OBJETIVOS DEL TRABAJO

Rudesindus          Entre  la postura apriorística de la ciencia histórica y los planteamientos especulativos de los esotéricos, es necesario un estudio de la Tradición Jacobea como origen del Camino de Santiago. El propósito del trabajo es el estudio de sus fuentes para ver si contiene indicios o criterios de verosimilitud, o es una falsedad arropada en el transcurso de la Historia.

          Aunque incluyendo ampliaciones y complemento grafico adicional, todo lo aquí publicado relativo a Tradición Jacobea y sus criterios de verosimilitud, fue editado en el número 7 de la revista Rudesindus de 2011.

          Junto a este objetivo prioritario de este blog iré incluyendo otros muchos temas complementarios, como breves relatos literarios, artículos musicales, diarios de peregrinación, personajes de la historia jacobea, conformando un mosaico temático que pueda ser del gusto del peregrino del Camino de Santiago.

          Y si este Blog resulta de tu agrado, te invito a regristarte y a que lo des a conocer entre tus contactos que puedan estar interesados.

 

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26- Simón el Curtidor y el cuerpo del apóstol Santiago

          Uno de los escollos propuestos como insuperable por los críticos de la Tradición Jacobea es la conservación del cuerpo del apóstol Santiago en el largo viaje que supondría el traslado del cadáver desde las tierras de Palestina a las de Hispania. Se ha expuesto como un problema insalvable que haría imposible la realización del viaje. El obstáculo toma otro cariz al considerar a un personaje clave expresamente citado en los Hechos de los Apóstoles como es Simón el Curtidor. Su importancia estriba tanto en su labor profesional y su vinculación con el naciente cristianismo, como en su estratégico lugar de residencia. Se trata de un personaje que vivía en Joppe y en cuya casa se hospeda el apóstol Pedro durante una larga estancia.

          La importancia de la ciudad de Jaffa (Joppe, Yafo), viene de la antigüedad, y se debe principalmente a la presencia de su puerto natural sobre el Gran Mar, el Mediterráneo, puerto del que salían las embarcaciones rumbo a todo el mundo conocido, de antigua importancia estratégica tanto comercial como militar, pues su altura de unos 40 metros sobre el nivel del mar ofrecía una vista privilegiada de la bahía y de todo su contorno. A él llegó la madera de cedro del Líbano, necesaria para la fabricación del Templo de Jerusalén en la época del Rey Salomón. De él partió la nave que Jonás tomó hacia Tarsis tratando de huir del mandato del Señor de ir a Nínive como profeta. Y a él acudían infinidad de peregrinos como punto de entrada a Jerusalén, incluso dando nombre a una de las siete puertas de su vieja muralla, la que daba acceso a su lado occidental, puerta de Jaffa, ya que esta ciudad portuaria era el acceso a la Ciudad Santa.

          Los Hechos de los Apóstoles reflejan que en aquellas inmediaciones había comunidades de hebreos creyentes en Cristo a los que Pedro visita para fortalecerlos en la fe. Allí acontecieron hechos importantes para el cristianismo y desde allí salió Pedro hacia Cesárea Marítima para atender la llamada del centurión Cornelio.

         La profesión de curtidor, que los judíos debieron aprender durante su cautiverio en Egipto, no tenía ningún prestigio entre los judíos, a causa del contacto con cadáveres y pieles que debía conservar, y la tradición hebrea consideraba un oficio inmundo y degradante. El Talmud lo consideraba peor que quien se dedicaba a recoger heces de perro, que eran necesarias para el proceso de curtir. Como además utilizaba agua marina en sus tareas y debido a los malos olores del proceso, su negocio y su casa estaban situados cerca del mar, a las afueras de la ciudad, algo apartado del resto de viviendas de la población al ser considerada una profesión impura y puesto que la ley judía prescribía guardar por lo menos cincuenta metros de distancia de las otras casas de la villa. Pese a todo, Pedro no tuvo reparos en alojarse allí, superando los prejuicios judíos y con la ventaja de tratarse de un lugar discreto. Un curtidor era capaz de tratar y conservar un cuerpo animal y por tanto también uno humano, mediante procesos de deshidratación y secado, y realizaban su labor en un ambiente apartado y de cierta clandestinidad, muy cerca del mar por su necesidad de abundante agua en el tratamiento de las pieles. Las escrituras revelan que la casa de este curtidor fue un núcleo importante del cristianismo: “…que hagan venir a Pedro, que se hospeda con Simón el Curtidor, que tiene su casa junto al mar”. La casa de Simón es pues un lugar de residencia de Pedro y posiblemente de los apóstoles, superando el prejuicio judío de la supuesta impureza de la labor de curtidor, y donde tuvieron lugar algunos acontecimientos relevantes para el devenir del naciente cristianismo.

          Pedro ha visitado a las comunidades de Lida y Joppe, comunidades judeo-cristianas dependientes de Jerusalén. En Lida (Lod), Pedro se encuentra con Eneas, paralítico desde hacía ocho años y a quien sana milagrosamente, ganando con ello muchos adeptos a la causa. Y es requerido a continuación en Joppe por la enfermedad de Tabita (o Dorcas), una discípula que «abundaba en buenos hechos y en dádivas de misericordia»; muere antes de su llegada y Pedro la devuelve a la vida invocando el poder de Cristo, logrando de nuevo gran repercusión local y numerosa conversión de gentes.

          A causa de estas conversiones Pedro decide permanece allí muchos días para consolidar el crecimiento en la comunidad de creyentes, y lo hace hospedándose en la casa de Simón el Curtidor por expreso deseo del dueño, que implica poner al servicio del cristianismo su casa como soporte evangelizador y, llegado el momento, sus conocimientos en el tratamiento de cuerpos y pieles, que será tan útil ante la necesidad de conservar un cuerpo que debe ser evacuado clandestinamente, como ocurrirá poco después con el Apóstol Santiago.

          Residiendo en esta casa será entonces cuando acontecen dos hechos importantes. En la azotea de la casa Pedro decidió la apertura a los gentiles, tras una vivencia singular que las escrituras relatan como un éxtasis visionario de animales puros e impuros, que le descubre que no debe considerar profano o impuro ningún alimento animal ni tampoco a ningún hombre que acepta la nueva fe aunque no fuera judío. Hospedado en esta casa Pedro comprende la vocación abierta del cristianismo y toma algunas decisiones relevantes para el futuro, lo que acredita que este lugar proporcionado por Simón el curtidor queda muy integrado con el movimiento apostólico y la nueva doctrina, a la que prestó importantes servicios. Y hospedado en esta casa, fue requerido por el centurión Cornelio, un gentil del que las Escrituras dicen ser justo y temeroso de Dios, al que Pedro decidió conceder el bautismo junto a su familia por sus méritos de vida piadosa y como culminación de ese aperturismo a los gentiles. Cornelio es precisamente centurión de una corte de la ciudad hispana de Itálica, posiblemente ciudad natal suya y de parte de su guarnición, en modo que la participación de Cornelio en la encrucijada jacobea, con una guardia romana que busca escapar de la represalia herodiana, puede justificar bien que la fuga, con el cuerpo del apóstol Santiago tratado por Simón el Curtidor, encontrara una vía idónea de evacuación desde Joppe, por mar, y su destino pudiera ser muy bien las tierras de Hispania.

          A pesar de los años y aunque remodelada, esta casa se conserva y es actual motivo visita turística de gran demanda. El inmueble en cuya terraza el apóstol Pedro tuvo la famosa visión con los animales impuros todavía existe en Jaffa, hoy integrada en Tel Aviv desde 1950, muy cerca del antiguo puerto, fácil de localizar siguiendo la costanera en la Vieja Jaffa. Y mantiene una funcionalidad moderna pues, aprovechando el sólido basamento de piedra del inmueble, sobre su terraza se construyó un faro en 1865 por orden de las autoridades otomanas que regían entonces la ciudad, para orientar las embarcaciones que llegaban al puerto inmediatamente debajo de la colina. La casa que había sido de Simón el curtidor, fue comprada por una familia armenia cristiana, cuyos miembros operaron el faro por varias generaciones, y permitía que turistas cristianos subieran a la terraza para ver el lugar en que Pedro oró y tuvo la visión. Una nueva torre se levantó en el mismo lugar, con equipamientos más modernos, en la época del mandato británico (1923-1948) fácilmente visible pintada de rojo y blanco. Estuvo operativo hasta 1966, en que se decidió su apagado en favor del nuevo puerto de Ashdod (40 km al sur), pero mantiene su utilidad como baliza diurna. Hoy, la antigua casa de Simón ya no es hogar familiar, sino que el Ministerio de Turismo de Israel y la Asociación de Turismo de la Vieja Jaffa la ha restaurado para recibir nuevos turistas.

          Para conmemorar estos acontecimientos del inicio de la cristiandad como religión abierta a toda la humanidad, se levantó la Iglesia de San Pedro en lo más alto de la colina de Jaffa, en ese rincón de una belleza natural que se asoma al Mar Mediterráneo. La torre de la iglesia, que domina el puerto de pescadores, durante siglos fue un faro para los peregrinos que se acercaban a Tierra Santa. Fue edificada en 1654 sobre una fortaleza medieval, sufrió dos destrucciones durante el siglo XVIII y la estructura actual de estilo barroco se remonta a 1894. Su interior se ornamenta con ricos mármoles y vidrieras. A la derecha un púlpito en madera finamente esculpido con algunas escenas evangélicas de Jesús con san Pedro, y decoración en ramas de olivo como mensaje de paz. En el retablo principal se puede apreciar el cuadro que representa la visión de san Pedro, y a la izquierda otro cuadro que representa la resurrección de Tabita por San Pedro. A un costado de la iglesia hay una plaza con la Fuente del Zodiaco, y desde ella surge una antigua escalera que desciende hasta la casa de Simón el Curtidor.

          En sintonía con el vacío sobre la sepultura de Santiago y la presencia en las Escrituras de Simón el Curtidor, resulta verosímil pensar en una iniciativa de rescatar el cuerpo de Santiago que había sido condenado a muerte por traición al judaísmo, cuya pena, según tradición judía, era decapitación sin sepultura. Para borrar su memoria se arrojaba el cadáver del ajusticiado a la Gehena, o Valle de Hinón, barranco junto a la muralla sudoeste de Jerusalén, que se convirtió en vertedero de la ciudad donde se incineraba basura y cadáveres de animales o los de algún criminal. Dejar sin sepultura era la mayor afrenta que podía hacerse a un judío, y este destino tan a mano en Jerusalén, encaja bien con el destino ideado para un decapitado por traición al judaísmo.

          Ante un abandono así en quien era considerado un líder de la nueva fe, y acorde con la falta de sepultura, es verosímil aceptar la tradición cristiana de sustraer el cuerpo abandonado, tratarlo para su conservación y buscar una forma de huir de Palestina, de modo forzosamente clandestino, habida cuenta del riesgo que supondría viajar con el cuerpo de uno de los más destacados líderes de una ideología rechazada por judíos y romanos. La vía marítima era el mejor recurso, desde Joppe, el puerto más próximo a Jerusalén, donde su cuerpo pudo ser convenientemente tratado y ocultado en casa de Simón el curtidor, y luego llevado a un lugar remoto que pudo ser Hispania, lugar de origen de la guardia romana del Centurión Cornelio, que debió fugarse ante la represalia de Herodes tras la liberación de Pedro en un viaje clandestino vía marítima. Todo ello da sentido a la evasión a Joppe, la conservación del cuerpo y la evacuación por mar, de modo que la vieja Tradición Jacobea no es una opción caprichosa e increíble, sino una posibilidad coherente y la respuesta más lógica y factible en las circunstancias de la muerte del Apóstol Santiago.

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25- Beda el Venerable y la sepultura jacobea

          Beda el Venerable, el mejor representante del monaquismo inglés y uno de los eruditos más insignes de la alta Edad Media, nació en Newcastle en 672 o 673. Los datos de su biografía nos llegan por relato del propio autor en el último capítulo de su más grande obra, la “Historia Eclesiástica del Pueblo Inglés”, con palabras escritas en 731, cuando el fin de su vida terrenal no estaba lejano, mostrando la humildad de un autor cuya magna obra será reconocida y admirada en todo el orbe.                    El propio Beda nos dice: “Y es así que, muy interesado en la historia eclesiástica de Bretaña, especialmente en la raza de los ingleses, yo, Beda, sirviente de Cristo y sacerdote del monasterio de los benditos apóstoles San Pedro y San Pablo, el cual se encuentra en Wearmouth y Jarrow (en Northumbria), con la ayuda del Señor he compuesto, cuanto he logrado recabar de documentos antiguos, de las tradiciones de los ancianos y de mi propio conocimiento. Nací en el territorio del mencionado monasterio, y a los siete años fui dado, por el interés de mis familiares, al reverendísimo abad Benito Biscop, y después a Ceolfrid, para recibir educación. Desde entonces he permanecido toda mi vida en dicho monasterio, dedicando todas mis penas al estudio de las Escrituras, a observar la disciplina monástica y a cantar diariamente en la iglesia, siendo siempre mi deleite el aprender, enseñar o escribir. A los diecinueve años, fui admitido al diaconado, a los treinta al sacerdocio, ambas veces mediante las manos del reverendísimo obispo Juan de Beverley, y a las órdenes del abad Ceolfrid. Desde el momento de mi admisión al sacerdocio hasta mis actuales 59 años me he esforzado por hacer breves notas sobre las sagradas Escrituras, para uso propio y de mis hermanos, ya sea de las obras de los venerables Padres de la Iglesia o de su significado e interpretación”. 

          Después de esto, Beda inserta una relación de sus anteriores escritos y, finalmente, termina su gran obra con las siguientes palabras: Y os ruego, amoroso Jesús, que así como me habéis concedido la gracia de tomar con deleite las palabras de vuestro conocimiento, me concedáis misericordiosamente llegar a ti, la fuente de toda sabiduría, y permanecer para siempre delante de vuestro rostro.         

          Durante su largo monacato una enfermedad epidémica diezmó la región y todos los monjes murieron, excepto el abad y Beda. A partir de entonces, dirán misa en común en una abadía desierta. A pesar de ello Beda nunca abandonará su abadía que retornará pronto a su dinámica acostumbrada de oración, trabajo y educación de nuevos monjes. Se convirtió en uno de los mejores eruditos de su tiempo, conociendo a San Teodoro y el abad San Adrián de Canterbury, grandes eruditos, que viajan a Gran Bretaña para formar discípulos y de ellos aprende griego y latín, y estudia astronomía, gramática, filosofía y música, así como matemáticas, medicina e historia, lo que nunca le impedirá hacer las faenas monásticas y la oración, encarnando el benedictino ideal que combina trabajo, conocimiento, saber y oración. Dejó muchas obras valiosas, aunque poco difundidas, y su incansable labor docente a generaciones de jóvenes en un rincón apartado de la actual Escocia, que, en buena parte gracias a su trabajo, se convirtió en un centro de cultura que contribuiría en toda Europa a afianzar la fe cristiana y salvaguardar la ciencia greco-latina.

          Por la carta que dirige a su amigo Egberto, obispo de York, sabemos que Beda pasó allí algunos días del año 733, y cabe deducirse que pudo visitar a otros amigos en otros monasterios fuera del suyo de Jarrow, pero fuera de esos cortos períodos, su vida estaba consagrada a la oración, al estudio y a la composición de libros dentro de su comunidad monástica. Poco antes de la Pascua del año 735, Beda agravó su estado por una enfermedad respiratoria que hizo temer su próximo fin. Sus discípulos, aunque tristes, continuaron sus estudios junto al lecho del santo, y como su enfermedad agravaba por momentos el propio Beda les decía: “Id de prisa, porque no sé cuánto tiempo podré resistir, ni si Dios va a llamarme pronto a El”.

          Por el gran cariño de sus discípulos nos llega el conmovedor relato de los últimos momentos de Beda, que revela que ya en vida se le profesaba profunda admiración y estaba rodeado de una especie de culto. Cuenta su discípulo Cuthbert que su búsqueda del conocimiento no fue interrumpida por su enfermedad y los hermanos le leían mientras él estaba en cama, pero la lectura era alternada a menudo por las lágrimas. Puedo declarar en honor a la verdad que nunca vi con mis ojos, ni oí con mis oídos a nadie que agradeciera tan incesantemente al Dios vivo. Incluso el día de su muerte el santo estaba ocupado dictando una traducción del Evangelio de San Juan. Al atardecer, el muchacho Wilbert, que la estaba escribiendo, le dijo: Solo queda una frase por traducir, querido maestro. Y cuando la hubo traducido y el joven amanuense le anunció que el trabajo estaba terminado, Beda exclamó: Has dicho bien; todo está terminado. Sostenme la cabeza en tus manos para que pueda sentarme y mirar hacia la capilla en que acostumbraba a orar y así, podré invocar a mi Padre. Y así, sobre el suelo de su celda, cantando Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, exhaló su último aliento. Sus restos fueron llevados a la Catedral de Durham en el siglo XI.

          El calificativo Venerabilis que parece se le aplica ya en vida, se consolida poco después de su muerte. Una leyenda cuenta que al esculpir el epitafio de Beda, el monje encargado no supo completar la frase y a la mañana siguiente se encontró con que los ángeles habían llenado el espacio con la palabra venerabilis: Hac sunt in fossa Bedae Venerabilis ossa, (En esta tumba yacen los restos del Venerable Beda). En realidad se trata de un título de respeto que se daba a los miembros distinguidos de las órdenes religiosas. Es calificado arraigó hasta formalizarse en el Concilio de Aquisgran en el año 836. El término fue aceptado por las generaciones posteriores, que lo mantuvieron en uso a través de los siglos. Aunque se pidió que fuera declarado Doctor de la Iglesia, no será hasta el 13 de noviembre de 1899 que León XIII decretó que el 27 de mayo toda la Iglesia debía celebrar la fiesta del Venerable Beda, con el título de Santo y Doctor de la Iglesia, siendo hasta hoy llamado Venerable.

          La influencia de Beda entre los eruditos ingleses y extranjeros fue muy grande, distinguiéndose entre sus contemporáneos como el hombre más sabio de su tiempo y su fama póstuma en la Europa medieval por su obra y escritos que le valieron ser considerado pronto como el último de los Padres de la Iglesia. Algunas de sus obras se abrieron paso en las escuelas y sus manuscritos se difundieron pronto por todo el continente. Su obra muestra que tuvo a su disposición todo el conocimiento de su época, pues Biscop se esforzó en traer libros en sus numerosos viajes, de modo que la biblioteca de Wearmouth-Jarrow contaba entre 300 y 500 libros, una de las más extensas de Inglaterra. Más que un teorizador del saber, Beda es ante todo un maestro que puso lo mejor de sí mismo en transmitir lo recibido.

          En el amplio catálogo de sus obras, Beda se muestra como gran conocedor de la literatura cristiana antigua, de la que se muestra un gran comentarista y exégeta con un marcado sentido de propiedad literaria que cuida mucho en precisar sus fuentes. Dejó un amplio conjunto de obras de distintos géneros: gramática, retórica, métrica, poesía, música, aritmética, meteorología, física, cronología, filosofía, teología. Destaca, entre ellas, la ‘Historia ecclesiástica gentis Anglorum’ sobre el cristianismo en Inglaterra desde sus inicios hasta la época de Beda, una obra maestra elogiada por los eruditos de todas las épocas. Los tratados cronológicos de Beda “De temporibus liber” y “De temporum ratione” (Sobre el cálculo del tiempo) también contienen resúmenes de la historia general del mundo desde la creación hasta el 725 y el 703, respectivamente, naciendo aquí el hábito de referir las fechas en relación al nacimiento de Cristo.

          Su larga lista de obras exegéticas fueron consideradas las más importantes y sus homilías toman la forma de comentarios sobre el evangelio. La colección de 50 (divididas en dos libros) atribuidas a Beda son en su mayoría auténticas, pero se sospecha de la autenticidad de algunas.  Beda menciona varios escritos didácticos en la lista que nos dejó de sus obras y la mayoría de ellos aún se conservan. Sus tratados de gramática “De arte metricâ” y “De orthographiâ” han sido editados adecuadamente en tiempos modernos. Más allá de la vida métrica de san Cuthbert y algunos versos incorporados a la “Historia Eclesiástica”, no poseemos mucha poesía que pueda ser atribuida con toda certeza a Beda, pero al igual que otros eruditos de su época, seguramente escribió una buena cantidad de versos. El mismo menciona su “libro de himnos” compuesto con diferentes métricas o ritmos.

          El Venerable Beda es el testigo más antiguo de la tradición puramente gregoriana de Inglaterra. Sus obras “Musica theoretica” y “De arte Metricâ” son consideradas especialmente valiosas por los eruditos que hoy en día se avocan al estudio de la forma primitiva del canto. No en vano Beda aprendió el canto llano y los fundamentos de música de Juan Chantre, maestro en San Pedro del Vaticano abad de San Martín en Roma, a quien el papa Aghaton había enviado a Inglaterra con Benito Biscop. El propio Beda expresó su dedicación al canto diario en la iglesia.

          Si bien Beda estuvo muy al tanto de la obra de autores hispanorromanos como Orosio y visigóticos como Isidoro de Sevilla, la influencia de su obra en España se vio en principio oscurecida entre los autores mozárabes por el dominio sarraceno, del que el propio Beda se hace eco cuando evoca Covadonga como resurgir del afán hispano en recuperar su tierra y su fe. Pero su fama póstuma termina por abrirse camino con el Renacimiento Carolingio, empezando por la Marca Hispánica y en particular el monasterio de Ripoll a principios del siglo X. Posteriormente en el siglo XII se compila en Santiago de Compostela el Codex Calixtinus, en el que se menciona a Beda hasta en ocho ocasiones y se incluyen algunas de sus homilías. Después la General Estoria de Alfonso X el Sabio (siglo XIII) vuelve a estar muy presente la obra del Venerable monje inglés. Después retoma interés entre los apologistas católicos españoles del siglo XVI a raíz de la reforma Protestante y el Cisma de Inglaterra, como alegato de la apostolicidad y catolicidad de la Iglesia, y en particular de la inglesa, viendo en Beda el más puro cristiano británico. Numerosos autores españoles del XVII se interesaron por la obra del Venerable, como los casos de Quevedo en su Vida de San Pablo Apóstol, o Saavedra Fajardo en su Corona Góthica, entre otros. Su huella es tan notoria a lo largo de la historia que llega incluso hasta nuestros días y tiene notable presencia en la bibliografía moderna y la actualidad de muchos de sus comentarios se refleja en el hecho de que algunos de sus pasajes siguen utilizándose en la liturgia de las Horas y hoy por ejemplo se edita en castellano “Homilías sobre los Evangelios” de Beda el Venerable, en dos volúmenes por su extensión.

          Una cuestión que interesa singularmente aquí son sus referencias al Apóstol Santiago. Ya otros autores anteriores habían hablado de la labor evangelizadora de Santiago en Hispania, Pero Beda fue el primero en señalar además que el apóstol Santiago estaba enterrado en las tierras occidentales de la Península Ibérica. Disponía en su monasterio de una biblioteca única para la época, y pudo consultar distintas fuentes en que baso su afirmación sobre Santiago, entre ellas el Breviarium Apostolorum (s. VI-VII), texto latino que sitúa a Santiago predicando en las tierras occidentales hispanas, además de otras fuentes anteriores perdidas pero que son acreditadas como fuentes literariamente diferentes por el hagiógrafo Bollandista Baudouin de Gaiffier, y dado el rigor de Beda en sus estudios, de existencia cierta, posiblemente oriental. Estudiando el Breviarium y otros catálogos coetáneos, revisando las contradicciones entre ellos y consultando otras fuentes anteriores, propone la evangelización de Hispania por Santiago el Mayor en sus textos. En su Homilía XCII sobre San Juan Evangelista señala: “Este [San Juan Evangelista] es el hermano del bienaventurado Santiago, cuyo cuerpo descansa en Hispania”. Pero lo más valioso de este autor es que es el primero en escribir, un siglo antes del hallazgo del sepulcro, que el enterramiento es en Hispania, con claras referencias de situarlo en Galicia. Su Martirologio dice: “Los sagrados restos mortales de este bienaventurado fueron trasladados a Hispania y escondidos en sus últimos límites frente al mar Británico”, donde el término británico no se refiera a las islas Británicas ni a la Bretaña Francesa, sino a Britonia, la diócesis bretona del noroeste hispano cuya sede era Santa María de Bretoña, hoy San Martín de Mondoñedo (Lugo). 

          Es decir que Beda relaciona las dos partes de la Tradición Jacobea, una que habla de un viaje de Santiago a España y de su predicación en tierras hispanas, y otra que se refiere al traslado de los restos del Apóstol a Galicia por algunos discípulos, en modo que la conexión entre las dos partes existía ya antes del descubrimiento de los restos apostólicos. Incluso propone con claridad que la custodia de los restos apostólicos se hizo con reserva y anonimato, lo que justifica plenamente que la cuestión no fuera conocida ni difundida aún en el mundo cristiano, labor que será luego acometida por el obispo Teodomiro aproximadamente hacia el año 825.

          Beda el Venerable es, por tanto, una de las claves y evidencias más notables previas al hallazgo del sepulcro apostólico que concede a la Tradición Jacobea, cuando menos, visos de verosimilitud, y lamentablemente suele hoy abundar quien desde el desconocimiento y la ceguera cerrilmente anti-eclesiástica, se obstina en negar toda opción a la vieja y verosímil Tradición del Apóstol Santiago en Hispania que ya Beda dejó bien planteada. 

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24- Encuentro entre Teodomiro de Iria y Alfonso II

          Una relación de gran significado jacobeo es la que tuvo que haber entre el obispo Teodomiro de Iria y el rey Alfonso II de Asturias en la primera mitad del siglo IX. Entre ellos debió darse necesariamente un contacto relevante del que se sabe poco, porque poco o más bien nada hay escrito sobre ello, y lo que hay son valoraciones modernas que creo mal concebidas, con confusión de fechas, teorización de actitudes, interpretación acrítica de conductas, y valoración genérica de planteamientos. Es muy común, incluso en historiadores, error y desconocimiento en la fecha del descubrimiento del sepulcro jacobeo protagonizado por Teodomiro, y la interpretación de la respuesta de Alfonso II ante el hallazgo, que suele aceptarse en términos de prontitud y aquiescencia. Sería apasionante un relato preciso y documentado del encuentro, los diálogos y los convenios entre ambos personajes. Aunque no hay tal cosa, cabe hacer algunas deducciones valiosas desde un análisis multidisciplinar de hechos, indicios, monumentos y valoraciones arqueológicas.

          Teodomiro fue el obispo de Iria Flavia que protagonizó el descubrimiento del Sepulcro del Apóstol Santiago, acontecimiento excepcional para España y para Europa, generador de un fenómeno sin precedentes como es el surgimiento de la peregrinación a Santiago de Compostela. Su pontificado no se inicia antes del 818 pues en tal año Teodomiro no era aún obispo de Iria, sino su predecesor Quendulfo II, aún titular de la sede el 1º de septiembre del 818, fecha del documento del Tumbo A del monasterio de Sobrado, último que firma este obispo, muy probablemente en edad provecta y que debió morir no mucho después. Teodomiro debió llegar al obispado de Iria probablemente en el 819 o poco después, y por tanto el hallazgo del sepulcro compostelano no puede ser anterior a esa fecha. Debió ocurrir cerca del año 825. Desde luego nunca pudo ser en el año 813 que se propone buscando el conveniente mecenazgo de Carlomagno como defensor ideal del cristianismo, y que citan muchas fuentes en “copia y pega” falto de todo juicio crítico. En todo caso su nominación como obispo de Iria fue en la mitad del largo reinado de Alfonso II, con una gestión monárquica ya muy instalada y definida. 

          La identidad histórica de Teodomiro, ante la falta de documentos escritos, fue cuestionada por algunos historiadores, pero su realidad queda fuera de toda duda ante el hallazgo de su lápida sepulcral en el subsuelo catedralicio, revelando su historicidad y el traslado de su residencia al Locus Sanctus ante la trascendencia de su hallazgo, precisándonos la fecha de su muerte: 20 de octubre de 847. Algo realmente extraordinario tuvo que ser lo que descubrió en el bosque Libredon que le llevó a iniciar una edificación que protegiera su hallazgo, instalar allí un culto y custodia local, y dejando su sede oficial de Iria para cambiar su lugar de residencia por propia decisión y sin otorgamiento de la Iglesia, a la nueva sede o Locus Sanctus que será la futura Compostela. Se inicia aquí un largo proceso eclesiástico hasta que Roma, tres siglos después concederá a Compostela prevalencia sobre Iria, y luego su emancipación de ella y su carácter de sede metropolitana.

          El rey de Alfonso II (791-842), ante la seria amenaza musulmana, gobernaba más preocupado por la subsistencia de su reino que por grandezas históricas, desde el objetivo de restaurar el extinto reino hispano-godo de Toledo, del que se declaró heredero y transmitió a sus sucesores. En la consecución de dicho propósito un elemento decisivo fue la integración de Galicia al reino asturiano que, quizás por la formación y larga estancia de este monarca en tierras de Galicia, logró de forma pacífica y consensuada, fundiendo los destinos de Asturias y Galicia en una única formación política y social, ganándose la colaboración y confianza de la aristocracia gallega. Esta consolidación terminará por limpiar Galicia del dominio y ataques musulmanes, lo que convierte a Alfonso II ante la población gallega en un garante de paz interna y orden social; Galicia adopta como un seguro la soberanía asturiana, con un ordenamiento donde el comes, o conde, se convierte en delegado o vasallo del monarca asturiano.

          Será cuando han transcurrido más de treinta años del reinado de Alfonso II, cuando tiene lugar el hallazgo del sepulcro del Apóstol Santiago en Amaiae finibus, es decir, en el territorio de Amaia, valle que ocupa el suelo comprendido entre los ríos Sar y Sarela, acontecimiento que abre una nueva etapa en las relaciones asturianas y gallegas. Suele aceptarse de manera acrítica que a comienzos del siglo IX Asturias asume de inmediato que se trata del sepulcro del Apóstol Santiago en tierras de Galicia y que el monarca promoverá desde entonces su culto con otorgamiento de bienes y privilegios y colaborando estrechamente en la fundación del santuario jacobeo que luego dará lugar al nacimiento de la ciudad de Compostela. Lo cierto es que las crónicas no dan ni el menor detalle de ello lo que pone en clara duda la supuesta prontitud en considerar el suceso como un hallazgo acreditado, en claro contraste con la inversión hacia la Oviedo como sede administrativa y espiritual del reino asturiano.

          Un aspecto clave en la labor integradora de Alfonso II se centra en el papel de la monarquía asturiana como defensora y protectora de la fe católica y de la Iglesia hispana. Ya desde su origen el reino de Asturias tiene un marcado carácter confesional contrario al dominio y a la fe islámica, en modo que el control de la Península entre Asturias y Al-Andalus ha de ser vista como la lucha entre Cristianismo e Islam. Parte del rechazo del islam y de condena de la herejía adopcionista del Elipando de Toledo, que amenazaba reducir el cristianismo a una desvaída ideología en connivencia con el Islam y la Sinagoga. Son tiempos en que la Iglesia vive grandes controversias teológicas, en que se hace necesario un retorno a las raíces apostólicas. Esta postura convierte a Asturias en cuna de la ortodoxia católica dentro del territorio hispánico. Un mérito valioso de Alfonso II en esta línea, fue el de consolidar en el año 811 el monasterio de Samos, otorgándole propiedades y jurisdicción, antes del descubrimiento jacobeo.

          En algún momento de la tercera década del siglo IX, se produce el hallazgo de la sepultara del Apóstol Santiago en la diócesis de lria, y su obispo Teodomiro, promueve culto jacobeo, se traslada por propia iniciativa al Locus Sanctus, y el núcleo Iria-Compostela se convierte en nuevo centro espiritual del reino unificado, convirtiéndose pronto en uno de los lugares más santos del orbe cristiano, foco de atracción de peregrinos de toda la cristiandad. Se dice que el propio rey Alfonso acude y patrocina el desarrollo de una pequeña ciudad alrededor del sacro enterramiento, lo que convierte a lo jacobeo en un símbolo compartido, que une a asturianos y gallegos en una patria común. Tanto para la nobleza como para los eclesiásticos gallegos aceptar a Alfonso II como rey, deja de suponer el sometimiento a un poder ajeno sino aceptar una voluntad divina y aliarse en torno a unos intereses comunes. Así es como Alfonso II, de un modo pacífico, consensuado y aceptado, se convierte en el primer monarca de Asturias y Galicia unidas. Y una labor bendecida desde las alturas, según unos y otros creían, por el Apóstol Santiago, patrono celestial de la unión de asturianos y gallegos.

          Pero el proceso compostelano como elemento que se incorpora al proceso astur-galaico tuvo su propia trayectoria que no se instala con la inmediatez supuesta, sino que se integra en un proceso de unificación de Asturias y Galicia ya muy consolidado en el cabe deducirse que Alfonso II se toma su tiempo antes de asumirlo. El hallazgo del sepulcro jacobeo fue un suceso de ámbito local en el que el monarca asturiano no tuvo protagonismo, sino que el aviso al monarca fue una iniciativa exclusiva del obispo Teodomiro, advertido de la naturaleza de su hallazgo y buscando que fuera dado a conocer y sobretodo que fuera protegido de los ataques islámicos y normandos, y obtuviera una dotación formal que permitiera la creación del primer núcleo de edificación. El relato del descubrimiento, totalmente legendario, alberga criterios que hacen verosímil deducir que se trataba de un culto local no difundido sino clandestino, lo que junto a antecedentes documentales que hablan de la existencia del sepulcro apostólico en algún lugar de territorio galaico [Aldhelmo de Malmesbury (639-709) y Beda el Venerable(672-735)], permiten vislumbrar que lo que identifica Teodomiro es una tumba escondida, pero de existencia local conocida. Ese momento histórico de unificación y de cierta estabilidad política y social, es el momento en que Teodomiro decide darlo a conocer a la cristiandad. Lo primero es elaborar un relato, legendario y sobrenatural conforme a la costumbre de la época, que justifique el hallazgo y su notificación formal al mundo cristiano: el túmulo sepulcral del Apóstol Santiago y sus discípulos Atanasio y Teodoro.

          La actitud de Teodomiro, lejos de precipitada puede valorarse de serena, considerando que el lance podía elevarle casi a la misma categoría que el Obispo de Roma, al yacer en su sede los huesos de un Apóstol elegido del Señor; pudo proyectar un viaje a la Roma del papa Gregorio IV, o al imperio Carolingio regido por Ludovico Pío, hijo y sucesor de Carlomagno. Es un criterio que nos indica que más que el resultado de un hallazgo magnífico, busca dar a conocer una noticia oculta que quiere proteger. Evitó actitudes grandilocuentes y se limitó a informar a su rey, Alfonso II. La reacción asturiana no debió ser tan rápida como suele decirse, sino que cabría precisar que fue sopesada, pues en Oviedo ya existía, fundada por el rey Fruela I en el siglo VIII, un venerado templo prerrománico cuya cámara santa guardaba valiosas reliquias donde se daba culto al Salvador. El lugar fue ampliado y enriquecido por Alfonso II, que resolvió trasladar allí la capital de su reino, invirtiendo en ello un soberano esfuerzo constructivo y ensalzador para levantar el gran centro espiritual y social que deseaba para su territorio. El hallazgo jacobeo debió despertar un sentimiento de competencia moral y una duda legítima de la autenticidad del hallazgo. Alfonso II, que conoció durante su larga estancia previa en las tierras de Galicia, que ya había otorgado privilegios al galaico monasterio de Samos, no había tenido noticias de tal antecedente, y es más que probable que valorara el hallazgo con buena dosis de cautela. Por eso las crónicas oficiales asturianas fueron más que discretas.

          Finalmente el hallazgo parece que convenció al monarca, que organizó un viaje oficial con la corte a la tumba compostelana, y mandó construir en el 834, no menos de cinco años después del hallazgo, una iglesia que acogiese el mausoleo. Más bien parece que Teodomiro presentó argumentos que acreditaron al monarca su certeza en el hallazgo, y éste termina por reconocerlo y avalarlo. Es aquí donde Teodomiro tuvo que esmerarse en su encuentro con el monarca. Incluso desde entonces Alfonso II parece que acepta el hecho pero lo hace con reservas, por cuanto no celebra el acontecimiento con la ampulosidad de un gran templo, como otros templos del prerrománico asturiano levantados por el propio Alfonso II, sino que levanta una muy modesta iglesia de piedra y barro, según acredita la arqueología, con una sola nave completada con un sencillísimo pórtico de entrada, que será el primer elemento del Locus Sanctus Iacobi y la futura Compostela.

          Los vínculos que el monarca tenía con Galicia se acentúan ahora con la fundación de iglesia de Santiago, y hoy se adopta la desmesurada idea de que fue el primer peregrino. Ciertamente hubo de viajar a Compostela y tratar con el obispo Teodomiro por diversos motivos, como valorar el hallazgo, formalizar las concesiones reales y para tomar parte en la consagración del templo edificado. No es muy congruente hablar de peregrinación, pero lo cierto es que el hecho justifica que el itinerario entre Oviedo y Santiago haya sido designado como Camino Primitivo. Se ha discutido mucho y sigue siendo discutible cuando otorga Alfonso II los privilegios al Locus Sanctus y cuando son incluidos en los diplomas reales copiados en el tumbo A de la catedral de Santiago. Es deducible, precisamente por la modestia de la edificación levantada, que no fueran concesiones precoces fruto de una generosidad efusiva ni apresurada, sino logros escalonados obtenidos por Teodomiro de su monarca en el desarrollo del naciente culto jacobeo que pasaba de la clandestinidad a la celebridad pública del mundo cristiano, que era muy probablemente lo que Teodomiro pretendía.

          El modesto e insuficiente templo de Alfonso II durará apenas 40 años, ya que en el 872 fue sustituido por la basílica promovida por Alfonso III el Magno, de mayores dimensiones, con tres naves y levantado con más nobles materiales, en consonancia con los mérito de quien ya antes incluso de descubrimiento de la sepultura, llegó a ser considerado Patrón de España y valorado luego como referencia de la cristiandad. Es decir, Alfonso II, bajo cuyo reinado el obispo Teodomiro se dice que descubre y más bien da a conocer la sepultura del apóstol Santiago el Mayor, acepta el hallazgo aunque sin la inmediatez que se dice y la construcción que edificó, lejos de ser un gran templo como el que la ocasión hubiera requerido, ordenó edificar un templo modesto tanto en materiales como en dimensiones. Aunque muy cacareada no puede aceptarse como sólida la suposición de que Alfonso II usara el hallazgo como un acicate para la Reconquista por la que sus antecesores y él mismo llevaba ya largo tiempo combatiendo en base a maniobras y estrategias puramente militares y había logrado ya superar muchas dificultades y salvar serias amenazas islámicas antes de que se hablara del descubrimiento del sepulcro apostólico, que no fue un señuelo para la Reconquista sino una consecuencia a ella. Será después de que Alfonso II inicie contactos con el imperio carolingio como testimonio de que el reino astur comenzaba a ser considerado fuera del ámbito peninsular, y de lograr consistentes victorias sobre Abderramán II, y consolida la unificación astur-galaica, cuando la estabilidad lograda con gran dificultad, lleva a Teodomiro a dar a conocer su hallazgo al monarca asturiano. Si todo hubiera sido un montaje al servicio de la Reconquista, como muchos insisten en argumentar con más apariencia que fundamento, el sepulcro hubiera aparecido a poco tiempo de subir Alfonso II al trono, cuando más acuciante era la amenaza islámica, y hubiera aparecido en territorio asturiano, con probable protagonismo directo del monarca en su descubrimiento, y habría construido un templo de magnífica factura como los que ya estaba levantando en Oviedo y los restos apostólicos hubieran pasado a ocupar un lugar preferente en la Cámara Santa. Son razones suficientes para pensar que el hallazgo compostelano tuvo raíces propias, que llevaron a Teodomiro a darlo a conocer cuando mejores y más estables condiciones había de difundirlo y protegerlo. Y es que la difusión del culto jacobeo no fue un invento generado para motivar la Reconquista, sino fruto de una realidad propia acreditada por la arqueología que, una vez consolidado el Reino de Asturias, establecida la unificación con Galicia y reafirmadas algunas relaciones con el Imperio Carolingio, es impulsado por Teodomiro dándolo a conocer a Alfonso II, buscando difusión y protección, logrando algunas concesiones y privilegios reales después de convencer al monarca de la solidez de su hallazgo, y fundando en el lugar una modesta basílica junto a la cual se levantaron las iglesias de San Salvador y de San Juan, el monasterio de Antealtares y el palacio episcopal, conjunto que se acotó con una muralla definiendo un recinto que constituía el primer núcleo del Locus Sanctus Iacobi que será el inicio de la ciudad de Santiago de Compostela, con renombrado eco en toda Europa y creciente llegada de peregrinos desde los puntos más lejanos, logrando lo que Teodomiro buscaba: difusión y protección para su gran y sagrado “hallazgo”.

          Según acredita el Lauda sepulcral hallado en las excavaciones arqueológicas, Teodomiro falleció en el 847, cinco años después que Alfonso II, y todo su obispado, fuera de su sede eclesiástica oficial de Iria Flavia, transcurrió en el Locus Sanctus, consolidando el lugar apostólico tanto su edificación como en el desarrollo del culto jacobeo, primero con Alfonso II y posteriormente con su sucesor Ramiro I, continuador del diálogo entre el reino asturiano y la naciente ciudad de Compostela, como lo serán luego los siguientes monarcas de la corona asturiana.

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5- Al encuentro de ahorcados y gallos cantores

          La jornada que hoy afrontan mis piernas tiene sus lugares más destacados en la salida y en el destino. La salida de Nájera permite vislumbrar algunos viejos pasajes que viven al amparo del cerro rocoso que bordea la ciudad, y tiene paso obligado por el Real Monasterio de Santa María la Real, insignia histórica y monumental de la antigua capital del reino de Navarra y panteón de su monarquía. Sancho el Mayor fue quién la convirtió en capital del reino e hizo pasar por allí el Camino de Santiago como modo de repoblar y revalorizar sus tierras.

          La distancia y la orografía hasta Santo Domingo de la Calzada hacen de la jornada peregrina de hoy una etapa no muy exigente. El Camino atraviesa Azofra por su calle Mayor y a su salida se muestra noble y erguida, con sus notables blasones, la Real Casona de las Amas, antes ilustre residencia de una familia egregia y reconvertida hoy en alojamiento turístico. Poco después encontramos un símbolo de justicia: una Picota de mediados del siglo XVI.

          El camino entra en un tramo en que poco a poco, como una suave transición, se van a ir sustituyendo las vides, aún frecuentes, por campos de cereales, anunciándonos que si aún estamos en tierras riojanas nos vamos aproximando a las tierras de Castilla. Topamos entonces con un espacio urbano que nació fruto de la “fiebre del ladrillo”, mostrando estructuras inacabadas de casas a medio hacer y otras en venta; es la urbanización del campo de golf de Cirueña, que al menos ofrece un buen lugar para almorzar y luego despide al peregrino con una rotonda con las imágenes del peregrino medieval y el símbolo de la concha, acreditando que el empeño golfístico no ha logrado ignorar el milenario crédito del Camino de Santiago e incluso que más bien es la peregrinación jacobea el impulso que da algo de vida a este fantasmal paraje.

          Tras Cirueña el camino describe una angulación ascendente que he visto en muchas imágenes fotográficas de peregrinos aunque ahora con un aspecto otoñal, y tras un cambio de rasante nos ofrece una larga bajada hacia Santo Domingo de la Calzada que se divisa ya en lontananza sobre todo su torre, aunque se hace desear mediante una bajada larga y continua.

          Santo Domingo de la Calzada es uno de los grandes emblemas del Camino desde que se cuenta que una gallina la lio poniéndose a cantar después de asada. A su entrada un panel informativo nos explica el surgimiento de la ciudad, una población única nacida por y para el Camino por iniciativa de Santo Domingo, ingeniero y guía en el camino, que encuentra aquí un terreno apropiado para desplegar su necesaria y valiosa labor en el paso del río Oja, construyendo un puente inicialmente de madera y luego de piedra, que salve con garantías ese difícil tramo del camino.

          Una vez en el corazón urbano hay tiempo, y todavía ganas, para subir a la torre exenta de la catedral calceatense, desde donde se divisa una panorámica excepcional del lugar, de la plaza de España, de la entrada y la salida del Camino entre los tejados de sus casas, la panorámica de sus murallas medievales y las campanas de la torre. Y luego en su catedral se puede respirar la esencia de una vida de santidad dedicada a los peregrinos, en donde hay iconografía de los distintos milagros que se atribuyen al santo.

          Los milagros medievales habitualmente son relatos que viajan de un santuario a otro, que evolucionan y se enriquecen en el tiempo, y que pueden variar algunos elementos según conveniencias locales para afamar el lugar y el autor del milagro, pero siempre con una finalidad común como es la de optimizar la peregrinación y dejar una enseñanza motivadora o aleccionadora a los peregrinos y al ámbito jacobeo. No debe sorprender la existencia de distintas versiones que hablan del paso del tiempo y las motivaciones locales, y lo interesante de la cuestión no está en buscar una justificación histórica al fenómeno sino en estudiar su contenido y su significado como base de la filosofía de la peregrinación y de la mentalidad de una época que de un modo u otro subyace en la peregrinación como manera de acercarnos a un lugar, a su historia, a sus personajes, sus monumentos y su contexto jacobeo.

          Sin duda alguna, el milagro más conocido de Santo Domingo de la Calzada es el del peregrino ahorcado y la resurrección del gallo y la gallina. Desde siempre Santo Domingo de la Calzada (1020-1109) ha gozado de una especial veneración en La Rioja, siendo su sepulcro y el templo que lo conserva un lugar de obligada parada para el peregrino, merced al cual conserva, desde tiempo inmemorial, un gallo y una gallina, en el interior de la catedral.

          Son múltiples los milagros atribuidos a Santo Domingo, pero es singularmente famoso el milagro del ahorcado y la resurrección del gallo y la gallina, del que se podría decir que son dos milagros, o uno con dos partes, acontecida una para confirmar la otra. Ocurrido ya en muerte del santo, se centra en el ahorcado injustamente, cuya vida es salvada por el santo, si bien otras versiones lo atribuyen a la intervención del apóstol Santiago, e incluso alguna versión lo asigna a la intervención de la Virgen María (Cantiga 175 de Alfonso X el Sabio), lo que da un escenario jacobeo en cualquiera de las versiones, y que ha dado lugar al popular dicho de «Santo Domingo de la Calzada, donde cantó la gallina después de asada».

          El relato por otra parte está tan enraizado que las autoridades de La Rioja en Octubre del año 2014 declararon Bien de Interés Cultural de carácter inmaterial del patrimonio calceatense el milagro del ahorcado y del gallo y la gallina.

          Cuentan algunas fuentes que yendo en peregrinación a Compostela una familia de peregrinos, no es bien seguro si francesa o alemana, o acaso inglesa cuentan otros, compuesta por un matrimonio y su joven hijo que algunas fuentes llaman Hugonell, tras venerar las reliquias del santo se hospedaron en un mesón cuyos mesoneros tenían una hija que quedó prendada del joven peregrino, tanto que le ofreció sin reservas sus favores amorosos, que el joven rechazó no por desprecio sino por actitud devota de su condición de peregrino. Despechada por ello escondió una copa de plata en el zurrón del joven, en modo que cuando la familia ya estaba de marcha, la hija de los mesoneros denunció el hecho culpando a la familia del joven Hugonell, que fue perseguida y detenida. Al encontrar la copa en el equipaje del hijo, fue culpado por ladrón y condenado a morir en la horca, conforme a leyes de la época (Fuero de Alfonso X el Sabio).

          Compungidos los padres, prosiguieron su camino hacia Compostela, y en su retorno quiso la madre visitar al hijo, cuyo cuerpo aún pendía de la horca. Encontraron con inesperada alegría que su hijo seguía vivo gracias a que desde el momento en que fue colgado le había sostenido Santo Domingo de la Calzada, por lo que la soga no estranguló su cuello. Con gran emoción fueron a contar al corregidor el suceso. Dado que el magistrado estaba a punto de comer un gallo y una gallina recientemente asados, incrédulo por el relato, respondió que su hijo estaba tan vivo como las aves que se disponía a trinchar; entonces y para sorpresa de todos las aves volaron del plato, recuperaron su plumaje y se pusieron a cantar. Comprobaron que el joven ahorcado seguía realmente vivo, ante lo que cambió la culpabilidad del juicio y se dio a la infame acusadora el castigo por su maldad. Alguna fuente añade que la familia de peregrinos no devolvieron la venganza sino que pidieron clemencia para la joven mesonera que fue indultada.

          En los siglos XV y XVI proliferan en la iconografía local el tema del ahorcado al que luego se suma la resurrección del gallo y la gallina. Se atribuye primero al santo la salvación del joven y posteriormente se asocia el fenómeno de las aves, y así se representa al santo en la imagen de 1789 que se incorpora al sepulcro calceatense levantado en el siglo XVI, en que el santo ataviado con traje talar aparece apoyado en un cayado, desgranando un rosario con la mano izquierda y apareciendo a sus pies el gallo y la gallina.

          La versión escrita más antigua es la del Códice Calixtino (XII), obra que aunque también cita la población de Santo Domingo de la Calzada en su libro V como lugar relevante del camino, nada dice del milagro, y en cambio su libro II lo relata atribuyéndolo a la intercesión de Santiago el Mayor. Igualmente Jacobo de la Vorágine en su Leyenda Dorada, escrita o recopilada entre 1255 y 1266 cita el milagro del ahorcado como obra del apóstol como hace el Calixtino, y como dicho códice lo sitúa hacia el año 1020 en la ciudad de Toulouse. En estos relatos no se hace alusión a las aves.

          El relato en el siglo XV de Nompar, señor de Caumont, se aproxima casi totalmente a los datos de relato calceatense, con la particularidad de que dice que fue un noble varón quien le sostenía por los pies, sin especificar si era Santiago o Santo Domingo. Además incluye la otra parte del milagro con la resurrección del gallo y gallina, parte que tiene un gran valor en dar relevancia al papel de la justicia. Hay así una constancia de que ya desde el siglo XIV se conservaba una pareja de gallo y gallina blancos en la catedral calceatense, lo que acredita que el fenómeno alcanzó aquí una notable popularidad constituyendo desde entonces parte del acervo cultural local. El milagro ya había arraigado aquí y se había popularizado el lugar y sus mercados medievales para beneficio tanto de los lugareños como de los peregrinos. Al entrar en el templo el peregrino medieval podía ver una caja de hierro que encerraba un gallo y una gallina, descendientes, se decía, de las aves asadas que cantaron. Se popularizó la costumbre de recoger las plumas caídas de las aves, guardándolas como valioso recuerdo o exhibiéndolas con orgullo en sus sombreros. Desde entonces se conserva el espacio elevado que muestran el gallo y la gallina en conmemoración del suceso.

          Una difusión tardía pero muy propagadora son los cancioneros franceses de los siglos XVII y XVIII, impresos en libretos de cantos que incluyen grabados que muestran imágenes donde el ahorcado suspendido y el canto del gallo ocupan un lugar relevante junto; una de las canciones más populares, “Quand nous partîmes de France en grand dèsir”, va narrando las costumbres de los pueblos y villas por donde pasa, y al llegar a Santo Domingo de la Calzada rememoran el milagro de la resurrección del joven y el canto de la gallina asada:

Quand nous fûmes à S. Dominique,
le Coq chana,
nous l’entendimes dan l’eglise,
nous étonna;
On nous dit que le Pélerin,
par un miracle
a ce signe resucita:
ce n’est pas une fable

          Será precisamente en los siglos XVII y XVIII cuando los historiadores riojanos tienden a atribuir el milagro más a Santo Domingo que al Apóstol Santiago. Parece razonable pensar que una u otra fuente de una u otra época se decantan por atribuir el milagro al Apóstol Santiago o a Santo Domingo de la Calzada por criterios geográficos o leyendas locales que se inclinan hacia una u otra versión, pero lo que siempre he considerado más relevante y objetivo es pensar que mayor valor que la autoría es el destino del milagro, el peregrino, verdadero protagonista del fenómeno y objeto de la fuerte moraleja que proporciona al ámbito jacobeo y dirigida en especial a los mesoneros y comerciantes, desde la perspectiva de que la peregrinación y el Camino de Santiago fueron terreno abonado para el engaño, los robos y los abusos, y eran oportunos los relatos ejemplares que advirtieran a los posaderos, tenderos, vendedores y comerciantes que el peregrino y la peregrinación era un espacio sagrado donde el engaño y el abuso era castigado.

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34- Presbiterio de la Catedral de Santiago y rito del abrazo.

           La catedral románica de Santiago ha sido catalogada como gran iglesia de peregrinación, por su diseño funcional para la circulación interna de los peregrinos, que podrían recorrer por las naves laterales y la girola sin interferir en la celebración del oficio en la capilla mayor, presbiterio y nave central. Así los peregrinos podían visitar, como hoy, las numerosas capillas absidales del transepto y girola, donde rezaban, asistían a misas y rendían culto a las reliquias, y podían acercarse, por la parte trasera del altar a una confessio pensada para ellos: la capilla de la Magdalena, que les permitía orar junto a la pared de la estancia que guardaba el cuerpo santo.

          A pesar de su reorganización barroca y su abundante ornamentación, hay documentos, imágenes históricas y datos arqueológicos que permiten recomponer su aspecto medieval. En la parte más noble del templo, conforme a la arquitectura religiosa europea, el culto se organizaba en torno a dos altares contrapuestos, el altar de prima o matinal y el altar mayor, en un interesante conjunto en el que, en el lado de la girola se ubicaba el altar de prima (o Capilla de la Magdalena) en el que se celebraban las misas para los peregrinos y frente a éste y abierto al transepto de la catedral y coro del cabildo catedralicio, el altar mayor dispuesto sobre el sepulcro apostólico. En el caso de Santiago de Compostela, la singularidad de los restos del apóstol Santiago condiciona funcionalmente su cabecera que, en contra de la idea tradicional de la girola como espacio de tránsito y circulación de peregrinos, proponía un modelo de uso muy diferente.

          Las obras de la catedral románica inician en el 1075, bajo el impulso inicial del obispo Diego Peláez, para sustituir con mayor dignidad el viejo conjunto eclesiástico que conformaba el locus santus que daban culto, desde su Inventio, a los restos de Santiago el Mayor en el primer tercio del siglo IX. En esta fase inicial y hasta la deposición del obispo Peláez por el monarca en 1088 en el Concilio de Husillos, se construyen sólo las tres capillas centrales de la girola y sus muros inmediatos. Una vez nombrado Diego Gelmírez (1100-1140) retomó las obras con especial vigor durante su pontificado y en 1112 derruyó los viejos edificios entre los que se hallaba el martyrium de Santiago, venciendo la resistencia del cabildo que consideraba el edículo original como obra apostólica. En 1117 se finalizó la cabecera y altar mayor, en modo que el presbiterio de la catedral se situó encima de los restos soterrados del edículo, quedando el altar mayor sobre el sepulcro que albergaba los restos de Santiago, levantando un frente de altar de plata cubierto por un baldaquino, con lo que el altar ocupaba el centro escénico de la catedral, elevado sobre gradas y cerrado con rejas.

          Por la pérdida consiguiente de contacto directo con las reliquias y la ausencia de una cripta que permitiera una intimidad en el culto de los peregrinos a las reliquias apostólicas, Gelmírez optó por la creación de una confessio detrás el altar mayor, dedicada a la oración de los peregrinos y a la celebración de las misas matinales. Este altar estuvo dedicado a la Magdalena con tales fines desde el mismo siglo XII.

          Así se mantendrá hasta 1462, año en que se acomete la sustitución del baldaquino de Gelmírez por otro durante la prelatura de don Alonso Fonseca I (1460-1464), iniciando luego la gran remodelación barroca entre 1660-1669, que rehízo la capilla mayor de la catedral, suprimiendo la confessio de la Magdalena, cuyas funciones se realizaban desde el siglo XVI en la capilla del Salvador, y sustituyendo todo su mobiliario por el baldaquino barroco. Después, en el siglo XIX cuando, con el redescubrimiento de los restos apostólicos tras la excavación del presbiterio catedralicio, se decidió dotarlo de la actual cripta para depositar el arca de plata con los restos de Santiago y sus discípulos Atanasio y Teodoro, recuperando el contacto directo con las reliquias apostólicas y configurando un ritual de culto jacobeo con el abrazo a la figura del apóstol.

          Afortunadamente podemos reconocer la capilla mayor medieval en un manuscrito iluminado de los Países Bajos a finales del siglo XV, el Cartulario del Hospital de Santiago de Tournai (Vista del altar mayor en el Cartulario del Hospital de Santiago de Tournai). Lo más interesante del Tournai es que ilustra dos momentos concretos del ritual de los peregrinos: la misa en la confessio construida por Gelmírez tras el altar mayor y el abrazo a la figura del Apóstol que lo presidía.

          Esta confessio compostelana se ubica en el espacio situado tras el altar mayor de la catedral, es decir, la capilla de María Magdalena descrita en el Codex Calixtinus, lugar donde se celebraba la misa matinal, de gran importancia para los peregrinos, pues en ese lugar se confesaban y gestionaban allí sus certificados de peregrinación. Según la Historia Compostelana, el acceso a la capilla sería a través de las columnas traseras del baldaquino románico, aunque otros autores proponen un acceso posterior desde la girola, pero en todo caso la obra realizada por Gelmírez en el altar mayor sería una suerte de anillo de circulación que permitiera adorar al Apóstol en un altar trasero, una confessio para orar que no consistía en una cripta inferior, sino que su suelo se encontraba al mismo nivel que el de la girola, tal moco detectó la arqueología.

          Parece que fue en la tercera década del siglo XVI cuando nuestra capilla fue desmontada, trasladándose sus funciones de altar a la vecina capilla del Salvador, la central de la girola, que se mantuvo con tal uso hasta dos siglos después. La vieja confessio se dedicó plenamente a sacristía del altar mayor, siendo así como la describe Juan Bautista Confalonieri en 1564. Entre 1660-1669 se restauró la capilla mayor de la catedral, suprimiendo la confessio de la Magdalena, cuyas funciones se realizaban desde el siglo XVI en la capilla del Salvador, y sustituyendo todo su mobiliario litúrgico por el altar y el baldaquino barroco. En este pavimento, ya dedicado por entero como sacristía de los prelados celebrantes en el altar mayor, el arzobispo Juan de San Clemente instaló en 1588 un osario con materiales reaprovechados para ocultar clandestinamente los restos apostólicos y protegerlos del ataque de la flota inglesa al mando de Francis Drake con el propósito declarado de profanar las reliquias, consideradas como principal emporio de la superstición papal. El ataque fracasó pero las reliquias no fueron repuestas a su lugar original, temiendo que se reprodujera la situación y quizá con el propósito de que los restos apostólicos quedaran ocultos a cualquier deseo de trasladarlos a otro lugar. No sería hasta el siglo XIX, con el redescubrimiento de los restos del Apóstol Santiago tras meticulosa excavación del presbiterio catedralicio, cuando se decidió dotarlo de la actual cripta para depositar el arca de plata con las reliquias de Santiago y sus discípulos Atanasio y Teodoro.

          La Capilla de la Magdalena como confessio de los peregrinos y altar para la celebración de las misas matinales que cita el Calixtino, guardaba pues la más absoluta normalidad litúrgica de dedicar estas funciones a un lugar propicio para la ubicación de un altar de prima, misas pro populo, sencillas y apropiadas a los fieles y los peregrinos, en vez de las complejas liturgias del cabildo compostelano reservadas al altar mayor. La catedral tenía unas horas determinadas para el culto al Apóstol, que al igual que los oficios reservados a laicos y peregrinos eran los de la misa matinal, y así la capilla de la Magdalena además tenía la funcionalidad de sacristía catedralicia durante toda la Edad Media, conforme a la normal articulación del presbiterio en dos altares y su clara organización funcional de los templos del románico europeo. Se trataba sin duda de un espacio cerrado dotado de las medidas de seguridad propias para proteger el tesoro sagrado que, como sacristía, custodiaba en su interior. De hecho, un pasaje de la Compostelana recoge el conflicto hostil de Gelmírez con los burgueses de la ciudad que obligó al prelado a refugiarse en el altar del Apóstol bajo su baldaquino, cerrando las rejas y protegiéndose en la capilla de la Magdalena, obligando a sus agresores a subirse a las tribunas de la catedral para lanzarle objetos contundentes, ya que desde ras de suelo no podían agredirle para darle muerte.

          La presencia de un cuerpo santo condicionó por tanto la configuración u organización funcional del templo de peregrinación, y generó la aparición de ritos vinculados al culto del santo motivadas por el afán de contacto directo con las reliquias. La situación en Compostela era que las reliquias no se podían ver ni tocar, pues el cuerpo apostólico se localizó en un sepulcro del subsuelo del altar mayor, inaccesible tras la reforma de Gelmírez, lo que hizo necesario otro tipo de paraliturgia que cubriera las aspiraciones de los peregrinos al llegar a la basílica del Apóstol. Así es como surge el rito del abrazo, en el contexto de la misa matinal en la capilla de la Magdalena, que por tanto estuvo largamente relacionada con el culto peregrino medieval. El rito debió iniciarse algún antes, quizá durante el mismo obispado de Gelmírez, pero se consolida y documenta en el siglo XIII. Los peregrinos iban, a través de los brazos del transepto hasta el altar mayor de la catedral protegido por sus sólidas rejas hasta las que se acercaban los fieles, que se abrían entonces para permitir su acceso a la capilla de la Magdalena que, sin mención expresa, hacía la función de confessio de los peregrinos. Un toque de campana anunciaba el próximo comienzo la misa de prima matinal, entonces se abría el altar mayor para su adoración y la asistencia a la misa de prima; después de ésta, el altar quedaba abierto para la recepción de limosnas hasta la hora de comer, en que era cerrado. Después se reanudaban otros turnos de tarde para ampliar la recaudación.

          Además de visitar el altar mayor y asistir a la misa de prima, los peregrinos tenían la oportunidad de entrar en contacto con objetos jacobeos de carácter espurio, vinculables al mundo de la peregrinación, como un bordón, un cuchillo, un capelo, un morral y una corona, que fueron motivo de juegos y chanzas y no alcanzaron mucho valor ritual. Pero se relata cómo accedían mediante una escalera de madera hasta un piso superior, una especie de tribuna habilitada sobre el muro de separación entre el altar mayor y la capilla de la Magdalena, donde se accedía a una figura sedente del Apóstol a la que se daba el célebre abrazo por la espalda, como todavía se acostumbra a hacer en nuestros días. No hay certeza plena de cuándo comenzó la tradición del abrazo a la figura de Santiago, aunque se deduce que este hábito debió nacer con la instalación de la imagen de Santiago, datada en el siglo XIII, debió ser en este momento cuando se comenzó a practicar el rito, que terminó siendo de gran fuerza, supliendo la ausencia del contacto directo con las reliquias, en modo que el abrazo constituyó un acto físico de materialidad tangible que estrechaba el lazo entre la cotidianidad del peregrino y el deseo de contacto como culminación de la peregrinación. El rito de subir a la tribuna, ascender a encontrarse con el Apóstol y descender luego a una nueva realidad lograba una sensación de plenitud que suplía con éxito la falta de presencia tangible de las reliquias.

          El espacio que ocupó la capilla de la Magdalena pasa hoy casi desapercibido al visitante pues permanece como un pequeño hemiciclo cerrado e inaccesible tras el altar mayor (trasaltar), aunque podemos visualizarlo bien desde las escaleras que suben al camarín donde se sigue realizando con secular tradición, el rito del abrazo a la imagen del apóstol. A media subida si dirigimos la mirada hacia abajo y a la derecha veremos bien identificado con una verja metálica y cubierto con un cristal, el recinto donde se redescubrieron las reliquias de Santiago en 1879, tras las pertinentes prospecciones arqueológicas. También puede apreciarse la capilla desde el deambulatorio de la girola en su parte central, desde donde se tenía acceso visual a un vano en el muro posterior de la sepultura jacobea que guardaba los restos del apóstol en el siglo IX. Este muro tuvo durante siglos gran valor para los peregrinos, pues definía un espacio de gran proximidad a la sepultura que contenía los sagrados restos, y allí permanecían en oración, pudiendo confesar y comulgar, lo que constituía una forma de contacto virtual con las reliquias, lo que se reforzaba con el rito del abrazo a la figura apostólica. Con la reforma del siglo XVII el lugar quedó un tanto más cubierto, y para ornamentar el lugar se colocó un retablo barroco de 1671 que representa la traslación del cuerpo de Santiago y su sepultura en Compostela, que debajo deja una obertura que permite un contacto visual inmediato con el espacio sepulcral, marcado con una estrella que muestra con precisión el lugar original del sepulcro jacobeo. Este espacio hoy inaccesible y conocido como trasaltar, está enmarcado y cerrado por muros de grandes vitrales engalanados en bronce, fundidos en Ferrol en 1818; los angelito que rodean el trasaltar por su parte alta, en su mano extendida portaban lámparas que iluminaban este espacio que sin embargo hoy suele pasar desapercibido a los peregrinos y visitantes, en contraste con la importancia que encierra y el altísimo valor que tuvo para el peregrino durante siglos. Se entiende en parte que la importancia del lugar haya quedado hoy relegada, por cuanto tras el redescubrimiento de los restos se procedió a la reapertura y acondicionamiento de la cripta sepulcral en el subsuelo del presbiterio, con la urna de plata de las reliquias, habilitando un lugar para la oración y el culto. La bajada a la sepultura jacobea y la subida al camarín del apóstol y el rito del abrazo que ha perdurado a lo largo de los siglos, constituye una culminación idónea del culto jacobeo.

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8- Apóstol peregrino de Jean de Roucel

          Jean de Roucel, también citado como Johannes de Roucel, fue un noble francés del siglo XV que peregrinó a Santiago de Compostela en el primer cuarto del siglo XV, muy posiblemente en compañía de su esposa, que también es expresamente mencionada en esta exquisita obra, representativa de la valiosa orfebrería francesa de fines del siglo XIV o comienzos del XV, que se cita ya en el inventario compostelano de 1426: “toda dourada, co seu bordón, et esportela, et chapeirón blanquo, et seu lybro ena maao dourado, et está sobre seu pee con dous escudetes en él“.

          En su peregrinación, Jean Roucel trajo consigo esta pequeña y hermosa estatua del Apóstol Santiago por mandato del prefecto de París. Es una talla de 39 cms, ataviada con traje “de manto” como peregrino jacobeo; lleva gran venera sobre bordones cruzados, sobrepuesta en el sombrero, bordón y calabaza, y el morral también marcado por la concha, todos claros distintivos del peregrino medieval. En la mano izquierda porta el libro que revela su condición de maestro, transmisor de la buena nueva, y por tanto de Apóstol.

          Actualmente esta imagen se conserva y expone como parte del tesoro de la catedral de Santiago, en la capilla de las reliquias, junto a otras representaciones y ofrendas entre las que se encuentra el Apóstol peregrino del también devoto Geoffroy Coquatrix, con la que en buena medida se encuentra emparentada: la imagen, realizada en plata sobredorada y esmaltes, pertenece a la escuela de París, al igual que la traída por Coquatrix.

          El pie es de bronce dorado. En los blasones: aves, coronas y espigas. Contiene un amplísimo letrero inscrito que, en recuerdo de sus donantes, dice:

DEDERUNT IST
AM YMAGINEM
NOBILIS VIR DOMINUS JOHANNES DE ROUCEL MILES DE REGNO [FRANCIE]
ET JEHANNA UXOR EÍUS AD HONOREM DEI ET SANCTI IACOBI DE
GALLECIA ET EGO JOHANI APORTAUIT DE PARISIUS EX PARTE [PREFATI]
DOMINI ORATE PRO EIS

“Donaron esta imagen el noble varón Señor Iohannes de Roucel, militar del Reino de Francia, y su esposa Iohanna de Roucel para honor de Dios y de San Jacobo de Galicia. Y yo Iohannes lo traje de París de parte del Prefecto. Rogad por ellos.”

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33- Monarquía Asturiana y fecha de hallazgo del sepulcro jacobeo

          El Reino de Asturias fue la primera entidad política cristiana en la península ibérica tras la desaparición del reino hispano visigodo y su rey Rodrigo en la batalla de Guadalete y la subsiguiente conquista musulmana de la península ibérica. Inicialmente su extensión territorial se limitó a la cornisa cantábrica y sus comarcas adyacentes y posteriormente realizó una vigorosa expansión que a principios del siglo X alcanzó el río Duero. Comienza en el año 718, fecha de la elección de Don Pelayo como princeps o líder de los rebeldes. De origen incierto, Pelayo fue posiblemente un noble godo que se enemistó con Witiza y llegó a ser alto funcionario de Don Rodrigo que tras la derrota de Guadalete se refugió en las tierras astures. También las fuentes musulmanas (crónica de Al Maqqari) mencionan su origen godo, cuando el cronista Isa ben Ahmad Al-Razi, con un tono bastante despectivo, dice que en tiempos de Anbasa ben Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierras de Galicia un bárbaro llamado Pelayo. Con Don Pelayo surge la vocación de revertir la invasión musulmana y restaurar el perdido reino visigodo con la idea de una monarquía astur heredera de la visigoda, destinada a reconstruir la recientemente perdida unidad de España. Alfonso X incluso lo hizo descendiente del rey Chindasvinto, para resaltar su ascendencia monárquica. Con Pelayo se reanuda una monarquía hereditaria, pues había sufrido en sus carnes los problemas sucesorios visigóticos, cuya monarquía era electiva.

          Aunque la versión musulmana habla de una pequeña escaramuza en la que no merecía la pena invertir más esfuerzos ni recursos, lo cierto es que en la batalla de Covadonga (722) surge la legendaria figura de Don Pelayo que supone el inicio de la Reconquista. En los territorios hispanos del norte, su tradicional resistencia a ser subyugados se fusiona con los intereses de los godos fugitivos de la batalla de Guadalete (711). La invasión musulmana se instaura en solo cuatro años, sin resistencia, por capitulaciones pacíficas, transacciones y pactos amistosos, y solo a veces por fuerza militar, se apoderan de casi toda la península. Don Pelayo será el artífice de la fusión de la rebeldía de los pueblos del norte con la motivación patriótica de los visigodos fugitivos y aglutina un único movimiento que, quizás a partir de sentimientos diversos, finalmente se agrupan en un frente común. Así desde la fundación de Oviedo en el siglo VIII la Reconquista tiene como objetivos identificables en las crónicas, la expulsión de los musulmanes como usurpadores de lo visigodo, y la restauración del reino visigodo, que ya había logrado la deseada unidad territorial de la península hacia el año 700, precisamente unos años antes de la invasión musulmana. La intacta identidad visigótica reinició pronto un proceso de reinstauración, y no por motivación doctrinal sino patriótica. Para Sánchez Albornoz la Reconquista no tuvo nada de guerra santa, por cuanto no obedecía al cumplimiento de un precepto al modo que proponía el Islam, ni se entendía como forma de muerte martirial. Tampoco puede entenderse como una cruzada porque no se llevó a cabo con motivaciones religiosas como la recuperación de focos de valor religioso, ni la extensión de un credo. En todo caso cabría decir, a quienes quieren verlo como cruzada que, en tal caso, fue una cruzada bien distinta, realizada “a domicilio” y la única que resultó victoriosa aunque a costa de una guerra dura y terrible al islam, cruzada perpetua empezada con Pelayo en las montañas asturianas poco después del 711, y que acabaría en 1492, después de una lucha de ocho siglos.

          El tan esgrimido oportunismo militar del descubrimiento del sepulcro jacobeo, para el que todo sería un montaje al servicio de la Reconquista, encuentra un caldo de cultivo teórico favorable. Lo cierto es que el argumento es tan aparente como inconsistente, pues Santiago ya era motivo de culto en el norte de España y considerado patrón protector más de cincuenta años antes del hallazgo de su sepultura, y porque entre el comienzo de la Reconquista con la Batalla de Covadonga (año 722) y el momento de la Inventio o descubrimiento del sepulcro apostólico (sobre el 829), transcurre más de un siglo, y tardará siete siglos más en completarse. Establecer aquí una relación causa-efecto es un sin sentido que algunos quieren ver como argumento. No lo es, por cuanto es inconsistente pensar que más de un siglo después del inicio, se recurriera a la farsa de un sepulcro espectacular para incentivar la Reconquista. La arqueología dejará fuera de toda duda que lo encontrado en Compostela no es montaje oportunista sino un verdadero hallazgo, con edificación romana del siglo I y un mausoleo sepulcral de esa época generador de una necrópolis paleocristiana.

          En los tiempos que surge esta resistencia antimusulmana no existe aún Compostela, sino su precedente, Iria Flavia, y durante este el tiempo que va del inicio de la Reconquista hasta el descubrimiento del sepulcro apostólico se suceden, siguiendo la propuesta de Juan José Cebrián Franco, seis obispos irienses. El primero de ellos será Emila, del que el Cronicón lriense afirma que era obispo en el reinado de Don Pelayo. A Emila siguieron otros tres: Román, Augustino y Honorato, de los que solo conocemos sus nombres y orden de sucesión. Cabe muy bien hacer la conjetura de que tres obispos son suficientes para cubrir el espacio cronológico de los reinados de Alfonso I, Fruela, Aurelio, Silo y Mauregato, que supondrían unos 45 años para tres obispados. Es explicable el vacío documental por la falta de concilios en la época y la precariedad de la vida en este rincón de Galicia, presionado por las continuas invasiones musulmanas.

          Con posterioridad vienen dos obispos con el nombre Quendulfo: Quendulfo l y Quendulfo ll. El Cronicón lriense solo cita un Quendulfo y La Historia Compostelana cita dos. El largo período estimado en unos cuarenta años después de Honorato hasta la Inventio o descubrimiento del sepulcro jacobeo, junto a la firma de documentos firmados con el nombre Quendulfo o Kindulfus como Obispo de Iria, que aparece en escrituras de Samos (811), dos en Oviedo (noviembre de 812) y en el Tumbo A de Sobrado (setiembre de 818), hace verosímil la afirmación de la Historia Compostelana al citar dos obispos del mismo nombre que son los que se aceptan como Quendulfo I y Quendulfo II. A estos dos seguirá Teodomiro, bajo cuyo pontificado y durante el reinado de Alfonso II el Casto, se produce el descubrimiento del sepulcro jacobeo entre el 820 y el 830, posiblemente en el año 829, fecha de los primeros documentos locales que lo relatan reinando Alfonso II.
         Al valorar la historia paralela del Reino Astur, durante el pontificado de estos obispos, después de Pelayo reinaron Favila, Alfonso I, Fruela I, Aurelio, Silo, Mauregato, Bermudo y Alfonso II bajo cuyo reinado se descubrió el sepulcro. Desde Don Pelayo hasta el descubrimiento del sepulcro han pasado unos 110 años, lo que daría una media de 15,7 años por pontificado, cifra verosímil que da valor al número de obispos registrados para ese periodo de tiempo.

          Inicialmente las fuentes dan como fecha del hallazgo del sepulcro la del año 813, con una solidez que prácticamente se integra en la propia Tradición Jacobea, de modo que “el año 813 se generaliza como fecha en que el Obispo de Iria Flavia, Teodomiro, examina en el lugar denominado Arca Marmorica y halla una tumba, que por varios vestigios que contenía, reconoció como la del Apóstol Santiago, Jacobo Boenerges, hijo del Zebedeo y de Salomé“.

          De este modo se hace posible la participación del emperador Carlomagno, que murió el 28 de enero del 814, dando cabida a las creencias medievales que atribuían a Carlomagno la liberación del sepulcro jacobeo. Este era el propósito de adelantar la fecha del descubrimiento por delante del 814, poner el descubrimiento jacobeo bajo la tutela del máximo y más prestigioso defensor de la cristiandad. Incluso se fabricó, muy al gusto de la época, un relato fantástico en que el Apóstol Santiago se aparece en sueños al emperador y le señalaba la Vía Láctea como modo de llegar hasta el lugar donde se hallaba olvidada la sepultura que él debía descubrir y proteger.

          Pero esta fecha resulta de todo punto un imposible histórico, pues durante la misma aún regía en la diócesis de Iría el bispo Quendulfo II, y por tanto Teodomiro no podía aún ser el protagonista del descubrimiento del sepulcro del Apóstol. La firma de Quendulfo II en documento del 1 de septiembre de 818 del Tumbo A de Sobrado: “Sub Christi nomine Kindulfus dei gratia episcopus confirmo», acredita que este obispo, antecesor de Teodomiro, aún estaba vivo y activo en tal fecha, lo que retrasa no menos de un lustro la fecha del descubrimiento de la Tumba y descubre que Carlomagno no tuvo participación ninguna en el acontecimiento, que solo era una querencia probablemente nacida de la tradición de los Cantares de Gesta franceses que gustaban de idealizar los hechos de sus héroes.

          El hallazgo tuvo que ser entre el 819 y el 830, muy posiblemente en el año 829 en que aparece el primer documento compostelano que relata que el descubrimiento fue en tiempos en que el obispado de Iria estaba ocupado por Teodomiro, bajo el reinado de Alfonso II el Casto.

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