36- Aymeric Picaud y la redacción del Códice Calixtino

          Uno de los personajes históricos del Camino de Santiago que viene suscitando más controversia en los ámbitos académicos es Aymeric Picaud. El caballo de batalla de las divergencias de los medievalistas está en definir el grado de autoría en la composición de la obra compostelana por antonomasia: El Codex Calixtinus (copia compostelana, versión más antigua y rica de todas) o Liber Sancti Jacobi (nombre genérico de los distintos manuscritos); o Iacobus, que es como figura en el encabezamiento de la obra, a pesar de lo cual no ha tenido mucho éxito el término para designarla.

          Si el conjunto del Codex Calixtinus, tiende hoy a concebirse como el resultado de una compilación en la que intervinieron diversas personas y que ha sido atribuido al Papa Calixto II buscando el prestigio de la autoridad papal, el Liber Peregrinationis, libro V del códice, si parece tener un origen más definido cuyo redactor, o uno de ellos, encaja bien con un clérigo francés que parece tratarse de nuestro Aymeric Picaud, si bien y según veremos, es muy probable también la intervención de otras manos en posible colaboración con las de Aymeric o en continuidad a ellas. En todo caso la autoría de la obra íntegra es la temática que más se ha debatido, con cierta ineficacia pues los interrogantes siguen abiertos.

        Casi todos los extremos pueden leerse, desde una participación nula consistente en ser mero portador del Códice a Compostela, pasando por simple compilador de sus distintos fragmentos, llegando a las versiones que le postulan como único o principal creador intelectual de la misma como canciller del papa Calixto II (1119-1124) y sus sucesores Honorio II (1124-1130) e Inocencio II (1130-1143) . El gran equívoco nace del hecho de que en Santiago, por aquellas fechas, se documentan dos Aymericus, uno en 1131, Aymericus Cancellarius, que llega a Compostela con carta de recomendación del Patriarca hierosolimitano para Gelmírez. El otro es el aludido por la Bula de Inocencia II que cierra el Codex, el poitevino Aymericus Picaud de Parthenay-le-Vieux, alias Olivier d’Asquins-sous-Vézelay, que portó la obra a la iglesia de Santiago de Galicia hacia 1139-1140. A pesar de la confusión y discrepancia sobre la cuestión, no creo descabellado identificar ambos como un mismo Aymericus, lo que justifica mejor un protagonismo en las labores de confección del Códice Compostelano además de la labor culminante de entregarlo en la Catedral compostelana. Ambos nombres aparecen en la mencionada carta de Inocencio II, creo que no como personajes distintos, sino como funciones distintas en un mismo personaje: primero se le cita como autor de un himno a Santiago y como portador del Códice que entrega en Santiago de Galicia, y luego como firmante del propio escrito papal en su papel de servidor del vaticano. Diría que Aymeric hace uso de la tercera persona cuando cita aspectos de gestión de la obra como forma académica de transmitir una perspectiva objetiva, y cita luego la primera persona cuando abre la relación de autoridades que avalan el códice en la carta del Papa Inocencio.

          No comparto los adjetivos de fraude o falsificación dados al hecho de atribuir a Calixto la autoría del libro, pues si ciertamente Calixto no lo escribió, una adjudicación ficticia tan fácilmente verificable acredita que no se funda en el engaño sino en el homenaje a quien tuvo estrechos vínculos con la nobleza de Galicia y engrandeció durante su papado la sede compostelana elevándola a la condición de arzobispado y sede metropolitana, además de otras medidas de protección y proyección de Santiago de Compostela en el mundo cristiano, como la instauración del Jubileo en Año Santo. Guido de Borgoña, luego papa Calixto II, pontificó la iglesia entre 1119 y 1124 y el libro fue llevado a Compostela hacia 1139-1140, donde siguió experimentando nuevas adaptaciones y cambios para engrandecer tanto su aspecto como su contenido. Evidentemente no puso ser Calixto quien lo escribiera, ni es menester sesudas reflexiones para deducirlo. Pero es un hecho claro que mantuvo una fluida y fecunda relación con Diego Gelmírez, y entre ellos medió, con discreta eficacia, un tal Aymeric, que entabló buena relación con Gelmírez y el propio Guido y futuro papa Calixto, así como con el ámbito compostelano y con la peregrinación jacobea. No puede descartarse a Calixto II como primer impulsor de una obra que renueve el culto apostólico y la liturgia hispana, sustituyéndola por la liturgia romana. Para esta empresa que proyecta para Compostela, necesita la labor de múltiples gentes que le faciliten abundante material renovador, que eleve la preparación y el nivel de sus canónigos, por lo que Gelmírez manda venir a Compostela destacados maestros y especialistas, envía canónigos de su sede a los más prestigiosos centros de Europa para su formación, y en ese contexto tiene su espacio nuestro Aymeric a quien Gelmírez pudo encargar la coordinación de la obra en memoria de su primer impulsor, Guido de Borgoña y papa Calixto II.

          Cuando se encuentran propuestas tan distantes, incluso opuestas, no cabe duda que alguna yerra y orienta a una solución muy abierta, en la que todas se equivocan y todos aciertan en algún grado. Desde el acierto de unas y otras, quizá se pueda construir un acercamiento mejor a este singular personaje de la historia del Camino de Santiago. Yo lo intentaré cometiendo seguramente mis propios errores.

          Diría ante todo que Aymeric Picaud, como tantísimos otros eclesiásticos, no tuvo el propósito expreso de ser autor ni protagonista de una obra literaria cuyo alcance era impredecible. Los clérigos, como creadores de una obra literaria, musical o artística, habitualmente carecían de toda aspiración de que su nombre estuviera asociado a su producción, y las obras permanecían anónimas. Y si la tuvieron, en la iglesia de entonces no cabían protagonismos, salvo que se fuera una eminencia, patriarca, cabeza de escuela o tendencia europea, como Isidoro de Sevilla, Beda el Venerable, Fulberto de Chartres, etc., o tuviera la autoridad papal, de un Calixto II por ejemplo. Es precisamente el Códice Calixtino la primera obra medieval de conjunto en que se hace mención de los nombres de los escritos y piezas que la integran, aunque no con la estricta pretensión de mostrar los autores supuestamente participantes, sino buscando el prestigio de nombres destacados, buscando su jerarquía intelectual y sobre todo que pertenecieran a todos los lugares de la cristiandad, hacia una universalidad geográfica y sacra, con una clara intención, en suma, la de dar a la obra una idea de universalidad y dignidad suprema, en sintonía con la aspiración de Gelmírez a que Roma reconociera en la sede compostelana su preeminente sobre las iglesias occidentales por la dimensión universal del culto apostólico y la diversidad ecuménica de la procedencia de los peregrinos.

          De su vida y su persona no se sabe casi nada, aunque pueden deducirse algunas cosas del análisis del Códice Calixtino y particularmente del Libro V, el Liber Peregrinationis. Se trata de un monje francés del siglo XII, considerado natural del Poitou, que gozó de una condición canónica con connotaciones de clérigo giróvago y fraile goliardo, de vida errática, sin residir en un monasterio fijo, familiar de los caminos que llevaban a los santuarios más concurridos, desde Jerusalén a Compostela, pasando por los de Italia, Alemania y Francia, en posesión de una buena formación académica entre universitaria y monástica, de vida un tanto licenciosa y errática, pero con una posición de estudiante cultivado y cierta facilidad de desplazarse de uno a otro monasterio, biblioteca y centros de cultura de la Europa medieval, y acceder a las grandes jerarquía eclesiásticas, incluso la cancillería vaticana. En algún momento de su correría, recabó en uno de los principales ramales del Camino de Tours hacia Santiago de Compostela, que descendía a su Poitou natal por Thouars y Parthenay, donde conecta con la peregrinación jacobea, llegando a ser clérigo de Parthenay-le-Vieux, donde probablemente tiene noticia de la iniciativa del aún obispo Gelmírez de Compostela por crear una obra que renueve la liturgia, lecturas y cantos del culto al Apóstol Santiago en las primeros décadas del siglo XII. Años después, con más bagaje cultural, acude a Santiago avalado por el Patriarca hierosolimitano en 1131, donde conecta de nuevo con Gelmírez y su proyecto, y se reafirma allí lo que era embrión y ahora se hace proyecto que define objetivos y contenidos, y nace allí como una obra de encargo, o tal vez habían contactado en su larga estancia de Gelmírez en Cluny o Vezelay; en ese amplio y ambiguo contexto debió de nacer el proyecto de confeccionar un manuscrito que reuniera una selección de textos de distinto origen, recopilados en el Codex bajo el patrocinio de la sede compostelana, deseosa de realzar el culto y la peregrinación a Santiago.

          No se trataría de una empresa puntual, sino de un largo proceso de selección de textos, de relatos, de relación de milagros, de piezas musicales, de elementos litúrgicos y referencia para peregrinos, y luego de la ordenación de los distintos temas que van a conformarlo. La creación final no es el resultado de la acción de un único redactor, sino la compilación de escritos de diferente origen, finalmente acomodados al ambiente jacobeo de Santiago de Compostela, donde convivían clérigos gallegos y extranjeros que competían en intervenir en los ambiciosos planes eclesiásticos del ya arzobispo Gelmírez, que ha crecido por tanto en rango eclesiástico y en planes para su sede, y se rodea artesanos de los talleres de manuscritos, amanuenses, copistas, ilustradores y escribanos eclesiásticos conocedores del propósito de engrandecer el culto del Apóstol Santiago y de renovar la liturgia. Tiene su coherencia la propuesta de incluir en esa compleja labor al italiano Rainerius, cercano a Gelmírez y su obra, que negoció con él la donación de una reliquia de Santiago a Atón de Pistoya, muy bien conectado con círculos eclesiásticos de Europa, que culminó sus pasos académicos como maestrescuela en Santiago. Pudo aportar muchas ideas y labores en el diseño y elaboración del Códice, como otros maestros y especialistas que Compostela atesoraba.

          En su momento Aymeric se sintió fuertemente llamado a participar activamente en el proyecto gelmiriano y encuentra que la mejor manera de hacerlo es peregrinar a la ciudad del Apóstol desde su tierra natal, viaje que debió de acometer en algún momento entre 1131 y 1140, posiblemente en más de una ocasión, creando una guía del camino que pudiera servir de ayuda a futuros peregrinos a Compostela. Así escribió una valiosa obra cuya singularidad reside en tratarse de la primera guía del Camino de Santiago, que podría considerarse como primera guía de viajes de Europa, y que formará el libro V del futuro Códex Calixtinus o Liber Sancti Jacobi, de la Catedral de Santiago.

          No es asumible que viajara solo y de hecho se menciona que viajó en compañía. Lo más probable es que lo hiciera en el seno de una cierta expedición equipada que le garantizara protección y material necesario para tomar sus apuntes y notas. Se Cita expresamente que viajó junto a Gerberga de Flandes, que pudo muy bien intervenir en la redacción del Liber Peregrinationis y que suyo puede ser el enfoque femenino de muchas observaciones y notas de detalles sobre cocina, vestuario y costumbres de los lugareños de las tierras por las que pasaban. Así se deduce de la carta del Papa Inocencio II que presenta como garantía de autenticidad de la obra, carta o bula que (más allá de la certeza de su valor que hoy unos especialistas descartan y otros validan), deja constancia de que no viajó solo, sino entre otros en compañía de esta peregrina de Flandes, otra gran desconocida, pero que cabe entender como una figura ilustre del monacato femenino posiblemente dotada de gran cultura y capacitada para la escritura y que algunos identifican con la mítica religiosa Hildegard Von Bingen que recurre al inespecífico nombre de Gerberga de Flandes buscando anonimato, igual que Aymeric utiliza el nombre de Olivier de Iscán. Otros quieren ver entre ellos una relación más prosaica. En todo caso queda constancia de que acompañó a Aymeric en el traslado del Códice Calixtino desde Roma, con connivencia papal, hasta su sitio definitivo en Santiago de Compostela; es una evidencia de su protagonismo en la obra los detalles antes apuntados y la presencia de algunos vocablos flamencos en algunos pasajes, por lo que es casi obligado concluir que una religiosa no acompañaría a Aymeric Picaud como mera comparsa, sino que intervine en la narración; y es muy posible que lo hiciera también más gente selecta en el grupo, que hacen sus aportes y dan apoyo de autoridad y garantía, en compañía y protección de cierta guarnición de protectora.

          Esta peregrinación en aquella época estaba llena de aventuras y peligros. En uno de los lances sufrió el asalto de algunos pobladores de la zona, mataron a sus caballos para dejarles inmovilizados, lo que propone como causa determinante en los juicios críticos negativos, verdadera fobia, contra los territorios y las gentes hispanas, con especial animadversión a las tierras y gentes navarras y vascas, a quienes guarda un acentuado rencor y describe con exagerada procacidad, diametralmente opuesta a los elogios que había dedicado a los poitevinos; todas las maldades y vicios para unos y todas las virtudes y excelencias para otros, dando idea de su origen natal.

        Una de sus mayores críticas, probablemente por haberlo padecido, es el cobro de portazgos como derecho de paso de ríos, una de las malas artes de los moradores del Camino. Insistía Aymeric que los peregrinos estaban exentos de ellos y que la codicia de los barqueros o los propietarios no reconocía este derecho, aprovechando que eran paso obligado para ir a Santiago, y obligando al pago con ademanes hostiles y procedimientos poco seguros para los peregrinos que, caso de perecer ahogados dejaban sus pertenencias al barquero.

          El monje describe con detalle muchos elementos geográficos y etnográficos, costumbres de un lugar y carácter de sus gentes, cambio de monedas, cuestiones lingüísticas, distancias entre poblados, santuarios y monumentos en la ruta, observaciones gastronómicas, potabilidad de las aguas, avisos de peligros, y multitud de anécdotas y consejos prácticos, ofreciendo información de interés para el peregrino. Aquí y allí parece estar hablando de experiencias y lugares que conoce bien por haberlas vivido en primera persona. Menciona los cuatro itinerarios franceses que conducen hasta Puente la Reina, lugar donde confluyen todos para dirigirse hacia la Ciudad del Apóstol.

        Divide el itinerario del llamado “Camino Francés” en la península ibérica, de unos setecientos kilómetros a partir de Puente la Reina, en trece jornadas, lo que implica el diseño dirigido a peregrinos de elevada condición, capaces de asumir los costes del alquiler de cabalgaduras rápidas y vigorosas, a buen seguro protegidos por una cierta guarniciones militar, lo que es claro indicio de que el clérigo Aymeric Picaud diseñó esta guía viajando de este modo, en grupo o pequeña comitiva como garantía de seguridad ante el riesgo de agresión al que debió enfrentarse en más de una ocasión.

          El camino que recorre Aymeric Picaud no era una ruta incipiente, sino que la peregrinación era ya frecuentada por gentes que acudía al reclamo del descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago, y el itinerario, que no era otro que la vía pública que utilizaba toda clase de gentes para desplazarse de una población a otra, y que los tramos que conducían a Compostela ya eran conocidos en su conjunto como “Camino Francés”, era una vía bien trazada y atendida, en consonancia con que la peregrinación a Santiago entraba en una fase de esplendor, y eran muchas las reformas y construcciones de puentes y allanamientos para eliminar peligros y facilitar el acceso a los viajeros, con desarrollo y reorganización de las ciudades de paso, incluso creación de algunas nuevas, a fin de cubrir las necesidades de una población fija en parte pero sobre todo migratoria y creciente. Hay un cierto reconocimiento en el Liber Peregrinationis de Picaud a todos cuantos han colaborado a esa mejora en el buen acceso hasta Compostela, tanto a los constructores como a las autoridades civiles y eclesiásticas, por su apoyo económico y rector, que por otro lado revierten en repoblación de sus tierras y nuevos recursos para sus arcas, vinculando a los reinos cristianos de Hispania con Europa en aspectos doctrinales e ideológicos como socioeconómicos y culturales.

        Si el relato es rico en descripciones a las distintas regiones del Camino que relatan cómo eran los territorios atravesados, hay una notable omisión en la descripción de las poblaciones del Camino, algo poco lógico tratándose de núcleos que según la Guía, son los lugares indicados para finalizar la jornada y organizar el descanso. Pueden explicarse esto como la falta en esa época de una ordenación sistemática de la asistencia al peregrino, y por ello se peregrinaba principalmente en grupos formados y, en buena medida, autosuficientes, albergándose en Monasterios del Camino, centrando su máximo objetivo en definir el acceso a Compostela, junto con el marcado deseo de ilustrar, aconsejar e incluso defender los derechos de los romeros, en el trato y la consideración que deben recibir. Pensando en su seguridad y la de sus cabalgaduras, informa bien de los ríos y la calidad de sus aguas. Se ocupa de la alimentación y de las enfermedades, y censura abiertamente a las autoridades, tanto civiles como religiosas, y señores dominantes de la zona, de los abusos y engaños hacia el peregrino que en su condición de extranjero y viajero se encuentras en estado de indefensión, denuncia los trucos y artimañas de los malos posaderos y exalta la hospitalidad como la virtud cristiana más loable entre las gentes que viven junto al Camino.

          No hay que olvidar que entonces primaba la peregrinationis pietatis causa y el aspecto devocional, de ahí que uno de los temas más cuidados del Liber Peregrinationis es la descripción detallada de los centros de culto con reliquias de santos y mártires que el peregrino podía encontrar a lo largo de las distintas rutas jacobeas, por los que el propio Aymeric Picaud sentía gran devoción, terminando con una descripción de la morada del apóstol en su catedral compostelana, que describe con admiración y amplitud, en suma como culminación sagrada de la peregrinación, que debe atender con máxima atención el culto dirigido al cuerpo de un Apóstol de Cristo, “que se ha de visitar con sumo cuidado y devoción”.

          La Guía termina con el himno Ad honorem regis summi, que resume los veintidós milagros del Libro II, y lleva el nombre de su autor: el presbiter Aymericus Picaudi de Partiniaco. Luego viene la mencionada carta del papa Inocencio II (1130-1143) escrita como epílogo del Codex Calixtinus para confirmar su autenticidad mediante la firma de ocho cardenales contemporáneos de Inocencio II, agregado a la colección en 1139 o poco después, al mismo tiempo probablemente que el último milagro que se relaciona con Brun de Vézelay, peregrino de Santiago.

        La intención del Liber Peregrationis es, por tanto, además de servir como guía de viaje, promocionar la peregrinación y constituir un monumento a la gloria del Apóstol, su santuario y su peregrinación. En 1131 pudo acometer el viaje, tal vez más de una vez, y entre 1135-1140 fue su redacción, y su entrega en Compostela fue hacia 1140. La fecha tope de creación no podría ser posterior a 1173, fecha en que Arnaud du Mont, monje de la abadía de Ripoll, vino a copiarla a Compostela. Pero el Codex Calixtinus, íntegro tal y como lo conocemos hoy, pudo tardar más de cuarenta años en elaborarse. Sería entre la segunda mitad de la década de 1120 e inicios de la de 1170, aunque estaría muy avanzado hacia 1150. Se elaboraron los textos buscando garantizar un discurso estructurado a favor del prestigio que la tradición jacobea precisaba para consolidarse. La redacción comenzó, muy significativamente, en los primeros tiempos de Diego Gelmírez ya como arzobispo, muy probablemente con el apoyo y aval del Papa Calixto, incluso la voluntad de participar en él, como gran benefactor que fue de la iglesia compostelana, que optó por atribuirle su autoría global como manera de objetivar su papel impulsor y patrocinador de la obra. No creo dudoso que Calixto conociera los inicios de este proyecto al que se dio su nombre como dedicación póstuma. Ni si quiera Gelmírez que fue su auténtico promotor, llegó a conocer la obra completada.

          La pieza que Aymeric lleva entonces a Santiago, muy preliminar al Códex final, es recibida por una Compostela en que Gelmírez o acaba de fallecer o lo hará en breve, lo que no es óbice para que sea acogida por la Escuela Episcopal que existe desde el siglo X, una escuela en la que se forman hijos de reyes y condes, además de prelados ilustres y de los propios canónigos compostelanos. Una escuela episcopal que logra con Gelmírez su máximo esplendor más allá de su muerte, a la que son atraídos por su afamado prestigio y sobre todo contratados por ella, los mejores maestros de Europa, acreditando que se trataba de una escuela del máximo nivel en su tiempo, superando incluso a las de Bolonia o París, y a la que se encomienda todas las obras producidas bajo los episcopados de Diego Peláez y Diego Gelmírez. Un centro cosmopolita donde no importaba si se era francés, británico, italiano o ibérico, y al que concurrían peregrinos de todas las regiones y lenguas de la cristiandad, y que se reflejaba en ediciones y composiciones de la propia escuela, con una filosofía creadora anónima donde carece de sentido el concepto actual de autor o propietario intelectual de algo. Allí se acoge y se da al Codex su verdadera dimensión de obra universal, que desde entonces no es la creación de un nombre concreto sino que es realmente una obra nueva y anónima, como es norma en la época, y tras la cual se encuentra el conjunto de los miembros de la escuela episcopal compostelana, componiendo una obra en que se revisan y deciden los textos y su redacción definitiva, momento en que lo más coherente es considerar el Codex Calixtinus como una elaboración auténticamente compostelana, encargada por Compostela, revisada y elaborada por sus escribas, copistas, ilustradores y amanuenses al estricto servicio de los intereses compostelanos.

          Desde esta perspectiva seguir rumiando si la obra se confeccionó en Francia por un francés o franceses me parece un criterio chovinista y patriotero cuando su trasfondo real es auténticamente cosmopolita como lo es la propia Compostela y el Camino que lleva hasta la ciudad del Apóstol. Que está plena de elementos franceses es tan obvio como anodino. Como bien proponen Manuel Cecilio Díaz y Díaz, Adeline Ruquoi y Fernando López Alsina, la obra fue conformada en Compostela y responde a intereses compostelanos detrás de los cuales hay componentes múltiples que no responden a un nombre sino la iglesia de Santiago de Compostela, a la renovación litúrgica, al culto jacobeo, a las miras de la cristiandad europea ante un islamismo invasor que amenaza la integridad de los reinos cristianos de Hispania y de Europa.

        Se menciona una supuesta homogeneidad como argumento de una autoría centralizadora de la obra. No hay realmente tal cosa; esa supuesta homogeneidad o uniformidad no nace de una supuesta única mano redactora con un nombre y en un momento dado, sino que es una uniformidad de propósitos, una unidad de doctrina y de culto que busca promocionar la peregrinación y el culto al Apóstol Santiago, todo en el contexto de una renovación litúrgica y una sustitución de la liturgia hispana por la romana, y diseñado por todo un equipo de especialistas de la confección de la obra con unas consignas comunes dirigidas al culto al Apóstol y la peregrinación a Santiago. Más allá de la homogeneidad de su propósito pro-jacobeo, es una obra diversa y cosmopolita, como la propia ciudad del Apóstol, su Escuela Episcopal y el Camino de Santiago que a ella conducía, como lo era muy probablemente el propio Aymeric Picaud como clérigo giróvago de vida errática y cambiante, sin monasterio ni techo fijo, asiduo de caminos a los santuarios más concurridos, desde Jerusalén a Compostela.

Textos consultados:

1- Moisan André. Aimeri Picaud de Parthenay et le « Liber sancti Jacobi » In: Bibliothèque de l’école des chartes. 1985, tome 143, livraison 1. pp. 5-52.

2- Millán Bravo Lozano. El liber peregrinationis de Aymeric Picaud (c.1130), primera guía medieval del Camino de Santiago: Lección inaugural del curso 1991-92. Universidad de Valladolid.

3- Manuel Cecilio Díaz y Díaz. El Liber Sancti Iacobi, situación de los problemas. Revista Compostellanum, Vol. 33, Nº. 3-4 (Julio-Diciembre), 1987, págs. 359-442

4- Manuel C. Díaz y Díaz. El Códice Calixtino de la Catedral de Santiago: Estudio codicológico y de contenido. Monografías de Compostellanum, Centro de Estudios Jacobeos 1988.

5- Liber Sancti Jacobi – Codex Calixtinus- Traducción por A.Moralejo, C.Torres, J.Feo. Xunta de Galicia 1998.

6- José María Anguita Jaén. Navarra y el “Liber Sancti Iacobi” (in memoriam Millán Bravo). Príncipe de Viana, Año nº 60, Nº 216, 1999, págs. 209-234

7- Diego Catalán. La épica española: nueva documentación y nueva evaluación. Madrid: Fundación Ramón Menéndez Pidal, 2001.

8- Inés Ruiz Montejo. El camino a Santiago: andares de un peregrino en la España del siglo XII. Tres Cantos (Madrid): Foca, 2004.

9- Mantel, María Marcela. El Liber Sancti Jacobi y la sacralización universal de las reliquias compostelanas. Estudios de Historia de España Vol. XII, Tomo 2, 2010

10- Guillermo Fernando Arquero Caballero. El Liber Peregrinationis como fuente para la historia del Camino de Santiago y de las sociedades medievales del norte peninsular. Ab Initio: Revista digital para estudiantes de Historia, Año 2, Nº. 4, 2011, págs. 15-36

11- María Victoria Veguín Casas. Gerberga de Flandes: un misterio en el Calixtino. Peregrino: revista del Camino de Santiago, nº. 153-154, 2014, págs. 31-33

12- Adeline Rucquoi. Compostela, centro cultural cosmopolita en los siglos XI y XII. El Camino de Santiago: Historia y patrimonio / coord. por Luis Martínez García, 2011, págs. 39-55

13- Guillermo Fernando Arquero Caballero. El Liber Peregrinationis como fuente para la historia del Camino de Santiago y de las sociedades medievales del norte peninsular. Ab Initio: Revista digital para estudiantes de Historia, Año 2, Nº. 4, 2011, págs. 15-36

14- Fernando López Alsina – Diego Gelmírez, las raíces del Liber Sancti Jacobi y el Códice Calixtino. 2013. O século de Xelmírez, pp.301-386

15- Alison Stones. Aymericus, Rainerius y los canónigos de Saint-Léonard de Noblat ¿Quién escribió la “Guía del Peregrino?”. Ad Limina, Volumen 9, N.º 9, 2018, págs. 21-39. Santiago de Compostela.

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35- Jean Bonnecaze y la peregrinación intrépida

          Jean Bonnecaze nació el 20 de marzo de 1726 en el pueblo bearnés de Pardies, en la región de Aquitania y departamento de Pirineos Atlánticos. Realizó la peregrinación a Santiago de Compostela entre 1748 y 1749, dejando un relato breve en extensión pero de gran intensidad vivencial. El joven Bonnecaze inicia su camino con 22 años, y el relato de su peregrinación es una referencia de iniciativa y superación de las adversidades de todo tipo en las condiciones más precarias. Nunca se da por vencido, ni se arredra ante las situaciones más extremas, como muestra de superación y constancia. Bonnecaze es el modelo de peregrino ávido de conocimiento y de aventura en busca de vivencias que rompan la vida en su humilde aldea, y que a pesar de los peligros y las dificultades incontables en forma hambre y sed, de fatiga, de frío, de enfermedad y muerte acosando, encuentra el modo de reponerse y continuar, enfrentándose a dilemas en que solo cabe sucumbir o continuar. Más de una vez estuvo en serio riesgo de perecer desbordado por la fatiga y la enfermedad, y acabar en alguno de los cementerios de peregrinos que jalonan el Camino, pero supo encontrar el modo de sobrevivir, de sacar fuerza de donde parecía no haberlas, de convertir el temor en energía para seguir caminando hasta llegar a Compostela. Y luego volver a su lugar de origen atravesando iguales o mayores peligros que a la ida, pues entonces el camino era doble: ir primero y volver después.

          Por eso cuando hoy atravesamos los Pirineos camino de Roncesvalles, o cuando pasamos por Foncebadón o la Cruz de Ferro, o cuando la fatiga nos agobia subiendo la Faba hacia O Cebreiro, cuando la lluvia o la nieve nos hostiguen, entonces es de justicia recordar a los miles de peregrinos que nos precedieron, a peregrinos como Bonnecaze que hollaron los caminos hasta la extenuación dejando sus huellas en los derroteros que ahora afrontamos con un espíritu equivalente al que ellos vivieron. Prie pour moi a l’apôtre quand tu arriveras à Compostelle.

        Aquel emblemático relato forma parte de una autobiografía redactada en 1777 y titulada Testament politique du sieur Jean Bonnecaze, de Pardies, prêtre chapelain aux forges d’Asson, appartenant a M. d’Angosse, marquis de Louvie 54. Posteriormente se incluyó en la obra “Priez pour nous à Compostelle, de Barret y Gurgand, peregrinos modernos a Compostela, que recorren a pie en 50 días 1.700 kms del Camino de Santiago, que ya hicieran miles de jacobeos a lo largo de los siglos, ofreciendo un conjunto de textos evocadores que intentan explicar cómo peregrinaban antaño los peregrinos. Se tradujo al español como “La Aventura del Camino de Santiago”. Lamentablemente estas obras apenas se reeditan, aunque aún pueden encontrarse en el mercado de libros de segunda mano.

        El texto del relato de Bonneze no lleva mucho tiempo leerlo en su integridad. No merece la pena resumirlo, es casi mejor traducirlo y leerlo todo de un tirón. Haremos el camino con él, en silencio, compartiendo un poco su fatiga y su dolor, nos solidarizaremos con su hambre y su fiebre, le daremos ánimos como haciéndonos un poco partícipes de su esforzado avance, y reiremos y lloraremos con él como si sus sentimientos y los nuestros, a pesar del tiempo, fueran los mismos. Ultreia, peregrino, y buen camino.

          Tomé la resolución de ir a estudiar a España; y, para lograr mi proyecto, puse el pretexto de ir a Santiago, y se lo propuse a mi padre y mi madre. Esta idea les pareció aún más absurda; me trataban como loco y atontado, y me abrumaron con insultos y desprecio, de modo que no supe qué hacer ni cómo cumplir mi proyecto.

          Sin embargo, Dios favoreció mi empresa; me enteré de que Gomer, de St. Abit, Peter de Arros y Pierre Laplace, de Pardies, iban a ir a Santiago. Hice mi plan con ellos, en secreto, para ir juntos, y les pedí que guardaran el secreto; ellos lo mantuvieron. Hice mi hatillo con anticipación, algunas camisetas y libros, y escondí mi bolsa en un campo de trigo que teníamos detrás del jardín: y, el 1 de mayo de 1748, se fueron a la medianoche y yo con ellos; Me fui primero y los esperé en el Bois de Baliros, donde había viajado por un camino lateral para no ser visto.

          Todos tenían pasaportes y dinero, y yo no tenía ni una cosa ni otra, excepto tres libras: me entregué completamente a la Providencia. Viajamos doce leguas el primer día. Eran las siete de la mañana en Navarrenx. Fue en esta ciudad que compré un sombrero por treinta soles y vendí mi boina por doce soles: solo tenía un par de zapatos malos que solo me sirvieron hasta Pamplona. Desde entonces, había caminado descalzo hasta mi regreso a Logroño, una ciudad de Castilla, donde una viuda, movida por la compasión, me dio un par de ellos, que me sirvieron para llegar a la casa de mi padre. Hice al menos ciento ochenta leguas descalzo.

          En el camino, habiendo llegado a Roncesvalles, el primer pueblo de España, después de pasar el puerto, nos quedamos atrapados allí por la nieve que nos obligó a permanecer dos días en el hospital. Durante esta corta estancia, hubo un pequeño destacamento de soldados que venían al hospital para ver si podían sorprender a algunos franceses para que se alistaran. Y como no entendía su lenguaje, apostaron entre ellos la manera de alistarme, diciendo que yo era joven y valiente para el servicio, que era bastante buen mozo. Me preguntaron si sabía escribir: les dije que no. Entonces un joven peregrino del lado de Auch, que escuchó sus discursos, me advirtió que querían engañarme para alistarme. Luego propusieron cambiar mi sombrero por uno de los suyos: yo no quería medirlo, ni prestarles el mío. Así que les dije a mis compañeros que se fueran, mientras los soldados iban a cenar.

          Pasamos por la nieve hasta las rodillas; pero disminuyó cuando salimos de la montaña; pasamos la llanura de Roncesvalles, donde los doce pares de Francia fueron asesinados. Todavía puede verse en el hospital de este lugar las espuelas y la espada de Roland; en el medio de esta llanura, donde se libró la batalla, había una cruz de unos quince pies de altura, toda de hierro, en cuadrado de cinco pulgadas. Está debajo de un pabellón sostenido por cuatro pilares de hierro y el techo también está hecho de planchas de hierro, todas sólidamente construidas. Oramos ante esta cruz por los cristianos que fueron asesinados en este lugar memorable.

          Esta marcha forzada, mezclada con frío y sudor, me hizo daño; me causó una hemorragia de sangre por la nariz y la boca. La lluvia, todos los días, casi durante un mes, en el cuerpo, y aún descalzo, me sobrecargó. Tuve que detenerme para dejar fluir la sangre, lo que duró quince días. Luego conocí a un peregrino italiano que, al verme sangrar por la nariz, me dijo que mi bolsa estaba causando este sangrado. Arregló mi bolso con ceñidores para poder ponerse a la espalda sin pasar el borde delante del pecho: entonces, el sangrado cesó y pude caminar más libremente. Sin embargo, estaba muy débil: apenas podía mantenerme, la lluvia en un lado, la miseria y la hambruna en el otro, todo me abrumaba. Mis camaradas se cansaban de mi y temían que yo muriera en el camino, ellos sufrían de los pies y yo en cambio no sufría de ellos.

        Una noche, estando en Castille-Neuve, no encontramos refugio, y estábamos empapados de lluvia hasta los huesos. Nos vimos obligados a reducirnos a dormir en una barraca, llena de agua y barro, dando tres soles cada uno, para tener una rejilla, ponerla en el barro y dormir sobre ella. Me estremezco mientras escribo esto, recordando el frío que sufrí aquella anoche.

          En otra ocasión, nos perdimos en una arboleda de olivos y nos vimos obligados a dormir bajo un olivo, y esa noche hizo una gran helada; nos pusimos uno encima del otro para ahuyentar el frío. Por la mañana estábamos congelados. Eran casi las diez en punto cuando no podía abrir la boca para hablar, y cuando podía abrirla, me parecía que todos mis dientes iban a caerse. Como estaba débil, el frío me había afectado más que a los demás. Entonces acordaba de la cama que había dejado en casa de mi padre y, al mismo tiempo, reflexionando sobre mi vocación, me dije que era necesario sufrir para alcanzar la meta donde me parecía que Dios me estaba llamando, y que estos sufrimientos eran solo para probarme más y por las faltas de mi juventud.

          Al llegar a Viane, estaba muy débil por la sangre que había perdido y por la miseria que sufrí; como solo podía caminar despacio, mis camaradas estaban disgustados por esperarme; En esta pequeña ciudad, cada uno nos distribuimos un barrio para pedir limosna; tomé la calle principal para esperarlos fuera de la ciudad, los esperé hasta la noche, nadie apareció. Dormí en este lugar y al día siguiente me fui solo y supe que habían tomado otra ruta a través de las montañas; me abandonaron. Seguí mi camino hacia Compostela; Caminé sin detenerme mucho, y llegué a Compostela un día antes que ellos, por lo que me confesaron y me comunicaron cuando llegaron. Estaban todos enfermos, y yo en cambio estaba bastante bien. Gomer y Laplace fueron al hospital; Esperé a Petrete, que se retiró dos días después conmigo, porque a los peregrinos solo se les permitía dormir tres días en el hospital.

          En el camino había tratado de hablar español; Hablé muy bien el castellano, de modo el secretario de la catedral no quería darme un pasaporte como francés; decía que yo era español; Recurrí a mi confesor para que me lo enviara.

          Después de dos días de caminar, fuimos atacados de fiebre, que regresaba a la misma hora todos los días: no podíamos caminar; sin embargo, llegamos a Sibeiro, un pequeño puerto marítimo; ingresamos en el hospital, que era miserable. La hospitalera me dijo si quería sufrir un remedio para curar la fiebre; Accedí a ello por el deseo de llegar a León para arreglar mi vivienda allí para estudiar.

          Ella fue a buscar un puñado de ortigas, luego me sacó la camisa y se acostó sobre la cama de mi lado, y me golpeó bien los lomos con las ortigas; Sufrí como un hombre desdichado; luego me puso la camisa y me cubrió con mantas, de modo que sudé nueve o diez camisas de agua, desde las seis o siete de la mañana la mañana, hasta las tres de la tarde; entonces ella detuvo el sudor al no cubrirme tanto; al día siguiente la fiebre desapareció, no tuve más. Mi camarada, habiendo visto mi sufrimiento, no quería ser atacado con ortigas; él prefirió sufrir la fiebre. Caminé en la aldea durante tres días para recoger pan; luego me pidieron que siguiera mi camino; Me vi obligado a abandonar a mi camarada; Hice unos días de marcha, pero antes de llegar a León, caí enfermo con una inflamación; Al llegar a León, entré en el Hospital Real de San Antonio, donde permanecí durante un mes, donde fui sangrado y purgado varias veces; Estaba tan débil y tan caliente al entrar, que no pude tomar un enema que necesité, pero las purgas tuvieron su efecto durante tres o cuatro días. Pensé que me estaba muriendo de esta enfermedad. También hubo una especie de epidemia en el hospital, donde morían diez y doce personas por día.

          El miedo aumentó mi dolor; el doctor lo notó; él me preguntó acerca de mi país y mi viaje; Le conté mi propósito. Me dijo que el país no era adecuado para reponerme debido a mi pequeño temperamento; me aconsejó que volviera a Francia o me detuviera en Jaca, donde el aire sería más análogo a mi salud. Seguí su consejo y me marché.

          Lo que me obligó a abandonar el hospital fue ver a otros tres compañeros muertos a mi lado y uno frente a mi cama; Tuve que pasar la noche siguiente entre esos tres muertos; El terror se apoderó de mí. Tenía miedo de morir esa noche, quería morir afuera en lugar de en el hospital. Después del mediodía traté de llegar a la ventana, con el corazón dolorido, respirando el aire; luego le supliqué al mayordomo que me llevara mi ropa; él no quería hacerlo, me dijo que moriría si salía; Lo presioné, él me los llevó, me vestí. Luego salí, apoyándome en mi bordón, y agradecí al mayordomo por los servicios que me había prestado; me dio un pan de tres libras y llenó mi frasco de vino.

        El hospital está fuera de la ciudad: me vi obligado a sentarme más de cincuenta veces mientras cruzaba esta ciudad, llegué a tiempo al pueblo que está al final del puente, que está un poco después como Clarac está al final del Puente Nay; Me alojé por la tarde con un campesino en un granero y dormí con paja seca hasta las diez de la mañana; Así que me levanté y me fui. Ese día, hice media legua de camino mientras me sentaba de vez en cuando, sin embargo las fuerzas iba volviendo a mí cada día, ya no dormía más a cubierto, dormía en los campos, en las gavillas de trigo, para evitar los piojos y las chinches que tenían buena provisión antes de ingresar al hospital. Todos los días casi doblaba mi caminata; Estando solo, no perdí ni un momento; Al final, hacía diez leguas diarias. Habiendo llegado a las fronteras de la Alta Navarra, me detuve en una montaña durante dos horas para respirar el aire de Francia que recuperó mi fuerza, abrí mi corazón, de modo que me pareció que todo mi dolor me dejó en ese momento.

          Solo me detuve para pedir pan para vivir; Llegué a Roncesvalles con gusto, no había más soldados, me quedé dos días en el hospital para descansar; el segundo día, me fui después de la cena. Daban tres comidas en este hospital real, media libra de pan para el desayuno, una libra de pan para la cena, media carne y una pinta de vino y sopa, y otro tanto por la cena. Traje una libra de pan a mi casa para darle sabor; la libra de este pan es de veinte onzas. Habiendo finalmente llegado al primer pueblo de Francia al pie del puerto, hay un río con un puente que separa los dos reinos de Francia y España. Hice una cruz con mi bordón y prometí no volver a Santiago. Entonces me sentí feliz, al verme fuera de la miseria española; Crucé Navarra, hacia Navarrenx y Oloron, y al llegar a las fuentes de Buzy, me senté debajo de un árbol y me quité la ropa para limpiarla; Saqué los parásitos y piojos, para no llevar a mi padre estas reliquias de España.

          Llegué a casa de mi padre a principios de agosto; al llegar encontré a mi hermana en el arroyo de Luy, cerca del pueblo; La saludé y ella me besó, eran como las tres de la tarde; tomó mi morral, que no pesaba mucho, porque había vendido mis camisas para vivir; Encontré a mi padre y a mi madre abrumados por la pena, porque les habían dicho que yo había muerto, y en ese momento me estaban hablando, los besé llorando, también derramaron lágrimas. Temí su ira, me arrodillé y pedí perdón por mis ultrajes, y les supliqué que me dieran su bendición; me lo dieron llorando de alegría y satisfacción. No mataron al becerro gordo porque no lo tenían, ni al cordero gordo porque no lo tenían; no llamaron a padres ni vecinos; pero vinieron a verme y felicitarme por mi regreso a mi familia.

          Aquí termina el relato del joven y sufrido peregrino bearnés, pero aquella dura y peculiar vivencia debieron reforzar el cuerpo y el espíritu de Jean Bonnecaze, que llegó a ser sucesivamente vicario d’Asson y Moncaup, chapelain aux forges d’Asson, y finalmente párroco de Angos y de Argelos, viviendo hasta los 78 años. Ferviente partidario de la República Francesa, termina regresando a Pardies y muriendo allí el 17 brumaire an XIII (8 de noviembre de 1804).

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22- Renacimiento del Camino y Papel de la Iglesia

          Un buen conocedor de la temática que este título sugiere es mi viejo amigo Jose Antonio de la Riera, a quien me gusta apodar el gaitero, no solo por saber tocarla con acierto y saber, sino porque el instrumento sintoniza bien con su temperamento, su timbre singular, su tono discrepante y autóctono, que sobresale cuanto toca hacerlo, que sabe trinar en solitario pero también se deja acompañar por el pandero, el tamboril o el bombo gallego cuando toca. Es Jose Antonio un hombre asiduo en los ámbitos jacobeos y cuando asoma no deja a nadie indiferente. Su visión y su opinión siempre interesa conocerse. Que enriquecedor es dialogar con él, sea para coincidir la mayoría de las veces o para discrepar otras ocasiones, y luego que placentero y alegre es compartir con él y con su gaita un vino en algún tugurio del camino o de la Ciudad del Apóstol.

ALGUNAS FALACIAS SOBRE EL RENACIMIENTO DEL CAMINO DE SANTIAGO
Jose Antonio de la Riera 7 de enero de 2013

          Ya que estoy en ello – y me lo pide el cuerpo, y además me importa un carallo – reproduzco aquí lo que ya expresé en público en conferencias en Madrid y Santiago de Compostela. Hay para todos, para la Administración Pública también, pero antes voy con otra “gente”. Uno siempre cree que hay que ir de frente, sobre todo cuando las convicciones (y lo que se ha vivido) son las que son. Y porque la indignación a veces supera todo lo previsible. Uno tiene, además, anchos hombros y paso largo, y hay cosas por las que no paso. Se siente. Y se dedica, muy expresamente, a la cantidad de “personal” que cree que las flechas amarillas llegaron en el papamóvil o que Manuel Fraga instaló una nueva Jerusalén en el Monte del Gozo en lugar de una ciudad-tanatorio.
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Las preguntas están en el viento, el viento del Camino, y las respuestas también. Pero dejamos dicho que debemos acercarnos al momento en que se produjo el estallido del Camino en los tiempos modernos, el inicio del glorioso renacimiento actual, para intentar acercarnos a esas respuestas. Y debo hacerlo en román paladino, así caigan chuzos de punta o amenazas de lapidación.

          Hay quien dice, y son generalmente fuentes interesadas, que el renacimiento actual del Camino se debe a factores objetivos, generados básicamente por la actuación de la Iglesia y de las administraciones públicas. Nosotros, que vivimos intensamente ese renacimiento, estamos firmemente convencidos, también por factores objetivos, de que no ha sido así en absoluto, de que mienten como bellacos y de que nada más lejos de un fenómeno que estalló a años luz de cualquier institución oficial, del tipo que fuere.

          I EL RENACIMIENTO DEL CAMINO Y EL PAPEL DE LA IGLESIA
          Esas fuentes hablan de las visitas de Juan Pablo II a Compostela como factor fundamental. Hay que decir que la visita del Papa en 1982, con un brillante discurso convocando a toda Europa a Compostela, reforzó sin duda alguna el prestigio de la meta, pero que para nada se vio reflejado en el Camino y la peregrinación tradicional. Más incidencia tuvo su segunda visita en 1989, pero para entonces ya se había producido el milagro.

          Porque el milagro del renacimiento del Camino de Santiago en los tiempos modernos, surgió de las propias entrañas del Camino, del empeño de una serie de hombres que decidieron reavivar los humildes rescoldos de la vieja llama casi extinguida del Camino de Santiago. Llama que había sabido ver hasta el propio Álvaro Cunqueiro, que en un destartalado seiscientos había recorrido un Camino abandonado a su suerte en los años sesenta. Hombres como René de la Coste Messeliere, George Bernés, Francisco Beruete y, sobre todo, Elías Valiña desde las remotas montañas de su Cebreiro.

          Elías fue el brazo armado, la mente que empuja, el gigante que subió a sus hombros el peso entero de siglos de historia para lanzarlos como un misil hacia el futuro. Moliendo kilómetros, sin horario, compulsivamente, el pequeño cura de O Cebreiro aparecía en el Camino a las horas más intempestivas señalizando, espabilando conciencias, coordinando acciones en aquel estrambótico GS blanco o en la mítica mesa de madera de San Giraldo de Aurillac, bañando de amarillo las ruta que repasaba una y otra vez sacando tiempo de donde no lo había.

          Según su sobrina Pilar: “estaba permanentemente abierto para todo el mundo, no tenía horas de despacho para el Camino, estaba permanentemente abierto, las 24 horas. Él de nada hacía mucho, hacía la vida fácil a todo el mundo, repartía juego pero cargaba personalmente con los mayores trabajos, era increíble. Todo el mundo que estuvo con él aprendió mucho, pero muchísimo”.

        Nada refleja mejor el carácter de Valiña y como se desarrolló lo que hemos denominado “milagro del renacimiento del Camino”, que la siguiente anécdota que cuenta Antón Pombo en un artículo publicado en nuestra revista Libredón, con motivo del XX aniversario del fallecimiento de Elías. Antón, ex presidente y fundador de nuestra asociación, doctor en historia y, actualmente, uno de los mayores expertos europeos del Camino de Santiago, era entonces estudiante en Compostela y habitante de esa especie de repúblicas libertarias que eran entonces los pisos de estudiantes. Él había colaborado activamente con Elías en varias ocasiones, pero ni se imaginaba lo que le esperaba cuando, en mañana de resaca colectiva presidida por un poster de John Lennon y lemas de “haz el amor y no la guerra”, llamaron al timbre en horas tempranas.

          Era el cura de O Cebreiro que, indiferente al caos que reinaba en aquella casa, se dirigió a un Antón patidifuso en estos términos: “Hola Antón, vengo con mucha prisa, pero quería que me contaras como van tus gestiones para crear la asociación de Amigos del Camino en la Provincia de Coruña.

          Desde luego, apunta Antón, no sé si algún día yo le había prometido algo así, pero del asunto no me acordaba ni remotamente, y además: ¿qué iba a hacer un estudiante de 3º curso de Historia en una ciudad con tantas autoridades, eclesiásticas y civiles, profesores de tanto prestigio y con tanta fauna intelectual al por mayor. Esto, más o menos, es lo que le dije como respuesta a Valiña, señalándole que mejor sería que se pusiera en contacto con alguien del Cabildo catedralicio, de la Universidad o de la Mafia neotemplaria, ¡yo qué sé

          -No, con esos no hay nada que hacer –me contestó muy serio- esta asociación la tienen que montar los peregrinos entusiastas, la gente que conoce el Camino y que lo quiere de verdad, gente joven como tú. Así que hazme el favor de crear la asociación de una vez, que ya tenemos muchas en el Camino comprometidas, y no puede ser que donde está Santiago no haya nada.”

          Pronto, el trabajo de Elías se reflejó en dos hitos fundamentales para el Camino: la aparición de la mítica guía roja de Everest y el comienzo de la publicación de los no menos míticos Boletines del Camino de Santiago, ambos en 1985. Tanto la guía como los Boletines fueron auténticos misiles que, viajando por toda Europa en las mochilas de los peregrinos, proclamaron la nueva de un Camino renacido. Y aquí están las estadísticas que van demostrando, paso a paso, todo lo que estamos reflejando, precisamente desde ese importante año 1985: 1985, 619 peregrinos- 1986, 1.800,-1987, 2905 – 1988, 3.051- 1989, 5.760 (visita del Papa)- 1990, 4.918- 1991, 7.274- 1992, 9.764.

          Y aquí, justo antes de 1993, nos detenemos. Las estadísticas reflejan claramente que, ni siquiera las visitas del Papa aportaron nada especial a la peregrinación tradicional a Compostela. Que fue un boca a boca, lento pero implacable, surgido de las propias entrañas del Camino de Santiago, lo que produjo ese milagro en plenos años ochenta. Pero estábamos con el protagonismo de la Iglesia y, muy particularmente, de la Catedral de Compostela en este renacimiento de la peregrinación.

Estamos en condiciones de decir que su participación fue prácticamente nula, que todo se les fue en arquear el entrecejo cuando vieron entrar en Compostela a los nuevos peregrinos de un Camino renacido, instaurar burocracias, hacer pucheros, ponerle puertas al Campo mientras los peregrinos les llevaban noticias de los amaneceres de Estella, de los atardeceres junto a la Cruz de Ferro, del lecho de paja en la humilde palloza de O Cebreiro y de extrañas señales de reconocimiento en formas de flechas amarillas. Se les vino encima, ni lo esperaban ni mucho menos esperaban a los peregrinos de un Camino renacido. Todo su empeño se fue en blindar la meta, ignorando en absoluto el Camino y, mucho más aún, ignorando también que por él se estaba acercando a Santiago lo mejor de la nueva Europa.

 Valiña, con su olivetti, tecleando los Boletines en las duras noches de O Cebreiro, sin luz muchos días y sin teléfono todos ellos, hasta el punto de tener que alquilar una habitación en Pedrafita para poder confeccionarlo por la noche, nos da noticias preciosas, como la petición por carta a Rouco Varela, arzobispo a la sazón, fechada el 5 de febrero de 1986, solicitando un albergue de acogida para los peregrinos en Compostela. Extractamos lo siguiente, que da una idea clara de la ausencia total de implicación de la catedral compostelana en todo lo que se refería al Camino de Santiago:

          “ … si están mojados ¿donde se secan?, si tienen frío ¿dónde se calientan?… aunque sea humilde, el peregrino necesita su casa. Si esto lo pueden hacer muchas parroquias del Camino, ayuntamientos, etc… con mucha más razón ese Arzobispado debe ofrecer un digno refugio a los peregrinos que, de todas las nacionalidades llega a la tumba del Apóstol”

          En las frases de Valiña se denota tristeza e indignación contenida y, también, cierta ingenuidad. No entendía que si el más humilde pueblo del Camino ofrecía lo que podía a los peregrinos mientras Compostela, la Jerusalén de Occidente, les volviera despectivamente la espalda.

          La respuesta de Rouco Varela, fechada el 22 de febrero, fue antológica, digna de un manual de diplomacia de corredoira. Recuerda mucho la conversación entre otros dos gallegos, el general Franco y el cardenal Quiroga Palacios, al respecto, en aquellos tiempos, de una posible visita del Papa y la ampliación urgente del aeropuerto de Lavacolla. El cardenal urgía a Franco a comenzar las obras de inmediato:
– ¡Excelencia, qué viene el Papa
– Eminencia: ¿Y si no viene?
– Arre carallo: ¿Y si viene?
Cuentan las crónicas que estuvieron así cuatro horas, hasta que recibieron recado de chocolate con picatostes.

          En la misma línea, Rouco Varela, le contesta así a Valiña, entre otras generalidades: “Pido al Apóstol que nos alcance el don de una conciencia viva que urja la mejor atención al peregrino y mueva las iniciativas necesarias para proporcionarle la acogida conveniente, superando los handicaps que supone el riesgo de la empresa y lanzándose a ella con decisión ilusionada”.

          Es decir, humo, y no precisamente de botafumeiro. Y cinismo todo a cien. Como muchos sabéis, 24 años después y cerrado el albergue provisional y semafórico del Seminario Menor, Compostela y su catedral no ofrecen albergue alguno a los peregrinos, salvo algunas iniciativas privadas, Pero la cosa aún fue a peor siguiendo la afamada ley del Sr. Murphy. Los dos primeros números del Boletín del Camino de Santiago del párroco de O Cebreiro se publicaron en la Delegación Diocesana de Enseñanza de Santiago de Compostela. Pero una orden tajante del canónigo delegado de las peregrinaciones, Don Jaime García, prohibió terminantemente que el Boletín se imprimiera allí dejando toda la iniciativa en precario. La respuesta de Valiña, en el propio Boletín, fue escueta: “Es lamentable”.

          Y frente esa postura oficial de pasotismo y desprecio, el heroísmo y el compromiso de algunos párrocos: el propio Valiña en O Cebreiro, José Ignacio Díaz primero en Viloria de Rioja y luego en Grañón, José María Alonso Marroquín en San Juan de Ortega…

 

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34- Ulf el Gallego y el último ataque vikingo a Compostela

          La presencia e impacto en España y particularmente en Galicia de los guerreros navegantes escandinavos, comúnmente llamados vikingos, entre los siglos IX-XI, es un tema mal conocido por la escasez de datos y el alto componente historiográfico de subjetivismo y parcialidad que dificultan su comprensión histórica por proceder sobre todo de crónicas de los reinos cristianos, con una orientación unidireccional muy sesgada.

          La imagen que se tiene de los vikingos es la de una horda de guerreros sanguinarios, que actuaban cruel y ferozmente en sus razias o ataques súbitos que hacían a bordo de sus naves ágiles y rápidas, los drakkar, que en un número elevado de naves atacaban ciudades accesibles y monasterios indefensos, saqueando cuanto encontraban de valor o raptando personas valiosas para obtener luego rescate, dejando a su paso un rastro de muerte y destrucción. Esta imagen de relativa objetividad solo representa rasgos guerreros, por otro lado magnificados, pues sus maneras y ademanes no eran ni más ni menos brutales que cualquier otro pueblo de su tiempo en acto de guerra. No se debe olvidar que fueron grandes marineros que abrieron rutas de navegación y vías comerciales, y descubrieron nuevas tierras. La población guerrera era por otra parte una minoría de la población escandinava que en los largos periodos de paz se ocupaba en actividades comunes de agricultura, ganadería, caza, pesca, comercio y artesanía, con su propia escritura y sus conocimientos de cálculo geométrico y matemático que les hizo óptimos marinos y navegantes. Eran, eso si, maestros en acciones militares por sorpresa que les permitía combatir y superar fuerzas mayores a la suya, mediante cualidades de audacia, una gran organización y rigurosa disciplina; muy lejos de ser las bandas salvajes y primarias que obraban por un instinto feroz y destructivo, eran guerreros bien instruidos y organizados, que contaba con un sistema eficaz de información sobre las defensas de las ciudades, los días de mercado, festividades y eventos en donde aumentaba las posibilidades de encontrar un botín más cuantioso y valioso para sus propósitos.

          La imagen de los Vikingos llegó a ser tan mitificada y deformada que incluso se les representaba con aditivos que nunca existieron: poderosos y hercúleos guerreros de soberbio desarrollo muscular, tremendo armamento y feroces cascos armados de cuernos. Los verdaderos cascos vikingos jamás llevaron cuernos, pero ya es una asociación inmediata imaginarles de esta forma sobrehumana con cuernos en sus cascos, lo que parece que se debe a que aparecían en los enterramientos junto a los cascos. Eran cuernos para que el difunto bebiera, pero se interpretó erróneamente que se habían desprendido de los cascos y los artistas románticos pronto difundieron grabados de vikingos empleando cascos con cuernos. Aunque esto se conoce desde hace mucho tiempo por los historiadores, la imagen ha quedado firmemente grabada en el imaginario popular colectivo.

          De hecho su fama feroz e invencible estaba lejos de ser cierta, pues si en otras partes de Europa, como Francia, Islas Británicas o Irlanda, su influencia dominadora fue ostensible, no lo fue en la península ibérica en donde tanto los ejércitos cristianos como islámicos, ofrecieron una resistencia tan fiera como la que ellos trataban de imponer en modo que las incursiones vikingas no lograron en la península constituirse como una fuerza dominadora, y nunca pudieron crear bases estables en suelo peninsular, sino que fruto de la resistencia local terminaban siendo ellos los derrotados, viéndose una y otra vez obligados a retirarse entre multitud de bajas y naves ardiendo. Cabría decir que los reinos cristianos y los musulmanes, enzarzados en frecuentes luchas entre sí, no eran menos fieros que los vikingos, y en ocasiones se llegó a acuerdos con ellos como tropas auxiliares mercenarias para luchar contra un adversario común.

          La mítica letanía latina “A furore Normannorum libera nos Domine”, que se hizo popular a partir del refrán creado por los clérigos anglosajones tras el ataque vikingo que arrasó el monasterio de Lindisfarna en Northumbria, no encontró correspondencia en la ruda Hispania; acaso los guerreros escandinavos acuñaron otro: “A furore hispanorum libera nos Odin”.

          Ya el término vikingo es equívoco, pues no se refiere a una acepción étnica, sino que designa la iniciativa de expedición marítima de saqueo a tierras lejanas por parte de pueblos nórdicos hacia otros lugares de Europa atlántica, llamando «período vikingo» (800-1050). Nunca tuvieron el propósito, y mucho menos el logro, de conquista territorial ni asentamiento permanente, sino busca de botín y prisioneros. Los ataques vikingos a Galicia fueron intermitentes entre los siglos VIII y XI, y se agrupan en oleadas de ataques enumeradas en primera, segunda, tercera y cuarta.

          La primera oleada fue entre 842 y 850, bajo reinado de Ramiro I. La segunda fue durante el reinado de Ordoño I en el año 858. La tercera fue en el reinado de Ramiro III hacia el año 968, la más agresiva y duradera, penetrando por la ría de Arousa hasta Iria Flavia con derrota y muerte del obispo Sisnando en el campo de batalla, campando los vikingos a sus anchas por toda Galicia durante tres años, llegando hasta la Tierra de Campos, lo que podría ser la explicación de la existencia de un pueblo en la provincia de León llamado Lordemanos. Ésta fue la incursión más grave y duradera, finalmente reducida por un ejército leonés dirigido por el noble Gonzalo Sánchez en que se dio muerte a Gunderedo y la mayor parte de las naves vikingas fueron incendiadas. Finalmente la cuarta oleada de ataques vikingos tiene lugar en el siglo XI, e incluye el ataque a Tuy en el 1015 por el Rey Olaf con destrucción de su catedral y su reconstrucción por una nueva tipo fortaleza y en lugar más elevado. Incluye también el ataque de Ulf el gallego, considerado el último ataque vikingo a Galicia.

          Mención singular y foco de este artículo merece este último personaje, el afamado Ulf el gallego o Ulv Galiciefarer, conocido con el sobrenombre de “el lobo de Galicia” fue un jarl o conde danés y caudillo vikingo, que adquirió notoriedad por las exitosas incursiones llevadas a cabo en Jakobsland (que era como llamaban a Santiago de Compostela), por lo que fue apodado con el nombre de las tierras en las que luchó. Santiago de Compostela, con el fenómeno de peregrinación desde toda Europa, se había hecho conocida, famosa y rica, por lo que se convirtió en un objetivo para los vikingos.

          Este normando originario de la nobleza danesa, que debió nacer hacia el año 1000 y que perteneció al séquito del rey Canuto el Grande (1018-1035), tuvo ciertamente influencia en la historia del territorio gallego, consiguiendo controlar gran parte de la zona por su relevante influencia militar. Participa ya en el ataque vikingo del año 1028, y parece que dirigió al grupo de mercenarios que ayudó al conde gallego Rodrigo Romariz contra un grupo de vascos en 1032, que ayudaron al conde Ulf en su lucha contra Vermudo III, haciéndose fuertes en Lapio, cerca de Lugo. Posteriormente se vincula la derrota de los normandos de Ulf el gallego a manos del obispo Cresconio, lo que debió ocurrió en 1047. Es decir, que la presencia de Ulf en Galicia, fue cuando menos de 19 años, entre 1028 y 1047, tiempo en el que este vikingo saqueó, controló, actuó como mercenario de condes locales, y terminó derrotado en una batalla en la ría de Arosa contra Cresconio, desapareciendo entonces de la historia posiblemente retirándose a su tierra, pero en definitiva explicando el apodo por el que es conocido en la Historia.

          Hacia el año 1028, en el seno de la llamada cuarta oleada de ataques vikingos, el reino de León atravesaba una situación delicada. El rey de León Alfonso V había muerto asediando una ciudad musulmana en Portugal, y le sucedió en el trono su hijo Vermudo III que era solo un niño cuando fue nombrado rey, por lo que fue tutelado por su madrasta Urraca Garcés, hermana del rey Sancho III Garcés de Pamplona. Galicia estaba dividida en luchas civiles, circunstancia que fue aprovechada para esta incursión de una flota vikinga que, según la Knytlinga Saga estaba capitaneada por el famoso jefe vikingo Ulf el Gallego.

          Pero el obispo realmente gallego Cresconio (1037-1066), como algunos de sus antecesores en el cargo, tuvo que hacer frente a los ataques vikingos. Fue definido como el arquetipo de prelado medieval que conjuntaba las funciones obispales y militares, “de báculo y ballesta”. De él dice la Historia compostelana: «Y así Cresconio, nacido de nobilísimo linaje, resplandeció con la luz de tanta nobleza que, con el notable valor de su ejército acabó por completo con los normandos que habían invadido estas tierras. Construyó muros y torres para proteger la ciudad de Compostela, hizo la iglesia de Santa María y levantó el castillo de Oeste para la defensa de la Cristiandad, al cual habiéndose retirado cerca del fin de sus días, fue derribado por el golpe de la temible muerte en la era ICVI (año 1066)”. Efectivamente este obispo, según las excavaciones en la catedral de Santiago y ciudad compostelana, mandó reforzar las torres que protegían Compostela desde tiempos de Sisnando. Durante su episcopado, sus soldados fueron eficazmente entrenados en la estrategia y tácticas militares precisamente para superar a los vikingos hasta vencerles definitivamente. Al llegar la flota normanda a la entrada de Iria Flavia, chocaron con las cadenas que Cresconio había ordenada colocar atravesadas de una a otra orilla para evitar el avances de las naves enemigas, que al desembarcar, advertidas y dispuestas las tropas gallegas para el momento, derrotaron al ejército de Ulf el gallego obteniendo una victoria definitiva. Cresconio resultó ser más feroz y astuto que Ulv Galiciefarer que tuvo que tuvo que huir con toda la rapidez que pudo para no volver a ser nombrado en las crónicas.

          Cresconio tuvo el acierto de ordenar la construcción de las famosas Torres de Oeste en Catoira, en un lugar clave de la ría de Arousa para la protección de la entrada a Iria Flavia y Compostela. Según la Historia Compostelana, fueron levantadas sobre las ruinas de las «Aras de Augusto» con mano de obra campesina traída por precepto real desde Triacastela hasta la costa, dada la importancia estratégica de su ubicación por ser el punto de entrada y vigilancia a Iria Flavia. Fueron construidas a mitad de siglo XI, y las excavaciones realizadas comprobaron la inicial existencia de cinco torres y probablemente dos más, aunque actualmente sólo se pueden observar los restos de dos, una de ellas más antigua, de época romana, asociándose a restos de edificaciones romanas en las que se han encontrado cerámica y tégulas de datación romana. Según las fuentes, el obispo Cresconio murió mucho después de derrotar a Ulf el Gallego, cuando se dirigía a esta fortificación en el año 1066.

          A partir de aquí termina el periodo vikingo propiamente dicho en España, aunque realmente habría que precisar que los ataques no desaparecieron totalmente sino que se redujeron considerablemente, siendo desde entonces más bien escasos y esporádicos. En cuanto a Ulf, se desconoce qué suerte corrió el lobo escandinavo en Galicia, pero su recuerdo quedó bien presente durante mucho tiempo entre los habitantes de la región. Curiosamente del paso de los vikingos en Galicia y en toda la península Ibérica no existen restos materiales de ningún tipo, con una única excepción: la cajita de marfil en San Isidoro de León, un singular recipiente de forma cilíndrica con gran riqueza ornamental, tallado en asta de ciervo, de 44 mm de altura y 33 mm de diámetro, datado de finales del siglo X y que se conserva en el Museo de la Colegiata de San Isidoro de León.

          Diez siglos después el nombre de Ulv Galiciefarer vuelve a sonar. Bjarne Henning Nielsen, un arqueólogo danés, cree haber encontrado la sepultura donde fue enterrado el caudillo vikingo conocido como Ulv Galiciefarer, en el norte de Jutlandia. Ulv “el lobo” Galiciefarer, Ulf el Gallego, conde de Dinamarca, era el abuelo de Boedil Thurgotsdatter, esposa de Eric I de Dinamarca, y bisabuelo Valdemar el Grande, rey de Dinamarca a fines del siglo XII. La saga Knýtlinga, escrita en la década de 1250, cuenta que Ulv pasó su vida asaltando y saqueando las costas de Galicia y comunidades monásticas en las islas de San Simón, Cies y Toralla. Bjarne Nielsen, arqueólogo en el Vesthimmerlands Museum, ha estudiado las tumbas de otros importantes príncipes, funcionarios, condes y reyes daneses históricos, y ha encontrado similitudes notables en las prácticas funerarias utilizadas en su hallazgo con las prácticas funerarias comunes para la importante nobleza danesa en tiempos históricos. La tumba en cuestión fue construida en una tierra que se cree que fue parte de la herencia ancestral de Valdemar el Grande transmitida de generación en generación durante cientos de años. Si el área alrededor de Næsby en Jutlandia, donde se encontró la tumba, en realidad era propiedad de Valdemar y su familia, entonces es probable que su bisabuelo, Ulv Galiciefarer, hubiera sido enterrado en algún lugar de la zona. La tumba fue encontrada rodeada por un “cuadrado” oscuro en el suelo. Las manchas oscuras en la tierra generalmente provienen de material en descomposición a base de carbono, como las paredes de madera. La tumba probablemente tenía originalmente algún tipo de edificio a su alrededor, lo cual era una práctica común entre los entierros nobles de ese período. Los arqueólogos también encontraron una espada con el guerrero enterrado en la tumba, y la usaron para fechar el entierro en la primera mitad del año 1000 DC, justo cuando Ulv Galiciefarer habría estado viviendo. Un jarl o conde danés era un funcionario importante que, en ausencia del rey, controlaba una región o incluso un país entero. Tal persona probablemente se habría ganado un funeral principesco. No hay una certeza incuestionable, pero Nielsen propone que el momento y el lugar de enterramiento son muy sugerentes de un enterramiento de aquella época a un personaje histórico destacado a quien el rey quiso honrar.

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40- El ultimo campanero de la catedral de Santiago

          En los grandes templos, el Campanero, claro está, era la persona formalmente encargada de tocar las campanas conforme a las necesidades litúrgicas. Se trataba de un oficio de origen medieval en que, por la elevada altura de su actividad y por ser referencia diaria de vida de la ciudad, su labor era muy necesaria, por lo que se encomendaba a una persona para ejercerla y se le facilitaba una vivienda en el propio campanario, donde se trasladaba a menudo con su familia.

          En la catedral de Santiago de Compostela, la Torre de las Campanas es la que se sitúa a la derecha según miramos la fachada del Obradoiro. Estas dos torres principales de la fachada se denominan respectivamente torre de las campanas, la situada en la nave de la epístola, y torre de la carraca en la nave del evangelio, y que sustituía los toques de la campana por los de la gran carraca en Semana Santa como símbolo de duelo por la muerte de Cristo. En otra torre independiente, Torre Berenguela o Torre del Reloj, se encuentran las dos campanas nuevas del reloj, de las horas y los cuartos respectivamente, mientras que las antiguas están expuestas en el claustro de la catedral.

          El nombre de fachada del Obradoiro procede de ser el lugar donde se situaban los talleres (obradoiros en gallego), para la construcción de la catedral románica, y sobre todo después para su remodelación barroca durante los siglos XVII y XVIII. Durante los primeros siglos de su existencia, la catedral mostraba una estampa oeste muy distinta a la actual. Dos torres románicas de altura desigual coronaban una portada abierta día y noche y que dejaba al descubierto el Pórtico de la Gloria, visible desde el exterior. Las remodelaciones barrocas, que a la postre sirvieron como absoluta renovación del exterior del templo, se inician en el año 1650 y elevan e igualan las torres en sus 74 metros de altura.

          Debido a la frecuencia diaria y al necesario rigor y puntualidad en los toques, el campanero no podía vivir muy alejado de la catedral, y hasta más allá de los años 60 del siglo XX los toques de campana eran el mejor medio de comunicación global posible en la ciudad. Por eso el campanero tenía una vivienda instalada en los tejados de la catedral, donde podía vivir él y su familia, a una elevada altura, con acceso rápido a las campanea para atender con prontitud a los toques de las mismas.

          Hasta que se produjo la gran expansión de Santiago fuera del casco histórico, la vida compostelana estaba regida por los toques de campana de la catedral, y la mayestática solemnidad de sus sones densos y potentes, marcaban el discurrir del tiempo en la ciudad de Compostela. Cuando esto aún era así, lo contaba de este modo Don Gonzalo Torrente Ballester en su obra Compostela y su ángel: “Compostela se hace en torno a la campana. La campana lo va creando todo día a día, siglo a siglo, sin más que dar las horas. Y la niebla es el caos de donde la campana va sacando las cosas

          Hoy el sistema de toques manuales prácticamente ha desaparecido con el desarrollo de la mecánica y la tecnología, con algunas excepciones en torres singulares. Los toques se realizan actualmente por medios electromecánicos, regulados por un ordenador en que están programados los toques de las horas y los cuartos del reloj y los repiques de las misas ordinarias. Hoy el campanero se encarga de la programación de ese ordenador para los toques cotidianos, así como los toques manuales no programados con motivo de las diversas festividades litúrgicas, defunciones y entierros, toques que también coordina a través del ordenador sin necesidad de subir a la torre ni mucho menos vivir en ella.

          Pero hace unos cuatrocientos años si lo era, por lo que se instaló allí una vivienda de dos plantas para toda la familia, y cuyo objeto era que el campanero pudiera dedicarse de pleno a la labor de realizar los toques de las Campanas de la Catedral, liberado de la necesidad de tener que subir y bajar varias veces al día. Hasta el año 1962 el campanero de la catedral de Santiago de Compostela fue Ricardo Fandiño Lage. Él, su mujer y sus tres hijos fueron las últimas personas en residir allí, a unos cuarenta metros de altura.

          La vivienda, hoy ya inexistente, y a la que se accedía desde el interior de la torre, se situaba en los tejados de la catedral, por detrás de la fachada, en el espacio entre la propia torre y la peineta central de la catedral, de un espacio de unos dos metros de anchura. Tenía dos pisos conectados por una escalera interior, el piso bajo para una cocina amplia que aportaba también calor a la vivienda, y una sala-comedor, y el superior para dos dormitorio, uno para el matrimonio y otro para los hijos. Estaba construida en piedra y había sido dotada con agua corriente y electricidad, siendo los primeros moradores que disfrutaban de estos servicios. Los campaneros anteriores funcionaban con velas y con agua que debían subir desde la ciudad.

          Conocemos datos de aquellos años por notas del propio campanero y algunos relatos de sus hijos. Se instalaron allí un 16 de enero de 1942, entrando como campanero con un salario de 180 pesetas al mes, que era el sueldo común de todos los empleados de la catedral, posiblemente conociendo que era un oficio que pronto desaparecería.

          La vida era muy diferente allí arriba. El frío y la humedad resultaban los inconvenientes mayores, a cambio, eso si, de unas vistas únicas sobre la ciudad. Allí arriba, sobre los tejados de la catedral, para facilitar la subsistencia y facilitar la labor con las campanas, plantó una pequeña huerta en la que recolectaba tomates, lechugas, pimientos, puerros, calabazas, ajos y otras hortalizas para consumo propio. Instaló tres cabras que le proporcionaban leche y le permitían elaborar un excelente queso que se curaban y consumían allí mismo. También había gallinas ponedoras que proporcionaban huevos a la familia Fandiño, y un gallo que cantaba diariamente los amaneceres de la ciudad, marcando el comienzo del día a los moradores y a los vecinos de San Paio de Antealtares. El gallinero estaba instalado en una nave lateral, flanqueada por almenas, las que se levantan a muchos metros sobre el claustro. Criaba también pollos que sacrificaban en fechas señaladas. La familia había habilitado un rincón del gallinero, hacía el claustro, que hacía las veces de retrete.

          Ricardo Fandiño se incorporó como campanero, al jubilarse su antecesor en el cargo, José María González. Pero como el salario era corto y había que alimentar a cinco bocas, empezó a ejercer también de sastre, profesión que ya ejerciera en Sobrado dos Monxes, de donde era natural. Lo hacía en una habitación acondicionada del interior de la torre de las campanas, junto a la vivienda, en una sala que usaba como taller de sastrería y como lugar de pruebas, donde recibía a sus clientes para tomar sus medidas; luego en 1961 trasladó esta sala unos pisos más abajo. Al morir el sastre oficial de la catedral que atendía a los canónigos, Emilio Quinteiro, Fandiño pasó a ocuparse también de los arreglos del clero.

          Allí nació el hijo más pequeño de la familia, en 1945, llamado también Ricardo. Encarnación, la mujer del campanero, se puso de parto, y la matrona hubo de subir para asistir al mismo sobre los tejados de la catedral.

          Además de campanero y sastre, sobre todo en Años Santos, Ricardo también actuaba como tiraboleiro, es decir, uno de los funcionarios que impulsaban el vuelo del botafumeiro, mientras era su mujer Encarnación la que, en tales ocasiones, se ocupaba de realizar los toques siguiendo las instrucciones que había dejado bien escritas a mano el propio Ricardo, que tenía todo anotado en legajos llenos de anotaciones, dibujos y croquis, todo manuscrito.

          La jornada del campanero era larga y continua, pues iniciaba a las seis de la mañana y llegaba hasta el anochecer, todos los días de sol a sol, sin descansos ni festivos ni vacaciones. Y su labor era compleja y exigente, con el dominio de los frecuentes toques que reflejaban, ordenaban y transmitían la compleja vida litúrgica de la catedral, además de las señales diarias, así como de los funerales, las fiesta y los toques especiales que tenían su complejidad, con al menos seis o siete clases de toques de coro diferenciados, no menos de una docena de toques de difuntos, a más de diversas señales para rosarios, novenas y otros actos piadosos. Ricardo Fandiño, ordenado por su hijo Jesús que también le ayudaba en sus tareas, dejó una excelente guía de toques tradicionales que suponen una cierta simplificación con respecto a la metódica antigua.

          Además, para facilitar la labor de tocar a menudo los distintos toques, Ricardo recurrió a ingenios que le facilitaran su realización, de modo que instaló un sistema de cables y poleas que le permitía realizar el primer toque matinal desde su propia cama, sin tener que levantarse, lo que aportó no solo comodidad sino que supuso un gran avance y tranquilidad para la familia.

          En la arista central que dividía la vertiente central de las cubiertas, había y sigue habiendo una pequeña espadaña, ahora vacía, pero antes albergaba una campanita que se accionaba, mediante una larga cuerda, desde la sacristía, y que era un sistema de comunicación con el campanero para algún comunicado extraordinario.

          En distintos lugares de la pared se conservan algunos grabados o grafitis improvisados por los campaneros o sus familias, desde 1872 hasta 1939, y que constituyen una pequeña historia de la torre.

          Allí estuvieron los Fandiño hasta 1962, en que la familia se trasladó a una vivienda de la Calle Entrerríos. Entonces se desmontó la vivienda del campanero y los toques pasaron a hacerse por control eléctrico, siendo el propio Ricardo Fandiño el primero en funcionar por este nuevo procedimiento.

          La casa del campanero por tanto fue desmontada y ya no existe. Desde hace algún tiempo, se pueden visitar las cubiertas de la catedral como una opción más de la visita a la catedral, lo que en cierto modo es recuperar una tradición que seguían los peregrinos ya en el Medioevo. Es una visita desde donde se logran unas vistas únicas de la ciudad y el entorno catedralicio, lleno además de espiritualidad y simbolismo, pues allí, donde la Cruz dos Farrapos, con un depósito adjunto, donde los peregrinos quemaban sus viejas prendas en señal de purificación y renovación espiritual.

          Uno de los hijos, Jesús Fandiño, a pesar de las limitaciones y la vida exigente, recuerda que eran felices considerándose vigías de la ciudad y guardianes del Apóstol, más cerca del cielo que el resto de los habitantes de la ciudad.

          La subida se hace ahora a través de los 105 escalones que llevan por el interior del palacio arzobispal de Xelmírez y el lado contiguo a la catedral de la torre de la Carraca, la tribuna sobre el Pórtico de la Gloria, y la torre de las Campanas hasta los tejados. Una visita altamente recomendable.

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33 Nicolas Flamel y El Camino de Santiago

          Nicolas Flamel es un fascinante personaje de la Baja Edad Media, nacido entre 1330 y 1340 y fallecido en 1417 o 1418, cuya vida y papel histórico han sido extraordinariamente deformados a través de leyendas esotéricas que lo ensalzan como alquimista al que se atribuye los dos logros más buscados del arte alquímico: la transmutación de los metales en oro gracias a la elaboración de la piedra filosofal, y la inmortalidad a través un elixir o “panacea universal” que curaba todas las enfermedades y lograba vencer a la muerte.

          Nació posiblemente en Pontoise, a siete leguas de París, en el seno de una familia modesta de la que él mismo cuenta que estaba muy bien considerada por todos, incluso por sus rivales, en virtud de su gran honestidad. Pudo adquirir cierta formación heredando el oficio de copista de su padre, y gracias a su dominio de la escritura se instaló en París como escribano público, oficio que desempeñó muchos años. Ubicado primero en la proximidad del cementerio de los Santos Inocentes, allí prosperó como calígrafo y escribano de prestigio, lo que le permitió trasladarse al barrio de Saint-Jacques-la-Boucherie, donde ofrecía sus servicios en una tienda junto a la iglesia, en la activa cofradía del gremio de carniceros, alcanzando allí un reconocido prestigio y una notable bolsa de clientes, llegando a ser designado librero jurado de la Universidad (el cargo requería juramento académico), lo que otorga la categoría privilegiada de los libreros, iluminadores, escritores y encuadernadores, creando una escuela de escritura para enseñar a los analfabetos modestos y un taller de edición de libros con opción de pintar iluminaciones para los patrocinadores más ricos. La imprenta aún no se había inventado y el acceso a la escritura es raro y difícil, por lo que la nobleza y la burguesía son analfabetas, lo que convierte a Flamel en un hombre letrado y de influencia, pues los buenos escribanos gozaban de reconocimiento y prestigio laboral y acumulaban gran actividad y remuneración, todo lo que le permitió forjar un importante nivel económico, junto al hecho determinante de su matrimonio con Pernelle, viuda mayor que él, que aportó al matrimonio bienes notables de sus dos matrimonios anteriores, y se convertirá en su compañera incondicional e inseparable, y cuyos bienes se convirtieron ante el notario en legado de propiedad mutua, don que se renovó varias veces y que excluía de la herencia de Pernelle a su hermana y los hijos de ésta.

          A estas ocupaciones se dedicó en un ámbito de acomodado burgués, aunque dedicando buena parte de sus economías a obras piadosas en ayuda de sus semejantes y construcciones de edificios religiosos y donaciones benéficas.

          En plena Guerra de los Cien Años, en 1357, por su condición de librero, se cuenta, se fabula más bien, que cayó en sus manos un libro singular y misterioso, un grimorio o libro mágico y ocultista de contenido alquímico en clave hermética que cambió su vida. Aquí empieza la magnificación y nace la especulación esotérica desde ese primer instante, con versiones distintas y en creciente fantasía, que relatan que lo recibió de un desconocido que necesitaba ingresos con urgencia, o que lo compró casi al azar o que le fue entregado por un ángel en sueños. El contenido de ese libro resultaba totalmente enigmático para el escribano, excediendo sus conocimientos para interpretar sus símbolos y figuras, a lo que dedicó, se dice, 21 años de su vida para intentar descifrarlo, sin conseguirlo. Se trataba del libro conocido como “El libro de las figuras jeroglíficas”, o el libro de Abraham el judío.

          La leyenda se desborda en relatar la transformación de Flamel de quien se dice que, viéndose incapaz de interpretar el mensaje del manuscrito hermético, se decidió a emprender el Camino de Santiago para rogar al Apóstol que lo iluminara en su búsqueda de encontrar la Piedra Filosofal y se dice que peregrinó caminando hasta llegar a la tumba del Apóstol. Casi en contradicción con esta búsqueda devota de iluminación, se dice que para poder descifrarlo viajó a España, donde en aquella época y bajo la influencia andalusí, parece que residían las máximas autoridades de la Cábala, los mayores sabios de los saberes del mundo antiguo, las mejores traducciones del griego clásico que se producían en las universidades españolas. Mientras tanto los esotéricos hacen del Apóstol Santiago un Mago poderoso y referencia, guía y patrono de los alquimistas, que ven en la peregrinación jacobea no un acto de culto sino un simbolismo alquímico de transformación.

          Tras llegar a Santiago Nicolás Flamel no encuentra eco a sus ruegos e inicia el regreso, siendo al pasar de nuevo por la ciudad de León, cuando encontró, por misteriosas circunstancias, a un viejo maestro judío converso, el maestro Canches, conocedor de los profundos secretos de la Cábala y la Alquimia, quien identificó la obra como el Aesch Mezareph del Rabí Abraham, y enseñó a Flamel el lenguaje y el simbolismo de su interpretación, hasta entonces ocultos a su entendimiento.

          Parece que Flamel intentó llevarse consigo al maestro Canches vía marítima, e iniciaron después ruta hacia París, pero Canches, ya viejo y enfermo, recayó y terminó muriendo en Orleans, donde Flamel cuenta que le dio cristiana sepultura, regresando de inmediato a su casa de París, donde se entregó durante tres años a aplicar las enseñanzas del Maestro Canches, hasta que después de arduas experimentaciones y ensayos, Flamel y su esposa Perenelle, en su laboratorio parisino, obtuvieron la Piedra Filosofal, en 1382, por la que lograron la transmutación metálica de mercurio en oro: Yo transformé efectivamente el mercurio en casi la misma cantidad de oro corriente. Puedo decir esto en honor a la verdad. Realicé la obra por tres veces con la ayuda de la Perenelle“… Sería toda una verdadera declaración si no fuera porque estas palabras no son realmente suyas, sino puestas en su boca con propósito literario novelesco.

          El enigmático maestro Canches, a quien supuestamente Flamel debe sus valiosos logros, es también la prueba de que todo es una fabulación, pues Flamel, tras darle cristiana sepultura, dice: “Dios tiene su alma; porque él murió en buen cristiano, y ciertamente si no me lo impide la muerte, le daré a esta Iglesia algunas rentas para que diga por su alma todos los días algunas misas”. Es decir, Flamel adquiere el sagrado compromiso de fundar medios que generen recursos periódicos en beneficio del Maestro Canches. Tuvo sobradamente tiempo y recursos para hacerlo, pero una investigación amplia y precisa revela que jamás lo hizo, nunca existió la menor iniciativa con ese propósito hecha por Flamel. El afamado escriba, fundador y generoso benefactor, ¿había olvidado la promesa dada a su maestro y amigo que lo dio todo, hasta la vida, por su causa?. No le dedica recurso alguno, ni siquiera una mención en su testamento. Quien tuvo generosidad sin límite para con tantos indigentes a quienes nada debía ¿se olvidó de aquel a quien debía riqueza y vida inmortal?. La única realidad es que Flamel no olvidó nada, sino que el maestro Canches nunca existió, solo como personaje ficticio para novelar una supuesta inspiración hermética que nunca hubo.

          ¿Y peregrinó Flamel a Compostela?. En las distintas representaciones de su imagen jamás se vio una que le identifique como peregrino. Pero es el propio Flamel quien, refiriéndose al retorno de su peregrinación, supuestamente dice: “Quien quiera ver cómo fue mi llegada y la alegría de Perrenelle, que nos contemple a los dos en esta villa de París sobre la puerta de la capilla de Saint Jacques-de-la-Boucherie, del lado que está junto a mi casa, donde estamos representados: yo dando gracias a los pies de Santiago de Galicia y Perenelle a los pies de san Juan, a quien había invocado muy a menudo”. En efecto, entre otras muchas dádivas a esa iglesia, Flamel financió en ella un hermoso relieve que representa a Flamel y Pernelle en actitud piadosa, hoy derruido como toda la Iglesia de Santiago de la que solo se salvó, con gran fortuna, la Torre de la Iglesia que sin embargo Flamel nunca llegó a conocer pues se construyó mucho después de su muerte. En todo caso, si Flamel debía figurar alguna vez con hábito de peregrino, esta obra de la iglesia de Santiago era la oportunidad en que debió de hacerlo. No lo hizo porque nunca peregrinó a Santiago, por eso aparece vestido a la manera de su tiempo, como burgués.

          En 1407, ya viudo, Flamel se hizo construir una casa, que aún se conserva, en el número 51 de la rue de Montmorency, diez años después de la muerte de Pernelle, en la que estableció su taller bajo el signo de la flor de lys. La decoró con grabados e inscripciones religiosas en donde se han querido ver toda clase de interpretaciones jeroglíficas donde solo había devoción piadosa. Había incrementado en mucho su fortuna, que usó generosamente desprovisto de toda ambición y de hijos a los que sostener, haciendo grandes donaciones y financiando la edificación de hospitales, iglesias e instituciones benéficas, en sintonía con el desprendimiento que se supone debe caracterizar a un verdadero alquimista. Porque a esas alturas Flamel ya no era solo un Adepto de la alquimia y de su filosofía, sino el Gran Maestro de la misma, el descubridor de los grandes objetivos alquímicos. Los rumores de su fortuna crecen; para unos el origen es sin duda su descubrimiento de la piedra filosofal, para otros es su bufete de escribano, la escuela de escritura y el taller de edición de libros iluminados lo que le proporciona sus ingresos, junto a una sabia inversión de los bienes legados por Pernelle, mucho más de lo que necesita; tiene a su servicio varios copistas y entre su clientela se encuentran las mejores familias de París. A través del médico y consejero real, la fortuna de Flamel llega a oídos del rey, y se llega a decir que el rey Carlos VI de Francia le pidió oro a las arcas reales. La realidad es que ante los rumores de Flamel y sus misteriosas riquezas el rey ordenó una investigación en la que no se encontró nada de lo fantásticamente sugerido, sino un ambiente normal e incluso modesto donde destacaba el uso de vajilla de barro y enseres cotidianos. Nada de laboratorios sofisticados ni acúmulos de oro ni riquezas.

          Se especula que con el logro de la Piedra Filosofal y junto a Pernelle, elaboró también un elixir o tintura, la Panacea Universal, por la que obtuvieron ambos esposos la inmortalidad. A la muerte de Pernelle programó profusas exequias y tuvo que afrontar requerimientos y conflictos hereditarios por parte de la familia de Pernelle, por una clausula testamentaria de última hora, por la que otorgaba algunos derechos hereditarios a su hermana y sus hijos a la muerte de Flamel. Protección hereditaria en beneficio de Nicolás que supuestamente no necesitaba dado el extraordinario hallazgo que protagonizaron juntos y que sin embargo parecen prevenir posibles dificultades económicas a su querido compañero Nicolás. Ella recibió sepultura en el Cementerio de los Santos Inocentes y él 20 años después en el de Saint-Jacques-la-Boucherie. En homenaje a Pernelle, Flamel construyó y decoró una de las grandes arcadas del osario común en cementerio de los Santos Inocentes, y en el mismo año financió la reparación del portal de Saint-Jacques-de-la-Boucherie, representado en oración a los esposos al pie de la Virgen María, Santiago y San Juan.

          Se cuenta que el entierro fue ficticio y que al ir a exhumarlo se encontraron la tumba vacía, ante lo que se disparó la creencia de su inmortalidad, fabulando sobre su rejuvenecimiento insólito, y haciéndole recorrer mundo tras su supuesta muerte, en aventuras recopiladas y noveladas inventivamente por Paul Lucas (1664-1737). Deja de ser un personaje de la historia para convertirse en un personaje de ficción, citado desde en el Péndulo de Foucault de Umberto Eco, en El Código Da Vinci de Dan Brown, en El Secreto Egipcio de Javier Sierra, y hasta en el mundo de fantasía de Harry Potter de JK Rowling, así como por no pocos cronistas y novelistas que encuentran en su nombre y en el terreno de la alquimia un generoso e ilimitado espacio para la fabulación novelesca jugando con un trasfondo de supuesta historicidad.

          Su realidad histórica, auténtica, y su celebridad como escribano y librero bien trabajada y merecida, se ve distorsionada por la idea exagerada que se tuvo de su fortuna, y por las extravagancias fingidas sobre el origen de una opulencia solo conquistada al precio de muchos sudores y el noble uso de sus recursos e iniciativas. Fascinó tanto a sus contemporáneos que no se percataron de la sencillez de su existencia, a causa de su caritativa y piadosa prodigalidad. Fue en su trabajo inteligente, en su espíritu de orden y de sabia gestión económica y comercial, donde encontró la piedra filosofal. Hombre de fe y lleno de generosidad, pensaba que la caridad era un don de Dios recibido en el corazón como una calidad permanente, que le llevaba a amar a su semejante y a socorrerlo en la adversidad. Es pues este espíritu religioso de caridad el que animaba al artista laborioso, y lo que le hizo emplear su fortuna para aliviar a las viudas y huérfanos, fundar hospitales y reparar iglesias. Rico en la imaginación de la gente, dejó realmente una herencia modesta.

          Este piadoso cristiano murió el 22 de marzo de 1417 en su casa, ubicada en la esquina de las calles des Ecrivans y Marivaux. Curiosa reliquia de este viejo barrio demolido para la prolongación de la calle de Rivoli pero conservando casi por azar, la Torre de la Iglesia de Saint-Jacques-la-Boucheri, y la casa de Flamel. La vieja casa de piedra y madera de Flamel, ocupada desde largo tiempo por un tabernero de aguardientes que aún existía el 1 julio de 1852 y hoy reconvertida en un albergue restaurante que conserva su nombre como reclamo. No había nada notable en la casa; sin embargo, había conservado algo de su fisonomía de la Edad Media a pesar de las alteraciones del tiempo y la mano del hombre. Sus tres pisos antaño fueron sombreados por una marquesina, y todavía se percibía sus rastros; pero se veían allí las imágenes e inscripciones piadosas que adornan su fachada, y algunas interiores que, según el testimonio del Padre Villain, fueron robadas en 1756, tras las excavaciones llevadas a cabo en las subestructuras de la casa por intrigantes adeptos de la filosofía hermética que, bajo el pretexto de reparar a sus gastos las casas caducas que pertenecían a las iglesias, revolvieron todo para encontrar allí los supuestos tesoros enterrados que ya obsesionaron a otros investigadores en los siglos XV y XVI. Fue enterrado en la nave de la iglesia de Saint-Jacques-la-Boucherie. Su mujer Pernelle, había fallecido 20 años antes que su marido, el 11 de octubre de 1397, y fue enterrada en el cementerio de los Santos Inocentes, según su propio testamento.

          Merecedor Flamel de una estatua conmemorativa, muy al contrario, los sans-culotte (revolucionarios radicales franceses), en su lucha contra el absolutismo y la burguesía, dispersaron sus huesos, como los otros de ilustres difuntos que dormían en su entorno, bajo las bóvedas sagradas. Esta y no otra explicación ilusoria es la causa de su tumba vacía. Su estela funeraria, que se había hecho hacer en vida y que guardaba mientras en su casa como sano y desprejuiciado pensamiento de la muerte ya próxima, y que, según su última voluntad, se había agregado al pilar más cercano, sobre su sepultura, fue arrancado y vendido a una frutera de la calle Saint-Jacques-la-Boucherie, del que se sirvió mucho tiempo para machacar sus espinacas. Se creía que este pequeño monumento había sido destruido, cuando fortuitamente fue encontrado en 1847, por M. Dépaulis, en casa de un vendedor de curiosidades, dándolo a conocer a las autoridades y confirmándose su autenticidad. Primero se pensó sellarla en la torre de Saint-Jacques; pero finalmente enriquece el museo de Cluny de París.

          El testamento de Nicolas Flamel, mucho tiempo olvidado, se conserva en la Biblioteca Nacional Francesa y varios siglos después fue transcrito al francés para su plena comprensión. Su lectura no encierra nada que permita vislumbrar su singular sabiduría alquímica, sino que de un modo monótono y protocolario describe las diferentes donaciones a iglesias para celebrar misas según criterios precisos de la ceremonia.

          Se le atribuyen varios manuscritos alquímicos y herméticos: el Libro de las figuras jeroglíficas, el Sumario filosófico, el Libro de los lavamientos o el Deseo deseado. Pero una cita muy poco sospechosa de anti-alquimista como Fulcanelli (seudónimo que encierra una personalidad o grupo anónimo de autoría de libros de alquimia del siglo XX) indica que el famoso libro de las figuras jeroglíficas y otros que le son atribuidos, eran un pastiche o plagio apócrifo fabricado después con propósito de presentarle como original de Nicolas Flamel. Así, algunos manuscritos se fabricaron en el siglo XVII y XVIII, siguiendo las descripciones supuestamente dadas por Flamel en su manuscrito y luego impresas como libros suyos. Todo es realmente pura invención, dice Fulcanelli, y ningún bibliógrafo puede atestiguar la existencia de un libro original que contenga las figuras jeroglíficas, de modo que nos vemos obligados, dice el propio Fulcanelli, a concluir que esto es un trabajo inexistente que solo se presume. Pirueta y triple salto alquímico al contra-argumentar que la personalidad que estaba detrás de Fulcanelli era la del propio Nicolas Flamel para camuflar sus extraordinarios logros alquímicos.

          Fulcanelli también afirma que la peregrinación a Compostela es pura alegoría, un viaje simbólico que debe ser emprendido por todos los alquimistas para su transformación interior. Esa es la metáfora que interpretan los alquimistas como un grado de sabiduría, pero que no sirve para esconder que Flamel es un producto concebido y manipulado hasta convertirlo en lo que nunca fue.

          En el siglo XVIII, el párroco de Saint-Jacques-la-Boucherie, padre Villen, abochornado por la sombra proyectada tras la muerte de Nicolas Flamel y su mujer Pernelle, recopila todas las escrituras, registros, documentos debidamente autenticados y escribe en 1761 un libro titulado “Histoire Critique de Nicolas Flamel Et de Pernelle Sa Femme”, donde acredita que el origen de los bienes materiales del matrimonio, no son fruto de un portentoso hallazgo, sino plenamente justificables y cuantificables, en ningún caso fruto de un enriquecimiento brusco y desmedido, sino producto de una labor intensa y buena gestión de sus recursos.

          Ni enseñanzas del maestro Canches, ni Camino de Santiago, ni libro de jeroglíficos, ni hallazgos alquímicos, ni transmutación de metales por una Piedra filosofal, ni inmortalidad por Panacea universal. Nada de esto existió sino en la iniciativa de un escritor fantasioso que dejó escrito que lo hacía todo para divertir al lector, legítimo objetivo literario del novelista.

          ¿Es posible la conversión en oro a partir de mercurio o plomo?. Oro, mercurio y plomo son, en suma, elementos simples, compuesto por átomos formado de electrones alrededor de un núcleo de protones. Por tanto la Química y la Física modernas pueden lograr la pretendida conversión de los alquimistas. No sería por la quimérica piedra filosofal, sino con la mediación de un sofisticado acelerador de partículas y de reacciones nucleares. El inconveniente de este proceso, inaccesible por otra parte a los alquimistas de los siglos XIV y XV, es que cada átomo de oro producido costaría millones de veces más que el de su valor comercial.

          Como reflexión final, Nicolas Flamel merece una rehabilitación histórica que lamentablemente es imposible esperar hoy. No por eso voy a dejar de plantear mi conclusión y luego haga cada cual de su capa un sayo. Flamel nunca fue alquimista, ni manejó una redoma ni un matraz. No invirtió sus horas ni sus años en interpretar jeroglíficos ni símbolos, ni en buscar quimeras filosóficas ni panaceas curativas, sino en la noble labor de la escribanía, en crear una escuela de escritura y contra el analfabetismo de su época y de copia de textos en tiempos que no conocían la imprenta, en desarrollar un taller para la edición de libros ilustrados. Fruto de su continua laboriosidad compartió sus bienes con los pobres, prodigó donativos y obras benéficas, levantó edificaciones y ornamentos eclesiásticos que reflejaban su fe y su caridad. Colaboró con la cofradía de Santiago del barrio de la Boucherie de París y mostró su fe y devoción en el Apóstol Santiago de Galicia, donde no peregrinó ni física ni simbólicamente como un alquimista que nunca fue ni ambicionó ser. Mi admiración y respeto por el escribano parisino Nicolas Flamel.

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32- Hermann Künig von Vach y el culto jacobeo en Alemania medieval

          El culto a Santiago en la cultura alemana tiene una larga tradición cuya mención se encuentra ya documentada en el siglo IX. En el siglo X se inscribe el 25 de julio como el «día de Santiago» en el calendario bávaro, y surgen las peregrinaciones a Santiago, proliferando alojamientos para peregrinos en Duderstadt, Erfurt y Frankfurt. En el siglo XIII existen ya más de 500 iglesias consagradas a Santiago. En los siglos posteriores, las regiones situadas a lo largo del Rin, las ciudades de la actual Suiza, Baviera y el Tirol se convierten en los puntos principales de culto jacobeo. El Apóstol pasa a ser el patrón de distintos gremios y se fundan numerosas hermandades jacobeas.

          Las primeras citas son del siglo X, como el de 930, un peregrino tullido del Monaterio de Reichenau, o el del franco-germano Bretenaldo. Incluso se han descubierto tumbas de peregrinos enterrados con conchas de vieira en sepulturas alemanas que parecen anteriores al siglo X. Será en el siglo XI cuando se da la gran eclosión de la peregrinación alemana. En 1072 tiene lugar una de las más famosas, la del arzobispo Sigfrido I de Maguncia. También por esos años peregrina con gran devoción el conde Eberhard de Nellenburg, que abrazó la vida monástica y alcanzó la condición de Beato. Después fue Konrad, conde de Wittelsbach, asimismo arzobispo de Maguncia (1164); luego la condesa Sofía de Holanda (1176) y Heinrich der Lówe en 1182. A partir de aquí serían burgueses, patricios y mercaderes quienes emprenderían el difícil camino hacia el sur, con abundante seguimiento y popularidad hasta la frontal oposición de Martín Lutero en el siglo XVI en el seno de su reforma protestante.

          Durante el largo viaje solían entonar cantos jacobeos o jacobslied, de los que perviven letras que expresan una gran devoción jacobea. Los peregrinos germanos contribuyeron señaladamente a la popularizaron del rito de la coronación del peregrino por el que colocaban en sus cabezas la corona metálica de la estatua románica de Santiago sobre el Altar Mayor de la catedral, como gesto de agradecimiento y satisfacción tras el largo esfuerzo. El rito es descrito por Arnold von Harff, mencionando las burlas que dicho hábito provocaba entre el resto de los romeros y que derivó en poner al apóstol el sombrero del propio peregrino, un rito emparentado con el del abrazo a la figura del apóstol en el camarín del altar mayor, que no tuvo mucho arraigo y terminó por desaparecer, permaneciendo el del abrazo.

          Entre los más célebres alojamientos de peregrinos en su viaje a la tumba del apóstol Santiago se cuenta el «Kompostellhof» en Frankfurt, inicialmente fue sede de la orden de caballería alemana y más tarde, a partir del siglo XV, residencia del elector de Maguncia, siendo mencionado en «Dichtung und Wahrheit» (Poesía y verdad), de Goethe. El complejo de edificios sufrió graves daños durante los ataques aéreos de 1944 y luego fue demolido.

          El Camino de Santiago tuvo, pues, en Alemania una gran historia en que el culto religioso o la expiación de una culpa lo que movió a la gente hacia Galicia en un viaje de unos 2500 km que exigían varios meses de peregrinación. Existieron relatos de viaje de peregrinos alemanes, y entre los más famosos los del caballero Arnold von Harff de Colonia (1499) y sobre todo los del monje Hermán Künig von Vach (1495).

          El noble Arnold von Harff de Colonia, con veinticinco años realizó una larga peregrinación a las más destacadas metas del cristianismo: Roma, Jerusalén y Santiago que afrontó en más de tres años de peregrinación. Su diario de viaje constituye un gran ejemplo de literatura odepórica, donde él mismo testimonia su doble motivación: “Para consuelo y salvación de mi alma […] pero también para conocer las ciudades, los países y las costumbres de los pueblos”. En cuanto al itinerario, partió de Venecia siguiendo una ruta terrestre hasta entrar en España por Saint-Jean-Pied-de-Port, cruzando los Pirineos hasta Roncesvalles y seguir después el clásico Camino Francés hasta Compostela y llegando luego hasta Finisterra.

          Pero sin duda el relato alemán más famoso es el de Hermann Künig von Vach, monje que escribió en 1495, en Estrasburgo, una guía de peregrinación dirigida fundamentalmente a sus compatriotas pero que durante el siglo XVI fue muy utilizada por los viajeros centroeuropeos. La terminó de escribir en el año 1495, en verso, con el título Die Walfart und Strass zu Sant Jacob, siendo editada varias veces y, últimamente, con «gran esmero», por K. Haebler, Das Wallfahrtsbuch des Hermannus Kunig von Vach un die Pilgerreisen der Deutschen nach Santiago de Compostela, Strassburg, 1899. Luego se hicieron traducciones en los distintos idiomas europeos.

Los primeros versos de la obra son una verdadera declaración de intenciones:

Yo, Hermann Künig, von Vach,
quiero, con la ayuda de Dios,
hacer un pequeño libro
que ha de llamarse «Camino de Santiago»,
En él quiero describir caminos y senderos,
y cómo ha de procurarse comida y bebida
cada uno de los hermanos de Santiago
y también citar las felonías de los taberneros”.

          Se considera “La clásica peregrinación alemana a Compostela” por excelencia y brinda información valiosa sobre la naturaleza de caminos y sendas, distancias, los lugares sagrados o de avituallamiento, los tipos de cambio de moneda, los derechos de aduana y las ocasiones donde pueden ser engañados, las comidas, los albergues y hospitales, los anfitriones y su amabilidad u hostilidad hacia los alemanes y muchos más consejos a sus paisanos. Aunque el texto es de una modesta calidad literaria, su información práctica proporciona consejo valioso sobre los problemas cotidianos de la peregrinación de esa época.

          Su itinerario comienza en Suiza, en el santuario de Nuestra Señora de Einsiedeln, un centro de peregrinación al sur del lago de Zúrich. En el viaje por recorrer, describe lo que él llama “Obere Strasse” o Camino Alto, tal vez porque comienza desde la Alta Alemania y cruza los Alpes al comienzo de su curso; en oposición a la “Niederstrasse” o Camino Bajo, que describe en el viaje de regreso, retornando a Burgos y desviando luego por el túnel natural de San Adrián, y que después de haber cruzado el oeste de Francia y los Países Bajos, regresa a Alemania por Aquisgrán.

          En cuanto al itinerario por España, entra por los pirineos por Roncesvalles y sigue básicamente el Camino Francés pero con dos variantes en las provincias de León y Lugo. En la primera de ellas, en el trayecto entre León y Astorga, Künig recomienda dejar el itinerario calixtino y no pasar por Astorga sino desviarse a mano derecha para llegar al Bierzo sin pasar montaña alguna. La descripción es bastante precisa. Advierte el monje que desde León se pueden tomar varias opciones: una subir hacia San Salvador (Oviedo), otra alternativa es caminar hacia Astorga y la tercera, que él recomienda, es que al llegar a un otero o colina con un crucero de piedra (San Martín), el camino se bifurca. Si vas a la Izquierda llegas a Astorga, “pero si sigues mi consejo, gira hacia la derecha aquí y no tendrás que subir las montañas, estas todas quedan a la izquierda. Mi consejo es evita Rabanal“. Así el peregrino sale de San Martín del Camino y tomar la ruta de Santa Marina del Rey y Benavides, y entra en el valle del Tuerto por Cogorderos o sus proximidades, para cruzar la Cepeda y entrar en el Bierzo por el valle de Tremor, concretamente a Cerezal de Tremor, siguiendo desde allí hacia Ponferrada.

          De este modo, frente a las cotas de 1500 metros de altura del paso de Foncebadón, Künig opta por un paso cercano a Brañuelas al que se accede, en suave ascenso, sin cruzar montañas y a una cota de unos 1100 metros, en territorio ameno y bastante poblado, tal como dejó escrito el monje alemán. La ruta, además de una orografía más asequible, atraviesa lugares que entonces eran relevantes; Santa Marina fue un importante lugar en que llegaría a residir el obispo de Astorga; y Benavides tuvo un notable poderío local, y en Cogorderos hubo un monasterio medieval bajo la advocación de Santiago. De este modo, dice el propio Künig: “esta ruta te llevará pronto a Bonfotat (Ponferrada) [….] y deja Astorga a tres millas a tu izquierda. Irás a través de un poblado tras otro, hay buena gente aquí, el viaje es seguro y te darán gozosos comida y bebida“.

          Y el segundo caso consiste en que, después de pasar Villafranca del Bierzo, Künig propone no subir por La Faba hacia O Cebreiro, sino dejar esta subida a la izquierda y tirar cruce a la derecha, pasando así por As Nogais, Becerreá, Baralla y O Corgo llegando tras unas 10 leguas a Lugo, en la que cita sus baños y su singularidad romana.

          Despacha rápidamente el paso por Santiago de Compostela, e inicia de inmediato el camino de retorno por la que denomina “vía baja”, desviándolos, desde Burgos, por el famoso túnel natural de San Adrián en el que actualmente se denomina Camino Vasco del Interior.

          “y llegando a Aquisgrán, allí confesarás tus pecados y darás gracias a Dios y a María por haber podido regresar con buena salud. Servirás a Dios y a María con piedad, para que disfrutes de la gracia que muchos hombres de tierras lejanas buscan obtener. María nos protege del castigo eterno y nos muestra su gracia, pobres pecadores, para que podamos morir de muerte eterna, pero para que podamos mirar eternamente a Dios, a Santiago, a todos los santos ya nuestra Santísima Virgen. Amén

Y finalmente concluye:

          “Yo, Servita de María, Hermann Künig von Vach, he compuesto este folleto llamado Camino de Santiago. ¡Que Dios nunca me deje morir y permanezca siempre cerca de Él! Lo escribí en el año 1495, el día de Santa Ana. ¡Que Dios nos preserve del castigo eterno! Amén”.

 

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