23- San Veremundo, abad de Irache y protector de peregrinos

          Santo Domingo de la Calzada o San Juan de Ortega son nombres y lugares muy populares y conocidos para el peregrino jacobeo, pero confieso que nada sabía de San Veremundo hasta encontrarme con él en la Iglesia de Nuestra Señora de la Ascensión de Villatuerta (Navarra), en el monumento que hay en la plaza frente a este templo. Allí encontré también una fuente que además de calmar mi sed y llenar mis reservas de agua, muestra al caminante una inscripción que nos anuncia el papel de este emblemático personaje y su vinculación con esta tierra y con el monasterio de Irache.

          Mis pasos dejaron hoy muy atrás Puente la Reina y su monumental puente románico sobre el Arga, así como Mañeru, Cirauqui y Lorca, antes de llegar a Villatuerta, a cuyo casco antiguo se llega tras atravesar el río Iranzu por su puente románico de dos ojos del siglo XIII. Allí encontramos la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción y su entorno, en donde nos recibe la talla de San Veremundo y se percibe enseguida que se trata de una figura histórica de mucho renombre y querencia en la zona. No en vano es el patrono del Camino Navarro de Santiago. Su memoria es elogiada así en el Martirologio Romano: En la población de Estella, en Navarra (España), san Veremundo, abad de Irache, el cual, habiendo abrazado desde joven la vida monástica, estimuló a sus monjes a buscar la perfección con su ejemplo y con ayunos y vigilias. († c.1095).

Y en la mencionada fuente puede leerse:

Bebed agua peregrino
Tomad descanso y dejad sed
Y en próxima etapa sabed
Que os dará fuerza y buen vino.

Aquí Nació San Veremundo
Que en Irache fue su abad
Pedid su gracia y marchad
Haciendo amor el Camino.

          Cobra sentido lo leído sabiendo que poco después vendrá Estella, donde terminaré hoy mi caminata, y en cuyo albergue municipal “Hospital de Peregrinos de Estella” hay otra talla de San Veremundo que subraya la importancia que tiene allí su figura; y en la jornada de mañana, poca después de Estella viene Ayegui, a los pies de Montejurra, con la Fuente del Vino y el monasterio de Irache a los que hace alusión expresa el escrito en piedra junto a la fuente de Villatuerta.

          Veremundo nació en el año 1020, parece que de una familia bien situada. No se conoce con seguridad el lugar de nacimiento, y Villatuerta y Arellano se disputan el honor de haber sido su cuna natal, posiblemente porque su padre fuera natural de uno y su madre del otro, y él permaneciera vinculado a ambos. Pero hay constancia que el propio santo afirmó que desde la ventana de su habitación en el monasterio de Irache veía su pueblo, que no podría ser otro que Villatuerta.

          Hacia el año 1032, siendo todavía muy joven, ingresó en el monasterio benedictino de Irache del que era abad su tío Munio, y pronto, tras adquirir los hábitos, le nombró portero del monasterio, que era el encargado de repartir la comida a los pobres y desvalidos que acudían pidiendo amparo. Allí fue donde alcanzó renombre como monje ejemplar destacando sobremanera su amor y su labor en beneficio de los pobres. Las crónicas cuentan que siendo portero de la abadía, distribuía con generosidad comida entre los pobres, y como cada vez eran más los que acudían, cierto día en que llevaba muchos panes envueltos en su túnica, el abad Munio, buscando poner freno a su excesiva generosidad que menoscababa los bienes del monasterio, le preguntó qué llevaba, “astillas para hacer fuego calentar a los pobres”, respondió el santo. Cuando el abad ordenó a Veremundo que abriera su túnica, los panes se habían transformado en “astillas”, con lo que Dios mostraba que el gesto era agradable a sus ojos. El bellísimo relato es mucho más que una leyenda piadosa, es una clara huella que refleja una actitud sobre una realidad social, que se debe analizar no por la veracidad de sus detalles legendarios, sino por el fundamento real y objetivo de su contenido: Veremundo prestaba ayuda y asistencia mirando más al necesitado que a las normas del monasterio.

          A la muerte de Munio, Veremundo, a pesar de su juventud, será elegido para sucederle como abad, y fue durante su mando que el monasterio de Irache alcanzó su máximo nivel de auge y prosperidad, ya que por sus acertadas gestiones y sabia administración, sus méritos, su preparación intelectual y sus dotes de prudencia le llevó a ser consejero y amigo de los reyes de Navarra, lo que le valió muchas donaciones y privilegios reales, en modo que multiplicó el número de pequeños monasterios de iglesias y de villas que se incorporaron a su dominio. Irache se constituyó en centro de espiritualidad y cultura, desde Nájera a Pamplona. Defendíó el uso del rito hispano-mozárabe hasta la imposición del rito romano. El rey Sancho Ramírez concedió en 1087 el privilegio, extensivo en toda la comunidad monástica de Irache, que la palabra de un monje fuese considerada como prueba en un juicio. Tras una época de gloria, el apoyo de la corona disminuyó con la fundación de Estella por el rey Sancho Ramírez (1090), que relegó a segundo plano a Irache. Vermudo murió el 8 de marzo de 1092, día en que se instituyó su festividad, tras ser canonizado en 1163 por el papa Alejandro III. En 1614 el obispo de Pamplona autorizó una romería anual en Arellano y Villatuerta, y hoy goza de una gran popularidad en toda Navarra, en donde es célebre el dicho “Mientras el mundo sea mundo, el ocho de marzo San Veremundo“.

          Aunque los testimonios de su biografía son tardíos, desde muy antiguo se atribuye a Veremundo facultades taumatúrgicas de realizar fenómenos considerados sobrenaturales más allá de las aptitudes humanas, reconociéndosele un don extraordinario, como un mago o un santo. Así profetizaba hechos futuros, provocaba lluvias y buenos climas para las tierras, expulsaba los demonios a través de exorcismos, curaba toda suerte de enfermedades, y estos y otros hechos admirables le ganaron fama en vida y culto después de muerto. 

          Se le atribuye el don de hacer milagros, como salvar de morir ahogado a un labrador que le invocó mientras era arrastrado por la corriente del Ega, o apagar con la oración el fuego que unos desalmados habían encendido en las mieses del monasterio, o dejar paralizados a unos ladrones hasta que reconocieron su culpa y pidieron perdón al santo. Un milagro famoso que se cuenta es que en una ocasión de hambruna en que unas tres mil almas de los contornos acudieron hambrientas pidiendo alimento, Veremundo, conmovido, se postró ante el altar y suplicó socorro al cielo; en ese momento descendió del cielo una hermosa paloma blanca que revoloteando sobre los hambrientos, los dejó milagrosamente saciados. Tal vez sea la forma de convertir en milagro su reconocido gesto de abrir las despensas del monasterio a peregrinos e indigentes que necesitaban ayuda. Siempre la tradición ha mostrado la tendencia a magnificar con explicaciones sobrenaturales actitudes que obedecen a una conducta generosa y admirable.

          Muy devoto de la Madre de Dios, los monjes decían que hablaba con la imagen que tenía a la iglesia del monasterio. El esmero y pulcritud en la recitación exacta y reverente del Oficio Divino, las oraciones que los monjes hacen en el coro varias veces al día, le mereció la aprobación y alabanza por parte de la Santa Sede.

          Pero lo que más popularizó su fama es ocuparse especialmente de los peregrinos que se dirigían a Santiago de Compostela a los que atendía con esmero en el hospital de peregrinos de Irache fundado algunos años antes por su tío, pero que él mejoró, convirtiéndose la abadía en etapa indispensable de los peregrinos jacobeos hasta la fundación de Estella en 1090, fecha a partir de la cual, en este y otros capítulos, descendió la trascendencia del monasterio de Irache. La memoria de esta época de asistencia y dedicación al peregrino fue motivo para que en el año 1969 fuese declarado patrón del Camino de Santiago en Navarra.

          Veremundo murió y fue enterrado en Irache, donde se conserva su sepultura. En 1583 se trasladaron sus restos, como resultado de un voto por la curación de una enfermedad que había hecho el abad Antonio de Comontes, que hizo instalar las reliquias en una urna preciosa que permaneció hasta el siglo XVIII en la sacristía. El papa Pablo V permitió el culto en 1614, confirmado por Inocencio X el 1646. En 1657, los restos se colocaron en una nueva arca de plata con relieves.

          Tras la desamortización de 1835, las reliquias se llevaron a la iglesia de Ayegui. En 1839 los monjes abandonan el monasterio y para mantener el culto a las reliquias, éstas se llevan finalmente a Arellano y Villatuerta. Como no estaba claro el lugar de nacimiento del santo, los dos pueblos acordaron alternarse, cada cinco años, la custodia del relicario, haciéndose este traslado el 3 de septiembre, festividad en los dos pueblos; la fecha se conmemora con una procesión que hace paradas en Irache y en el pueblo de Dicastillo.

          La urna, tras permanecer un lustro en Arellano, pasa otros cinco años en Villatuerta, donde cada 8 de marzo se celebra un relevante festejo local incluyendo una procesión de la imagen del santo y de sus reliquias por las calles del lugar, con momentos rituales de culto a las reliquias y distribución de panecillos benditos en honor al santo, junto a otros actos mas populares y festivos.

          Bebo mi agua meditando en el valioso papel de este santo en favor de los pobres y singularmente de los peregrinos, y al pasar por Irache me detengo un rato en la fuente de vino y brindo en su memoria. Buen Camino a todos, que el Apóstol nos proteja y San Veremundo nos ayude.

 

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3- Tentaciones y Perdones entre Zariquiegui y Uterga

          Con las primeras luces del día dejo Pamplona a mis espaldas y en Cizur Menor aún amanece a mi paso: salvo la lluvia, que si ha despertado, y de amenaza se convierte en franca realidad, obligándome a cubrirme con la capa de aguas. Por fortuna no será por mucho tiempo y con el ascenso hacia Zariquiegui vuelve a escampar permitiendo contemplar la excelente panorámica que va dejando Pamplona en la retaguardia.

          Acontece en este tramo ya en franca subida una anécdota que guardaré siempre entre mis recuerdos dorados. El cansancio me invita a detenerme en un banco que parece puesto para mí, junto a una cruz en memoria de un peregrino belga que murió en el Camino. Un trago de agua, unos pocos minutos para recuperar el resuello y continuo enseguida sin percatarme que he dejado olvidado allí mi querido bordón Teodomiro; inicio el retorno para recuperarlo cuando un peregrino coreano que conocí en Roncesvalles y que camina con su familia, me detiene y me interroga, y no se bien como le explico el olvido. Me marca un stop con la mano y manda a su hijo a recogerlo; juventud divino tesoro, lo hizo a la carrera en un santiamén; a cambio le hice un sencillo obsequio: un marca-libros jacobeo. No quería cogerlo pero ante mi insistencia esperó a que su padre asintiera con un gesto de cabeza para aceptarlo. Creo que ninguno de los dos olvidaremos el momento.

          Llego a Zariquiegui ya con un día soleado que se ha liberado de nubes y lluvias, y me recibe la magnífica planta del templo románico de San Andrés, que visito e inmortalizo antes de realizar un buen tentempié que refuerce mis energías para culminar mi subida a la Sierra del Perdón. Todavía en el propio pueblo las calles acentúan su pendiente y al abandonarlo ya estás en el último e intenso tramo de subida hacia al Alto del Perdón, con rampas constantes aunque no excesivas. El paisaje, de gran belleza, a medida que gana altura nos va mostrando distintas aldeas en el horizonte. Y en lo alto aparecen como una muralla, los modernos molinos de viento. ¿Qué vería hoy en ellos Don Quijote?.

          Llegan entonces dos puntos del Camino que son protagonistas del relato de hoy, dos puntos próximos entre sí y emblemáticos del Camino de Santiago, esos lugares que aunque en parte esperas, desbordan tus expectativas. Aparece por mi izquierda una mítica fuente con leyenda; la Fuente de la Reniega que ahora llaman de Gambellacos, como se lee en su inscripción. Cuenta su relato que acometiendo la subida hacia el Alto del Perdón en una jornada de intenso calor, se le aparecía a un caminante el diablo con apariencia humana. Ante el momento de gran vulnerabilidad por la falta de agua, buscaba tentarle para ganar su alma, y viendo su intensa sed le ofreció toda el agua fresca que deseara con la sola condición de que renegase de Dios. A pesar de que el caminante estaba extenuado y sediento, rechazó su oferta con rotundidad, pues su fe era grande.

          Insiste el diablo pensando que vencerá la resistencia inicial del peregrino en una segunda acometida, y volvió a tentarle entre sonidos envolventes de agua fluyendo por un cauce y goteando sobre una superficie ondulante, mientras le decía que aliviaría su sed simplemente con renegar de la Virgen María; nuevamente el peregrino rechazó la oferta porque su devoción era grande.

          Por tercera vez, como suele hacer el diablo antes de darse por vencido, decidió tentarle una vez más, ante suculentas imágenes flotantes de cascadas de apetecible agua, le decía que su sed quedaría calmada como nunca y que podría refrescar su seco gaznate si renegaba del Apóstol Santiago, y el peregrino volvió a rechazar la oferta con mayor énfasis, y entonces, con gran ansiedad, pidió ayuda a su Dios, para escapar de estas tremendas tentaciones que empezaban a debilitar sus fuerzas y le hacían temer ante una nueva tentación.

          Fue entonces cuando el diablo desapareció escondiéndose ante su fracaso, y el mismo Apóstol Santiago fue al encuentro del caminante y le guio hasta una cercana fuente, la fuente de la Reniega desde entonces, dónde le dio de beber con la propia vieira del Apóstol.  Y se dice que desde entonces la “Fuente Reniega” no ha dejado de surtir agua en alivio de todos los peregrinos que llegan exhaustos a los últimos tramos de la subida al Puerto del Perdón, y quienes beben de su agua podrán proseguir su ruta sin tentación a abandonarla.

          Sin embargo a mi paso corre un fino hilo de agua del caño, casi a gotas, y aunque me hubiera gustado beber me parece insalubre y arriesgado hacerlo de modo que continúo hacia la cima mientras se hacen presentes numerosos molinos de viento que ahora llaman aerogeneradores.

          Por momentos el sendero se acentúa entre arbustos espinosos y matojos de acacias, hasta irse allanando y desembocar en una cima a la que llego sintiéndome liberado de posibles tentaciones. Es el inconfundible Alto del Perdón, considerado, entre otros parajes del Camino, un lugar emblemático y mágico, y cuyo nombre evoca la perdonanza grande y universal que conlleva la gracia jubilar de la peregrinación a Santiago de Compostela.

          Es un lugar para relajarse, aparcar un rato la mochila, hacerse unas fotos junto al monumento a la peregrinación que en 1996 han situado frente a una espectacular panorámica. Se trata de una obra realizada en chapa por Vicente Galbete, que representa una caravana de peregrinos de distintas épocas como alusión a la evolución del Camino y de las peregrinaciones a lo largo de su historia. El lema que remata la obra resume, en gran medida, el espíritu del lugar: “Donde se cruza el camino del viento con el de las estrellas”. En este espacio hubo antiguamente una ermita y un hospital de peregrinos dedicados a la Virgen del Perdón, tal y como recuerda un pedestal.

          En ese espacio que divide la cuenca de Pamplona y el valle Valdizarbe, respiro hondo, disfruto de la soberbia panorámica que a abre ante mí, y tomo unos frutos secos y unos tragos de agua en memoria del peregrino fiel que superó las tentaciones del mismísimo diablo que busca sus presas por este y otros caminos del hombre.

          E inicio una exigente y dura bajada que me dirige primero hacia Uterga, y después hacia Eunate, hacia Obanos y hacia Estella, pero ese será ya otro relato…  En este tramo, como en otros tantos del Camino de Santiago, se acumulan los escenarios y las vivencias que hacen soñar, volar con la mochila a cuestas, admirar lugares, paisajes y rincones que despiertan nuestras emociones y nos hacen reír y llorar al mismo tiempo…

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19- Camino de Cruces y Aquelarres entre Roncesvalles y Burguete

          Empieza a clarear el día cuando, tras un buen desayuno en la Posada de Roncesvalles, inicio la jornada peregrina de hoy. Junto al cartel que anuncia los 790 km a Compostela intercambio cámara con un peregrino en bici vascofrancés, yo le fotografío a él, y el a mí, y queda su bicicleta como testimonio común de ambas instantáneas. Será el primer tramo de esta jornada en el que ahora quiero atender expresamente a la presencia de dos cruces de piedra y entre las dos, un denso bosque lleno fuerzas dormidas que contemplan mi paso con benevolencia.

        Ambas cruces vienen a marcar el comienzo y el final del llamado Bosque de Sorginaritzaga o Robledal de las Brujas por el que transcurre el Camino de Santiago entre Roncesvalles y Burguete. Un cartel casi al final de la floresta nos explica la razón de este apelativo: “En este bosque, cuyo significado es Robledal de las Brujas, fue donde se celebraron algunos de los más conocidos aquelarres del siglo XVI, que motivaron una sonada represión que acabó por llevar a la hoguera a nueve personas de la zona”. Este enjambre de árboles, matojos y helechos constituyendo un espeso manto vegetal por el que inicio a sumergirme, fue escenario, en siglo XVI, donde se celebraron afamados aquelarres y conciliábulos de brujas, nigromantes y hechiceras de los que las crónicas dicen que festejaban con disipación y desenfreno su pandemónium revestidos con feos ornamentos negros y sucios, untándose el rostro y los brazos con ungüentos maléficos, comiendo víctimas inmoladas en sus liturgias negras, cantando y entonando sones y ritos pérfidos, crueles y malsonantes, que acompañaban de danzas macabras y voluptuosas, que culminaban con una orgía mancomunada ayudándose de la desinhibición y osadía que provocaban con el consumo de plantas en infusiones, pócimas y brebajes de poderes alucinógenos y afrodisíacos: estramonio, mandrágora, beleño y belladona. Las pesquisas y redadas inquisitoriales motivaron persecuciones, detenciones y quemas en la hoguera de las brujas, entre Roncesvalles y Burguete, entre otros lugares de Navarra. En la iglesia de San Nicolás de Bari de Burguete permanecerían colgados los “sambenitos”, como símbolos de la infamia.           Al franquear aquel exuberante boscaje, en otro tiempo aislado, de difícil acceso y asiduamente cubierto de neblinas y brumas, se intuye en el ambiente un husmo mágico que traslada nuestro inconsciente al ámbito de aquellos supuestos excesos perversos y aquellos castigos expiatorios. Con el fin de purificar el lugar y dotarlo de una protección divina, se levantaron algunas cruces y acaso sea este el origen de la Cruz Blanca que encontramos al final del bosque y a la que luego me referiré. Pero cuando el peregrino llega hasta allí, aunque la distancia no es mucha, es lo suficiente para comprender que la magia que rezuma este bosque no tiene nada de maldita, que sin duda fue la imaginación malsana de algunas gentes quienes atribuyeron poderes maléficos y acciones perversas a aquellas simples curanderas que vivían en tales parajes aislados, donde recogían sus plantas y elaboraban sus remedios medicinales. Fue la inventiva resentida y envenenada la que avivó la persecución y la hoguera. Hoy el peregrino, inhalando la magia pacífica y bienhechora de aquel bosque entre aquellas dos cruces cargadas de sabor y de historia, descubre la paz salvaje de la naturaleza de aquellos contornos.

          Este tramo de ensueño entre Roncesvalles y Burguete que Ernest Hemingway catalogó como “el territorio más malditamente salvaje de los Pirineos”, es un lugar de fascinante belleza e historia, pueblos nacidos al calor del Camino de Santiago para dar servicio a los peregrinos que llegaban de Europa atravesando los Pirineos. A su paso dejaron miles de historias que se suman al pasado fulgurante de estas tierras, por las que desfilaron las legiones romanas en sus campañas hacia Hispania o donde los vascones derrotaron a Carlomagno en el siglo VIII.

          Saliendo por el sur de Roncesvalles hacia Burguete y apenas a trescientos metros de dejar a nuestra espalda su Real Colegiata, aparece la primera de las dos cruces, en el borde oriental de la carretera de Francia encontramos este crucero gótico conocido como Cruz de los peregrinos, también llamada “Cruz Vieja”, enmarcada entre robustas hayas y habitualmente en penumbra. Ocupa ese emplazamiento desde que en 1880 decidiera colocarla allí el Prior don Francisco Polite, lugar de oración, recogimiento y marco mítico y sacro para dejar recuerdos, signos y pequeñas cruces improvisadas, al igual que sucede en otros lugares del Camino.

          Este no era su emplazamiento ni su conformación original, pues la cruz actual, junto a algunos elementos modernos, incluye materiales más antiguos a su reubicación, lo que nos habla de que encierra valores históricos anteriores. Bien merece conocer detalles de su diseño y de sus valores artísticos e históricos.

          Sus elementos se conjugan hoy a partir de piezas de tres distintas épocas. Su base se forma por un rústico podio cuadrangular de tres niveles a modo de pequeña escalinata sobre la que apoya una columna prismática rectangular de poca altura de construcción probablemente moderna, quizás del siglo pasado. A la columna se adosa un capitel del renacimiento barroco de mediados del siglo XVI. Finalmente la cruz propiamente dicha que corona el monumento con molduras sencillas y extremos florenzados, es decir, que sus extremidades acaban en forma de cabeza de flor de lis.

          El capitel parece estar vinculado a la fundación de la Colegiata. Contiene dos rebajes, uno a cada lado, en donde hay labradas dos figuras en bajo-relieve de cabezas coronadas, que una porta una espada y la otra un libro, lo que sugiere tratarse de un matrimonio real, muy posiblemente los fundadores de la Colegiata, Don Sancho VII el Fuerte y su consorte Doña Clemencia.

          La Cruz florenzada es de forma griega, de brazos iguales rematados en flor de lis. En el centro figura un Crucificado de forma hierática, grave, rígida y sin expresión, de brazos rectos y cabeza levantada, de formas desproporcionadas y algunas características que permiten situarlo antes del siglo X. En la parte inferior de la cruz, hay labrada una imagen de la Virgen también con signos que revelan una notable antigüedad. La cruz descansa sobre un baquetón rectangular a modo de pedestal, y con una inscripción considerada de lectura imposible por su desfiguración con el tiempo. El canónigo de Bayona Jean Baptiste Daranatz hizo un fotograbado de la misma que permitió mejor análisis e interpretación.

          Se trata de letra monacal, es decir gótica de los siglos XIII, XIV y XV, que como era costumbre en la época usa con mucha frecuencia las abreviaturas y palabras cortadas, y cuyo estudio paleográfico orienta a que su traducción puede guardar una relación carolingia, según Agapito M. Alegría: «Esta Cruz se colocó en otro tiempo por Carlo Magno en la casa-hospital de Jesucristo situada en Ibañeta». El mensaje es por tanto muy posterior a la cruz, pues aunque sobre la inscripción figura la leyenda ANO MCCCLXVI (año 1366), los rasgos arqueológicos son claramente anteriores al siglo XIV, con signos evidentes de tratarse de una cruz románica o bizantina, y se trataría en tal caso de la cruz que Carlo Magno mandó colocar en la cumbre de Ibañeta a fines del siglo VIII o principios del IX, la llamada «Crux Caroli». Crónicas de siglo XII cuentan que en Ibañeta hubo un Monasterio benedictino que daba asistencia peregrina, y que muy cerca de este cenobio, estaba la cruz de Carlo Magno, y otros textos medievales orientan hacia que la Cruz fue trasladada del Hospital de Carlo Magno en Ibañeta al lugar que hoy ocupa en las proximidades de Roncesvalles; era pues oportuno que en este traslado se consignara su procedencia y esto es lo que parece decir la inscripción.

          Otras interpretaciones menos románticas consideran que las dos figuras que la cruz representa corresponden a un matrimonio que impulsaría el monumento en el siglo XIV y que a ellos aludiría la inscripción señalada cuya traducción a su juicio: “Esta obra fizo facer donna Pia de Yaurrieta …. Anno Domini MCCCXXI”. No encaja, desde luego, que las figuras sean coronadas, lo que sugiere que se trata de figuras reales, por lo que la idea de que sean del Rey don Sancho y su esposa parecen tener mayor fundamento. En todo caso el capitel y la propia cruz son de épocas distintas por lo que, con independencia del mensaje de la inscripción, creo aceptable la propuesta de los autores que se decantan por que la cruz es la de Carlo Magno.

          Fue llamada «Cruz de los Peregrinos» porque a su vera corría la antigua calzada romana, la Vía Aquitania que iba de Burdeos a Astorga atravesando los Pirineos entre San Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles por los puertos de Cize, que aun se conserva en algunos trozos, camino directo de las peregrinaciones que de España se dirigían al sepulcro del Apóstol Santiago. Algunos autores encuentran fundamentos en pensar que esta era Cruz que mencionaba el Calixtino como lugar de descanso de los peregrinos que, a su alrededor, dejaban cruces adornadas con reliquias y conchas marinas que les servían de báculo y de distintivo, y pasaban al Hospital donde eran confortados; así lo dice el antiquísimo códice manuscrito en Roncesvalles en el siglo XIII «La Preciosa», un valioso poema latino que habla de la peregrinación y la asistencia dada al peregrino tras el paso de los puertos de Cize. La fama de este hospital corrió todo el mundo y a los peregrinos se les indicaba como lugar de descanso dándoles por señal la Cruz de Carlo Magno que no tardó en llamarse por este motivo «La Cruz de los Peregrinos». Las ruinas de la cabecera del antiguo monasterio-hospital han sido en 2017 localizadas por un equipo arqueológico, junto a la actual capilla de San Salvador de Ibañeta. Cerca de estos contornos es donde debió caer, mortalmente herido, Roldan, según cuenta la leyenda de Gesta, en el momento de dar aviso a Carlo Margo con su olifante. En aquellos contornos, cerca de donde ahora se conserva su monolito, es donde Carlo Magno recogió los restos de su sobrino y lugarteniente, levantó un templo y puso allí la “Crux Caroli”. A menudo, como ocurre en Compostela, los hallazgos arqueológicos vienen a conceder una importante verosimilitud a lo que la leyenda mitifica.

          Abandonados y destruidos el hospital y Monasterio de Ibañeta, también desaparece la Cruz en el siglo XVI, aunque luego Oihenart, en el siglo XVII, la sitúa de nuevo donde ahora está la Capilla de San Salvador de Ibañeta. En 1748 también la menciona el peregrino francés Jean de Bonnecaze de Pardies, quien ante la impresión del lugar se aprestó a rezar “una oración por los cristianos muertos en lugar tan memorable”. Un nuevo monumento sustituirá el precedente bajo la advocación de San Salvador. En algún momento es recompuesta y trasladada a la Colegiata de Roncesvalles al ser esta fundada, en modo que la venerada Cruz, o lo que quedó de ella, fue recompuesta y trasladada a Roncesvalles y finalmente a su último y actual enclave. Sea o no la cruz original, guarda enteramente su memoria y el aprecio de los peregrinos que, aún hoy, la visitan y dejan sus modestas e improvisadas cruces de palo a sus pies, tradición que debió nacer en aquellos lejanos tiempos del Monasterio-Hospital y Cruz de Carlo Magno.

        El origen de la Cruz de los peregrinos, antes Cruz de Carlos, engarza pues con ciclo rolándico, y la figura de la espada del lugarteniente y sobrino de Carlomagno, clavada en tierra en forma de cruz junto al olifante y muchos otros detalles emblemáticos terminarán por tejer la leyenda y los cantares de gesta fijaran por estos contornos el lugar donde murió Roldán. La Chanson de Roland, ha dejado por estos contornos entre Roncesvalles y Burguete bastantes mitos y leyendas, y este será también el significado que se da a la segunda cruz del lugar, llamada Cruz Blanca seguramente por el color de su piedra original, y que antes fue mencionada con significado de purificación de los malignos aquelarres en el bosque, explicación que parece la más sólida y coherente, aunque algunos quieran vincularla a la tradición carolingia.

          Según una creencia popular tardía muy extendida en Francia, este crucero marcaba el punto de la muerte y enterramiento de Roldán, el lugar en el que descansaban los restos y la memoria del mítico caballero, por lo que se le llamó también Cruz de Roldán. Se trata de una Cruz de término en la que realmente nada indica que haya que relacionarla con un pasado carolingio. Así piensan también los historiadores especializados que lo descartan por completo. Pero lo cierto es que a finales del XVIII, en que ya fuera gravemente dañada por un rayo, fue poco después destruida por las tropas revolucionarias francesas, que se habían tomado la leyenda al pie de la letra, le dieron el golpe de gracia, queriendo así eliminar un símbolo de la derrota de sus antepasados ante los vascones.

          Se instalaría en el siglo XVI y desapareció a finales del XVIII, para volver a levantarse con nuevos materiales en el año 2006, de modo que es un monumento de nueva factura. En ese año una iniciativa popular con el patrocinio del gobierno navarro, llevó a cabo la recuperación del antiguo monumento, con un diseño que recuerda al de los tradicionales cruceros de caminos.

          Al salir de aquel bosque encantado que se nos hace corto, hemos aprendido algo que nos va acompañar en todo el Camino hasta Santiago de Compostela, que dos mundos conceptualmente tan distintos como el mundo sagrado de la devoción y de la fe, camina junto al mundo pagano, que no son mundos diferentes sino complementarios como caras de una misma moneda. Lo sagrado y lo profano se dan la mano en el Camino de Santiago. No debemos priorizar una cara sobre otra, sino atentos a ambas, porque si creemos que son distintas y priorizamos una sobre otra, sea cual sea la que elijamos, nos quedaremos sin conocer una parte del Camino. 

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2- El monje Virila y el ruiseñor

          Es esta una leyenda de especial fascinación y ternura místicas, pues no en vano se trata del relato de un éxtasis espiritual, experimentado por un monje legendario, pero no por un arrebato religioso que le indujera al estado contemplativo del alma, sino que el impulso desencadenante del trance resultó ser un estímulo sensorial de singular atractivo para los oídos como el canto de un ruiseñor, potenciado aquí por una naturaleza exuberante y un clima particularmente amable para el cuerpo y grato para el espíritu. Cabría resumir que el motor de todo fue el deleite auditivo generado por la escucha de un canto único y extraordinario, que despertó un trance cuya consecuencia fue la vivencia de un estado de conciencia ausente y una vivencia temporal utópica.

          El actor principal del cuento es un tal Virila, un piadoso monje del siglo X que lo fuera del monasterio navarro de Leyre, si bien su protagonismo quedó velado durante largo tiempo por la entonación armoniosa de un pajarillo sinigual en esas lides como es el ruiseñor.

          Si tanto papel juega el lance canoro en esta narración, antes que atender al relato sería necesario valorar si el origen generador del encantamiento de esta leyenda fue o no capaz de incitar el ensimismamiento que nuestra historia propone.  Es el ruiseñor un ave de muy pequeño tamaño, que es reconocida sobre todo por su hermoso canto. Sus trinos y gorjeos pueden escucharse tanto de día como de noche, y pueden alcanzar singular esplendor en primavera, su época de apareamiento, donde despliega todas sus dotes de cantor para poder atraer a la hembra. Común en Europa, es ave migratoria que elige el continente africano para invernar, pero en primavera retorna a su hábitat natural con el fin de aparearse y procrear. Escuchemos su discurso canoro antes de proseguir.

          Ahora sí, ya estamos preparados para exponer la semblanza de este fantástico suceso, pero quiero pedir al lector cierta dosis de abstracción al situarse en el escenario, para comprender e interpretar con el mayor tino lo que aquí se cuenta.

          Es ésta una leyenda acontecida en el siglo X y vivida por Virila, un piadoso monje que llegó a ser abad del monasterio de Leyre, en las escarpadas montañas navarras. Llevaba nuestro hombre su fe con devoto esmero y ejemplar dedicación en todas sus ocupaciones monásticas, aunque un tanto preocupado por entender el misterio de la eternidad y la trascendencia humana, en modo que albergaba una duda en lo más recóndito de su pensamiento, un temor más bien, que se imponía a su voluntad y a su deseo por más que se esforzaba en evitarlo, y que consistía en recelar de que la vida que pudiera tener en el Paraíso, si algún día el Señor se lo concedía al finalizar su vida terrena, pudiera ser placentera a expensas de una labor meramente contemplativa de la perfección divina, si acaso no resultaría un tanto harto y cansado la reflexión continuada y permanente de un axioma tan trascendente y profundo, como si relacionara esa eterna ocupación como una labor que podría terminar en el hastío y le asustara no encontrar en ese futuro propuestas más ajustadas con el solaz del espíritu y el recreo del cuerpo, que bien sabido es que ambas partes de nuestro ser requieren armónico acomodo para que la dicha sea plena. Esta duda casi continua, a veces incluso durante el sueño, le mortificaba, y tanto que terminaba sintiéndose culpable por tales sospechas, y terminaba rogando a Dios que le liberara de ese embaucamiento que incluso veía como tentaciones del maligno.

          Cierto día, al acabar de rezar los salmos de la hora nona, acudió Virila a atender sus habituales ocupaciones en el huerto del monasterio como mejor modo de esquivar los que consideraba sus malos pensamientos, cuando un ruiseñor se posó en la rama de uno de los árboles del huerto y entonó tan melodiosos y armónicos trinos que detuvo sus labores para disfrutar mejor del espectáculo sonoro. Escuchar aquella acústica agilidad simultáneamente tan aguda y sutil, hizo olvidar a Virila su preocupación y lo llenó de una gran paz y dulcedumbre.

          Quiso entonces el monje acercarse más al ruiseñor para apreciar mejor su recital, pero el pájaro, asustado, voló a otro árbol más lejano. Virila reintentaba el acercamiento pero todo lo que lograba era provocar que el ruiseñor fuera volando de rama en rama, y distanciando su hermoso canto del monje quien, por no dejar de escuchar tan bella melodía, lo fue siguiendo hasta salirse del monasterio e ir alejándose poco a poco de él, hasta ir subiendo a sus montañas cercanas y adentrarse en una senda para él ya familiar y asidua, que le adentraba en el bosque, en el que a veces gustaba refugiarse con la excusa de que iba en labor de recolección de plantas medicinales para el monasterio. Allí es donde alcanzó la proximidad suficiente al ruiseñor, y una vez lograda se sentó, junto a una fuente, a  escuchar con tal gozo que quedó un breve instante extasiado de deleite, con los ojos cerrados, sintiendo que su alma se abría de par en par y era transportada al más allá; no fue por mucho tiempo, se lamentó pronto, pues el pajarillo detuvo su canto y emprendió el vuelo hasta perderse en la vista.

          Volvió en sí el monje y decidió regresar entonces al monasterio, pues había salido de él precipitadamente, sin advertir a ninguno de sus hermanos y bien podría ser que estuvieran preocupados por su injustificada ausencia. Pero se tranquilizó pensando que había estado poco tiempo alejado del cenobio y en ese lapso de tiempo consideraba que lo más probable era que no habrían notado su partida estimando incluso que nadie se habría percatado de que hubiera salido del convento.

          Observó entonces que el lugar en que había permanecido sentado y escuchando al pajarillo no parecía el mismo, que incluso él se notaba diferente, con una crecida barba blanca y una tonsura desdibujada, más bien inexistente, que su negro hábito era más añejo y raído, que el entorno de naturaleza parecía diferente y que en su camino de retorno notaba algo extraño, como si no fuera la misma senda que le había llevado hasta allí, que la vegetación era más espesa y los árboles de mayor tamaño. Llegó a pensar si no habría confundido la senda de retorno, ya que la conocía bien y aquella parecía otra, aunque luego recuperó algo la calma al divisar las primeras piedras del monasterio. Pronto le invadió una sorpresa mayúscula al advertir que aquel templo que se aproximaba a sus ojos no era el mismo que dejó hace un rato, pue solo identificaba una parte de él, mientras que el resto eran añadidos que hacían su figura mucho más elevada y grande. ¿Cómo podía ser aquello?. Al llegar ni siquiera encontró la pequeña puerta auxiliar por la que pudo salir sin que nadie apreciara su marcha, en modo que resolvió llamar a una puerta lateral que si reconocía, pero sin atreverse a dirigirse a la que parecía ser ahora su atrio principal de entrada, mucho más solemne y ornamentado, sin duda digna de monarcas y nobles de alta alcurnia.

          Un tanto aturdido por aquellos inexplicables cambios, Virila llamó a aquella puerta lateral del monasterio, y solo después de cierta insistencia terminó por abrirle un monje joven que nunca antes había visto, que tampoco dio muestras de conocerlo a él, y que además vestía un hábito blanco distinto a su vieja túnica negra. ¿Quien es usted buen hombre, con esos hábitos tan en desuso?, le preguntó el joven fraile. Soy Virila, monje de esta casa desde hace años. No es posible lo que me dice hermano, pues nadie hay aquí que responda por tal nombre. Alarmado y con la respiración entrecortada Virila se afanaba en recalcar su nombre y en insistir en que, aunque algo cambiado, ese era su monasterio, que solo se había ausentado de allí un instante, que incluso aún suponía estar a tiempo de incorporarse al rezo de vísperas, que necesitaba arrodillarse ante el santísimo, y que antes de terminar la jornada necesitaba tomar algo frugal pero sólido y después recluirse en su celda donde descansar de un largo día mientras conciliaba el sueño entre oraciones… y hablaba Virila precipitadamente sin comprender lo que ocurría, un tanto arrepentido de lo que había creído una falta menor y acaso fuera el castigo a sus osadas y pecaminosas elucubraciones; aunque albergando la esperanza de que el joven canónigo, aún sin tonsurar, pudiera aclararle la situación, se apiadara de su alma asustada y le ofreciera alguna salida a su inquietud creciente.

          El joven novicio terminó por compadecerse del venerable anciano que tenía delante y buscando alguna explicación le llevó al archivo del cenobio, donde se guardaban ordenadamente los libros además de viejos legajos y registros desde los comienzos del monasterio. El monje bibliotecario buscó en tales documentos y en uno muy antiguo encontró que efectivamente sí hubo, hace más de trescientos años, un monje de nombre Virila, con la explicación escrita de que una tarde salió del monasterio a la montaña y nunca más regresó ni se supo nada de él.

Virila quedó sin saber que decir ni que pensar, aunque vislumbraba que Dios le estaba dando una lección. El hallazgo ocasionó mucho revuelo en el convento y acudieron todos los monjes a la capilla a rezar y en pleno Te Deum de acción de gracias se abrió la bóveda de la iglesia y se oyó la voz de Dios:

– Virila, has pasado trescientos años oyendo extasiado el canto de un ruiseñor y te ha parecido un breve instante. Imagina cómo será la ventura vivida en el Cielo contemplando la Gloria del Altísimo con todos tus sentidos, en modo que gozarás la dicha eterna sin lugar para la fatiga ni la hartura.

          Entonces un ruiseñor entró volando con un anillo abacial en el pico que colocó en el dedo de Virila, que fue nombrado abad del convento, hasta que algunos años después, Dios le llamó a gozar de la gloria eterna.

          Hasta aquí llega el relato de esta fascinante leyenda, de la que hay numerosas versiones, en modo que me he permitido novelar un poco su exposición a partir de detalles de distintas fuentes coincidentes en lo sustancial, porque el legendario cuento se difundirá ampliamente y es incluido en distintas colecciones, crónicas, compilaciones y  antologías de los más diversos autores en el tiempo y el espacio, desde en francés Jacobo de Vitry (1160?-1240?) o el italiano beato Jacobo de la Vorágine (1230-1298), hasta la “Antología de Cuentos de la Literatura Universal de Ramón Menéndez Pidal (1955). Se menciona como germen la tradición celta irlandesa del siglo VI, pero la forma descrita aparece siglos después y como ocurre con otras leyendas, hay varias versiones en el occidente europeo, lo que nos habla de su difusión bajomedieval probablemente ligada a las comunidades cistercienses; así hay una versión de mediados del siglo XII en el monasterio de Afflinghen (Bélgica), y una traducción parisina de finales de dicho siglo. En la península ibérica aparece también otra equivalente protagonizada en el siglo XII por San Ero, monje fundador del monasterio de Armenteira (Pontevedra). Una versión equivalente con un monje anónimo existe en monasterio portugués de Villar de Frades. Cierta similitud se encuentra la leyenda galaicoportuguesa del Bendito San Amaro aunque de escenario incierto. También hay cierta equivalencia en “Los Siete Durmientes de Éfeso” que relata Jacobo de la Vorágine en la Leyenda Dorada, con un cierto fondo común pero que cambia sustancialmente el contexto. Donde la similitud llega al máximo grado es en el mencionado caso de San Ero, relato que después aparece en la Cantiga 103 de Alfonso X el Sabio (siglo XIII), “Quena Virgen ben servirá a Parayso irá”, vinculado a la mediación de la Virgen, siendo aquí el ave protagonista un mirlo, también de bellísimo canto, que siglos después será versificado magistralmente por Valle Inclán en sus Aromas de Leyenda (1907):

Dulce canto de encanto en jardín abrileño

que hace entreabrirse la flor azul del ensueño.

La flor azul y mística del alma visionaria

que del ave celeste la celeste plegaria

oyó trescientos años al borde de la fuente…

El ingenuo milagro al pie de la cisterna,

donde el pájaro el alma de la tarde hace eterna,

en la noche estrellada cantó trescientos años

con su hermana la fuente…

          Estas distintas versiones y variaciones y otras que aparecen en el occidente europeo, bien estudiadas por Filgueira Valverde, nos hablan de un proceso de difusión y adaptación hagiográfica de ámbito monástico y la elaboración de recopilaciones, santorales y calendarios litúrgicos medievales.

          La leyenda de Virila o sus equivalentes, son una alegoría del misterio de la eternidad, y la moraleja que se desprende de estas narraciones como leitmotiv sustancial de las mismas es que si el canto de un simple ave es capaz de complacer el espíritu durante tres siglos a un hombre sin que se consciente del paso del tiempo, cuánto más será el gozo de vivir la eternidad junto a la luz eterna del Creador.

          La obra es un verdadero compendio de versiones hagiográficas y literarias, que a pesar de ser bien conocida y  descrita, se puede considerar que está hoy poco estudiada. Es muy factible, casi evidente, que debió existir un santo varón que sirviera de germen histórico a la leyenda, que luego haya sido adornado con la inclusión de aportaciones fabulosas que magnificaran el relato con la intención de engrandecerlo hasta llevarlo a situaciones que transgreden la lógica de la razón humana. El resultado es una narración folklórica que, fruto de la creación literaria individual del relator de turno, agrega visiones fantásticas, viajes al más allá, discursos y exhortaciones pedagógicas y moralistas, culto mariano, pasajes de ultratumba, etc., conformando un relato variopinto que deforma las raíces y disturba el posible análisis.

          Partiendo de las similitudes y equivalencias y buscando un impulso original de todas ellas, hay que valorar que hacia el año 924 el abad Virila viajó a Galicia, fecha que nos ofrece Carlos María López (Leyre, 1962), lo que parece clave en el nacimiento y difusión de la leyenda en otros cenobios monasterios constituidos después de esta fecha, como los monasterios gallegos de Ribas de Sil, Dozón, Oseira, Lalín y Armenteira, que conservan con más o menos detalle huella de la leyenda. Parece que Virila juega un papel primigenio, por razones cronológicos, en la difusión hagiográfrica.

          Mientras que en nombres como Ero o Amaro, u otros que circulan en otras variantes (Félix el monje alemán, el fraile francés Paúl Gontran, el fraile anónimo portugués de Vilar de Frades), son personajes míticos de los que hay nulo o escaso conocimiento biográfico fehaciente o no hay ningún dato de certeza histórica ni de memoria sepulcral, si encontramos en Virila datos de veracidad fidedigna, tanto de su persona como del escenario en que se sitúa el fabuloso acontecimiento, en modo que podríamos decir que en el relato navarro no todo es pura leyenda. Viril o Virila es un personaje de existencia histórica documentalmente probada, que nació en Tiermas (Zaragoza) en 870 y murió en el Monasterio de Leyre hacia el 950. Como abad se le cita en el 928  en documento del obispo Galindo de Pamplona, conservado en el «Libro gótico» de la catedral, y es acreditable su culto desde los días del rey Sancho III el Mayor (1004–1035). Un paquete de ocho diplomas del siglo XI muestran a San Virila asociado con las Santas Mártires, que fueron trasladadas al monasterio para elevar su importancia mediante el culto y la devoción a las reliquias que se profesaba en esa época, en especial en torno a la Ruta Jacobea.

          El Calendario cisterciense del monasterio de Leyre, lo mismo que en Tiermas hasta su desaparición, se ha celebrado siempre la fiesta del santo abad el día primero de octubre;  en la reforma del Calendario romano general como esa fecha se reservó a santa Teresa del Niño Jesús, la celebración de san Virila fue trasladada al tres de octubre. Sus reliquias se conservaron en Leyre hasta el 1835, excepto de 1820 a 1825, que estuvieron en Tiermas; se transportaron a la catedral de Pamplona hasta el 24 de octubre de 1979, fecha en que fueron devueltas a los monjes benedictinos del monasterio de Leyre.

          En su singular cripta, que no es totalmente subterránea y que destaca por sus grandes capiteles sobre pequeñas columnas, se encuentra el llamado túnel de san Virila, con tres pequeñas y estrechas ventanas en la pared oeste. Este túnel servía como salida del monasterio a los campos del entorno y actualmente está cegado y en su fondo hay una imagen de San Virila del siglo XVII.

          Incluso en el monte sobre el monasterio, en uno de los más bellos parajes de la sierra navarra, encontramos un atractivo sendero que transcurre a través de rincones que atesoran la magia del lugar, y que nos lleva hasta la fuente de San Virila, de la que emana una fina corriente de agua y en donde se cuenta que en Santo quedara cautivado por el ser alado. El lugar, paso obligado para los peregrinos procedentes desde Somport, es el arquetipo de bosque mediterráneo, en las faldas de la sierra, y al que acuden multitud de especies de aves, en particular el ruiseñor, asiduo en la zona y cuyo canto puede oírse por doquier, sobre todo en primavera.

          Algo de auténtico hay por tanto de Virila en este cuento, y la petición de abstracción que hice al lector para escuchar o leer el relato, la pido ahora para entender que no se trata aquí de juzgar si los acontecimientos referidos son o no posibles, ni si ocurrieron o no, sino que el mensaje que nos transmite es auténtico y real para el oyente o lector que sabe verlo. Así es como creo que lo entiende el canto, no de un ruiseñor sino un músico peregrino, José María Maldonado Agustina, cantante y autor de un patrimonio musical jacobeo sin precedente, que encuentra un equilibrio admirable entre la fábula y el espíritu peregrino que sabe nutrirse de la esencia de la peregrinación jacobea. 

 

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18- Virgen de Biakorri de los pastores y peregrinos.

          Dicen algunas guías que a unos 12 km de salir de Saint-Jean-Pied-de-Port y a unos 14 antes de llegar a Roncesvalles, se llega a una zona llana donde se encuentra la Virgen de Biakorri. No hay que atender demasiado a las guías porque hay kilómetros… y kilómetros, que es de cajón que no es lo mismo subir que bajar o llanear, y los que debemos recorrer hasta llegar al lugar de Biakorri, hay que hacerlos a expensas de notar el resuello de la fatiga y el sudor de gota gruesa, y aunque haga fresquito o frío franco, hay tramos de un notable desnivel ascendente antes de llegar al lugar que me refiero, y los kilómetros parece que son más largos de lo normal. Se hace necesario tomarse un respiro en el pueblito de Huntto o quizás mejor en el refugio de Orison, antes de aventurarnos, ya casi a monte abierto, a ir en busca de la Real Colegiata de Santa María de  Roncesvalles.

          La talla de la Madre de Dios de la que os hablo se encuentra, pues, a mitad de camino, más o menos, de la mítica etapa entre Saint-Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles, y surge como una aparición celestial a la que bien merece dedicar un alto en el camino y detenerse un ratico a admirar el paraje en que nos recibe  y encomendarnos a la modesta pero sobrecogedora imagen de la Virgen con el niño Dios en brazos.

          En el trayecto de subida nos acompaña un paisaje verde frondoso en ascenso escarpado y muy exigente que se ameniza con la visión de abundante ganadería local, y entre una cosa y otra, la visión de una atractiva naturaleza conformando un paisaje que nos despierta un sentimiento de paz y de compañía, lo que junto al hecho de que suele ser la primera etapa de nuestra peregrinación, las fuerzas soportan el castigo con el entusiasmo propio de quien aborda el mítico paso por los puertos de Cize, donde las leyendas medievales cuentan algún que otro milagro jacobeo.

          Servidor es cristiano viejo, no solo como hijo, nieto y biznieto… de cristianos, lo que hasta hoy no tenía demasiado mérito en la vieja Hispania, tierra de la que se decía no ha mucho ser tierra de misioneros, botijos y toreros; cristiano viejo más que nada por peinar canas desde hace años, y estar un tanto chapado a la antigua usanza, muy hecho a los hábitos y tradiciones de mis mayores, ahora ya propios, incluyendo por supuesto y sobre todo la misa de los domingos y fiestas de guardar. A la milenaria peregrinación por el Camino de Santiago, si le falta la motivación religiosa, le falta lo esencial, y aunque dicen que tiene mucho de pragmático y senderismo, yo camino con la memoria del Apóstol, la fe, la devoción, la oración y el canto gregoriano, cosas que andan conmigo entre mi mochila y mis botas de siete leguas.  

          Con ese espíritu peregrino, que impulsa al caminante más con el alma que con las piernas, es como inicio la subida hacia los montes pirenaicos que separan La France de L’Espagne por el tradicional paso que llaman ruta de Napoleón, por ser este el paso de las tropas napoleónicas en la invasión de España, por la Vía Aquitania. Lo hago casi sorprendido y sobretodo agradecido de poder hacerlo en solitario, rodeado de esa soledad que no se vive como abandono ni aislamiento impuesto sino como retiro voluntario en que sientes que el propio espíritu del Camino va contigo, que Dios y su apóstol Santiago me acompañan haciéndome más llevadero el peso de la mochila en las durísimas rampas de desnivel que voy encontrando. Quedó atrás la ciudadela medieval de Saint-Jean-Pied-de-Port que me fue tan grato visitar; quedó atrás la pequeña aldea de Huntto y su anunciado albergue; atrás también el mirador de Francia y su emblemática panorámica que encontraremos como aliada en casi toda esta jornada;  y atrás quedó también el tentador refugio de Orisson y su atractiva terraza hacia las montañas, donde se impone un descansito para reponer. Todavía asciendo junto a mi propia sombra por tramos ahora menos exigentes que transcurren entre las cimas del Pic D’Orissons, de Itchachéguy y D’Hostatéguy envolviéndonos entre verdes prados de pastoreo llenos de ganadería local y de rincones privilegiados de la naturaleza, hasta llegar a un punto en que el camino se hace inusualmente amable y que desemboca en una casi-planicie desde la que se divisa, por su izquierda, un promontorio rocoso en cuya cresta destaca una figura en la distancia. Conviene acercarse para comprobar que es la imagen de la Virgen de Biakorri, tambien llamada d’Orisson, protectora de pastores y peregrinos, dice alguna cita que traída hasta allí desde Lourdes por pastores, una modesta talla fruto de la fe y la devoción de los lugareños, adornada con flores, collares, conchas, buenos deseos… y distintas ofrendas con que peregrinos y pastores gustan obsequiar a la Madre de Dios y a su divino niño.

          Se impone una parada, no solo para descansar como recomiendan las guías, sino porque desde allí se domina con la vista una panorámica de amplísimos valles y cumbres que sobrecoge el alma e invita a respirar con mayor profundidad y menor ritmo, paraje merecedor de que el Santo Virila quedara allí extasiado por su contemplación. En todo caso es un buen lugar para rezar y meditar, comprobando una vez más que en Camino lo sagrado y lo profano son parte de una misma cosa, que se complementan y hacen que la peregrinación logre su dimensión más plena. El tiempo, algo fresquito tan solo hace un rato, flota aquí templado en el ambiente por efecto de un sol espléndido que permite ver la majestuosidad de algún ave que planea sobre un cielo abierto y generoso. A buen seguro que desde allí la Virgen, colocada mirando hacia Santiago, vigila a los peregrinos que se dirigen a Compostela. Ahora, con su protección podemos seguir hacia el Col de Bentarte, hacia el puerto de Lepoeder y descender luego hacia Roncesvalles siguiendo la llamada mítica del Olifante de Roldán.

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1- Los treinta peregrinos Loreneses

          El Maestro Huberto, que fuera en el siglo XI canónigo de la Iglesia de Santa María Magdalena de Besançon,  de quien fue considerado piadosísimo clérigo, nos deja el relato de uno de los mayores testimonios del valor de la  protección de Santiago Apóstol a sus peregrinos, en el libro II del Códice Calixtino, que es parte del registro de la Memoria del Mundo, y donde lo presenta así: “De los treinta loreneses y del muerto a quien el Apóstol llevó en una noche desde los puertos de Cize hasta su monasterio”.

          Cuenta en su relato que, movidos por una piadosa devoción, treinta caballeros de la Lorena, determinaron visitar la basílica de Santiago de Galicia el año 1080 de la Encarnación del Señor, y como quiera que la mente humana cambia tanto en sus propósitos y planteamientos en tareas de prometer fidelidad y servicio mutuo, hicieron pacto por su fe jurando ayudarse mutuamente y guardarse lealtad, con excepción de uno, que no quiso ligarse al compromiso a través del juramento, quizás porque no consideraba necesario someter a juramento colectivo lo que entendía como una obligación moral personal. Luego se verá cuan baldío puede ser el corazón humano para cumplir sus promesas, y cuan generoso puede serlo otras veces para cumplir libremente lo que es de justicia y deber de buen cristiano y caballero.   

          Puestos en camino, llegaron sin novedad a la ciudad de Gascuña llamada Porta Clusa, donde uno de ellos, habiendo caído gravemente enfermo, no podía en manera alguna continuar su viaje, por lo cual sus compañeros, según la fe jurada, fuéronle conduciendo a caballo unas veces, en brazos otras, hasta Portus Cisere, empleando quince días en un camino, que los que van libres suelen recorrer en cinco. Finalmente, cansados y tristes, olvidando la promesa pactada, resolvieron abandonar al enfermo a su suerte, confiando acaso que pudiera, en solitario, dar solución a su estado.

          Tal hicieron todos menos aquel que no había querido ligarse con juramento, quien dando prueba de lealtad no comprometida sino inspirada en la piedad, decidió asistirle como si fuera el buen samaritano, y no solo no separándose de su compañero necesitado sino, al contrario, continuar con él su camino trabajosamente. Así llegaron hasta Ostabat y después a la aldea de Saint-Michel, al pie del puerto de Cize, en donde el enfermo le pidió que siguiera solo ante la dura subida que tenían delante, ante lo que él respondió que nunca le abandonaría. Subieron a la cima y fue en su cumbre, a la caída de la tarde, cuando el alma del peregrino enfermo abandonó su cuerpo, acompañada del bienaventurado Santiago y fue colocada en el descanso del paraíso, donde recibió el premio de sus virtudes.

          Aterrado el caritativo peregrino por la soledad de aquel áspero monte, por las tinieblas de la noche, por la vista del difunto, por las gentes bárbaras que habitaban aquellos montes, y no esperando humano socorro, ante la desesperación y soledad del momento encontró refugio moral en poner todo su pensamiento en Dios, pidiéndole fervorosamente su auxilio. Y El Señor, que es fuente de misericordia y no abandona a los que esperan en él, se dignó a asistir al desolado peregrino enviándole al mismo Apóstol Santiago, el cual se le apareció en traje de guerrero, montado a caballo. “¿Qué haces aquí, hermano mío?”, dijo a aquel infeliz, a quien la angustia estaba a punto de arrancar el alma. “Señor, le contestó, tengo ansias vivísimas de dar sepultura a este mi compañero, pero no hallo modo de hacerlo en medio de esta inmensidad”. A lo cual repuso aquel: “entrégame el cadáver y monta tú también tras de mi hasta que lleguemos al lugar de la sepultura”. Y dicho y hecho, el Apóstol recibe en sus brazos al difunto que coloca delante de sí, y hace que el peregrino monte detrás.

           ¡Oh maravilloso poder de Dios y prodigioso patrocinio del bienaventurado Santiago! Recorriendo en aquella noche el camino de doce jornadas, antes de la salida del sol, se apeaba el Apóstol en el monte del Gozo, una milla antes de su monasterio, y dejaba en tierra a los que traía consigo, ordenando al vivo que fuese a rogar a los canónigos de dicha basílica diesen sepultura a aquel peregrino del bienaventurado Santiago. Enseguida añadió: “Cuando veas que se han verificado con el debido honor las exequias de tu difunto, y cuando regresares, después de haber permanecido una noche en oración, según costumbre, hallarás en la ciudad de León a tus compañeros a quienes dirás: Puesto que no os habéis portado fielmente con vuestro compañero abandonándolo a su suerte, el Apóstol os hace saber por mi conducto que mientras no hagáis la debida penitencia, no recibirá con agrado vuestras preces ni vuestras  peregrinaciones”. Fue en este punto cuando por fin entendió el piadoso peregrino que el que le hablaba era el mismo Apóstol de Cristo, y quiso echarse a sus pies, pero el soldado de Dios, desapareció de su presencia.

          Cumplidas todas sus devociones, y siguiendo las palabras de su protector, inició el peregrino piadoso el viaje de retorno, en el que halló en la mencionada ciudad a sus compañeros, a quienes relató con precisión cuanto le había sucedido desde que se separaron, y cuáles eran las exigencias y amenazas que había pronunciado el Apóstol contra ellos por no haber sido fieles a su compañero. Admirados de lo oído y avergonzados y arrepentidos de su conducta, confesaron su falta ante el obispo de León, quien les impuso penitencia allí mismo, y completaron luego su peregrinación para mayor gloria del Apóstol Santiago.

          Muy probablemente Huberto, primer autor del relato, se hallaba entonces en Santiago, y vio y trató al peregrino que había permanecido fiel, como a los que desampararon al compañero de quien habían jurado no separarse hasta la muerte. Según el autor francés Pierre David en sus estudios y trabajos sobre el Liber Sancti Jacobi, considera que Huberto de Besançon debió ser un personaje histórico de cierta autoridad; no en vano Besançon era también la patria chica de Guido de Borgoña (papa Calixto II; 1119-1124), con quien debió tener un vínculo notable. La fama del prodigio se extendió con rapidez, y el relato fue insertado en el Códice del papa Calixto II, después de ser confeccionada su redacción final en el Concilio I de Letrán (1123).

          El prodigio referido es también relatado posteriormente en las hagiografías de Vincent de Beauvais (1190-1264) en su Speculum Historiale y Jacques de Voragine (1228-1298), en su Legenda Aurea narran los milagros del Calixtino.

          En el mismo Monte del Gozo, y en el lugar en que fue sepultado el peregrino lorenés, cuyo nombre, Godofredo, nos aporta Castellá Ferrer (1567-1612), fue alzada una capilla en honor de san Lorenzo, aunque era conocida vulgarmente con el nombre de iglesia del Cuerpo Santo. A ella, como a la de San Marcos, se dirigía en otro tiempo procesionalmente una vez al año el cabildo catedral, en testimonio de lo grato que era al Apóstol la peregrinación a Compostela. En el Siglo XVII era muy visitado el sepulcro do Corpo Santo, según el testimonio de Castellá Ferrer (Historia de Santiago Zebedeo, lib III, fol 226 vuelto); y en diferentes iglesias y altares consagrados a nuestro santo Apóstol en diferentes puntos de la cristiandad, como la tabla pintada en 1441 por Giovenale Johanilis de Orvieto conservada mucho tiempo en la que fue Cappella di San Giacomo de la iglesia de Santa Maria Araceli de Roma, hoy  Capilla de San Michele Arcangelo.

          Relata López Ferreiro (1837-1910) en su Historia de la Iglesia de Santiago, que en un altozano cerca de la ciudad estuvo la capilla de Santa Cruz que después se llamó Manxoi (del francés Montjoie) y del Cuerpo Santo, fundada sobre el sepulcro del peregrino. Esta capilla era distinta de la actual de San Marcos, y estaba a unos dos kilómetros más próxima a la ciudad, sobre un altozano, cubierto hoy de pinos, a la derecha de la carretera de Lugo. Fue lugar muy venerado, y en el que durante los siglos XII y XIII se recogían abundantes limosnas. En el siglo XVII quedó abandonada la capilla, y hoy apenas se descubren sus cimientos. Pierre David, no obstante, considera que esta identificación es tardía y está inspirada en la lectura del milagro.

          Emblemático episodio el relatado aquí, a mi gusto el más atractivo de entre los que se cuentan como milagros del Apóstol Santiago, que además desmitifica la imagen de Santiago Caballero, tan vinculado al tradicional concepto de Santiago Matamoros. Es tradición diferenciar tres formas de presentar a Santiago: como apóstol, como peregrino y como caballero. Pero hay otras imágenes que muestran una figura intermedia entre Caballero y Peregrino, o Caballero y Apóstol; pero lo relevante, además de la moraleja de este relato, es que sobretodo Santiago es una figura protectora, que aporta más una función de vigilante, acompañante y benefactora del peregrino.

 

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35- Les chansons des pèlerins de Saint-Jacques

          La expectación que generaban los cantos peregrinos entre las gentes formando corro a su alrededor para escuchar las nuevas melodías se refleja muy bien en esta copla de los propios peregrinos franceses:

Les hommes, femmes et filles

de toutes parts nous suivoient

pour entendre la melidie

de ces pelerins francçois.

          Se repite esta expectación en otros cantos franceses, evidenciando que era habitual que los peregrinos cantasen en público y escuchasen los cantos de otros peregrinos como forma de amenizar el camino, aliviar sus fatigas y compartir sensaciones. Esto generó la recopilación y edición de cancioneros que serán muy apreciado por los peregrinos, especialmente en Francia.

          Las canciones de peregrinos son casi tan antiguas como la peregrinación y el culto jacobeo, enlazando con los cantos del Códice Calixtino. Su temática es muy variada, por los muchos aspectos que atañen al peregrino. Unos abordan la dimensión espiritual del viaje y su sentido religioso, y aconsejan una buena preparación moral. Otros narran milagros acaecidos en el camino, alimentando la fe y la devoción, como máximas fuerzas del peregrino, y conformando un patrimonio popular vinculado al Liber Sancti Jacobi. Otros son cantos de itinerario, que aportan gran información sobre el camino, la ruta a seguir, las ciudades y lugares de paso, los hospitales de acogida, los santuarios a visitar, los trámites necesarios, el peligro de algunos lugares, la llegada a Compostela, y luego incluso el retorno a Francia.

          Las primeras creaciones musicales de los perergrinos en ruta no nos han llegado, pues son fruto de la creación y transmisión oral. Pero hay constancia de su antigüedad. Un manuscrito del siglo XV contiene una antigua canción de los jacobsbrüder alemanes en el Camino de Santiago en que se describe la indumentaria peregrina y las penalidades del Camino. Y en el relato de su peregrinación a Santiago de 1539, el italiano Bartolomeo Fontana menciona una canción de los peregrinos franceses que hacía referencia a la belleza y la dureza del paso por Asturias. Son evidencia de que los peregrinos en ruta usan el canto desde tiempos muy antiguos.

          Pero las ediciones escritas de cantos peregrinos no aparecen hasta el siglo XVII,  aunque incluyen alguna canción cuyo origen se remonta al siglo XIV. La primera colección fue impresa en Valenciennes en 1616, por el editor Viruliet con el título “Les Rossignols spirituels liguez enduo, dont les meilleurs accords nommement le bas, relevent du seigneur Pierre Philippes, organista de ses Altezes Serenissimes”, de 264 páginas, que se reeditó a los cinco años, en 1621. Contiene la canción conocida como Valenciennes o canción de los ruiseñores, que empieza:

Pour avoir mon Dieu propice,
fis voeu d’aller en Galice,
voir le Sainct-Jacques le Grand,
j’entreprins cest exercice
non pas comm’un faitneant.

          Continúa luego con una larga serie de estrofas que irán relatando lugares y hechos que transcurren hasta llegar a Compostela. Esta es una característica de estos cantos, que narran, en sucesivas estrofas, las etapas y acontecimientos del viaje, siguiendo rutas que se encontraban en Le Chemin de Paris à SainctJacques en Galice (París en 1621), y en la “Guide qu’il faut tenir pour aller au voyage de Saint Jacques en Gallice” (cofradía de peregrinos de Senlis, 1690). Lo hace al modo de la primera guía alemana de peregrinación a Santiago de 1495, le Wallfahrtsbuch de Hermann Künig, escrita en verso y en letra gótica y traducida al francés por Léon Marquet. Según el itinerario, varían las estrofas dedicadas a una etapa del camino, y surgen diferentes ediciones con el nombre genérico deChanson des Pélerins de Saint-Jacques”.

          En Francia se desarrolló una notable actividad de recopilación y edición entre los siglos XVII y XIX, en un conjunto de libritos conocidos como la Bibliothèque Bleue, que tuvo en la ciudad de Troyes su centro de producción más importante. El canónigo francés Camille Daux aporta comentarios en su edición de Les chansons des pèlerins de Saint-Jacques de 1899, como que los peregrinos se proveían de livretes, recueils y chansons, del mismo modo que los turista y viajeros de hoy usan ahora guías e indicadores, y que las chansons eran todo un manual para el peregrino por la mucha información útil que aportaba y que fueron causa de que la demanda del peregrino de libritos, folletos y grabados con cantos e imágenes, en los que se especializaron algunos editores para atender esta demanda de artículos jacobeos.

          La edición más conocida se tituló Les Chansons des pelerins de Saint Jacques, con una viñeta en portada que representaba un peregrino en marcha con báculo y calabaza, debajo del cual se lee: “Sur l’Imprime a Compostelle”, lo que hizo creer al musicólogo Santiago Tafall que hubo una edición compostelana, inexistente, pues la frase era un artificio para facilitar la venta del librito. Con un formato de 5,5 cm por 11,5 cm, con 48 páginas, encabezando cada canto con una pequeña viñeta jacobea, 10 en total, al que seguía el texto sin notación musical, por lo que la melodía debía ser conocida o aprendida por el peregrino por transmisión oral, acordes con el valor popular tradicional de estos cantos. El librito contenía una relación de las reliquias que se conservaban en la catedral compostelana, evidenciando motivación religiosa. Al final del libro figuraba la aprobación fechada en Troyes el 7 de agosto de 1718. En la Biblioteca Nacional de París se encuentras tres ejemplares, pero de distintas ediciones.

          Hay una segunda edición con grabados aún más antiguos. Otra rara y pronto agotada, fue recogida por Alexis Socard, en sus Noels et cantiques imprimés a Troyes depuis le XVII siècle jusqu’a nos jours, Paris, Aubry 1865. Pero la corta tirada de 200 ejemplares la convirtió enseguida en una rareza bibliográfica.

          Muy interesantes son las ediciones de Carcasona en 1860 y 1862, pequeños folletos en los que, tras la portada, había un boletín de inscripción dejando espacios en blanco para la fecha y el nombre del peregrino, así como de la cofradía a la que pertenecía. No es extraño, porque este librito, a través de sus cantos, era una verdadera guía informativa del Camino que servía además como identificación del peregrino. En ellos aparecen escritos los nombres de ciertos lugares más correctamente que en ediciones anteriores. Fueron impresos por Pierre Polere, y figuran en la Biblioteca Nacional de París. De varias de estas publicaciones las reprodujeron A. Nicolai, Camille Daux y Daranatz en ediciones posteriores.

          Conocemos también la música con que se cantaba por lo menos una de las melodías. En el siglo XVIII el abate francés Dandichón transmitio una versión de aire agil y animado. Mme. Lavergne transcribió esta melodía que dio a conocer a Nicolai y a Camille Daux, quien editó una versión parecida pero de aire más lento que la del abate Danchichón.

          Adornando ciertas estampas impresas con toscos grabados policromados en madera, se editan algunas de estas canciones, por el impresor de Orleáns J. Bautista Letourmy. Representan una figura de Santiago peregrino junto a alguna escena como la del milagro del ahorcado, que al parecer, los mendigos o los propios peregrinos vendían entre el corro de curiosos después de entonarlas, o tal vez a cambio de techo o comida.

          En el siglo XIX, como consecuencia inevitable de la decadencia de la peregrinación a Compostela, estos cancioneros fueron cada vez menos utilizados y dejaron de editarse.

          La variedad temática de los cancioneros franceses es considerable, tanto como la finalidad acerca del propio camino. La peregrinación a Santiago desde Francia es un largo viaje que implican una gran cantidad de aspectos que el peregrino debe conocer.

        Una de las canciones, titulada “Quand nous partîmes de France en grand dèsir“, va narrando las características y costumbres de los pueblos, villas y ciudades por donde pasa el peregrino, desde París hasta Compostela. En Bayona dice que que cambiar los “luises” en “doblones”:

Étant arrivés à Bayonne,

loin du pays,

nous changeâmes tous en doublone

nos beaux louis.

En Bizkaia señala la existencia de una lengua incomprensible:

Dans la Bizcaye:

c’est un pays rude a passer,

d’un diffèrent langage

En el paso de montaña San Adrián fortalecieron el corazón con un trago de vino:

Quand nous fûmes à la montagne

Saint-Adrien,

un reste de vin  de Champagne

nos fit du bien;

nous avións souffert la chaleur

dans le voyage;

nous fotifiâmes notre coeur

pour ce pèlerinage

En Vitoria olía a romero y lavanda

Près de la ville de Vitòria,

ah! quel bonheur,

de rappeler dans ma memoire

la bonne odeur

que nous donnaient le romarin

et la lavande;

depois le soir jusqu’au matin

nous chantâmes losange

          En Santo Domingo oyeron cantar al gallo en la catedral y rememoran el milgro de la resurrección del niño y el canto de la gallina asada:

Quand nous fûmes à S. Dominique,

le Coq chana,

nous l’entendimes dan l’eglise,

nous étonna;

On nous dit que le Pélerin,

par un miracle

a ce signe resucita:

 ce n’est pas une fable

En la iglesia de los Agustinos de Burgos vieron sudar un crucifijo:

A Burgos, grande e belle ville

 nous pèlerins

visitâmes la belle église

des Agustinos.

Ces pères furent nous montrer

le grand miracle

de voir un crucifix suer,

c’est chose veritable

 En León las mujeres salieron a recibir a los peregrinos vestidos de gala…

Quand nous passâmes dans la ville

nommèe Lèon

nous chantames d’un air agile

cette chanson;

les dames sortaient des maisons

avec dècence,

pour avoire chanter nos acompagnons

a la mode de France.

          En León el peregrino podía desviarse a Oviedo a visitar las reliquias de la capilla del Salvador:

Qui a estè à Saint-Jacques

et n’a estè à Saint-Salvateur

a viosité le serviteur

et a dèlaisse le Seigneur.

          Desde Oviedo, los peregrinos se dirigían a su destino final, en un recorrido que tenía en Ribadeo una etapa importante, pasando otras anteriores como Luarca y Navia:

A Louarque [Luarca] sur la mer

faut passer,

sans y faire demeurance,

Navia et Rive Dieu [Ribadeo]

dangereux

pour les pèlerins de France. 

           Los tramos finales del camino, se abrevian mucho, per suele citarse el Montjoye (Monte del Gozo), desde el cual se pueden ver ya las torres de la catedral de Santiago.

 

Nous contunuâmes le voyage

por arriver

et sentîmes notre courage

se fortifier;

et nous passâmes à Montjoie

près de Saint-Jacques

sans quitter un moment la voie

pour arriver a Pâques.

          La culminación es, obviamente, Santiago de Compostela.

Quan nous fumes dedans Saint Jacques,

Hélas, mon Dieu!

Nous entrâmes dedans l’églize

Pour prier Dieu,

Ausy ce glorieux amy de Dieu,

Monsieur saint Jacques,

Qu’au païs puissions retourner

Et faire bon voyage.

Prions Dieu!

 

Nous vimes la superbe église

de ce saint lieu,

nous invoquâmes l,entremise

de notre Dieu;

on y voyaitdes pelerins

de touteslangues

et des pays les plus lointains

y chanter des louanges

          Una versión posterior, titulada “Lorsque nous partîme de France“, describe después de la llegada, el del regreso de Compostela hasta París.

          Como muestra de que el canto era también expresión de alegría y de descanso en el camino, cabe recordar una canción francesa, titulada La gracia de Santiago, cuenta cosas divertidas en tono jocoso: “Cuando volvía de Compostela, el cojo bailaba sobre una cuerda y el tullido se balanceaba en un trapecio. ¡Oh, gran Santiago, cuídame! Cuando volvía de Compostela, el marido que nunca tuvo hijos, por poco que tardara en regresar, se encontraba a la vuelta con dos. ¡Oh, gran Santiago, cuídame! Volvían de Compostela un sordo y un mudo; el mudo parloteaba como una urraca, por lo que el sordo suplicaba. ¡Oh gran Santiago, tápame de nuevo mis oídos!

          Estas canciones, ofrecían, por tanto, muchas funciones al peregrino: fortalecer su religiosidad, proporcionarle información sobre el camino, avisarle de peligros, darle consejos útiles, y alegrar sus momentos de descanso.

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