CRITERIOS DE INTEGRIDAD Y CONTINUIDAD DEL EDÍCULO Y DE LOS RESTOS

          Dentro de este proceso dinámico de análisis, encontramos una serie de criterios, algunos ya mencionados pero que cabe ampliarlos con esta perspectiva.

Ara de san paio - copia          ARA DE SAN PAIO. Es el título o lápida pagana que contenía la dedicatoria original del  mausoleo en el frontispicio o entrada del mismo, reconvertida en ara cristiana para el culto a tres hombres muy venerados que centralizaron la ocupación del mausoleo entre la segunda mitad del siglo I e inicios del siglo II. Con este nuevo uso se mantuvo en la sala superior del edículo sepulcral como superficie para el culto, y allí permaneció hasta la construcción de la catedral románica en que, según recoge la Concordia de Antealtares del 1077 entre el Abad Fagildo y el Obispo Diego Peláez, la redistribución del culto apostólico ante la construcción de la catedral, implicó una cesión de terrenos y funciones del monasterio, que cedió a cambio de ciertos privilegios, además del ara en cuestión, que desde entonces conservaron en recuerdo del culto que habían tenido hasta esa fecha a su cuidado.

          Actualmente convento de monjas de clausura, contiene un museo de arte sacro donde se expone el ara sobre su pilar tal como estuvo durante siglos en el edículo sepulcral. El ara tuvo una inscripción pagana original de la que se conserva copia y cuyo texto puede guardar conexión con la legendaria reina Lupa de la Tradición Jacobea, que pudo aceptar al Apóstol en el mausoleo familiar. El Texto y la traducción dicen así:

Ara de san paio 2

“D(is) M(anibus) S(acrum).
ATIA MOETA  T(estamento)
TETLUM  P(osuit) S(omno) A(eternali) 
VIRIAE MO(etae)
NEPTIS  PI(entisimae) AN(n)O(rum) XVI
ET  S(ibi) F(aciendum) C (uravit).
 
 
Consagrado a los Dioses Manes
Atia Moeta, por disposición testamentaria
hizo colocar este epitafio al sueño eterno
de Viria Moeta
su buenísima nieta, de 16 años
y proveyó a su propio enterramiento.
 
 

MMosaico estratigrafía          MOSAICO SEPULCRAL. La estratigrafía arqueológica aplicada al recinto del edículo sepulcral romano, permite el reconocimiento de un mosaico en un primer pavimento del edículo, eliminado y sustituido por un segundo mosaico en un segundo pavimento. Se trata de movimientos de ornamentación interna del edículo, ya cristianizado, para enaltecer el culto. Este estudio reconoce la existencia de un Periodo de Silencio Arqueológico inalterable entre la segunda mitad del siglo II y el siglo IX en que lo descubre Teodomiro, periodo que garantiza la preservación de la cámara sepulcral y de su contenido. Es decir, lo que descubre Teodomiro fue sepultado antes de terminar el siglo II, seguramente durante la segunda mitad del siglo I, y durante toda la extensión de tiempo hasta el siglo IX no se realizó en el edículo ningún otro enterramiento, dato relevante para consideraciones posteriores.

          SEPULTURA Y LAUDA DE TEODOMIRO. Como se ha citado ya, el hallazgo de la sepultura del obispo Teodomiro y particularmente de su lauda o lápida, acreditan la realidad histórica del personaje y la importancia de su hallazgo jacobeo. Lo que Teodomiro descubrió a pocos kilómetros de su sede en Iria Flavia, tuvo que ser algo para él de tanta relevancia que le hizo trasladar la sede de hecho (aún no de derecho) al lugar donde fue hallado el sepulcro y que generará la actual Compostela.

 Lauda lugar hallazgoRecinto teodomiro         Apareció dentro de un recinto adosado a la mitad del muro sur de la basílica de Alfonso III. Es una gran los granítica de 2,22 m. de largo por 0,88 de ancho en cabeza y 0,72 en los pies, con los bordes redondeados y decorada en su contorno por una media caña. La inscripción, como hecho singular, está grabada de los pies a la cabeza. También es extraordinaria la cruz que la antecede: ocupa todo el primer campo de la lápida, es procesional y de la misma forma que la que Alfonso II donó a San Salvador de Oviedo en el año 808 y la que recibió la iglesia de Santiago en el 874 de Alfonso III. El texto dice así:

Lauda texto

IN HOC TUMULO REQUIESCIT
FAMULUS  D (e) I THEODOMIRUS
HIRIENSE SEDIS EP (i) S (copus) QUI OBIIT
XIII K(a)L(en)D(a)S  N(ovem)BR(I)s era DCCCLXXXVA
 
 
En esta tumba descansa
el siervo de Dios Teodomiro
Obispo de la Sede Iriense que falleció
en las decimoterceras Kalendas de Noviembre de la era DCCCLXXXV
 

          Aquí tenemos a Teodomiro, obispo de Iria, protagonista del descubrimiento del Sepulcro Apostólico, de la edificación del primer templo y del comienzo de la difusión por Europa la fama de este lugar, instaurándose como foco de peregrinación para la cristiandad como a uno de los más santos del mundo. Este obispo guarda el secreto de uno de los enigmas históricos más apasionantes, como es la identificación de la tumba del Apóstol Santiago, aceptada entonces por todos, en un sitio donde nadie podía imaginarla y que solo excepcionalmente se sugirió que fuera en tierras del noroeste hispano. La inscripción saca a la luz la fecha desconocida hasta entonces de su muerte: el 20 de octubre del año 847.

          La lápida estaba removida de su colocación original; la escotadura que bordea su cara inferior muestra que perteneció a un sarcófago. Se encontró echada sobre una capa de escombros; pero en su vertical y a 80 cm de profundidad se halló una fosa cubierta por otra lastra de granito que contiene los huesos de un varón de edad muy avanzada. La condición de osario – y no primera sepultura- y el enlace intencional entre la fosa y la lápida indican que los huesos deben ser los de Teodomiro. Que el osario y la lápida estén centrados en un recinto posterior a Almanzor nos evoca la solicitud de quien en aquella “tempestad” cuidó de preservar y recoger restos venerados, seguramente el obispo restaurador Pedro de Mezonzo. 

          VALOR RELICARIO MÚLTIPLE. Las Basílicas de Alfonso II (834) primero, y Alfonso III (899) después, surgen ambas con el propósito de contener el edículo romano en su cabecera, como luego hará la propia catedral. Las obras del abside y el transepto de la caredral se inician en 1070, pero entre la paralización de las obras durante algunos años y su reanudación, la basílica de Alfonso III persiste hasta 1112, cuyando la catedral románica cubre ya una gran tramo de la basílica asturiana, procediéndose entonces a su demolición, de modo que durante más de 30 años encontramos un relicario arquitectónico múltiple: uno exterior conformado por  la catedral románica del siglo XII, otro medio que fue la basílica astur del siglo IX, y uno central que era el Edículo sepulcral romano del siglo I. No se trata de un gran argumento demostrativo sino de un criterio gráfico que refleja de modo admirable la transmisión en el tiempo del conocimiento de algo que se custodia con gran veneración.

Relicario

Efecto reliquiario 2Efecto reliquiario

 Almanzor         La destrucción de Compostela por ALMANZOR es otro momento clave que cuestiona la integridad del edículo y su contenido. El caudillo andalusí, regente del califa Hisham II, además de Barcelona (985), Coimbra (987), León y Zamora (988), destruyó Santiago de Compostela en el 997. Entonces Galicia estaba largamente liberada de la dominación musulmana, incluida en el Reino Astur-Leonés. Fue el prestigio de Santiago, valorado como una Meca Cristiana, lo que llevó a Almanzor a dirigir una expedición contra Compostela, aunque el detonante fuera la negativa del rey Bermudo II a satisfacer el tributo al califato. La expedición tenía como destino Compostela desde su salida de Córdoba el 3 de Julio del 997, llamada por los cronistas árabes la expedición de Shant Yaquib, yendo la caballería y sus provisiones por tierra, mientras la infantería, armas, municiones y máquinas de guerra lo hicieron en barco hasta Oporto. Reagrupadas las fuerzas, se unieron a ellas condes cristianos españoles y lusitanos que reconocían su autoridad, y que desde su visión estrictamente militar no repararon en criterios de patrocinio religioso pro-reconquistador.

          Después de arrasar Iria, llegaron a Compostela el 10 de Agosto, encontrándose una ciudad abandonada de sus habitantes; los musulmanes se apoderaron de todas sus riquezas y derribaron las construcciones, las murallas, la basílica, y las iglesias y palacios. El historiador hispanomusulmán de Córdoba Ibn-Haygan escribió, en el siglo XI, que Santiago era tan venerable como la Meca, y para un musulmán la sepultura de un santo es sagrada. El historiador musulmán Ibn Idari al-Marrakushi cuenta que Almanzor puso guardia para hacer respetar la tumba y el edículo sepulcral, impidiendo que fuera profanado y que recibiera daño alguno, y el anónimo autor del “Dikr bilad al-Andalus” recoge que arrasó la ciudad y destruyó el templo, pero no tocó la tumba. La coincidencia entre crónicas árabes y cristianas en el respeto al sepulcro es lo que da valor histórico al hecho. Incluso alguna crónica cuenta que Almanzor solo encontró un viejo monje sentado junto a la tumba del santo. Le preguntó: “¿Por qué estáis ahí?”, “Para honrar a Santiago”, respondió el monje, y el vencedor dio orden de que le dejaran tranquilo. Alguna crónica cristiana identifica al monje que dialogó con Almanzor con San Pedro de Mezonzo, por entonces prelado de Iria-Compostela, según relato que recoge López Ferreiro en su Historia de la S. A. M. Iglesia de Santiago.

Campanas de Compostela          Desde Santiago y tras saquear la comarca, Almanzor se retiró a Córdoba con un rico motín, llevándose a hombros de cristianos cautivos las campanas de la Basílica y las hojas de madera de la puerta de la ciudad para hacer con ellas ornamentos para la mezquita de Córdoba (serán retornadas tras la toma de Códoba en 1236 por Fernando III el Santo). En su retorno destruye también el santuario de San Millán de la Cogolla (de quien también se proclamaba su intervención anti-musulmana), arrasa algunas comarcas y poblaciones, y toma Burgos (1000). El papel protector de Santiago queda arruinado. Almanzor_campañasSi todo hubiera sido un montaje ficticio, Almanzor hubiera acabado con él como acabó con la ciudad. Pero allí había un impulso que volvió a levantar la Basílica jacobea sobre el que se consideraba sepulcro del Apóstol que había sido respetado, por una convicción no generada por una fiebre de reconquista ni por un fanatismo religioso. Lo que el caudillo andalusí respetó no fue ni el supuesto prestigio matamoros y reconquistador del guerrero de Clavijo, ni el afán protector del patrono de la cristiandad hispánica, sino el culto al Apóstol Santiago que allí se custodiaba. Abu Bark, suegro y sucesor de Mahoma, decía a sus hombres (siglo VII): “en los países cristianos encontraréis en vuestra ruta a hombres piadosos que sirven a Dios en las iglesias y en los monasterios: no les molestéis ni destruyáis sus templos”, en sintonía con las palabras del profeta: “Dejadles en paz a ellos y a lo que se han consagrado”. La presencia del monje en la tumba de Santiago debió de refrescar esto a Almanzor, que desplegó guardia de protección.

          Santiago no solo recuperó su identidad y estructura, sino que la acrecentó, levantando de nuevo una basílica idéntica a la destruida por Almanzor, y construyendo poco después la catedral románica que dejara admirado al geógrafo ceutí Al Idrisi en su descripción del templo del siglo XII y los caminos de peregrinación que a él conducían.

 Baldaquino         Otro episodio histórico relevante sobre la integridad de los restos del sepulcro jacobeo, lo protagoniza el arzobispo DIEGO GELMIREZ. Una vez terminada la catedral, Gelmírez se propone eliminar del presbítero el edículo sepulcral y sustituirlo por un baldaquino que permitiera un culto abierto a la catedral. Solo lo conseguirá después de superar una sólida resistencia del Cabildo, que se opone a su demolición por considerarlo obra apostólica. Tras conseguirlo lo que hace es seccionar el edículo que sobresale en el medio del presbiterio quedando solo la parte soterrada. La consecuencia de esta obra es que se pierde acceso al ámbito sepulcral y el contacto con los restos. Antes de hacerlo realidad, Gelmírez se presta a realizar una última donación de un resto óseo, otorgada al obispo de Pistoia en 1138, reliquia que tendrá posteriormente una gran importancia en el redescubrimiento de los restos. Pero con el tiempo esta pérdida de contacto va a generar dudas sobre la existencia de los restos.

Gelmírez Reforma 

         El planteamiento de estas dudas irá progresando en el transcurso de los siglos sin demasiada influencia en el cuestionamiento de la credibilidad jacobea hasta el siglo XIX, que aporta una sucesión de acontecimientos que traen consigo un cierto desprestigio del culto jacobeo y de las peregrinaciones a la tumba del Apóstol Santiago que copan el interés de la cristiandad decimonónica en perjuicio de Compostela.

          Es hora de analizar una sorprendente sucesión de hechos que generan el EXTRAVÍO Y REDESCUBRIMIENTO DE LOS RESTOS DE SANTIAGO. En 1589 la expedición de Francis Drake (sir y almirante para unos, vil y corsario para otros), contra La Coruña, supone una amenaza para Compostela que pidió auxilio a Felipe II. Las tropas inglesas profanaron las iglesias y avanzaron sobre Compostela con la declarada intención de destruirla y profanar sus reliquias, consideras “principal emporio de la superstición papal”. Este riesgo junto a la condena del luteranismo Juan de Sanclementehacia el culto a las reliquias, hizo temer por la seguridad del sepulcro, ante lo que el arzobispo Juan de Sanclemente decidió ocultar las reliquias, sacándolas de la cripta y poniéndolas en un lugar seguro, de modo que los restos custodiados como los de Santiago y sus discípulos dejaron su lugar habitual y pasaron a un sitio secreto, solo conocido por unos pocos, lo que junto al desarrollo arquitectónico de la catedral sus continuos añadidos y nuevos estilos, desemboca en un verdadero “extravío”. Años después, ante la inquietud popular por la localización exacta, llega a decirse que las reliquias están enterradas y bien escondidas, de maneraltimahora21 que nadie pueda llegar a ellas. Tal es el celo con que se guardó este secreto que desaparecieron los pocos que lo sabían sin comunicarlo a otros, de modo que durante tres siglos el lugar de localización de los restos del Apóstol vuelve a quedar ignorado. Esta sorprendente situación levanta una neblina con más incógnitas que datos objetivos, lo que convierte a Santiago en un mito acerca de la venida del Apóstol y la realidad de su sepulcro.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA          Ya ocurrió un fenómeno similar con los restos de San Francisco de Asís, que en 1230, solo 4 años tras su muerte, fueron trasladados desde la basílica de San Jorge en que se depositaron hasta la que se consagró a su nombre. Los restos se enterraron con tanto celo en la nueva iglesia, que su tumba no será reencontrada hasta 1818, seis siglos después. Este hallazgo, relevante para la cristiandad de la época, asociado a otros acontecimientos de gran valor doctrinal, como la proclamación del dogma de la Inmaculada Concepción (1854), la aparición de la Virgen de Lourdes (1868), la canonización de Juana de Arco y su nombramiento como patrona de Francia (1870), relegan a Compostela a una situación enigmática en que toda la historia de la ciudad, todo su poder aglutinante, toda la inmensa atracción de su nombre y sus virtudes serán puestos y desacreditados. Surgen hipótesis que desmienten la posibilidad de que Santiago predicara en España y más aún de que sus restos llegaran hasta Galicia, y por tanto que la tumba, si es que existía, no contenía los restos del Apóstol, sino acaso los de otro personaje cuyos antecedentes se hubieran confundido con algunas coincidencias de la Tradición Jacobea. Así surge, entre otras, la hipótesis de que los restos que descansan en Compostela son los de un tal Prisciliano, singular hipótesis que veremos luego con más detalle.

          Esta coyuntura motiva que el cardenal Miguel Payá y Rico decida iniciar las excavaciones del subsuelo de la catedral. Con excusa de hacer reformas pero con el propósito de resolver las dudas crecientes, afronta las EXCAVACIONES BAJO ELPayá Rico ALTAR MAYOR de la catedral, que autoriza a finales del 1878, dirigidas por Labín y López Ferreiro. Después de excavar hasta en cinco lugares sin resultado, se excava bajo el altar mayor y se encuentra el edículo romano de sillares de granito, lleno de escombros removidos, pero vacío de reliquias. Ante la tradición de que hubieran sido trasladadas tras el altar, se cava entonces en el fondo del ábside, que fue después de 1532 sacristía de los cardenales, encontrándose el empedrado medieval, en el que había sido abierto un nicho sobre la roca y tapado con una losa, que al Nueva imagen (4)abrirse descubre un osario con tres esqueletos de gran antigüedad pertenecientes a tres hombres; dos de ellos con una edad próxima a unos dos tercios de una vida media, y otro que rebasaba ampliamente ese límite, con evidencias de un traslado apresurado desde el edículo vacío hasta este nuevo lugar solo a unos pocos metros de distancia. Sin duda lo que se buscaba en su día era proteger los restos y generar el impacto de que el sepulcro estaba vacío de reliquias, en el caso de que se pretendiera manipularlos. El ocultamiento del relicario_san_lorenzo_escorial_monasterioobispo Juan de Sanclemente buscaba, en su día, un doble propósito en defensa de las reliquias: por un lado protegerlas de la amenaza del ataque inglés, y por otro de las aspiraciones de Felipe II de trasladarlas al Escorial, ante el envío por orden real de Ambrosio de Morales a tierras de Galicia y Asturias para reconocer las reliquias de Santos. Se entiende así el secretismo sobre la localización. Con tal fin incluso se transmitió una leyenda que exponía que al intentar entrar en la tumba, una luz vivísima les cegó, ante lo que se exclamó: ¡dejemos que el Apóstol se defienda y nos defienda!. Aunque suele pasar desapercibido a muchos peregrinos y Viaje de Ambrosio de Moralesvisitantes, el lugar puede contemplarse desde la escalinata de subida al camarín del Apóstol para el emblemático rito del abrazo a la figura del Apóstol Santiago que preside el Altar Mayor. En ese secreto lugar, en su día sacristía de los cardenales, inaccesible al público, se labró en la roca ese nicho alternativo para esconder los restos jacobeos, se cubrió con losas de piedra y se ocultó bajo el pavimento, escondite en que permanecieron guardados los restos durante más de tres siglos, hasta que se perdió en la memoria.

          Los restos fueron sometidos a un riguroso análisis antropológico y químico por catedráticos de la Facultad de Medicina de Santiago. Se identificó que pertenecían a tres varones de la antigüedad, se detectó la presencia de restos de cera y de pigmento rojizo propio de los ladrillos romanos del sepulcro original, lo que acreditaba que con precipitación y nocturnidad, los restos habían sido trasladados desde su lugar habitual hasta este nicho alternativo, en plena sintonía con la amenaza relatada. Son hallazgos que delatan que estos eran los restos que fueron enterrados en el edículo romano del siglo I, que se trasladaron precipitadamente a este lugar alternativo para su protección. Hasta aquí el llamado “Proceso Compostelano”, que concluye en la propuesta de que los restos redescubiertos son los del Apóstol y sus discípulos, antes custodiados en el edículo romano.

          El cardenal Payá pidió al Vaticano que el “Proceso Compostelano” fuera evaluado. El Papa designa una Congregación Particular de cardenales y prelados para el caso, presidida por el cardenal Domingo Bartolini, actuando como fiscal Mons. Agostino Caprara, iniciándose un “Proceso Romano” del caso que revisa todo el proceso anterior, tomando declaración a los peritos, examinando las excavaciones y con un nuevo estudio anatómico de los restos. Es aquí donde viene a jugar un papel decisivo la citada RELIQUIA DE PISTOIA que Diego Gelmírez había donado a San Reliquia PistoiaAtón en 1138 según quedó bien documentado y que desde su donación se custodiaba en aquella localidad italiana con gran veneración. El Cardenal Caprara encargó un estudio previo de la reliquia de Pistoia que precisó que se trataba de una punta de la apófisis mastoidea del hueso temporal del cráneo, con una mancha de sangre que explicaba que el desprendimiento de dicho fragmento fue por decapitación. Lo más significativo fue que solo uno de los tres cráneos carecía de dicha apófisis mastoidea del lado derecho, y con una concordancia plena entre el fragmento pistoyense y el cráneo compostelano, lo que venía a demostrar que los restos rencontrados eran los mismos de los que Gelmírez extrajo, siglos antes, la reliquia donada a Pistoia y que venían siendo custodiados desde el hallazgo de Teodomiro de Iria, concluyendo que el Decreto del cardenal arzobispo de Santiago por el que declaraba la autenticidad de los huesos compostelanos, podía ser confirmado.

 Bula Deum Omnipotens        Solo entonces León XIII emite en 1884 la BULA DEUS OMNIPOTENS que declara que los restos encontrados eran del Apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos Atanasio y Teodoro. Nada permite sostener (como he visto reflejado en alguna opinión indocumentada), que esta declaración papal fuera por inmovilismo eclesiástico, instalada en la infalibilidad papal. La cuestión jacobea no es tema dogmático de fe ni de moral cristiana que afecte en modo alguno a la doctrina católica, y la conclusión papal es el resultado de un largo y complejo proceso, compostelano primero y romano después, que instruye la decisión papal. León XIII no fue en absoluto un papa inmovilista anclado en León XIIIel tiempo. Al contrario, su pontificado está marcado por numerosas iniciativas progresistas, como la creación de centros de estudio e investigación académica, la apertura de los archivos vaticanos, y la instalación de luz eléctrica en el Vaticano, así como posturas de ámbito sociopolítico y laboral que constituyeron pasos de acercamiento de la Iglesia al mundo moderno, en ocasiones por delante de los planteamientos sociales. Es el caso de su encíclica Rerum Novarum, que de modo vanguardista desarrolla cuestiones de protección estatal del trabajador, el rechazo de la lucha de clases para solucionar la pobreza y la opresión, la dignidad y libertad de la persona en cuanto a trabajo y salario, y la apuesta por valores aún vigentes y que le valieron el sobrenombre de “Papa de los obreros”. Tantos años después de la Bula Deus Omnipotens, y desde las opciones científicas de hoy, sería fácil hablar de insuficiencia técnica o científica, pero lo cierto es Roma actuó con rigor técnico y metódico en un tema que no es dogmático ni imprescindible, ni para el Vaticano ni para la fe Católica. Incluso el resultado de la reliquia de Pistoia sería considerado hoy día como una prueba con valor determinante de cara a un dictamen que no es nada fácil de superar incluso hoy.

          La CONCLUSIÓN de toda esta sección de criterios acerca de la integridad y la continuidad de los restos, es que hay un hilo conductor continuo que nos habla de una garantía en el Origen de los Restos y no de que se trate de un montaje falsificador. Sin embargo la duda está ya fuertemente sembrada y hasta resulta atractivo desmentir científicamente la Tradición Jacobea desde propuestas de historiadores que etiquetarán la presencia de Santiago en España como un fenómeno no histórico, a pesar de que lo único que se puede decir es que la historia carece de argumentos documentales, y ante lo que se interpreta que Santiago es una farsa. La Historia, desde una postura de omisión, viene a convertirse en una justificación supuestamente científica para descalificar la tradición y para construir vistosas hipótesis que, carentes también de fundamento histórico, parecen cobrar más crédito que la vieja versión popular y tradicional, y aporta sobretodo crédito literario y académico a sus promotores, y a veces rentabilidad editorial.

 

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