nivel de auge y prosperidad, ya que por sus acertadas gestiones y sabia administración, sus méritos, su preparación intelectual y sus dotes de prudencia le llevó a ser consejero y amigo de los reyes de Navarra, lo que le valió muchas donaciones y privilegios reales, en modo que multiplicó el número de pequeños monasterios de iglesias y de villas que se incorporaron a su dominio. Irache se constituyó en centro de espiritualidad y cultura, desde Nájera a Pamplona. Defendíó el uso del rito hispano-mozárabe hasta la imposición del rito romano. El rey Sancho Ramírez concedió en 1087 el privilegio, extensivo en toda la comunidad monástica de Irache, que la palabra de un monje fuese considerada como prueba en un juicio. Tras una época de gloria, el apoyo de la corona disminuyó con la fundación de Estella por el rey Sancho Ramírez (1090), que relegó a segundo plano a Irache. Vermudo murió el 8 de marzo de 1092, día en que se instituyó su festividad, tras ser canonizado en 1163 por el papa Alejandro III. En 1614 el obispo de Pamplona autorizó una romería anual en Arellano y Villatuerta, y hoy goza de una gran popularidad en toda Navarra, en donde es célebre el dicho “Mientras el mundo sea mundo, el ocho de marzo San Veremundo“.

          Aunque los testimonios de su biografía son tardíos, desde muy antiguo se atribuye a Veremundo facultades taumatúrgicas de realizar fenómenos considerados sobrenaturales más allá de las aptitudes humanas, reconociéndosele un don extraordinario, como un mago o un santo. Así profetizaba hechos futuros, provocaba lluvias y buenos climas para las tierras, expulsaba los demonios a través de exorcismos, curaba toda suerte de enfermedades, y estos y otros hechos admirables le ganaron fama en vida y culto después de muerto. 

          Se le atribuye el don de hacer milagros, como salvar de morir ahogado a un labrador que le invocó mientras era arrastrado por la corriente del Ega, o apagar con la oración el fuego que unos desalmados habían encendido en las mieses del monasterio, o dejar paralizados a unos ladrones hasta que reconocieron su culpa y pidieron perdón al santo. Un milagro famoso que se cuenta es que en una ocasión de hambruna en que unas tres mil almas de los contornos acudieron hambrientas pidiendo alimento, Veremundo, conmovido, se postró ante el altar y suplicó socorro al cielo; en ese momento descendió del cielo una hermosa paloma blanca que revoloteando sobre los hambrientos, los dejó milagrosamente saciados. Tal vez sea la forma de convertir en milagro su reconocido gesto de abrir las despensas del monasterio a peregrinos e indigentes que necesitaban ayuda. Siempre la tradición ha mostrado la tendencia a magnificar con explicaciones sobrenaturales actitudes que obedecen a una conducta generosa y admirable.

          Muy devoto de la Madre de Dios, los monjes decían que hablaba con la imagen que tenía a la iglesia del monasterio. El esmero y pulcritud en la recitación exacta y reverente del Oficio Divino, las oraciones que los monjes hacen en el coro varias veces al día, le mereció la aprobación y alabanza por parte de la Santa Sede.

          Pero lo que más popularizó su fama es ocuparse especialmente de los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela a los que atendía con esmero en el hospital de peregrinos de Irache fundado algunos años antes por su tío, pero que él mejoró, convirtiéndose la abadía en etapa indispensable de los peregrinos jacobeos hasta la fundación de Estella en 1090, fecha a partir de la cual, en este y otros capítulos, descendió la trascendencia del monasterio de Irache. La memoria de esta época de asistencia y dedicación al peregrino fue motivo para que en el año 1969 fuese declarado patrón del Camino de Santiago en Navarra.

          Veremundo murió y fue enterrado en Irache, donde se conserva su sepultura. En 1583 se trasladaron sus restos, como resultado de un voto por la curación de una enfermedad que había hecho el abad Antonio de Comontes, que hizo instalar las reliquias en una urna preciosa que permaneció hasta el siglo XVIII en la sacristía. El papa Pablo V permitió el culto en 1614, confirmado por Inocencio X el 1646. En 1657, los restos se colocaron en una nueva arca de plata con relieves.

          Tras la desamortización de 1835, las reliquias se llevaron a la iglesia de Ayegui. En 1839 los monjes abandonan el monasterio y para mantener el culto a las reliquias, éstas se llevan finalmente a Arellano y Villatuerta. Como no estaba claro el lugar de nacimiento del santo, los dos pueblos acordaron alternarse, cada cinco años, la custodia del relicario, haciéndose este traslado el 3 de septiembre, festividad en los dos pueblos; la fecha se conmemora con una procesión que hace paradas en Irache y en el pueblo de Dicastillo.

          La urna, tras permanecer un lustro en Arellano, pasa otros cinco años en Villatuerta, donde cada 8 de marzo se celebra un relevante festejo local incluyendo una procesión de la imagen del santo y de sus reliquias por las calles del lugar, con momentos rituales de culto a las reliquias y distribución de panecillos benditos en honor al santo, junto a otros actos mas populares y festivos.

          Bebo mi agua meditando en el valioso papel de este santo en favor de los pobres y singularmente de los peregrinos, y al pasar por Irache me detengo un rato en la fuente de vino y brindo en su memoria. Buen Camino a todos, que el Apóstol nos proteja y San Veremundo nos ayude.

 

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3- Tentaciones y Perdones entre Zariquiegui y Uterga

          Con las primeras luces del día dejo Pamplona a mis espaldas y en Cizur Menor aún amanece a mi paso: salvo la lluvia, que si ha despertado, y de amenaza se convierte en franca realidad, obligándome a cubrirme con la capa de aguas. Por fortuna no será por mucho tiempo y con el ascenso hacia Zariquiegui vuelve a escampar permitiendo contemplar la excelente panorámica que va dejando Pamplona en la retaguardia.

          Acontece en este tramo ya en franca subida una anécdota que guardaré siempre entre mis recuerdos dorados. El cansancio me invita a detenerme en un banco que parece puesto para mí, junto a una cruz en memoria de un peregrino belga que murió en el Camino. Un trago de agua, unos pocos minutos para recuperar el resuello y continuo enseguida sin percatarme que he dejado olvidado allí mi querido bordón Teodomiro; inicio el retorno para recuperarlo cuando un peregrino coreano que conocí en Roncesvalles y que camina con su familia, me detiene y me interroga, y no se bien como le explico el olvido. Me marca un stop con la mano y manda a su hijo a recogerlo; juventud divino tesoro, lo hizo a la carrera en un santiamén; a cambio le hice un sencillo obsequio: un marca-libros jacobeo. No quería cogerlo pero ante mi insistencia esperó a que su padre asintiera con un gesto de cabeza para aceptarlo. Creo que ninguno de los dos olvidaremos el momento.

          Llego a Zariquiegui ya con un día soleado que se ha liberado de nubes y lluvias, y me recibe la magnífica planta del templo románico de San Andrés, que visito e inmortalizo antes de realizar un buen tentempié que refuerce mis energías para culminar mi subida a la Sierra del Perdón. Todavía en el propio pueblo las calles acentúan su pendiente y al abandonarlo ya estás en el último e intenso tramo de subida hacia al Alto del Perdón, con rampas constantes aunque no excesivas. El paisaje, de gran belleza, a medida que gana altura nos va mostrando distintas aldeas en el horizonte. Y en lo alto aparecen como una muralla, los modernos molinos de viento. ¿Qué vería hoy en ellos Don Quijote?.

          Llegan entonces dos puntos del Camino que son protagonistas del relato de hoy, dos puntos próximos entre sí y emblemáticos del Camino de Santiago, esos lugares que aunque en parte esperas, desbordan tus expectativas. Aparece por mi izquierda una mítica fuente con leyenda; la Fuente de la Reniega que ahora llaman de Gambellacos, como se lee en su inscripción. Cuenta su relato que acometiendo la subida hacia el Alto del Perdón en una jornada de intenso calor, se le aparecía a un caminante el diablo con apariencia humana. Ante el momento de gran vulnerabilidad por la falta de agua, buscaba tentarle para ganar su alma, y viendo su intensa sed le ofreció toda el agua fresca que deseara con la sola condición de que renegase de Dios. A pesar de que el caminante estaba extenuado y sediento, rechazó su oferta con rotundidad, pues su fe era grande.

          Insiste el diablo pensando que vencerá la resistencia inicial del peregrino en una segunda acometida, y volvió a tentarle entre sonidos envolventes de agua fluyendo por un cauce y goteando sobre una superficie ondulante, mientras le decía que aliviaría su sed simplemente con renegar de la Virgen María; nuevamente el peregrino rechazó la oferta porque su devoción era grande.

          Por tercera vez, como suele hacer el diablo antes de darse por vencido, decidió tentarle una vez más, ante suculentas imágenes flotantes de cascadas de apetecible agua, le decía que su sed quedaría calmada como nunca y que podría refrescar su seco gaznate si renegaba del Apóstol Santiago, y el peregrino volvió a rechazar la oferta con mayor énfasis, y entonces, con gran ansiedad, pidió ayuda a su Dios, para escapar de estas tremendas tentaciones que empezaban a debilitar sus fuerzas y le hacían temer ante una nueva tentación.

          Fue entonces cuando el diablo desapareció escondiéndose ante su fracaso, y el mismo Apóstol Santiago fue al encuentro del caminante y le guio hasta una cercana fuente, la fuente de la Reniega desde entonces, dónde le dio de beber con la propia vieira del Apóstol.  Y se dice que desde entonces la “Fuente Reniega” no ha dejado de surtir agua en alivio de todos los peregrinos que llegan exhaustos a los últimos tramos de la subida al Puerto del Perdón, y quienes beben de su agua podrán proseguir su ruta sin tentación a abandonarla.

          Sin embargo a mi paso corre un fino hilo de agua del caño, casi a gotas, y aunque me hubiera gustado beber me parece insalubre y arriesgado hacerlo de modo que continúo hacia la cima mientras se hacen presentes numerosos molinos de viento que ahora llaman aerogeneradores.

          Por momentos el sendero se acentúa entre arbustos espinosos y matojos de acacias, hasta irse allanando y desembocar en una cima a la que llego sintiéndome liberado de posibles tentaciones. Es el inconfundible Alto del Perdón, considerado, entre otros parajes del Camino, un lugar emblemático y mágico, y cuyo nombre evoca la perdonanza grande y universal que conlleva la gracia jubilar de la peregrinación a Santiago de Compostela.

          Es un lugar para relajarse, aparcar un rato la mochila, hacerse unas fotos junto al monumento a la peregrinación que en 1996 han situado frente a una espectacular panorámica. Se trata de una obra realizada en chapa por Vicente Galbete, que representa una caravana de peregrinos de distintas épocas como alusión a la evolución del Camino y de las peregrinaciones a lo largo de su historia. El lema que remata la obra resume, en gran medida, el espíritu del lugar: “Donde se cruza el camino del viento con el de las estrellas”. En este espacio hubo antiguamente una ermita y un hospital de peregrinos dedicados a la Virgen del Perdón, tal y como recuerda un pedestal.

          En ese espacio que divide la cuenca de Pamplona y el valle Valdizarbe, respiro hondo, disfruto de la soberbia panorámica que a abre ante mí, y tomo unos frutos secos y unos tragos de agua en memoria del peregrino fiel que superó las tentaciones del mismísimo diablo que busca sus presas por este y otros caminos del hombre.

          E inicio una exigente y dura bajada que me dirige primero hacia Uterga, y después hacia Eunate, hacia Obanos y hacia Estella, pero ese será ya otro relato…  En este tramo, como en otros tantos del Camino de Santiago, se acumulan los escenarios y las vivencias que hacen soñar, volar con la mochila a cuestas, admirar lugares, paisajes y rincones que despiertan nuestras emociones y nos hacen reír y llorar al mismo tiempo…

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19- Camino de Cruces y Aquelarres entre Roncesvalles y Burguete

          Empieza a clarear el día cuando, tras un buen desayuno en la Posada de Roncesvalles, inicio la jornada peregrina de hoy. Junto al cartel que anuncia los 790 km a Compostela intercambio cámara con un peregrino en bici vascofrancés, yo le fotografío a él, y el a mí, y queda su bicicleta como testimonio común de ambas instantáneas. Será el primer tramo de esta jornada en el que ahora quiero atender expresamente a la presencia de dos cruces de piedra y entre las dos, un denso bosque lleno fuerzas dormidas que contemplan mi paso con benevolencia.

        Ambas cruces vienen a marcar el comienzo y el final del llamado Bosque de Sorginaritzaga o Robledal de las Brujas por el que transcurre el Camino de Santiago entre Roncesvalles y Burguete. Un cartel casi al final de la floresta nos explica la razón de este apelativo: “En este bosque, cuyo significado es Robledal de las Brujas, fue donde se celebraron algunos de los más conocidos aquelarres del siglo XVI, que motivaron una sonada represión que acabó por llevar a la hoguera a nueve personas de la zona”. Este enjambre de árboles, matojos y helechos constituyendo un espeso manto vegetal por el que inicio a sumergirme, fue escenario, en siglo XVI, donde se celebraron afamados aquelarres y conciliábulos de brujas, nigromantes y hechiceras de los que las crónicas dicen que festejaban con disipación y desenfreno su pandemónium revestidos con feos ornamentos negros y sucios, untándose el rostro y los brazos con ungüentos maléficos, comiendo víctimas inmoladas en sus liturgias negras, cantando y entonando sones y ritos pérfidos, crueles y malsonantes, que acompañaban de danzas macabras y voluptuosas, que culminaban con una orgía mancomunada ayudándose de la desinhibición y osadía que provocaban con el consumo de plantas en infusiones, pócimas y brebajes de poderes alucinógenos y afrodisíacos: estramonio, mandrágora, beleño y belladona. Las pesquisas y redadas inquisitoriales motivaron persecuciones, detenciones y quemas en la hoguera de las brujas, entre Roncesvalles y Burguete, entre otros lugares de Navarra. En la iglesia de San Nicolás de Bari de Burguete permanecerían colgados los “sambenitos”, como símbolos de la infamia.           Al franquear aquel exuberante boscaje, en otro tiempo aislado, de difícil acceso y asiduamente cubierto de neblinas y brumas, se intuye en el ambiente un husmo mágico que traslada nuestro inconsciente al ámbito de aquellos supuestos excesos perversos y aquellos castigos expiatorios. Con el fin de purificar el lugar y dotarlo de una protección divina, se levantaron algunas cruces y acaso sea este el origen de la Cruz Blanca que encontramos al final del bosque y a la que luego me referiré. Pero cuando el peregrino llega hasta allí, aunque la distancia no es mucha, es lo suficiente para comprender que la magia que rezuma este bosque no tiene nada de maldita, que sin duda fue la imaginación malsana de algunas gentes quienes atribuyeron poderes maléficos y acciones perversas a aquellas simples curanderas que vivían en tales parajes aislados, donde recogían sus plantas y elaboraban sus remedios medicinales. Fue la inventiva resentida y envenenada la que avivó la persecución y la hoguera. Hoy el peregrino, inhalando la magia pacífica y bienhechora de aquel bosque entre aquellas dos cruces cargadas de sabor y de historia, descubre la paz salvaje de la naturaleza de aquellos contornos.

          Este tramo de ensueño entre Roncesvalles y Burguete que Ernest Hemingway catalogó como “el territorio más malditamente salvaje de los Pirineos”, es un lugar de fascinante belleza e historia, pueblos nacidos al calor del Camino de Santiago para dar servicio a los peregrinos que llegaban de Europa atravesando los Pirineos. A su paso dejaron miles de historias que se suman al pasado fulgurante de estas tierras, por las que desfilaron las legiones romanas en sus campañas hacia Hispania o donde los vascones derrotaron a Carlomagno en el siglo VIII.

          Saliendo por el sur de Roncesvalles hacia Burguete y apenas a trescientos metros de dejar a nuestra espalda su Real Colegiata, aparece la primera de las dos cruces, en el borde oriental de la carretera de Francia encontramos este crucero gótico conocido como Cruz de los peregrinos, también llamada “Cruz Vieja”, enmarcada entre robustas hayas y habitualmente en penumbra. Ocupa ese emplazamiento desde que en 1880 decidiera colocarla allí el Prior don Francisco Polite, lugar de oración, recogimiento y marco mítico y sacro para dejar recuerdos, signos y pequeñas cruces improvisadas, al igual que sucede en otros lugares del Camino.

          Este no era su emplazamiento ni su conformación original, pues la cruz actual, junto a algunos elementos modernos, incluye materiales más antiguos a su reubicación, lo que nos habla de que encierra valores históricos anteriores. Bien merece conocer detalles de su diseño y de sus valores artísticos e históricos.

          Sus elementos se conjugan hoy a partir de piezas de tres distintas épocas. Su base se forma por un rústico podio cuadrangular de tres niveles a modo de pequeña escalinata sobre la que apoya una columna prismática rectangular de poca altura de construcción probablemente moderna, quizás del siglo pasado. A la columna se adosa un capitel del renacimiento barroco de mediados del siglo XVI. Finalmente la cruz propiamente dicha que corona el monumento con molduras sencillas y extremos florenzados, es decir, que sus extremidades acaban en forma de cabeza de flor de lis.

          El capitel parece estar vinculado a la fundación de la Colegiata. Contiene dos rebajes, uno a cada lado, en donde hay labradas dos figuras en bajo-relieve de cabezas coronadas, que una porta una espada y la otra un libro, lo que sugiere tratarse de un matrimonio real, muy posiblemente los fundadores de la Colegiata, Don Sancho VII el Fuerte y su consorte Doña Clemencia.

          La Cruz florenzada es de forma griega, de brazos iguales rematados en flor de lis. En el centro figura un Crucificado de forma hierática, grave, rígida y sin expresión, de brazos rectos y cabeza levantada, de formas desproporcionadas y algunas características que permiten situarlo antes del siglo X. En la parte inferior de la cruz, hay labrada una imagen de la Virgen también con signos que revelan una notable antigüedad. La cruz descansa sobre un baquetón rectangular a modo de pedestal, y con una inscripción considerada de lectura imposible por su desfiguración con el tiempo. El canónigo de Bayona Jean Baptiste Daranatz hizo un fotograbado de la misma que permitió mejor análisis e interpretación.

          Se trata de letra monacal, es decir gótica de los siglos XIII, XIV y XV, que como era costumbre en la época usa con mucha frecuencia las abreviaturas y palabras cortadas, y cuyo estudio paleográfico orienta a que su traducción puede guardar una relación carolingia, según Agapito M. Alegría: «Esta Cruz se colocó en otro tiempo por Carlo Magno en la casa-hospital de Jesucristo situada en Ibañeta». El mensaje es por tanto muy posterior a la cruz, pues aunque sobre la inscripción figura la leyenda ANO MCCCLXVI (año 1366), los rasgos arqueológicos son claramente anteriores al siglo XIV, con signos evidentes de tratarse de una cruz románica o bizantina, y se trataría en tal caso de la cruz que Carlo Magno mandó colocar en la cumbre de Ibañeta a fines del siglo VIII o principios del IX, la llamada «Crux Caroli». Crónicas de siglo XII cuentan que en Ibañeta hubo un Monasterio benedictino que daba asistencia peregrina, y que muy cerca de este cenobio, estaba la cruz de Carlo Magno, y otros textos medievales orientan hacia que la Cruz fue trasladada del Hospital de Carlo Magno en Ibañeta al lugar que hoy ocupa en las proximidades de Roncesvalles; era pues oportuno que en este traslado se consignara su procedencia y esto es lo que parece decir la inscripción.

          Otras interpretaciones menos románticas consideran que las dos figuras que la cruz representa corresponden a un matrimonio que impulsaría el monumento en el siglo XIV y que a ellos aludiría la inscripción señalada cuya traducción a su juicio: “Esta obra fizo facer donna Pia de Yaurrieta …. Anno Domini MCCCXXI”. No encaja, desde luego, que las figuras sean coronadas, lo que sugiere que se trata de figuras reales, por lo que la idea de que sean del Rey don Sancho y su esposa parecen tener mayor fundamento. En todo caso el capitel y la propia cruz son de épocas distintas por lo que, con independencia del mensaje de la inscripción, creo aceptable la propuesta de los autores que se decantan por que la cruz es la de Carlo Magno.

          Fue llamada «Cruz de los Peregrinos» porque a su vera corría la antigua calzada romana, la Vía Aquitania que iba de Burdeos a Astorga atravesando los Pirineos entre San Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles por los puertos de Cize, que aun se conserva en algunos trozos, camino directo de las peregrinaciones que de España se dirigían al sepulcro del Apóstol Santiago. Algunos autores encuentran fundamentos en pensar que esta era Cruz que mencionaba el Calixtino como lugar de descanso de los peregrinos que, a su alrededor, dejaban cruces adornadas con reliquias y conchas marinas que les servían de báculo y de distintivo, y pasaban al Hospital donde eran confortados; así lo dice el antiquísimo códice manuscrito en Roncesvalles en el siglo XIII «La Preciosa», un valioso poema latino que habla de la peregrinación y la asistencia dada al peregrino tras el paso de los puertos de Cize. La fama de este hospital corrió todo el mundo y a los peregrinos se les indicaba como lugar de descanso dándoles por señal la Cruz de Carlo Magno que no tardó en llamarse por este motivo «La Cruz de los Peregrinos». Las ruinas de la cabecera del antiguo monasterio-hospital han sido en 2017 localizadas por un equipo arqueológico, junto a la actual capilla de San Salvador de Ibañeta. Cerca de estos contornos es donde debió caer, mortalmente herido, Roldan, según cuenta la leyenda de Gesta, en el momento de dar aviso a Carlo Margo con su olifante. En aquellos contornos, cerca de donde ahora se conserva su monolito, es donde Carlo Magno recogió los restos de su sobrino y lugarteniente, levantó un templo y puso allí la “Crux Caroli”. A menudo, como ocurre en Compostela, los hallazgos arqueológicos vienen a conceder una importante verosimilitud a lo que la leyenda mitifica.

          Abandonados y destruidos el hospital y Monasterio de Ibañeta, también desaparece la Cruz en el siglo XVI, aunque luego Oihenart, en el siglo XVII, la sitúa de nuevo donde ahora está la Capilla de San Salvador de Ibañeta. En 1748 también la menciona el peregrino francés Jean de Bonnecaze de Pardies, quien ante la impresión del lugar se aprestó a rezar “una oración por los cristianos muertos en lugar tan memorable”. Un nuevo monumento sustituirá el precedente bajo la advocación de San Salvador. En algún momento es recompuesta y trasladada a la Colegiata de Roncesvalles al ser esta fundada, en modo que la venerada Cruz, o lo que quedó de ella, fue recompuesta y trasladada a Roncesvalles y finalmente a su último y actual enclave. Sea o no la cruz original, guarda enteramente su memoria y el aprecio de los peregrinos que, aún hoy, la visitan y dejan sus modestas e improvisadas cruces de palo a sus pies, tradición que debió nacer en aquellos lejanos tiempos del Monasterio-Hospital y Cruz de Carlo Magno.

        El origen de la Cruz de los peregrinos, antes Cruz de Carlos, engarza pues con ciclo rolándico, y la figura de la espada del lugarteniente y sobrino de Carlomagno, clavada en tierra en forma de cruz junto al olifante y muchos otros detalles emblemáticos terminarán por tejer la leyenda y los cantares de gesta fijaran por estos contornos el lugar donde murió Roldán. La Chanson de Roland, ha dejado por estos contornos entre Roncesvalles y Burguete bastantes mitos y leyendas, y este será también el significado que se da a la segunda cruz del lugar, llamada Cruz Blanca seguramente por el color de su piedra original, y que antes fue mencionada con significado de purificación de los malignos aquelarres en el bosque, explicación que parece la más sólida y coherente, aunque algunos quieran vincularla a la tradición carolingia.

          Según una creencia popular tardía muy extendida en Francia, este crucero marcaba el punto de la muerte y enterramiento de Roldán, el lugar en el que descansaban los restos y la memoria del mítico caballero, por lo que se le llamó también Cruz de Roldán. Se trata de una Cruz de término en la que realmente nada indica que haya que relacionarla con un pasado carolingio. Así piensan también los historiadores especializados que lo descartan por completo. Pero lo cierto es que a finales del XVIII, en que ya fuera gravemente dañada por un rayo, fue poco después destruida por las tropas revolucionarias francesas, que se habían tomado la leyenda al pie de la letra, le dieron el golpe de gracia, queriendo así eliminar un símbolo de la derrota de sus antepasados ante los vascones.

          Se instalaría en el siglo XVI y desapareció a finales del XVIII, para volver a levantarse con nuevos materiales en el año 2006, de modo que es un monumento de nueva factura. En ese año una iniciativa popular con el patrocinio del gobierno navarro, llevó a cabo la recuperación del antiguo monumento, con un diseño que recuerda al de los tradicionales cruceros de caminos.

          Al salir de aquel bosque encantado que se nos hace corto, hemos aprendido algo que nos va acompañar en todo el Camino hasta Santiago de Compostela, que dos mundos conceptualmente tan distintos como el mundo sagrado de la devoción y de la fe, camina junto al mundo pagano, que no son mundos diferentes sino complementarios como caras de una misma moneda. Lo sagrado y lo profano se dan la mano en el Camino de Santiago. No debemos priorizar una cara sobre otra, sino atentos a ambas, porque si creemos que son distintas y priorizamos una sobre otra, sea cual sea la que elijamos, nos quedaremos sin conocer una parte del Camino. 

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2- El monje Virila y el ruiseñor

          Es esta una leyenda de especial fascinación y ternura místicas, pues no en vano se trata del relato de un éxtasis espiritual, experimentado por un monje legendario, pero no por un arrebato religioso que le indujera al estado contemplativo del alma, sino que el impulso desencadenante del trance resultó ser un estímulo sensorial de singular atractivo para los oídos como el canto de un ruiseñor, potenciado aquí por una naturaleza exuberante y un clima particularmente amable para el cuerpo y grato para el espíritu. Cabría resumir que el motor de todo fue el deleite auditivo generado por la escucha de un canto único y extraordinario, que despertó un trance cuya consecuencia fue la vivencia de un estado de conciencia ausente y una vivencia temporal utópica.

          El actor principal del cuento es un tal Virila, un piadoso monje del siglo X que lo fuera del monasterio navarro de Leyre, si bien su protagonismo quedó velado durante largo tiempo por la entonación armoniosa de un pajarillo sinigual en esas lides como es el ruiseñor.

          Si tanto papel juega el lance canoro en esta narración, antes que atender al relato sería necesario valorar si el origen generador del encantamiento de esta leyenda fue o no capaz de incitar el ensimismamiento que nuestra historia propone.  Es el ruiseñor un ave de muy pequeño tamaño, que es reconocida sobre todo por su hermoso canto. Sus trinos y gorjeos pueden escucharse tanto de día como de noche, y pueden alcanzar singular esplendor en primavera, su época de apareamiento, donde despliega todas sus dotes de cantor para poder atraer a la hembra. Común en Europa, es ave migratoria que elige el continente africano para invernar, pero en primavera retorna a su hábitat natural con el fin de aparearse y procrear. Escuchemos su discurso canoro antes de proseguir.

          Ahora sí, ya estamos preparados para exponer la semblanza de este fantástico suceso, pero quiero pedir al lector cierta dosis de abstracción al situarse en el escenario, para comprender e interpretar con el mayor tino lo que aquí se cuenta.

          Es ésta una leyenda acontecida en el siglo X y vivida por Virila, un piadoso monje que llegó a ser abad del monasterio de Leyre, en las escarpadas montañas navarras. Llevaba nuestro hombre su fe con devoto esmero y ejemplar dedicación en todas sus ocupaciones monásticas, aunque un tanto preocupado por entender el misterio de la eternidad y la trascendencia humana, en modo que albergaba una duda en lo más recóndito de su pensamiento, un temor más bien, que se imponía a su voluntad y a su deseo por más que se esforzaba en evitarlo, y que consistía en recelar de que la vida que pudiera tener en el Paraíso, si algún día el Señor se lo concedía al finalizar su vida terrena, pudiera ser placentera a expensas de una labor meramente contemplativa de la perfección divina, si acaso no resultaría un tanto harto y cansado la reflexión continuada y permanente de un axioma tan trascendente y profundo, como si relacionara esa eterna ocupación como una labor que podría terminar en el hastío y le asustara no encontrar en ese futuro propuestas más ajustadas con el solaz del espíritu y el recreo del cuerpo, que bien sabido es que ambas partes de nuestro ser requieren armónico acomodo para que la dicha sea plena. Esta duda casi continua, a veces incluso durante el sueño, le mortificaba, y tanto que terminaba sintiéndose culpable por tales sospechas, y terminaba rogando a Dios que le liberara de ese embaucamiento que incluso veía como tentaciones del maligno.

          Cierto día, al acabar de rezar los salmos de la hora nona, acudió Virila a atender sus habituales ocupaciones en el huerto del monasterio como mejor modo de esquivar los que consideraba sus malos pensamientos, cuando un ruiseñor se posó en la rama de uno de los árboles del huerto y entonó tan melodiosos y armónicos trinos que detuvo sus labores para disfrutar mejor del espectáculo sonoro. Escuchar aquella acústica agilidad simultáneamente tan aguda y sutil, hizo olvidar a Virila su preocupación y lo llenó de una gran paz y dulcedumbre.

          Quiso entonces el monje acercarse más al ruiseñor para apreciar mejor su recital, pero el pájaro, asustado, voló a otro árbol más lejano. Virila reintentaba el acercamiento pero todo lo que lograba era provocar que el ruiseñor fuera volando de rama en rama, y distanciando su hermoso canto del monje quien, por no dejar de escuchar tan bella melodía, lo fue siguiendo hasta salirse del monasterio e ir alejándose poco a poco de él, hasta ir subiendo a sus montañas cercanas y adentrarse en una senda para él ya familiar y asidua, que le adentraba en el bosque, en el que a veces gustaba refugiarse con la excusa de que iba en labor de recolección de plantas medicinales para el monasterio. Allí es donde alcanzó la proximidad suficiente al ruiseñor, y una vez lograda se sentó, junto a una fuente, a  escuchar con tal gozo que quedó un breve instante extasiado de deleite, con los ojos cerrados, sintiendo que su alma se abría de par en par y era transportada al más allá; no fue por mucho tiempo, se lamentó pronto, pues el pajarillo detuvo su canto y emprendió el vuelo hasta perderse en la vista.

          Volvió en sí el monje y decidió regresar entonces al monasterio, pues había salido de él precipitadamente, sin advertir a ninguno de sus hermanos y bien podría ser que estuvieran preocupados por su injustificada ausencia. Pero se tranquilizó pensando que había estado poco tiempo alejado del cenobio y en ese lapso de tiempo consideraba que lo más probable era que no habrían notado su partida estimando incluso que nadie se habría percatado de que hubiera salido del convento.

          Observó entonces que el lugar en que había permanecido sentado y escuchando al pajarillo no parecía el mismo, que incluso él se notaba diferente, con una crecida barba blanca y una tonsura desdibujada, más bien inexistente, que su negro hábito era más añejo y raído, que el entorno de naturaleza parecía diferente y que en su camino de retorno notaba algo extraño, como si no fuera la misma senda que le había llevado hasta allí, que la vegetación era más espesa y los árboles de mayor tamaño. Llegó a pensar si no habría confundido la senda de retorno, ya que la conocía bien y aquella parecía otra, aunque luego recuperó algo la calma al divisar las primeras piedras del monasterio. Pronto le invadió una sorpresa mayúscula al advertir que aquel templo que se aproximaba a sus ojos no era el mismo que dejó hace un rato, pue solo identificaba una parte de él, mientras que el resto eran añadidos que hacían su figura mucho más elevada y grande. ¿Cómo podía ser aquello?. Al llegar ni siquiera encontró la pequeña puerta auxiliar por la que pudo salir sin que nadie apreciara su marcha, en modo que resolvió llamar a una puerta lateral que si reconocía, pero sin atreverse a dirigirse a la que parecía ser ahora su atrio principal de entrada, mucho más solemne y ornamentado, sin duda digna de monarcas y nobles de alta alcurnia.

          Un tanto aturdido por aquellos inexplicables cambios, Virila llamó a aquella puerta lateral del monasterio, y solo después de cierta insistencia terminó por abrirle un monje joven que nunca antes había visto, que tampoco dio muestras de conocerlo a él, y que además vestía un hábito blanco distinto a su vieja túnica negra. ¿Quien es usted buen hombre, con esos hábitos tan en desuso?, le preguntó el joven fraile. Soy Virila, monje de esta casa desde hace años. No es posible lo que me dice hermano, pues nadie hay aquí que responda por tal nombre. Alarmado y con la respiración entrecortada Virila se afanaba en recalcar su nombre y en insistir en que, aunque algo cambiado, ese era su monasterio, que solo se había ausentado de allí un instante, que incluso aún suponía estar a tiempo de incorporarse al rezo de vísperas, que necesitaba arrodillarse ante el santísimo, y que antes de terminar la jornada necesitaba tomar algo frugal pero sólido y después recluirse en su celda donde descansar de un largo día mientras conciliaba el sueño entre oraciones… y hablaba Virila precipitadamente sin comprender lo que ocurría, un tanto arrepentido de lo que había creído una falta menor y acaso fuera el castigo a sus osadas y pecaminosas elucubraciones; aunque albergando la esperanza de que el joven canónigo, aún sin tonsurar, pudiera aclararle la situación, se apiadara de su alma asustada y le ofreciera alguna salida a su inquietud creciente.

          El joven novicio terminó por compadecerse del venerable anciano que tenía delante y buscando alguna explicación le llevó al archivo del cenobio, donde se guardaban ordenadamente los libros además de viejos legajos y registros desde los comienzos del monasterio. El monje bibliotecario buscó en tales documentos y en uno muy antiguo encontró que efectivamente sí hubo, hace más de trescientos años, un monje de nombre Virila, con la explicación escrita de que una tarde salió del monasterio a la montaña y nunca más regresó ni se supo nada de él.

Virila quedó sin saber que decir ni que pensar, aunque vislumbraba que Dios le estaba dando una lección. El hallazgo ocasionó mucho revuelo en el convento y acudieron todos los monjes a la capilla a rezar y en pleno Te Deum de acción de gracias se abrió la bóveda de la iglesia y se oyó la voz de Dios:

– Virila, has pasado trescientos años oyendo extasiado el canto de un ruiseñor y te ha parecido un breve instante. Imagina cómo será la ventura vivida en el Cielo contemplando la Gloria del Altísimo con todos tus sentidos, en modo que gozarás la dicha eterna sin lugar para la fatiga ni la hartura.

          Entonces un ruiseñor entró volando con un anillo abacial en el pico que colocó en el dedo de Virila, que fue nombrado abad del convento, hasta que algunos años después, Dios le llamó a gozar de la gloria eterna.

          Hasta aquí llega el relato de esta fascinante leyenda, de la que hay numerosas versiones, en modo que me he permitido novelar un poco su exposición a partir de detalles de distintas fuentes coincidentes en lo sustancial, porque el legendario cuento se difundirá ampliamente y es incluido en distintas colecciones, crónicas, compilaciones y  antologías de los más diversos autores en el tiempo y el espacio, desde en francés Jacobo de Vitry (1160?-1240?) o el italiano beato Jacobo de la Vorágine (1230-1298), hasta la “Antología de Cuentos de la Literatura Universal de Ramón Menéndez Pidal (1955). Se menciona como germen la tradición celta irlandesa del siglo VI, pero la forma descrita aparece siglos después y como ocurre con otras leyendas, hay varias versiones en el occidente europeo, lo que nos habla de su difusión bajomedieval probablemente ligada a las comunidades cistercienses; así hay una versión de mediados del siglo XII en el monasterio de Afflinghen (Bélgica), y una traducción parisina de finales de dicho siglo. En la península ibérica aparece también otra equivalente protagonizada en el siglo XII por San Ero, monje fundador del monasterio de Armenteira (Pontevedra). Una versión equivalente con un monje anónimo existe en monasterio portugués de Villar de Frades. Cierta similitud se encuentra la leyenda galaicoportuguesa del Bendito San Amaro aunque de escenario incierto. También hay cierta equivalencia en “Los Siete Durmientes de Éfeso” que relata Jacobo de la Vorágine en la Leyenda Dorada, con un cierto fondo común pero que cambia sustancialmente el contexto. Donde la similitud llega al máximo grado es en el mencionado caso de San Ero, relato que después aparece en la Cantiga 103 de Alfonso X el Sabio (siglo XIII), “Quena Virgen ben servirá a Parayso irá”, vinculado a la mediación de la Virgen, siendo aquí el ave protagonista un mirlo, también de bellísimo canto, que siglos después será versificado magistralmente por Valle Inclán en sus Aromas de Leyenda (1907):

Dulce canto de encanto en jardín abrileño

que hace entreabrirse la flor azul del ensueño.

La flor azul y mística del alma visionaria

que del ave celeste la celeste plegaria

oyó trescientos años al borde de la fuente…

El ingenuo milagro al pie de la cisterna,

donde el pájaro el alma de la tarde hace eterna,

en la noche estrellada cantó trescientos años

con su hermana la fuente…

          Estas distintas versiones y variaciones y otras que aparecen en el occidente europeo, bien estudiadas por Filgueira Valverde, nos hablan de un proceso de difusión y adaptación hagiográfica de ámbito monástico y la elaboración de recopilaciones, santorales y calendarios litúrgicos medievales.

          La leyenda de Virila o sus equivalentes, son una alegoría del misterio de la eternidad, y la moraleja que se desprende de estas narraciones como leitmotiv sustancial de las mismas es que si el canto de un simple ave es capaz de complacer el espíritu durante tres siglos a un hombre sin que se consciente del paso del tiempo, cuánto más será el gozo de vivir la eternidad junto a la luz eterna del Creador.

          La obra es un verdadero compendio de versiones hagiográficas y literarias, que a pesar de ser bien conocida y  descrita, se puede considerar que está hoy poco estudiada. Es muy factible, casi evidente, que debió existir un santo varón que sirviera de germen histórico a la leyenda, que luego haya sido adornado con la inclusión de aportaciones fabulosas que magnificaran el relato con la intención de engrandecerlo hasta llevarlo a situaciones que transgreden la lógica de la razón humana. El resultado es una narración folklórica que, fruto de la creación literaria individual del relator de turno, agrega visiones fantásticas, viajes al más allá, discursos y exhortaciones pedagógicas y moralistas, culto mariano, pasajes de ultratumba, etc., conformando un relato variopinto que deforma las raíces y disturba el posible análisis.

          Partiendo de las similitudes y equivalencias y buscando un impulso original de todas ellas, hay que valorar que hacia el año 924 el abad Virila viajó a Galicia, fecha que nos ofrece Carlos María López (Leyre, 1962), lo que parece clave en el nacimiento y difusión de la leyenda en otros cenobios monasterios constituidos después de esta fecha, como los monasterios gallegos de Ribas de Sil, Dozón, Oseira, Lalín y Armenteira, que conservan con más o menos detalle huella de la leyenda. Parece que Virila juega un papel primigenio, por razones cronológicos, en la difusión hagiográfrica.

          Mientras que en nombres como Ero o Amaro, u otros que circulan en otras variantes (Félix el monje alemán, el fraile francés Paúl Gontran, el fraile anónimo portugués de Vilar de Frades), son personajes míticos de los que hay nulo o escaso conocimiento biográfico fehaciente o no hay ningún dato de certeza histórica ni de memoria sepulcral, si encontramos en Virila datos de veracidad fidedigna, tanto de su persona como del escenario en que se sitúa el fabuloso acontecimiento, en modo que podríamos decir que en el relato navarro no todo es pura leyenda. Viril o Virila es un personaje de existencia histórica documentalmente probada, que nació en Tiermas (Zaragoza) en 870 y murió en el Monasterio de Leyre hacia el 950. Como abad se le cita en el 928  en documento del obispo Galindo de Pamplona, conservado en el «Libro gótico» de la catedral, y es acreditable su culto desde los días del rey Sancho III el Mayor (1004–1035). Un paquete de ocho diplomas del siglo XI muestran a San Virila asociado con las Santas Mártires, que fueron trasladadas al monasterio para elevar su importancia mediante el culto y la devoción a las reliquias que se profesaba en esa época, en especial en torno a la Ruta Jacobea.

          El Calendario cisterciense del monasterio de Leyre, lo mismo que en Tiermas hasta su desaparición, se ha celebrado siempre la fiesta del santo abad el día primero de octubre;  en la reforma del Calendario romano general como esa fecha se reservó a santa Teresa del Niño Jesús, la celebración de san Virila fue trasladada al tres de octubre. Sus reliquias se conservaron en Leyre hasta el 1835, excepto de 1820 a 1825, que estuvieron en Tiermas; se transportaron a la catedral de Pamplona hasta el 24 de octubre de 1979, fecha en que fueron devueltas a los monjes benedictinos del monasterio de Leyre.

          En su singular cripta, que no es totalmente subterránea y que destaca por sus grandes capiteles sobre pequeñas columnas, se encuentra el llamado túnel de san Virila, con tres pequeñas y estrechas ventanas en la pared oeste. Este túnel servía como salida del monasterio a los campos del entorno y actualmente está cegado y en su fondo hay una imagen de San Virila del siglo XVII.

          Incluso en el monte sobre el monasterio, en uno de los más bellos parajes de la sierra navarra, encontramos un atractivo sendero que transcurre a través de rincones que atesoran la magia del lugar, y que nos lleva hasta la fuente de San Virila, de la que emana una fina corriente de agua y en donde se cuenta que en Santo quedara cautivado por el ser alado. El lugar, paso obligado para los peregrinos procedentes desde Somport, es el arquetipo de bosque mediterráneo, en las faldas de la sierra, y al que acuden multitud de especies de aves, en particular el ruiseñor, asiduo en la zona y cuyo canto puede oírse por doquier, sobre todo en primavera.

          Algo de auténtico hay por tanto de Virila en este cuento, y la petición de abstracción que hice al lector para escuchar o leer el relato, la pido ahora para entender que no se trata aquí de juzgar si los acontecimientos referidos son o no posibles, ni si ocurrieron o no, sino que el mensaje que nos transmite es auténtico y real para el oyente o lector que sabe verlo. Así es como creo que lo entiende el canto, no de un ruiseñor sino un músico peregrino, José María Maldonado Agustina, cantante y autor de un patrimonio musical jacobeo sin precedente, que encuentra un equilibrio admirable entre la fábula y el espíritu peregrino que sabe nutrirse de la esencia de la peregrinación jacobea. 

 

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