45- Redescubrimiento de los Restos Jacobeos

          En la noche del 28 de enero de 1879, Antonio López Ferreiro, junto a José María Labín Cabello, el maestro de obras Larramendi y el obrero Juan Nartallo, tras varias jornadas nocturnas de excavaciones en el altar mayor de la catedral compostelana, descubrió finalmente los restos sepulcrales que venía buscando para resolver las crecientes dudas sobre su presencia en el subsuelo de la catedral compostelana, en modo que las excavaciones que dirige van a alcanzar un efecto fundamental en la relocalización de los huesos atribuidos al Apóstol Santiago y sus discípulos Atanasio y Teodoro.

          La convicción milenaria de la Iglesia compostelana de que las reliquias apostólicas estaban en la Cripta funeraria bajo el Altar jacobeo era creencia firme a finales del siglo XVI, y así lo deja constatado Ambrosio de Morales. Pero a partir de entonces se va a generar un clima de duda y cuestionamiento, especialmente desde que en 1589 ataca La Coruña de Francis Drake, con propósito de llegar a Santiago y profanar sus reliquias. Ante esta amenaza el arzobispo Juan de Sanclemente decidió ocultarlas, llevándolas de la cripta a un lugar seguro, de modo que los restos custodiados como los de Santiago y sus discípulos dejaron su lugar habitual y pasaron a un sitio secreto, con tal celo guardado que murieron los pocos que lo sabían sin transmitirlo a otros, y como quiera que los restos nunca fueron retornados a su lugar original, una vez superado el riesgo, resultó que durante casi tres siglos el lugar de localización de los restos del Apóstol va a quedar ignorado. El arzobispo tenía el propósito, por un lado de proteger las reliquias de la amenaza de profanación, y por otro evitar las aspiraciones de Felipe II de trasladarlas al Escorial. Se entiende así el secretismo con guardado con la información y que se perdiera en el tiempo por fallo en su transmisión. Podría decirse que los restos se pierden en el subsuelo catedralicio. Esta sorprendente situación levanta una neblina de incógnitas que convierte a Santiago en un mito acerca de la venida del Apóstol y la realidad de su sepulcro.

          Son tiempos en que el modernismo cultural y el desarrollo del pensamiento filosófico de entonces hace decaer la peregrinación ante el protagonismo que cobran otros focos e intereses europeos. Compostela parece perder su buena estrella y va sumiéndose en un enigma en que su historia, su poder aglutinante, sus virtudes y atractivo se verán desacreditados. Se cuestiona que Santiago predicara en España y que sus restos llegaran hasta Galicia y fueran allí sepultados. Esto será el impulso para que el cardenal Miguel Payá y Rico decida excavar el subsuelo de la catedral. Con la excusa de reformar pero con el propósito de resolver las dudas crecientes, afronta las excavaciones bajo el Altar Mayor, que autoriza a finales del 1878.

          En primer lugar excavan bajo el altar mayor y encuentran el sepulcro original vacío de restos, como ya ocurriera en 1655 durante las obras de la capilla Mayor que dirigió el canónigo y arquitecto madrileño José de Vega y Verdugo. De aquí pasan a la girola, junto a la puerta santa, en memoria de una tradición que en esa zona hubo una puerta que daba acceso antiguamente a la tumba apostólica, nada encontraron. Luego excavan frente a la capilla de la Virgen de la Azucena o capilla de San Pedro: sin logro alguno. Pasan a excavar de nuevo en el interior del presbiterio, al lado del evangelio, junto al altar: tampoco. En quinta tentativa levantan la tarima y el suelo del presbiterio: nada. Y a la sexta tentativa abordan el área detrás del altar mayor, espacio en hemiciclo que se usaba entonces como sacristía para revestirse las jerarquías eclesiásticas, y en cuyo lugar había una estrella que les motiva a buscar aquí ante antiguas noticias de un traslado detrás del altar, y animados por el recuerdo de que las procesiones solemnes litúrgicas que se hacían en la basílica, a través de la girola y de los brazos de la cruz, la procesión de antemisa, el cabildo tenía la costumbre inveterada de hacer una estación o parada en el centro de la girola, y mirando hacia el altar, a través de los ventanales, y se entonaba la antífona corpora santorum (cuerpos de los santos), y además en algunas ocasiones en ese lugar se encendían velas. Se decide explorar allí con la razonable sospecha de que pudiera ser éste el lugar donde el arzobispo Juan de San Clemente escondió las reliquias. Excavan pues en el trasaltar, y en su centro geométrico aparece lo que se llamó desde entonces un reconditorio, hoy visible por deseo del cabildo, colocando en ese lugar una placa de cristal rodeado de una verja de bronce. A pesar de que hoy puede verse claramente desde la escalera de subida al camarín donde se realiza el rito del abrazo a la imagen apóstol, es un lugar desconocido para la gran mayoría de peregrinos y visitantes.

          La exploración se llevaba a cabo en el más riguroso secreto, como si en vez de un propósito sagrado estuvieran perpetrando un robo. El propio López Ferreiro nos relata lo acontecido: «…la noche del 28 de Enero del año actual [1879] a cosa de las diez de la noche estando uno de los declarantes [López Ferreiro] escarbando con un cincel la tierra que rodeaba la piedra frontal de la urna, halló sobre esta dos ladrillos unidos, que le llamaron la atención por ser parecidos a los que había debajo del altar mayor, mandó al cantero que le acompañaba que los levantara, y, ejecutado que esto fue…, al centro de la urna varios huesos, de aspecto de antigüedad…».

          En esa operación la pica de Juan Nartallo a las órdenes de López Ferreiro levanta los ladrillos que cubrían los restos y con la farola de acetileno alumbraron el hallazgo y vieron que se trataba de una urna funeraria muy primaria, un reconditorio alternativo dentro de la cual observaron un cúmulo de huesos humanos y fragmentos de cráneo, lo que hizo creer que habían encontrado los restos del Apóstol. Juan Nartallo, que era hombre rústico y de fe grande, con la emoción del momento perdió el conocimiento. Temiendo que sufriera algo grave, sus compañeros dejaron sus pesquisas a un lado y se centraron en la reanimación del albañil. Al volver en sí de su desmayo, llevándose las manos a los ojos expresó que no podía ver. Permaneció privado de vista más de media hora. Sin duda estaba siendo víctima del fuerte poder psicosomático de las emociones. El mismo Labín Cabello refirió la supresión repentina de una cefalalgia muy probablemente por la misma impresión emocional.

          El reconditorio estaba hecho con piedras reutilizadas, y dentro encontraron además una serie de ladrillos, macizos y del tamaño de un pie, es decir, unos 30 cm de longitud, que resultarán ser los mismos ladrillos romanos que conforman las sepulturas del edículo apostólico, y dado que “…algunos fragmentos óseos estaban teñidos de rojo intenso por el contacto con los ladrillos de las tumbas del Mausoleo primitivo, contacto que no tenían estando en esa cavidad” quedaba probado que lo allí encontrado era el resultado de un traslado desde la sepultura apostólica original. Aparecieron gotas de cera, indicativas de que el traslado fue nocturno y secreto, bajo la iluminación de unas velas. Se puede fácilmente recomponer la situación: habían construido un reconditorio toscamente elaborado, y de forma precipitada e improvisada tomaron los restos óseos de sus lugares originales y con cierta prisa los trasladaron de noche, a la luz de las velas, a este reconditorio o arqueta, mezclados con alguna tierra de hacer el hoyo, los taparon y repusieron el pavimento, colocando alguna alfombra encima para que no se viera la frescura de la obra y no fuera detectada la maniobra que pretendía pasar inadvertida.

          Con posterioridad al hallazgo y observados los restos óseos con todo respeto, sellaron el lugar y notificaron el hallazgo al cardenal. El propio maestro de obras Manuel Larramendi relata cómo le habían dado la noticia al cardenal Payá: «Eran las dos de la mañana, y en cuanto Nartallo fue reponiéndose, don Antonio me dio la comisión de ir personalmente a dar la feliz noticia del hallazgo al señor Cardenal. Llamé repetidas veces a la portería y no me sintió nadie. Entonces fui por la calle de San Francisco y arrojé una piedra a la vidriera de la habitación del cochero de su eminencia. Se asomó con precaución y, en cuanto me conoció y le dije lo que pasaba, vino corriendo a abrirme la puerta de palacio, llevándome al dormitorio del señor Cardenal. Este me recibió muy contento y yo le conté todo lo que había ocurrido. Me mandó que volviese a cerrar el sarcófago en la misma forma que estaba… como se hizo«.

          A la mañana siguiente, el cardenal Miguel Payá y Rico dirigió una carta a D. Antonio Casares, catedrático de Química de la Universidad de Santiago, primer decano de la Facultad de Farmacia y Rector de la Universidad, muy cualificado por tanto para el estudio de la composición química de los restos; don Francisco Freire Barreiro, catedrático de Anatomía y Técnica Operatoria de la Facultad de Medicina, y por tanto cualificado para la peritación ósea; y don Timoteo Sánchez Freire, catedrático de Patología Clínica y Quirúrgica de la Facultad de Medicina, antes catedrático de Anatomía Descriptiva, Anatomía General y preparador anatómico de la Facultad de Medicina y también de indudable cualificación para la peritación osteológica. Les dirige esta carta: «La exploración que se está practicando en el subpavimento del presbiterio y tras-sudario con el fin de descubrir el sepulcro y los hueso del Apóstol, ha dado el descubrimiento de una gran colección de ellos dentro de un sepulcro rústico en el tras-sudario…; sin inscripción alguna que indique ser los del Apóstol o los de sus discípulos, San Atanasio y San Teodoro, que la historia y la tradición atestigua haber sido enterrados junto a las cenizas de su tan amado maestro. Hemos creído lógico y prudente rogar a vuestras excelencias se sirvan reconocerlos, examinarlos, clasificarlos y coleccionarlos, informándonos de estos tres extremos: 1 ¿a cuántos esqueletos pertenecen?, 2 ¿cuál es su antigüedad?, 3 ¿se descubre en ellos alguna señal que haga temeraria o inverosímil la creencia de que son los que se buscan, esto es, los del Santo Apóstol tan sólo, o los de éste con sus dos indicados discípulos?».

          Nada más recibir la carta los profesores se presentaron en el palacio arzobispal. Allí les esperaban los descubridores del sepulcro y él canónigo don Jacobo Blanco Barreiro como miembros de la comisión de excavaciones del cabildo catedralicio de Santiago. Todos juntos se encaminaron a la catedral. En el trasaltar, ábside de la basílica, los profesores ven que el pavimento está levantado. Se acercan. En el centro del espacio excavado ven una caja, a manera de nicho, formada de toscas paredes. Tendría un largo de unos 99 centímetros, 33 de ancho y 30 de profundidad. “Los huesos estaban deteriorados y mezclados con tierra…. Sin orden, fraccionados, sin cartílagos y partes blandas, muy deteriorados y frágiles, no existía ni un solo hueso entero ni completo”.

          El conjunto de huesos a los que se enfrentaban aparecían por tanto totalmente revueltos y mezclados con tierra, ni uno solo de ellos entero, sino multi-fragmentados, y por tanto su capacidad informativa era compleja y reducida. Pero no cabía esperar otra cosa tratándose de unos restos de dos mil años. La acción putrefactiva tiende a que los huesos se disgreguen y pulvericen, si bien el estar sepultados les ha dado una protección que les ha permitido aguantar el paso del tiempo.

          Los extraen de su lugar y los trasladan a la Universidad con sumo cuidado para que no se rompan por su fragilidad al manipularlos, los limpian, los deshidratan y consolidan, y los agrupan en dos bandejas, una para los más reconocibles y otra para los fragmentos indeterminables por su pequeñez y pérdida de forma, separando en ella un total de 365 fragmentos menores. El resto los estudian por su color, consistencia, peso, conformación, textura, desarrollo, osificación y número, comprobando que correspondían a tres grupos óseos, tres esqueletos por tanto, que numeraron como grupo 1, 2 y 3. Los huesos del 1º y 3er grupo tienen el mismo color en dos tonalidades. Los peritos los describen como huesos de color avellana clara los del 1er grupo y avellana oscura los del 3º. Los huesos del grupo 2 son de color arcilla moteados de verde. La distribución fue de 81 fragmentos pertenecientes a 29 huesos nominables para el grupo 1; 85 fragmentos pertenecientes a 25 huesos para el grupo 2; y 90 fragmentos pertenecientes a 24 huesos para el grupo 3.

          Con los recursos técnicos de hoy, C14 a la cabeza, cabría pensar que no sería difícil averiguar la antigüedad de unos huesos. Pero en la Compostela de finales del siglo XIX la cuestión tenía sus dificultades. Por eso los profesores tardaron seis meses en dar su contestación al cardenal arzobispo, el 20 de julio de 1879, en estos términos:

Primero notifican de los análisis físicos de los restos humanos, que pertenecientes a varios esqueletos y hecha la clasificación han resultado tres grupos. Y, en segundo lugar, el análisis químico, en que hacen notar la disminución de la materia orgánica, debido a la antigüedad; y el aumento de fosfatos y la disminución de carbonos, por la fermentación de sustancias orgánicas con las que hubiesen estado mezclados los huesos. Después atienden las tres preguntas planteadas por el Cardenal Payá:

los huesos pertenecen a tres esqueletos, incompletos, de otros tantos individuos varones de desarrollo y edad diferentes, de los cuales los de los dos primeros grupos cruzaban el tránsito del segundo al último tercio de la duración media y fisiológica de la vida; mientras que el tercero parece que estaba en éste.

no es posible fijar con exactitud la antigüedad de los huesos reconocidos; pero teniendo en cuenta su estado de su integridad y composición… puede asegurarse que cuentan siglos.

en cuanto a la antigüedad se refiere, no parece temeraria la creencia de que dichos huesos hayan pertenecido a los cuerpos del Santo Apóstol y de sus dos discípulos.

          La respuesta a la 1ª Pregunta resultaba satisfactoria a que fueran los restos del Apóstol, y sus discípulos Atanasio y Teodoro, al tratarse de tres esqueletos masculinos, por la robustez de los huesos y a la vigorosidad de las inserciones musculares que se reflejan en ellos. El estudio amplia la información y nos aproxima una edad. De los grupos 1 y 2, en el 2º tercio de la vida fisiológica. Para los peritos de ese estudio cada tercio de vida era estimada en 25 años para el siglo I, de modo que si los del grupo 1 y 2 están en el tránsito hacia el segundo tercio de la vida, es que tenían entre 40 y 50 años. Y si el grupo 3 está en el tránsito del 2º al 3er tercio, es que tenía por tanto unos 60 ó 65 años. La clave de este cálculo está en los fragmentos de la bóveda del cráneo, unidos entre sí por suturas que tienden a soldarse con la edad, según pautas cronológicas. Además, en el esqueleto más viejo observaron que los huesos de la bóveda craneal tenían distrofia senil, un proceso de adelgazamiento del espesor de los huesos que se produce en edades relativamente avanzadas. La respuesta a la primera pregunta es pues satisfactoria a la idea de partida: se trata de tres cuerpos, tres varones, tres adultos, uno de ellos más viejo (uno de los discípulos), los otros dos algo más jóvenes, pero todos en una etapa madura de la vida. Encaja perfectamente bien con el presupuesto.

          La pregunta 2ª sobre su antigüedad es más compleja pues entonces no era posible, solo por vía arqueológica, conocer la antigüedad de huesos descontextualizados. Pero pudieron fijar la edad aproximada en que sobrevino la muerte a cada uno de los grupos óseos. Se hizo analizando un fragmento de fémur del grupo 2 y comparando su cantidad de materia orgánica e inorgánica, y comparándola con los datos obtenidos por Berzelius en un esqueleto normal, y con los de Girardin en un esqueleto francés de época céltica y por tanto del filo del año cero de nuestra era, ante la aproximación proporcional de los huesos estudiados a los de este último, resultaron de una antigüedad equivalente, en modo que nada impedía hacerlos remontar a los primeros siglos del Cristianismo. Es decir que la respuesta a la 2ª pregunta también encaja dentro de los parámetros previstos para el Apóstol Santiago y sus discípulos. No se disponía de la prueba del C14 ni otros métodos de datación modernos, se hizo lo que se podía hacer con conocimiento muy acertado.

          La respuesta a la 3ª pregunta es una consecuencia de las dos anteriores, pues tratándose de tres varones maduros de las edades mencionadas y de una antigüedad próxima a los dos mil años, nada hay que haga temerario aceptar que pueden ciertamente tratarse de los restos del Apóstol Santiago y sus dos discípulos.

          El cardenal Payá y Rico notificó el hallazgo al Papa León XIII, y sobre la base del dictamen médico se abrió un expediente canónico. Una vez asumida la legitimidad de que los huesos, procedía determinar cuales eran los del Apóstol Santiago y cuáles los de sus discípulos Teodoro y Atanasio.

          Se creyó reconocer los restos apostólicos por varios detalles. Lo primero es que el molar que se custodiaba en el relicario Coquatrix de la Capilla de Reliquias de la Catedral, se correspondía bien con el alveolo del maxilar inferior de la presunta mandíbula apostólica. Luego se valoró que el hueso del cráneo apostólico existente en el relicario de la catedral de Toledo, que faltaba en el cráneo compostelano presentaba iguales manchas verdosas que los fragmentos compostelanos del grupo 2 y resultaba acoplarse bien a dicho cráneo como prueba de que pertenecía a un mismo cráneo, el del Apóstol Santiago. Finalmente, el cráneo correspondía no al esqueleto “joven” sino a uno de los “viejos” y la presunta duración de vida que revelaba el estudio de aquellos restos venía a coincidir con la edad que tendría el Apóstol Santiago cuando fue decapitado por orden del rey Herodes en el año 44. En cambio en comparación con el cráneo de Santiago el Menor de la Capilla de las reliquias, no tenía ninguna concordancia con las de Santiago el Mayor y sus discípulos.

          Estas coincidencias constituían una buena aproximación para diferenciar entre los restos redescubiertos, los que podrían ser del Apóstol Santiago de los que pertenecían a los discípulos Atanasio y Teodoro. Pero un nuevo y esclarecedor elemento vino a corroborar la cuestión, y va a jugar un papel decisivo la Reliquia de Pistoia que Gelmírez donó a San Atón en 1138, custodiada en esa localidad italiana. Al grupo de huesos que los de Santiago atribuían al Apóstol, el numerado como grupo 2, le faltaba la hipófisis mastoidea derecha. Pues bien, según descubrieron los doctores Francisco y Alberto Chiapelli, la reliquia jacobea venerada en Pistoya era precisamente la hipófisis mastoidea derecha que faltaba en el cráneo descubierto en Santiago, y con las mismas manchas verdosas. Es una circunstancia que a juicio del Profesor D. Xosé Carro Otero, destacado médico, antropólogo, docente, académico e investigador de nuestro tiempo y Presidente da Real Academia de Medicina e Cirurxía de Galicia, dejan fuera de toda duda su autenticidad.

          A fin de confirmar el dictamen de los médicos, León XIII envió a Pistoya al promotor de la fe Monseñor Agustín Caprara y a un notario de la Curia los cuales examinaron también la reliquia. Poco después, Monseñor Caprara llegó a Compostela para hacer todas las comprobaciones necesarias. Caprara portaba el estudio que acreditaba que la reliquia de Pistoya era la punta de la apófisis mastoidea del hueso temporal derecho del cráneo, con una mancha de sangre que explicaba que el desprendimiento del fragmento fue por decapitación. Lo más significativo fue que solo uno de los tres cráneos carecía de dicha apófisis mastoidea del lado derecho, y con una concordancia plena entre el fragmento pistoyense y el cráneo compostelano, lo que venía a demostrar que los restos rencontrados eran los mismos de los que Gelmírez extrajo, siglos antes, la reliquia donada a Pistoia y que venían siendo custodiados desde el hallazgo de Teodomiro de Iria. Después de un año de deliberaciones la comisión vaticana, reunida un 17 de julio de 1884, formuló el siguiente dictamen: «Affirmative, sen sententiem esse confirmandam«. El Decreto del cardenal arzobispo de Santiago sobre la autenticidad de los huesos, podía ser confirmado. Don Miguel Payá y Rico mandado abrir el «Expediente instruido acerca de la autenticidad de las Sagradas Reliquias de Santiago Apóstol», guardando una copia y enviando el original al Papa León XIII.

          Solo entonces León XIII emitió, el 1 de noviembre de 1884, la Bula Deus Omnipotens declarando que los restos rencontrados eran del Apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos Atanasio y Teodoro. No fue el fruto del inmovilismo eclesiástico instalado en la infalibilidad papal, como sugiere alguna opinión indocumentada. La cuestión jacobea no es tema dogmático de fe que afecte a la doctrina católica, y la conclusión papal es el resultado de un complejo proceso compostelano primero y vaticano después que instruye muy consistentemente la decisión.

          Durante todo el tiempo que duró el proceso de estudio de las reliquias, estuvieron guardadas en una caja de madera habilitada al efecto, y custodiada en la capilla del palacio arzobispal.

          Para celebrar el redescubrimiento de los restos apostólicos jacobeos, León XIII decretó con carácter extraordinario que el año 1885 fuera Año Santo cual si la festividad del Apóstol recayera en domingo. En el día de Santiago los restos del Apóstol y los de Atanasio y Teodoro recorrieron las calles de Compostela. Luego los huesos fueron guardados en una caja de palo santo y ésta a su vez en una urna de plata que hoy se encuentra en la cripta o capilla subterránea de la catedral de Santiago, en el interior de lo que fue el edículo sepulcral romano, arqueta de plata que también fue construida aquel año para hacer accesible a los visitantes la bajada a la cripta sepulcral donde se custodian los restos y donde se les venera.

Fuentes consultadas:

– Apuntes biográficos de Santiago Apóstol el Mayor… Domenico Bartolini. Roma, Tipografía Vaticana 1885

-Galicia Feudal. Victoria Armesto. Editorial Galaxia, Vigo 1969. El Culto Jacobeo, Capítulo I, pp. 11-24

-Obispos de Iria Flavia y arzobispos de Santiago. Juan José Cebrián Franco. Santiago de Compostela,Instituto Teológico Compostelano, Agencia Gráfica, 1997, pp. 293-303

-Santiago el Mayor y Compostela. Manuel Jesús Precedo Lafuente. Ed. Aldeasa, Madrid 1999, Ocultamiento y redescubrimiento de las Reliquias, pp. 61-65

-López Ferreiro e as súas escavacións na Catedral de Santiago. Conferencia do Ateneo de Santiago en homenaxe á figura de López Ferreiro impartida o 22 de marzo de 2010 polo Profesor D. Xosé Carro Otero, Presidente da Real Academia de Medicina e Cirurxía de Galicia. Fuente general  http://www.ateneodesantiago.com/?p=318

-El Expediente del Proceso de reconocimiento de la autenticidad de las Reliquias del Apóstol Santiago el Mayor y sus discípulos Atanasio y Teodoro. Alejandro-Benito Barral Iglesias. Santa A. M. I. Catedral de Santiago de Compostela. Annuarium Sancti Iacobi, 2013, nº 2, 397-418

-El sepulcro de Santiago. Documentos – Toponimia – Arqueología, Cabildo de la S.A.M.I. Catedral de Santiago. Alejandro-Benito Barral Iglesias. Santiago de Compostela 2018. Capítulo VII, pp. 337- 400.

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