TEORÍAS ANTI-JACOBEAS

          Otro modo de analizar la Tradición Jacobea es ver que dicen las hipótesis de los detractores. La existencia de una explicación del origen del fenómeno jacobeo de certeza incuestionable sería muy clarificadora, pero veremos como ninguna de las teorías propuesta que no sea la propia Tradición Jacobea, ofrece algo ni medianamente resolutivo, y en todos los casos son propuestas que se han demostrado erróneas.

          Se analizaron algunas objeciones a la Traditio, como ser la cristianización de precedentes paganos, o fruto del oportunismo militar y eclesiástico, o la falta de tiempo para el viaje, o la imposibilidad de traslado de los restos mortales del apóstol. De las diversas hipótesis hasta aquí valoradas ninguna ofrece resolución argumental que contradiga o invalide la Tradición en sus aspectos básicos: la labor evangelizadora de Santiago el Mayor en Hispania, y la presencia de su sepultura en Compostela. En esta sección se analizarán las teorías que más propiamente merecen el calificativo de anti-jacobeas, por cuanto dan por inviable la presencia de Santiago en Hispania y hacen una propuesta de cómo pudo iniciarse el fenómeno del culto jacobeo.

          Tres son la que merecen el interés de este análisis: la hipótesis del Silencio, la hipótesis Emeritense, y la hipótesis Priscilianista. Las tres, diseñadas o apoyadas por eminentes hombres eclesiásticos, testimonian que la Iglesia nunca modeló un fenómeno jacobeo a su medida. La tercera, a pesar de su invalidez arqueológica, es la que ha despertado mayores simpatías.

Handbuch zur Biblische Geschichte 2          La HIPÓTESIS DEL SILENCIO, esbozada por los sacerdotes alemanes Ignaz Schuster y Johann Baptist Holzammer en su obra “Handbuch zur Biblische Geschichte” (dos tomos, 1862-64), cuya 8ª edición se tradujo al español en 1934 como Historia Bíblica. La hipótesis es desarrollada con valor apodíctico por Mons. Louis Duchesne en su artículo de 1900 Saint Jacques en Galice, como réplica a la Bula Deus OmnipotensLouis Duchesne de León XIII. En resumen, propone que si Santiago hubiera predicado en Hispania, sería imposible el silencio de los autores hispanos de la antigüedad. El argumento generó gran impacto en el ámbito de la Historia, porque es indudable que la falta de noticias documentadas en las fuentes romano-cristianas y visigodas hispanas en torno a la venida y predicación de Santiago condiciona al historiador, dado a fundar los hechos históricos en fuentes documentales, en modo que un vacío tan relevante parece sugerir su inexistencia histórica.

          Pero la falta de documentos es un problema constante en el estudio del pasado de la humanidad, y resulta tanto o más incomprensible el silencio de fuentes hispanas sobre otros muchos hechos y personajes históricos. ¿Por qué se aplica aquí, y con valor argumental, este criterio negativo?. Aceptando que es un dato llamativo no puede aceparse como argumento demostrativo. Ya se vieron las razones históricas de la ruptura de continuidad entre la predicación del Apóstol y la cristiandad hispana posterior, lo que explica el silencio de las fuentes hispanas de la Antigüedad tardía y en la Patrística visigoda. Dar valor al argumento del silencio implicaría afirmar, por la misma razón, que ninguno de los “Doce” predicara en ninguno de los lugares del mundo conocido donde sus tradiciones legendarias respectivas les sitúan, porque igualmente ninguna certeza documental existe sobre ello. Ni de la predicación de los apóstoles ni la historia de los mártires hay documentos, fueron mayoritariamente Eusebius_of_Caesareadestruidos. Eusebio de Cesarea atestigua que se requisaban y quemaban los escritos que los cristianos usaban en sus ritos. Durante su persecución, implantó la política de lograr mediante tormento, apóstatas más que mártires, y ordenó en diversos edictos, la destrucción de iglesias y libros sagrados. Hubo traditores, que por temor a ser procesados entregaron los libros y escritos sagrados. Archivos cristianos enteros desaparecieron. Se intentaba, según Eusebio, no dejar constancia de los mártires para evitar que se propagara su fe y su tradición. Hubo, pues, una destrucción masiva de documentos y la Iglesia perdió los informes de la historia de sus mártires y de sus orígenes. Eusebio de Cesarea nos cuenta cómo él mismo presenció la quema pública de libros. Solo una sólida tradición oral permitió la transmisión de los hechos, aunque al reescribirlos se adornaron con exuberante retórica y exageraciones piadosas.

          Dar valor argumental al silencio equivale a decir que no ocurrió lo que no quedó escrito, lo que es inconsistente cuando más de las tres cuartas partes de los libros antiguos se ha perdido y muchos documentos son falsos, por lo que se trata de una valoración negativa sin valor probatorio, pues ni el silencio demuestra vacío, ni el documento garantiza historicidad.

          Desde mayor amplitud geográfica no cabe hablar de silencio. Autores noDidymus_the_blind hispanos de los siglos IV y V, como Dídimo de Alejandría llamado el Ciego (313-398), San Jerónimo (342-420), Teodoreto de Ciro (393-466), hablando de los lugares evangelizados por los apóstoles en el siglo I, citan expresamente Hispania y las tierras de Occidente. Aunque no precisan de que apóstol se trata, no debe omitirse estas citas que incluyen expresamente las tierras de Hispania en el plan evangelizador.

          La referencia de Dídimo el ciego dice: “…quad alteri quidem apostolorum in India degenti, alteri vero en Hispania, alteri autem ab ipso in alia regione usque ad extremitate terrae distributo”: Uno de los apóstoles recibió en reparto la India, otro España, e incluso otro más una región hasta la extremidad de la Tierra”. (De Trinitate, Libro II, p.g. 39, col. 487 § 136)

san-jeronimo-blog          San Jerónimo aporta dos significativas referencias en su comentario a Isaías: “…El Espíritu Santo los congregó y los asignó el lugar que a cada uno había caído en suerte. Uno se fue a la India, otro a España, otro al Illirico, otro a Grecia, de modo que cada cual descansara en la provincia donde había predicado el evangelio y doctrina. (Comentario a Isaías, L. XII, vers. 16 y 17, cap. 34). “Son aquellos apóstoles que, remedando sus redes a la orilla del lago de Genesaret,teodoreto_ciro fueron llamados por Jesús y enviados al mar inmenso, haciéndolos de pescadores de peces en pescadores de hombres; los que comenzaron desde Jerusalén, predicaron el evangelio hasta el Illirico y España, aprisionando con su doctrina en breve tiempo a la misma Roma. (Comentario a Isaías, L. IV, vers. 10, cap. 42).

Teodoreto de Ciro habla de la misión de un apóstol en España (De Martyribus, Sermo VIII, PG 83, 1010),

          Cuando en el 416 el papa Inocencio I defiende los usos litúrgicos de la Iglesia Romana, contra las corrientes de procedencia oriental, exige que se diga si en aquellos lugares que las siguen, ha enseñado algún otro Apóstol que las avale, yInocencio_I__papa que en su defecto deberán seguir los modos de la Iglesia Romana. Más que rechazar tradiciones apostólicas locales, busca consolidar la primacía de la Sede Romana y unificar los usos litúrgicos en todo Occidente en momentos de gran inestabilidad imperial. El reconocimiento implícito de usos litúrgicos no romanos y de otras tradiciones orales ya está dando crédito a la tradición de la evangelización de Occidente por otros apóstoles no romanos, lo que legitima excluir a Pablo y abre opciones a Santiago como evangelizador en la cuenca mediterránea occidental. Esto abrió cierta controversia que cerró Hesiquio, obispo de Salona (Dalmacia), que en el 419 sostiene que la predicación fue hecha “hasta el fin de la tierra”, en Hispania, por alguno de los doce apóstoles en persona, y recogiendo la herencia de San Jerónimo reconoce que este Apóstol no podría ser otro que Santiago. Una vida legendaria de San Clemente llegará a atribuir a Hesiquio haber dicho textualmente que Santiago el Mayor fue enviado por San Pedro a España.

          Una antigua tradición hispana que establece un vínculo ente Santiago y su predicación en la península ibérica es la crónica del obispo Máximo de Zaragoza, que en el año 571 notifica la existencia de un templo mariano edificado por Santiago. La evocación ha de deberse a una remodelación de la edificación anterior, acreditando una tradición oral antigua muy arraigada y bien conocida entre las gentes y el clero por tradición oral que Máximo acabó por dar forma escrita y que parece que antecede al martirio de San Vicente (†303) durante las persecuciones romanas bajo el pontificado de San Valero, en sintonía con la carta de San Cipriano de Cartago (254) en que cita a Félix de Zaragoza como “propagador y defensor de la fe“.

         En los siglo VI y VII circulan diversos catálogos sobre vida y obra de profetas y apóstoles, siete son versiones griegas y otras orientales: sirias, coptas, bizantinas, etc. La versión latina de estos catálogos o Breviarium Apostolorum, obra de la 2ª mitad del siglo VI, a diferencia de otras, sitúa a Santiago en España y regiones del occidente en lugar de Jerusalén. No se trata de un “manejo” en beneficio de la Tradición Jacobea, como se ha sugerido, pues Baudouin de Gaiffier acredita que la versión latina se inspira en textos orientales y occidentales anteriores que inspiraron también a Isidoro; entre ellos los textos de Dídimo, San Jerónimo, y Teodoreto, además de San Hilario de Poitiers (310-368), San Efrén de Siria (306-373) y el historiador Eusebio de Cesarea (†339), y hasta la propia epístola a los Romanos de Pablo y la carta del papa Clemente a los corintios (fines siglo l). Su temprana fecha de compilación, la variedad de sus fuentes y la presunción de imparcialidad derivada de su origen extra-pirenaico, hacen del Breviarum un valioso elemento de promoción de la Tradición Jacobea y de la universalización de su culto, más de dos siglos antes del descubrimiento del sepulcro en Compostela.

Isidoro de Sevilla          Isidoro de Sevilla (556-636), conoce el Breviarium y las obras que le nutren, y lo refleja en su redacción del capítulo 80 del De ortu et obitu patrum referente a Santiago el Mayor, escrita antes del año 612, constituyendo el primer testimonio español conocido que atribuye al apóstol Santiago la Península como su destino evangelizador:”Predicó el Evangelio en Hispania y regiones occidentales”, en que se intuye la labor evangelizadora como una empresa global de toda Hispania, seguramente conocedor también de la crónica de Máximo de Zaragoza. En contra de lo propuesto por algunos autores, César Chaparro Gómez en su última revisión,  descarta que sea apócrifa y que esté interpolada, sino que la noticia es de paternidad isidoriana. Atendiendo a Gaiffier, De Ortu y Breviarium se inspira en fuentes más antiguas. Podrían ser el Psedo-Epifanio y la crónica de Máximo de Zaragoza.  Esto invalida la hipótesis de que el Breviarium sea punto único de partida de toda la tradición de Santiago en occidente.

Julian of Toledo          Se dice del arzobispo Julián de Toledo (642-690) que contradice el Breviarium y el De ortu et obitum al negar el apostolado de Santiago en Hispania en De comprobatione aetatis sextae del 686, pero en dicha obra apologética contra el judaísmo, que no reconoce la venida del Mesías hasta el sexto milenio desde la creación, Julián argumenta que el computo no es en milenios sino en Edades bíblicas de acuerdo con Isidoro:  la 1ª de Adán a Noé, la 2ª de Noé a Abraham, la 3ª de este a David, la 4ª hasta la cautividad de Babilonia, la 5ª hasta la venida de Cristo, la 6ª desde Cristo hasta nuestros días. El mundo está pues en la Sexta Edad, legitimando a Cristo como el Mesías anunciado. El texto cita distintas alusiones bíblicas que anuncia la venida del Mesías y la frase que cita al apóstol no alude el territorio de Santiago, sino que argumenta que todas las predicaciones se habían cumplido en Cristo. Al hablar luego del reparto apostólico dice: «…Santiago ilustra Jerusalén, Tomás la India y Mateo Macedonia», pero sin distinción entre los dos Santiago, y ya era conocido que quien permaneció en Jerusalén fue Santiago el Menor. Julián de Toledo continúa el legado isidoriano, y no contradice la predicación de Santiago en Hispania ni la distribución apostólica isidoriana, tal como y aparece en la liturgia mozárabe, aprobada a finales del siglo VI, pero revisada en el tiempo por distintos autores como San Leandro, San Isidoro, San Ildefonso y sobretodo San Julián, se mantuvo luego inalterable hasta el siglo XI. De modo que, aunque algunos lo niegan, la Tradición Jacobea subyace también en la patrística visigoda, que diferencia un Santiago en Hispania y un Santiago en Jerusalén.

Aldhelm.malmesbury          Otras fuentes occidentales, contemporáneas a San Julián, difunden la predicación jacobea en la Península lbérica, como la del abad anglosajón Aldhelmo de Malmesbury (639-709), autor del Poema de Aris, pieza de fines del siglo VII o principios del VIII, versificando la misión apostólica de Santiago en Hispania: “Primitus Hispanas convertit dogmate gentes”: (Fue el primero en convertir a la verdad a los pobladores de España). El experto Manuel C. Díaz y Díaz detectó indicios comunes entre Aldhelmo y el Liber Sancti Jacobi que revelan fuentes comunes orientales que nutrieron también el Breviarium.

        Beda The_Venerable_Bede_translates_John_1902  El monje inglés Beda el Venerable (672-735), conocedor también del Breviarium y otros catálogos coetáneos, y revisando las contradicciones entre ellos, consulta fuentes anteriores y mantiene la evangelización de Hispania por Santiago el Mayor en sus textos. Lo más valioso de este autor es que es el primero en escribir, un siglo antes del hallazgo del sepulcro, que el enterramiento es en Hispania, con claras referencias de situarlo en Galicia. Su Martirologio dice: “Los sagrados restos mortales de este bienaventurado fueron trasladados a Hispania y escondidos en sus últimos límites frente al mar Británico“, donde el mar británico o mar de Occidente, es el que baña las costas de Britonia, hoy San Martín de Mondoñedo. La noticia se reitera en los martirologios de Floro de Lyon (830-840) y el de Adón de Vienne (860).

Beato de Liébana          La huida cristiana a Asturias ante la dominación musulmana facilitará la difusión de la predicación de Santiago en España en el naciente reino de Asturias. El gran gestor será el monje Beato de Liébana (†798), gran heredero de la obra isidoriana, de la que toma la tradición de la evangelización jacobea en Hispania, medio siglo antes del hallazgo del sepulcro compostelano, situando en España la localización de la tumba. Sus fuentes son el De ortu et obitum patrum de Isidoro, el Breviarium Apostolorum, el Martirologio de Beda, la obra jeronimiana, y una larga relación de la patrística que plasma en sus citas. En el himno O Dei Verbum, escrito en el 785 durante el reinado de Mauregato, reactiva el culto a Santiago y lo eleva al grado de Patrono y Protector: “Oh Apóstol dignísimo y santísimo, cabeza refulgente y dorada de España, defensor poderoso y patrono especialísimo… Asiste piadoso a la grey que te ha sido encomendada, se dulce pastor para el rey y para el clero, y para el pueblo”.  El gran prestigio e influencia que alcanza su obra, constituye todo un certificado de la Tradición Jacobea, que va a difundirse a través de las copias que por toda Europa se hacen de sus Comentarios al Apocalipsis, que en honor a su origen llamamos Beatos.

          Esta sucesión de autores, testimonios y textos, más que de un vacío o un silencio acusadores, nos habla más bien de que estamos ante el conocimiento de una tradición que se transmite, también entre autores hispanos, con vacios ciertamente importantes al tratarse de una tradición oscurecida, como tantos otros hechos y personajes antiguos y medievales, por muchos factores históricos (anonimato apostólico, persecuciones cristianas, clandestinidad jacobea), documentales (confusión de los Santiago, perdida de textos y documentos), y sociológicas (despoblación, enfermedades, hambrunas). En el caso de la Tradición Jacobea el argumento del silencio se apoya demasiado en tachar muchas referencias como falsas, tardías, inútiles, retóricas, doctrinales, genéricas, oportunistas, interpoladas, o ecos reiterativos, desestimando indicios y vestigios, amplificando un supuesto silencio como si todo hubiera sido el fruto de un complot falsificador a través de siglos, o simplemente el resultado de un error. De haber sido así, la Historia y la Arqueología lo hubieran detectado, pero al revés, tanto los indicios históricos como los hallazgos arqueológicos no se orientan en absoluto hacia propuestas instaladas en el vacío o el silencio, que hoy día carece de fuerza argumental, aunque todavía algunos autores parecen no querer verlo.

          HIPÓTESIS EMERITENSE. El benedictino medievalista Fray Justo Pérez de Fray Justo Pérez de UrbelUrbel, ante algunas hipótesis extravagantes y especulativas de la cuestión jacobea, busca dar una base objetiva al culto compostelano y diseña una teoría que explica la Tradición Jacobea como el pseudo-traslado de una reliquia de Mérida en el éxodo cristiano a la invasión musulmana. En 1948 se da a conocer la inscripción de la lápida conmemorativa de la Iglesia de Santa María de Mérida (primera mitad del siglo VII), en que se lee que bajo el ara del templo se guardan unas reliquias y entre ellas la de Sci. Iacobi, (quizá un simple brandeum), sin particular prestigio dentro del lote.

Inscripción Mérida

          A partir de esta inscripción, Pérez de Urbel denuncia la supuesta coincidencia de dos iglesias a Santa María con una idéntica relación de reliquias, la referida de Mérida del siglo VII y otra en Compostela en el siglo IX. Deduce que son las mismas reliquias, lo que explica a través de una huida de cristianos a Galicia ante la conquista de Mérida por los mahometanos, realizando un traslado de las reliquias desde la diócesis de Mérida a la de Iria-Compostela, bajando el Guadiana y subiendo la costa occidental de la península en 6 días, cuya memoria reinterpretada subyace en la leyenda de Traslación Jacobea. Arguye que mientras la culta España visigoda ignora la evangelización de Santiago y los cristianos del reino de Asturias acogen la noticia de laHipotesis Emeritense predicación española del Apóstol, la comunidad emigrada levanta en Compostela un templo continuador del de Mérida en el culto a su lote de reliquias, entre ellas la de sancti Iacobi. El auge jacobeo monopolizará el culto tras la labor difusora de Beato de Liébana que convierte a Santiago en patrón y protector con la aquiescencia del monarca asturiano. Corre la noticia de la presencia en Galicia de una reliquia de Santiago, que el entusiasmo popular exalta y magnifica, surgiendo la peregrinación y la necesidad de explicar el traslado con relatos fabulosos a partir de la traslación de un lote pequeño de reliquias reunido en un ara, desde Mérida.

          Pérez de Urbel no es un detractor jacobeo, sino que entre detractores y defensores adopta una postura intermedia, legitimando el culto jacobeo y censurando los planteamientos extravagantes. Pero su hipótesis introduce una proposición que niega las opciones legítimas de verosimilitud de la Tradición original. Su propuesta es ingeniosa, hasta el punto que las primeras valoraciones académicas fueron favorables. Tras su primera aparición en la revista Hispania Sacra (1952), promociona su tesis en los medios y la muestra también en otros artículos relacionados, y termina por darla un valor científico. Pero tras las primeras aceptaciones, pronto surgen las objeciones y las argumentaciones que la hacen a todas luces inviable. A pesar de lo cual don Justo, mal asesorado, desatiende razones y eleva su ensayo a la categoría de teoría histórica y la expone en el tomo VI de la Historia de España de Menéndez Pidal, donde aparece de modo categórico, sin el pertinente análisis del estado de la cuestión, sin indicar que es una hipótesis nueva ni atender las muchas y serias objeciones generadas. Su inmodesta postura solo cabe entenderse desde el interés por un sugestivo compromiso editorial con una obra selecta en que colaboran los más prestigiosos historiadores.

Claudio Sánchez AlbornozAlbornoz          Un autor nada sospechoso de “jacobeismo” como Claudio Sánchez Albornoz detectó dificultades insalvables que invalidan la teoría. Estando documentada la huida inicial a Galicia algunas gentes de Mérida ante el avance musulmán, lo está aún más que la mayoría resolvió quedarse y defender su ciudad amurallada que resistió casi un año; y es más clara aún la permanencia de canónigos y clérigos, que aceptando el dominio islámico y pagando el tributo correspondientes se aseguraban el respeto y la protección de los dominadores, cuya norma ética era la de respetar a los monjes, sus monasterios y sus reliquias. Los que huyeron lo hicieron por tierra y hacia el norte, por territorios no ocupados donde refugiarse, nunca hacia el sur, y en ningún caso por vía fluvial y marítima, no solo por la alta improbabilidad de contar con naves adecuadas para esa travesía, sino porque descendía a territorios en poder del invasor que cortaría hostilmente la retirada. ¿A que parte de Galicia huyeron?, porque entonces los límites de Galicia son aún amplios e imprecisos, y tierras de León, Castilla, Portugal, Zamora, etc., son identificadas aún en muchas crónicas coetáneas como tierras de Galicia. Consta la migración de algunas diócesis del norte lusitano, pero a Iria-Compostela solo consta las migraciones de las diócesis de Tuy y Lamego. Fuera de este no hay otra noticia de una migración a Iria desde Mérida, que tendría mejor acceso a Asturias por la Vía de la Plata. Por si fuera poco, la Iglesia de Santa María de la Corticela en que Pérez de Urbel sitúa el nuevo destino de las reliquias emeritenses, se edificó en tiempo posterior al templo jacobeo, que desde el principio reconoce el culto sepulcral a una tumba completa, en modo que la transformación de un culto en otro a partir de una pequeña reliquia es un imposible. Los martirologios del siglo VIII (Beda el Venerable) y IX (Floro de Lyón y Adón de Vienne) hablaron siempre de una veneración sepulcral a un cuerpo santo, no una sola reliquia, que jamás hubiera movido a Teodomiro a trasladar su sede de Iria a Compostela, ni decidir allí su enterramiento, ni habría llevado a los reyes asturianos a convertir Compostela en centro religioso de su reino, por encima de la Cámara Santa de San Salvador de Oviedo.

          Portela Pazos presenta las objeciones más sólidas: que la reliquia no sería de Santiago el Mayor, sino el Menor, y que de las 63 reliquias compostelanas sólo 7Portela Pazos coincidían con las de Mérida, reliquias habituales en templos y monasterios, cuyo origen más probable era la gran reserva de Oviedo. Pero lo más determinante era la ausencia en Compostela de las 3 reliquias consideradas raras y únicas en España, solo guardadas en Mérida. Es decir, la equivalencia argüida entre las reliquias emeritenses y compostelanas es falsa.

          La hipótesis elevada a teoría omite además toda mención a los hallazgos arqueológicos que el autor conocía, hallazgos que descubren la existencia de edificación de la época romana imperial y la presencia sobre sus ruinas de una necrópolis paleo-cristiana a los pies de un sepulcro romano de importancia, indicador de que ya se veneró allí a una gran personalidad muchos siglos antes de la invasión musulmán y de la lápida emeritense.

          Si la restringida huida tuvo que ser terrestre, si los monjes y clérigos no emigraron, si no hay indicios de que la migración fuera a la Galicia actual y menos aún a Iria, si no hay concordancia entre las reliquias emeritenses y compostelanas, si la reliquia no era de Santiago el Mayor sino el Menor, y si se omiten los argumentos arqueológicos que acreditan un culto sepulcral muy anterior a la lapida emeritense, la hipótesis de Pérez de Úrbel se queda en un vistoso y atractivo castillo de naipes, aparente pero sin contenido ni función alguna.

          Lo más lamentable del asunto es que a pesar de su falsedad, tras su primera aparición en 1956, sigue exhibiéndose en las sucesivas ediciones de la Historia de España de Menéndez Pidal, planteada con la rotundidad de quien expone una realidad histórica concluyente, sin aclarar que se trataba de una hipótesis nueva, improvisada, experimental, sin investigación contrastada, llena suposiciones gratuitas y omisiones flagrantes, omitiendo las objeciones planteadas, induciendo al lector a dar por cierto lo que es falso. Y todo instalado más en el anquilosamiento editorial que en el rigor histórico, en el enquistamiento de una ofuscación que en la dialéctica científica. Pero si fue mala la precipitación en figurar en la prestigiosa Historia de Menéndez Pidal, peor es aún que un texto de ciencia histórica no enmiende sus errores. Las ediciones pasadas, presentes y, si nadie lo remedia, también las futuras ediciones de la prestigiosa Historia de España de Menéndez Pidal seguirán mostrando como recién salida del horno la fraudulenta hipótesis de Pérez de Urbel, engañando al lector y perpetuando un error. En otras ciencias esto es inaceptable. La Historia, en cambio, se permite este lujo.

Prisciliano, vía láctea          Finalmente la HIPÓTESIS PRISCILIANISTA. Insinuada por el citado Mons. Louis Duchesne y desarrollada después por otros muchos autores, propone que el ocupante del sepulcro compostelano no es Santiago sino Prisciliano. Este asceta hispano del siglo IV se adhiere a un movimiento crítico hacia una iglesia acomodada, siendo su actitud condenada como herejía en el Concilio I de Toledo (397-400) con excomunión, en tiempos en que la Iglesia carecía de castigo de pena de muerte o brazo secular. La situación desencadena una escalada épica de lucha por poder e influencia eclesiástica que termina inesperadamente en réplica ante el emperador, ante quien además de herejía, es acusado de atentar contra las costumbres y de practicar magia y hechicería, dominios queConcilio Toledo 435 pertenecían a la justicia secular y castigados con pena de muerte. Prisciliano debió responder de modo inesperado ante delitos de derecho común por el prefecto del pretorio, quien le condena a decapitación junto a algunos de sus compañeros, junto a la confiscación de bienes en beneficio del emperador. Su muerte desata el seguimiento póstumo, que arraiga particularmente en Galicia, bajo la tolerancia sueva. La hipótesis de sean suyos los restos de la tumba compostelana tan solo se plantea como posibilidad en forma de sospecha, basada en ciertas coincidencias: los dos fueron decapitados y de los dos se habla de su traslado a Hispania. Dado el halo legendario del traslado jacobeo frente a la certeza del traslado priscilianista en la crónica de Sulpicio Devero, parece legítimo pensar que el traslado fuera el de Prisciliano y que la memoria apagada de éste se confundiera con la de aquel, y la opción se rodea de una verosimilitud argumental de partida, que la hacen muy atractiva y novelesca.

          El tema ha sido tratado  con bastante querencia y muy poco rigor, y en ningún caso se exponen indicios rigurosos de certidumbre que argumenten con solvencia que sea Prisciliano quien está en Compostela, y desde meras vaguedades enseguida se despiertan intereses en resaltar su galleguidad, aunque no puede afirmarse que Prisciliano fuera gallego (menos aún iriense;  algunos le consideran lusitano, bético o norteafricano), y a pesar de que el concepto de “gallego” no existía en el siglo IV, ni como idioma, ni como cultura, ni como unidad de sentimiento de un pueblo. Prisciliano fue un hispano-romano ajusticiado, seguramente de modo abusivo e inmerecido, cuya memoria y legado merecen rehabilitación histórica; pero no desde una perspectiva nacionalista. Desde un Prisciliano resucitado por la polémica jacobea, es reivindicado como el espíritu genuino del alma gallega. El nacionalismo nubla, a veces, las mentes más preclaras. Los grandes autores del Rexurdimento gallego o de la Xeración Nós, en su visión romántica de Galicia consideraron a Prisciliano “prototipo do panteón céltico, lonxe de toda heterodoxia” de modo que vieron “rexurdir” en él “o druidismo céltico“. Desde la visión distorsionada de identificar lo celta con lo gallego, se llega a proponerle como alternativa excluyente a la tradición jacobea, y el ocupante del sepulcro compostelano pasa a ser Prisciliano y no el Apóstol Santiago, negando a éste lo que se regala a aquel sin fundamento para una cosa ni otra. No importa si hay otros lugares con mejores opciones para localizar el sepulcro de Prisciliano que deberían investigarse mejor, no interesa apenas su legado ideológico e intelectual, lo que interesa es cruzar las similitudes entre dos figuras y subrayar que una es el olvido y la reinterpretación de la otra. En algunos autores se detecta mayor interés por desmerecer la Tradición Jacobea que por estudiar objetivamente el valor histórico de Prisciliano y hasta parece que es más rentable menoscabar la Tradición Jacobea que recuperar la imagen de Prisciliano.

          El error está en establecer, de partida, una exclusión mutua entre Santiago y Prisciliano, como protagonistas incompatibles de un mismo fenómeno del que uno de los dos debe ser necesariamente descartado. Prisciliano, para quien se propone otras posibles localizaciones de su sepulcro con mayor verosimilitud que la compostelana, merece  seguramente rehabilitación histórica, pero no a costa de Santiago, y el arraigo del priscilianismo en la Gallaecia romana es incluso indicio de un cristianismo galaico primitivo que Prisciliano propone recobrar.

Xosé Lera Dominguez          Prisciliano y Santiago no son mutuamente excluibles sino compatibles, como acredita bien el ferrolano Xosé Leira Domínguez en su obra “Xacobe e Prisciliano”, en que propone que ambas figuras merecen idéntico tratamiento intelectual sin interferencias discriminatorias. Pero hay criterios más sólidos que resuelven el caso: el largo “Silencio arqueológico” inalterado, que garantiza la preservación del contenido de la cámara mortuoria del edículo, desde su inhumación entre la segunda mitad del siglo II y su hallazgo en el siglo IX, con la particularidad de que en el interior del edículo , tras la reubicación de las tumbas , fue sellado por un mosaico ornamental del siglo II que existía, por tanto, mucho antes de la muerte de Prisciliano.  La fecha del mosaico, junto a la evolución aequeológica del edículo, sus fenestellas martiriales, la inscripciuónMMosaico estratigrafía Atanasio Martir, el Ara de San Paio, y la valoración dinámica, integral y multidisciplinar del conjunto, acreditan un culto muy anterior a Prisciliano. Un enterramiento en el siglo IV o V, hubiera sido detectado por la arqueología y la hipótesis priscilianista tendría su verosimilitud. Pero la conclusión es la imposibilidad de que Prisciliano sea quien esté enterrado en Compostela.

          De espaldas a su falsedad, la hipótesis priscilianista, contradictoriamente, despierta interés y sigue recibiendo crédito de escritores y novelistas, y sea por intereses editoriales, por pasión nacionalista, desconocimiento técnico, anticlericalismo, esoterismo, sensacionalismo, ficción o morbo, que de todo hay, es un tema que se recicla como producto literario polémico. No es infrecuente su tratamiento poco riguroso en los medios de difusión (radio y TV), que en el seno de programas divulgativos de sensacionalismo esotérico, venden supuestos hallazgos como si fuesen verdades de la Nueva Era. Este lamentable y casi voluntario error creo que se mantiene sobretodo por el hecho de la identidad del sepulcro jacobeo sigue siendo cuestionable, pero no porque sea legítimo situar a Prisciliano en Compostela.

          Las pruebas arqueológicas, que son estudios de obligado cumplimiento en un sepulcro romano, descartan con claridad meridiana las opciones de Prisciliano en Compostela, pero no desmiente su realidad histórica, ni su legado, ni la necesidad de su rehabilitación en la memoria de la historia, ni la existencia de un lugar de sepultura, en algún otro lugar, tal vez también el Galicia.

4 respuestas a TEORÍAS ANTI-JACOBEAS

  1. Pingback: Prisciliano: De herejes, brujos y santos | Extremadura Secreta - Blogs hoy.es

  2. Susana dijo:

    Cuanto trabajo, estupendo. Gracias.
    Y vivo en Algarve y aqui, empezando por la propria Iglesia, se profesan muchas de estas teorias anti-jacobeas. Y entonces, “bienaventurados los que no vieron y creyeron”, aunque yo me haya finalmente rendido a esa grande bendición que es nuestro Señor Santiago despues de peregrinar.

  3. Excelente artículo. Tengo una duda surgida de uno de los comentarios: Cuales son las reliquias “raras” de Mérida?

    Un saludo y felicidades.

    • Según refiere Portela Pazos en su artículo “Orígenes del culto al apóstol Santiago en España”, junto a los notables argumentos que hacen inviable la hipótesis emeritense, hay tres reliquias inusuales en los relicarios que se citan en la inscripción emeritense y no aparecen en ningun caso en Compostela; se trata de las reliquias de San Tirso, San Ginés y Santa Marcila, cuya ausencia hace inviable lo que llegó a proponer Pérez de Urbel de que las reliquias de Mérida se encontraran en Mérida 2 siglos después, como criterio que justifica la hipótesis emeritense.

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