22- Renacimiento del Camino y Papel de la Iglesia

          Un buen conocedor de la temática que este título sugiere es mi viejo amigo Jose Antonio de la Riera, a quien me gusta apodar el gaitero, no solo por saber tocarla con acierto y saber, sino porque el instrumento sintoniza bien con su temperamento, su timbre singular, su tono discrepante y autóctono, que sobresale cuanto toca hacerlo, que sabe trinar en solitario pero también se deja acompañar por el pandero, el tamboril o el bombo gallego cuando toca. Es Jose Antonio un hombre asiduo en los ámbitos jacobeos y cuando asoma no deja a nadie indiferente. Su visión y su opinión siempre interesa conocerse. Que enriquecedor es dialogar con él, sea para coincidir la mayoría de las veces o para discrepar otras ocasiones, y luego que placentero y alegre es compartir con él y con su gaita un vino en algún tugurio del camino o de la Ciudad del Apóstol.

ALGUNAS FALACIAS SOBRE EL RENACIMIENTO DEL CAMINO DE SANTIAGO
Jose Antonio de la Riera 7 de enero de 2013

          Ya que estoy en ello – y me lo pide el cuerpo, y además me importa un carallo – reproduzco aquí lo que ya expresé en público en conferencias en Madrid y Santiago de Compostela. Hay para todos, para la Administración Pública también, pero antes voy con otra “gente”. Uno siempre cree que hay que ir de frente, sobre todo cuando las convicciones (y lo que se ha vivido) son las que son. Y porque la indignación a veces supera todo lo previsible. Uno tiene, además, anchos hombros y paso largo, y hay cosas por las que no paso. Se siente. Y se dedica, muy expresamente, a la cantidad de “personal” que cree que las flechas amarillas llegaron en el papamóvil o que Manuel Fraga instaló una nueva Jerusalén en el Monte del Gozo en lugar de una ciudad-tanatorio.
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Las preguntas están en el viento, el viento del Camino, y las respuestas también. Pero dejamos dicho que debemos acercarnos al momento en que se produjo el estallido del Camino en los tiempos modernos, el inicio del glorioso renacimiento actual, para intentar acercarnos a esas respuestas. Y debo hacerlo en román paladino, así caigan chuzos de punta o amenazas de lapidación.

          Hay quien dice, y son generalmente fuentes interesadas, que el renacimiento actual del Camino se debe a factores objetivos, generados básicamente por la actuación de la Iglesia y de las administraciones públicas. Nosotros, que vivimos intensamente ese renacimiento, estamos firmemente convencidos, también por factores objetivos, de que no ha sido así en absoluto, de que mienten como bellacos y de que nada más lejos de un fenómeno que estalló a años luz de cualquier institución oficial, del tipo que fuere.

          I EL RENACIMIENTO DEL CAMINO Y EL PAPEL DE LA IGLESIA
          Esas fuentes hablan de las visitas de Juan Pablo II a Compostela como factor fundamental. Hay que decir que la visita del Papa en 1982, con un brillante discurso convocando a toda Europa a Compostela, reforzó sin duda alguna el prestigio de la meta, pero que para nada se vio reflejado en el Camino y la peregrinación tradicional. Más incidencia tuvo su segunda visita en 1989, pero para entonces ya se había producido el milagro.

          Porque el milagro del renacimiento del Camino de Santiago en los tiempos modernos, surgió de las propias entrañas del Camino, del empeño de una serie de hombres que decidieron reavivar los humildes rescoldos de la vieja llama casi extinguida del Camino de Santiago. Llama que había sabido ver hasta el propio Álvaro Cunqueiro, que en un destartalado seiscientos había recorrido un Camino abandonado a su suerte en los años sesenta. Hombres como René de la Coste Messeliere, George Bernés, Francisco Beruete y, sobre todo, Elías Valiña desde las remotas montañas de su Cebreiro.

          Elías fue el brazo armado, la mente que empuja, el gigante que subió a sus hombros el peso entero de siglos de historia para lanzarlos como un misil hacia el futuro. Moliendo kilómetros, sin horario, compulsivamente, el pequeño cura de O Cebreiro aparecía en el Camino a las horas más intempestivas señalizando, espabilando conciencias, coordinando acciones en aquel estrambótico GS blanco o en la mítica mesa de madera de San Giraldo de Aurillac, bañando de amarillo las ruta que repasaba una y otra vez sacando tiempo de donde no lo había.

          Según su sobrina Pilar: “estaba permanentemente abierto para todo el mundo, no tenía horas de despacho para el Camino, estaba permanentemente abierto, las 24 horas. Él de nada hacía mucho, hacía la vida fácil a todo el mundo, repartía juego pero cargaba personalmente con los mayores trabajos, era increíble. Todo el mundo que estuvo con él aprendió mucho, pero muchísimo”.

        Nada refleja mejor el carácter de Valiña y como se desarrolló lo que hemos denominado “milagro del renacimiento del Camino”, que la siguiente anécdota que cuenta Antón Pombo en un artículo publicado en nuestra revista Libredón, con motivo del XX aniversario del fallecimiento de Elías. Antón, ex presidente y fundador de nuestra asociación, doctor en historia y, actualmente, uno de los mayores expertos europeos del Camino de Santiago, era entonces estudiante en Compostela y habitante de esa especie de repúblicas libertarias que eran entonces los pisos de estudiantes. Él había colaborado activamente con Elías en varias ocasiones, pero ni se imaginaba lo que le esperaba cuando, en mañana de resaca colectiva presidida por un poster de John Lennon y lemas de “haz el amor y no la guerra”, llamaron al timbre en horas tempranas.

          Era el cura de O Cebreiro que, indiferente al caos que reinaba en aquella casa, se dirigió a un Antón patidifuso en estos términos: “Hola Antón, vengo con mucha prisa, pero quería que me contaras como van tus gestiones para crear la asociación de Amigos del Camino en la Provincia de Coruña.

          Desde luego, apunta Antón, no sé si algún día yo le había prometido algo así, pero del asunto no me acordaba ni remotamente, y además: ¿qué iba a hacer un estudiante de 3º curso de Historia en una ciudad con tantas autoridades, eclesiásticas y civiles, profesores de tanto prestigio y con tanta fauna intelectual al por mayor. Esto, más o menos, es lo que le dije como respuesta a Valiña, señalándole que mejor sería que se pusiera en contacto con alguien del Cabildo catedralicio, de la Universidad o de la Mafia neotemplaria, ¡yo qué sé

          -No, con esos no hay nada que hacer –me contestó muy serio- esta asociación la tienen que montar los peregrinos entusiastas, la gente que conoce el Camino y que lo quiere de verdad, gente joven como tú. Así que hazme el favor de crear la asociación de una vez, que ya tenemos muchas en el Camino comprometidas, y no puede ser que donde está Santiago no haya nada.”

          Pronto, el trabajo de Elías se reflejó en dos hitos fundamentales para el Camino: la aparición de la mítica guía roja de Everest y el comienzo de la publicación de los no menos míticos Boletines del Camino de Santiago, ambos en 1985. Tanto la guía como los Boletines fueron auténticos misiles que, viajando por toda Europa en las mochilas de los peregrinos, proclamaron la nueva de un Camino renacido. Y aquí están las estadísticas que van demostrando, paso a paso, todo lo que estamos reflejando, precisamente desde ese importante año 1985: 1985, 619 peregrinos- 1986, 1.800,-1987, 2905 – 1988, 3.051- 1989, 5.760 (visita del Papa)- 1990, 4.918- 1991, 7.274- 1992, 9.764.

          Y aquí, justo antes de 1993, nos detenemos. Las estadísticas reflejan claramente que, ni siquiera las visitas del Papa aportaron nada especial a la peregrinación tradicional a Compostela. Que fue un boca a boca, lento pero implacable, surgido de las propias entrañas del Camino de Santiago, lo que produjo ese milagro en plenos años ochenta. Pero estábamos con el protagonismo de la Iglesia y, muy particularmente, de la Catedral de Compostela en este renacimiento de la peregrinación.

Estamos en condiciones de decir que su participación fue prácticamente nula, que todo se les fue en arquear el entrecejo cuando vieron entrar en Compostela a los nuevos peregrinos de un Camino renacido, instaurar burocracias, hacer pucheros, ponerle puertas al Campo mientras los peregrinos les llevaban noticias de los amaneceres de Estella, de los atardeceres junto a la Cruz de Ferro, del lecho de paja en la humilde palloza de O Cebreiro y de extrañas señales de reconocimiento en formas de flechas amarillas. Se les vino encima, ni lo esperaban ni mucho menos esperaban a los peregrinos de un Camino renacido. Todo su empeño se fue en blindar la meta, ignorando en absoluto el Camino y, mucho más aún, ignorando también que por él se estaba acercando a Santiago lo mejor de la nueva Europa.

 Valiña, con su olivetti, tecleando los Boletines en las duras noches de O Cebreiro, sin luz muchos días y sin teléfono todos ellos, hasta el punto de tener que alquilar una habitación en Pedrafita para poder confeccionarlo por la noche, nos da noticias preciosas, como la petición por carta a Rouco Varela, arzobispo a la sazón, fechada el 5 de febrero de 1986, solicitando un albergue de acogida para los peregrinos en Compostela. Extractamos lo siguiente, que da una idea clara de la ausencia total de implicación de la catedral compostelana en todo lo que se refería al Camino de Santiago:

          “ … si están mojados ¿donde se secan?, si tienen frío ¿dónde se calientan?… aunque sea humilde, el peregrino necesita su casa. Si esto lo pueden hacer muchas parroquias del Camino, ayuntamientos, etc… con mucha más razón ese Arzobispado debe ofrecer un digno refugio a los peregrinos que, de todas las nacionalidades llega a la tumba del Apóstol”

          En las frases de Valiña se denota tristeza e indignación contenida y, también, cierta ingenuidad. No entendía que si el más humilde pueblo del Camino ofrecía lo que podía a los peregrinos mientras Compostela, la Jerusalén de Occidente, les volviera despectivamente la espalda.

          La respuesta de Rouco Varela, fechada el 22 de febrero, fue antológica, digna de un manual de diplomacia de corredoira. Recuerda mucho la conversación entre otros dos gallegos, el general Franco y el cardenal Quiroga Palacios, al respecto, en aquellos tiempos, de una posible visita del Papa y la ampliación urgente del aeropuerto de Lavacolla. El cardenal urgía a Franco a comenzar las obras de inmediato:
– ¡Excelencia, qué viene el Papa
– Eminencia: ¿Y si no viene?
– Arre carallo: ¿Y si viene?
Cuentan las crónicas que estuvieron así cuatro horas, hasta que recibieron recado de chocolate con picatostes.

          En la misma línea, Rouco Varela, le contesta así a Valiña, entre otras generalidades: “Pido al Apóstol que nos alcance el don de una conciencia viva que urja la mejor atención al peregrino y mueva las iniciativas necesarias para proporcionarle la acogida conveniente, superando los handicaps que supone el riesgo de la empresa y lanzándose a ella con decisión ilusionada”.

          Es decir, humo, y no precisamente de botafumeiro. Y cinismo todo a cien. Como muchos sabéis, 24 años después y cerrado el albergue provisional y semafórico del Seminario Menor, Compostela y su catedral no ofrecen albergue alguno a los peregrinos, salvo algunas iniciativas privadas, Pero la cosa aún fue a peor siguiendo la afamada ley del Sr. Murphy. Los dos primeros números del Boletín del Camino de Santiago del párroco de O Cebreiro se publicaron en la Delegación Diocesana de Enseñanza de Santiago de Compostela. Pero una orden tajante del canónigo delegado de las peregrinaciones, Don Jaime García, prohibió terminantemente que el Boletín se imprimiera allí dejando toda la iniciativa en precario. La respuesta de Valiña, en el propio Boletín, fue escueta: “Es lamentable”.

          Y frente esa postura oficial de pasotismo y desprecio, el heroísmo y el compromiso de algunos párrocos: el propio Valiña en O Cebreiro, José Ignacio Díaz primero en Viloria de Rioja y luego en Grañón, José María Alonso Marroquín en San Juan de Ortega…

 

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34- Ulf el Gallego y el último ataque vikingo a Compostela

          La presencia e impacto en España y particularmente en Galicia de los guerreros navegantes escandinavos, comúnmente llamados vikingos, entre los siglos IX-XI, es un tema mal conocido por la escasez de datos y el alto componente historiográfico de subjetivismo y parcialidad que dificultan su comprensión histórica por proceder sobre todo de crónicas de los reinos cristianos, con una orientación unidireccional muy sesgada.

          La imagen que se tiene de los vikingos es la de una horda de guerreros sanguinarios, que actuaban cruel y ferozmente en sus razias o ataques súbitos que hacían a bordo de sus naves ágiles y rápidas, los drakkar, que en un número elevado de naves atacaban ciudades accesibles y monasterios indefensos, saqueando cuanto encontraban de valor o raptando personas valiosas para obtener luego rescate, dejando a su paso un rastro de muerte y destrucción. Esta imagen de relativa objetividad solo representa rasgos guerreros, por otro lado magnificados, pues sus maneras y ademanes no eran ni más ni menos brutales que cualquier otro pueblo de su tiempo en acto de guerra. No se debe olvidar que fueron grandes marineros que abrieron rutas de navegación y vías comerciales, y descubrieron nuevas tierras. La población guerrera era por otra parte una minoría de la población escandinava que en los largos periodos de paz se ocupaba en actividades comunes de agricultura, ganadería, caza, pesca, comercio y artesanía, con su propia escritura y sus conocimientos de cálculo geométrico y matemático que les hizo óptimos marinos y navegantes. Eran, eso si, maestros en acciones militares por sorpresa que les permitía combatir y superar fuerzas mayores a la suya, mediante cualidades de audacia, una gran organización y rigurosa disciplina; muy lejos de ser las bandas salvajes y primarias que obraban por un instinto feroz y destructivo, eran guerreros bien instruidos y organizados, que contaba con un sistema eficaz de información sobre las defensas de las ciudades, los días de mercado, festividades y eventos en donde aumentaba las posibilidades de encontrar un botín más cuantioso y valioso para sus propósitos.

          La imagen de los Vikingos llegó a ser tan mitificada y deformada que incluso se les representaba con aditivos que nunca existieron: poderosos y hercúleos guerreros de soberbio desarrollo muscular, tremendo armamento y feroces cascos armados de cuernos. Los verdaderos cascos vikingos jamás llevaron cuernos, pero ya es una asociación inmediata imaginarles de esta forma sobrehumana con cuernos en sus cascos, lo que parece que se debe a que aparecían en los enterramientos junto a los cascos. Eran cuernos para que el difunto bebiera, pero se interpretó erróneamente que se habían desprendido de los cascos y los artistas románticos pronto difundieron grabados de vikingos empleando cascos con cuernos. Aunque esto se conoce desde hace mucho tiempo por los historiadores, la imagen ha quedado firmemente grabada en el imaginario popular colectivo.

          De hecho su fama feroz e invencible estaba lejos de ser cierta, pues si en otras partes de Europa, como Francia, Islas Británicas o Irlanda, su influencia dominadora fue ostensible, no lo fue en la península ibérica en donde tanto los ejércitos cristianos como islámicos, ofrecieron una resistencia tan fiera como la que ellos trataban de imponer en modo que las incursiones vikingas no lograron en la península constituirse como una fuerza dominadora, y nunca pudieron crear bases estables en suelo peninsular, sino que fruto de la resistencia local terminaban siendo ellos los derrotados, viéndose una y otra vez obligados a retirarse entre multitud de bajas y naves ardiendo. Cabría decir que los reinos cristianos y los musulmanes, enzarzados en frecuentes luchas entre sí, no eran menos fieros que los vikingos, y en ocasiones se llegó a acuerdos con ellos como tropas auxiliares mercenarias para luchar contra un adversario común.

          La mítica letanía latina “A furore Normannorum libera nos Domine”, que se hizo popular a partir del refrán creado por los clérigos anglosajones tras el ataque vikingo que arrasó el monasterio de Lindisfarna en Northumbria, no encontró correspondencia en la ruda Hispania; acaso los guerreros escandinavos acuñaron otro: “A furore hispanorum libera nos Odin”.

          Ya el término vikingo es equívoco, pues no se refiere a una acepción étnica, sino que designa la iniciativa de expedición marítima de saqueo a tierras lejanas por parte de pueblos nórdicos hacia otros lugares de Europa atlántica, llamando «período vikingo» (800-1050). Nunca tuvieron el propósito, y mucho menos el logro, de conquista territorial ni asentamiento permanente, sino busca de botín y prisioneros. Los ataques vikingos a Galicia fueron intermitentes entre los siglos VIII y XI, y se agrupan en oleadas de ataques enumeradas en primera, segunda, tercera y cuarta.

          La primera oleada fue entre 842 y 850, bajo reinado de Ramiro I. La segunda fue durante el reinado de Ordoño I en el año 858. La tercera fue en el reinado de Ramiro III hacia el año 968, la más agresiva y duradera, penetrando por la ría de Arousa hasta Iria Flavia con derrota y muerte del obispo Sisnando en el campo de batalla, campando los vikingos a sus anchas por toda Galicia durante tres años, llegando hasta la Tierra de Campos, lo que podría ser la explicación de la existencia de un pueblo en la provincia de León llamado Lordemanos. Ésta fue la incursión más grave y duradera, finalmente reducida por un ejército leonés dirigido por el noble Gonzalo Sánchez en que se dio muerte a Gunderedo y la mayor parte de las naves vikingas fueron incendiadas. Finalmente la cuarta oleada de ataques vikingos tiene lugar en el siglo XI, e incluye el ataque a Tuy en el 1015 por el Rey Olaf con destrucción de su catedral y su reconstrucción por una nueva tipo fortaleza y en lugar más elevado. Incluye también el ataque de Ulf el gallego, considerado el último ataque vikingo a Galicia.

          Mención singular y foco de este artículo merece este último personaje, el afamado Ulf el gallego o Ulv Galiciefarer, conocido con el sobrenombre de “el lobo de Galicia” fue un jarl o conde danés y caudillo vikingo, que adquirió notoriedad por las exitosas incursiones llevadas a cabo en Jakobsland (que era como llamaban a Santiago de Compostela), por lo que fue apodado con el nombre de las tierras en las que luchó. Santiago de Compostela, con el fenómeno de peregrinación desde toda Europa, se había hecho conocida, famosa y rica, por lo que se convirtió en un objetivo para los vikingos.

          Este normando originario de la nobleza danesa, que debió nacer hacia el año 1000 y que perteneció al séquito del rey Canuto el Grande (1018-1035), tuvo ciertamente influencia en la historia del territorio gallego, consiguiendo controlar gran parte de la zona por su relevante influencia militar. Participa ya en el ataque vikingo del año 1028, y parece que dirigió al grupo de mercenarios que ayudó al conde gallego Rodrigo Romariz contra un grupo de vascos en 1032, que ayudaron al conde Ulf en su lucha contra Vermudo III, haciéndose fuertes en Lapio, cerca de Lugo. Posteriormente se vincula la derrota de los normandos de Ulf el gallego a manos del obispo Cresconio, lo que debió ocurrió en 1047. Es decir, que la presencia de Ulf en Galicia, fue cuando menos de 19 años, entre 1028 y 1047, tiempo en el que este vikingo saqueó, controló, actuó como mercenario de condes locales, y terminó derrotado en una batalla en la ría de Arosa contra Cresconio, desapareciendo entonces de la historia posiblemente retirándose a su tierra, pero en definitiva explicando el apodo por el que es conocido en la Historia.

          Hacia el año 1028, en el seno de la llamada cuarta oleada de ataques vikingos, el reino de León atravesaba una situación delicada. El rey de León Alfonso V había muerto asediando una ciudad musulmana en Portugal, y le sucedió en el trono su hijo Vermudo III que era solo un niño cuando fue nombrado rey, por lo que fue tutelado por su madrasta Urraca Garcés, hermana del rey Sancho III Garcés de Pamplona. Galicia estaba dividida en luchas civiles, circunstancia que fue aprovechada para esta incursión de una flota vikinga que, según la Knytlinga Saga estaba capitaneada por el famoso jefe vikingo Ulf el Gallego.

          Pero el obispo realmente gallego Cresconio (1037-1066), como algunos de sus antecesores en el cargo, tuvo que hacer frente a los ataques vikingos. Fue definido como el arquetipo de prelado medieval que conjuntaba las funciones obispales y militares, “de báculo y ballesta”. De él dice la Historia compostelana: «Y así Cresconio, nacido de nobilísimo linaje, resplandeció con la luz de tanta nobleza que, con el notable valor de su ejército acabó por completo con los normandos que habían invadido estas tierras. Construyó muros y torres para proteger la ciudad de Compostela, hizo la iglesia de Santa María y levantó el castillo de Oeste para la defensa de la Cristiandad, al cual habiéndose retirado cerca del fin de sus días, fue derribado por el golpe de la temible muerte en la era ICVI (año 1066)”. Efectivamente este obispo, según las excavaciones en la catedral de Santiago y ciudad compostelana, mandó reforzar las torres que protegían Compostela desde tiempos de Sisnando. Durante su episcopado, sus soldados fueron eficazmente entrenados en la estrategia y tácticas militares precisamente para superar a los vikingos hasta vencerles definitivamente. Al llegar la flota normanda a la entrada de Iria Flavia, chocaron con las cadenas que Cresconio había ordenada colocar atravesadas de una a otra orilla para evitar el avances de las naves enemigas, que al desembarcar, advertidas y dispuestas las tropas gallegas para el momento, derrotaron al ejército de Ulf el gallego obteniendo una victoria definitiva. Cresconio resultó ser más feroz y astuto que Ulv Galiciefarer que tuvo que tuvo que huir con toda la rapidez que pudo para no volver a ser nombrado en las crónicas.

          Cresconio tuvo el acierto de ordenar la construcción de las famosas Torres de Oeste en Catoira, en un lugar clave de la ría de Arousa para la protección de la entrada a Iria Flavia y Compostela. Según la Historia Compostelana, fueron levantadas sobre las ruinas de las «Aras de Augusto» con mano de obra campesina traída por precepto real desde Triacastela hasta la costa, dada la importancia estratégica de su ubicación por ser el punto de entrada y vigilancia a Iria Flavia. Fueron construidas a mitad de siglo XI, y las excavaciones realizadas comprobaron la inicial existencia de cinco torres y probablemente dos más, aunque actualmente sólo se pueden observar los restos de dos, una de ellas más antigua, de época romana, asociándose a restos de edificaciones romanas en las que se han encontrado cerámica y tégulas de datación romana. Según las fuentes, el obispo Cresconio murió mucho después de derrotar a Ulf el Gallego, cuando se dirigía a esta fortificación en el año 1066.

          A partir de aquí termina el periodo vikingo propiamente dicho en España, aunque realmente habría que precisar que los ataques no desaparecieron totalmente sino que se redujeron considerablemente, siendo desde entonces más bien escasos y esporádicos. En cuanto a Ulf, se desconoce qué suerte corrió el lobo escandinavo en Galicia, pero su recuerdo quedó bien presente durante mucho tiempo entre los habitantes de la región. Curiosamente del paso de los vikingos en Galicia y en toda la península Ibérica no existen restos materiales de ningún tipo, con una única excepción: la cajita de marfil en San Isidoro de León, un singular recipiente de forma cilíndrica con gran riqueza ornamental, tallado en asta de ciervo, de 44 mm de altura y 33 mm de diámetro, datado de finales del siglo X y que se conserva en el Museo de la Colegiata de San Isidoro de León.

          Diez siglos después el nombre de Ulv Galiciefarer vuelve a sonar. Bjarne Henning Nielsen, un arqueólogo danés, cree haber encontrado la sepultura donde fue enterrado el caudillo vikingo conocido como Ulv Galiciefarer, en el norte de Jutlandia. Ulv “el lobo” Galiciefarer, Ulf el Gallego, conde de Dinamarca, era el abuelo de Boedil Thurgotsdatter, esposa de Eric I de Dinamarca, y bisabuelo Valdemar el Grande, rey de Dinamarca a fines del siglo XII. La saga Knýtlinga, escrita en la década de 1250, cuenta que Ulv pasó su vida asaltando y saqueando las costas de Galicia y comunidades monásticas en las islas de San Simón, Cies y Toralla. Bjarne Nielsen, arqueólogo en el Vesthimmerlands Museum, ha estudiado las tumbas de otros importantes príncipes, funcionarios, condes y reyes daneses históricos, y ha encontrado similitudes notables en las prácticas funerarias utilizadas en su hallazgo con las prácticas funerarias comunes para la importante nobleza danesa en tiempos históricos. La tumba en cuestión fue construida en una tierra que se cree que fue parte de la herencia ancestral de Valdemar el Grande transmitida de generación en generación durante cientos de años. Si el área alrededor de Næsby en Jutlandia, donde se encontró la tumba, en realidad era propiedad de Valdemar y su familia, entonces es probable que su bisabuelo, Ulv Galiciefarer, hubiera sido enterrado en algún lugar de la zona. La tumba fue encontrada rodeada por un “cuadrado” oscuro en el suelo. Las manchas oscuras en la tierra generalmente provienen de material en descomposición a base de carbono, como las paredes de madera. La tumba probablemente tenía originalmente algún tipo de edificio a su alrededor, lo cual era una práctica común entre los entierros nobles de ese período. Los arqueólogos también encontraron una espada con el guerrero enterrado en la tumba, y la usaron para fechar el entierro en la primera mitad del año 1000 DC, justo cuando Ulv Galiciefarer habría estado viviendo. Un jarl o conde danés era un funcionario importante que, en ausencia del rey, controlaba una región o incluso un país entero. Tal persona probablemente se habría ganado un funeral principesco. No hay una certeza incuestionable, pero Nielsen propone que el momento y el lugar de enterramiento son muy sugerentes de un enterramiento de aquella época a un personaje histórico destacado a quien el rey quiso honrar.

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40- El ultimo campanero de la catedral de Santiago

          En los grandes templos, el Campanero, claro está, era la persona formalmente encargada de tocar las campanas conforme a las necesidades litúrgicas. Se trataba de un oficio de origen medieval en que, por la elevada altura de su actividad y por ser referencia diaria de vida de la ciudad, su labor era muy necesaria, por lo que se encomendaba a una persona para ejercerla y se le facilitaba una vivienda en el propio campanario, donde se trasladaba a menudo con su familia.

          En la catedral de Santiago de Compostela, la Torre de las Campanas es la que se sitúa a la derecha según miramos la fachada del Obradoiro. Estas dos torres principales de la fachada se denominan respectivamente torre de las campanas, la situada en la nave de la epístola, y torre de la carraca en la nave del evangelio, y que sustituía los toques de la campana por los de la gran carraca en Semana Santa como símbolo de duelo por la muerte de Cristo. En otra torre independiente, Torre Berenguela o Torre del Reloj, se encuentran las dos campanas nuevas del reloj, de las horas y los cuartos respectivamente, mientras que las antiguas están expuestas en el claustro de la catedral.

          El nombre de fachada del Obradoiro procede de ser el lugar donde se situaban los talleres (obradoiros en gallego), para la construcción de la catedral románica, y sobre todo después para su remodelación barroca durante los siglos XVII y XVIII. Durante los primeros siglos de su existencia, la catedral mostraba una estampa oeste muy distinta a la actual. Dos torres románicas de altura desigual coronaban una portada abierta día y noche y que dejaba al descubierto el Pórtico de la Gloria, visible desde el exterior. Las remodelaciones barrocas, que a la postre sirvieron como absoluta renovación del exterior del templo, se inician en el año 1650 y elevan e igualan las torres en sus 74 metros de altura.

          Debido a la frecuencia diaria y al necesario rigor y puntualidad en los toques, el campanero no podía vivir muy alejado de la catedral, y hasta más allá de los años 60 del siglo XX los toques de campana eran el mejor medio de comunicación global posible en la ciudad. Por eso el campanero tenía una vivienda instalada en los tejados de la catedral, donde podía vivir él y su familia, a una elevada altura, con acceso rápido a las campanea para atender con prontitud a los toques de las mismas.

          Hasta que se produjo la gran expansión de Santiago fuera del casco histórico, la vida compostelana estaba regida por los toques de campana de la catedral, y la mayestática solemnidad de sus sones densos y potentes, marcaban el discurrir del tiempo en la ciudad de Compostela. Cuando esto aún era así, lo contaba de este modo Don Gonzalo Torrente Ballester en su obra Compostela y su ángel: “Compostela se hace en torno a la campana. La campana lo va creando todo día a día, siglo a siglo, sin más que dar las horas. Y la niebla es el caos de donde la campana va sacando las cosas

          Hoy el sistema de toques manuales prácticamente ha desaparecido con el desarrollo de la mecánica y la tecnología, con algunas excepciones en torres singulares. Los toques se realizan actualmente por medios electromecánicos, regulados por un ordenador en que están programados los toques de las horas y los cuartos del reloj y los repiques de las misas ordinarias. Hoy el campanero se encarga de la programación de ese ordenador para los toques cotidianos, así como los toques manuales no programados con motivo de las diversas festividades litúrgicas, defunciones y entierros, toques que también coordina a través del ordenador sin necesidad de subir a la torre ni mucho menos vivir en ella.

          Pero hace unos cuatrocientos años si lo era, por lo que se instaló allí una vivienda de dos plantas para toda la familia, y cuyo objeto era que el campanero pudiera dedicarse de pleno a la labor de realizar los toques de las Campanas de la Catedral, liberado de la necesidad de tener que subir y bajar varias veces al día. Hasta el año 1962 el campanero de la catedral de Santiago de Compostela fue Ricardo Fandiño Lage. Él, su mujer y sus tres hijos fueron las últimas personas en residir allí, a unos cuarenta metros de altura.

          La vivienda, hoy ya inexistente, y a la que se accedía desde el interior de la torre, se situaba en los tejados de la catedral, por detrás de la fachada, en el espacio entre la propia torre y la peineta central de la catedral, de un espacio de unos dos metros de anchura. Tenía dos pisos conectados por una escalera interior, el piso bajo para una cocina amplia que aportaba también calor a la vivienda, y una sala-comedor, y el superior para dos dormitorio, uno para el matrimonio y otro para los hijos. Estaba construida en piedra y había sido dotada con agua corriente y electricidad, siendo los primeros moradores que disfrutaban de estos servicios. Los campaneros anteriores funcionaban con velas y con agua que debían subir desde la ciudad.

          Conocemos datos de aquellos años por notas del propio campanero y algunos relatos de sus hijos. Se instalaron allí un 16 de enero de 1942, entrando como campanero con un salario de 180 pesetas al mes, que era el sueldo común de todos los empleados de la catedral, posiblemente conociendo que era un oficio que pronto desaparecería.

          La vida era muy diferente allí arriba. El frío y la humedad resultaban los inconvenientes mayores, a cambio, eso si, de unas vistas únicas sobre la ciudad. Allí arriba, sobre los tejados de la catedral, para facilitar la subsistencia y facilitar la labor con las campanas, plantó una pequeña huerta en la que recolectaba tomates, lechugas, pimientos, puerros, calabazas, ajos y otras hortalizas para consumo propio. Instaló tres cabras que le proporcionaban leche y le permitían elaborar un excelente queso que se curaban y consumían allí mismo. También había gallinas ponedoras que proporcionaban huevos a la familia Fandiño, y un gallo que cantaba diariamente los amaneceres de la ciudad, marcando el comienzo del día a los moradores y a los vecinos de San Paio de Antealtares. El gallinero estaba instalado en una nave lateral, flanqueada por almenas, las que se levantan a muchos metros sobre el claustro. Criaba también pollos que sacrificaban en fechas señaladas. La familia había habilitado un rincón del gallinero, hacía el claustro, que hacía las veces de retrete.

          Ricardo Fandiño se incorporó como campanero, al jubilarse su antecesor en el cargo, José María González. Pero como el salario era corto y había que alimentar a cinco bocas, empezó a ejercer también de sastre, profesión que ya ejerciera en Sobrado dos Monxes, de donde era natural. Lo hacía en una habitación acondicionada del interior de la torre de las campanas, junto a la vivienda, en una sala que usaba como taller de sastrería y como lugar de pruebas, donde recibía a sus clientes para tomar sus medidas; luego en 1961 trasladó esta sala unos pisos más abajo. Al morir el sastre oficial de la catedral que atendía a los canónigos, Emilio Quinteiro, Fandiño pasó a ocuparse también de los arreglos del clero.

          Allí nació el hijo más pequeño de la familia, en 1945, llamado también Ricardo. Encarnación, la mujer del campanero, se puso de parto, y la matrona hubo de subir para asistir al mismo sobre los tejados de la catedral.

          Además de campanero y sastre, sobre todo en Años Santos, Ricardo también actuaba como tiraboleiro, es decir, uno de los funcionarios que impulsaban el vuelo del botafumeiro, mientras era su mujer Encarnación la que, en tales ocasiones, se ocupaba de realizar los toques siguiendo las instrucciones que había dejado bien escritas a mano el propio Ricardo, que tenía todo anotado en legajos llenos de anotaciones, dibujos y croquis, todo manuscrito.

          La jornada del campanero era larga y continua, pues iniciaba a las seis de la mañana y llegaba hasta el anochecer, todos los días de sol a sol, sin descansos ni festivos ni vacaciones. Y su labor era compleja y exigente, con el dominio de los frecuentes toques que reflejaban, ordenaban y transmitían la compleja vida litúrgica de la catedral, además de las señales diarias, así como de los funerales, las fiesta y los toques especiales que tenían su complejidad, con al menos seis o siete clases de toques de coro diferenciados, no menos de una docena de toques de difuntos, a más de diversas señales para rosarios, novenas y otros actos piadosos. Ricardo Fandiño, ordenado por su hijo Jesús que también le ayudaba en sus tareas, dejó una excelente guía de toques tradicionales que suponen una cierta simplificación con respecto a la metódica antigua.

          Además, para facilitar la labor de tocar a menudo los distintos toques, Ricardo recurrió a ingenios que le facilitaran su realización, de modo que instaló un sistema de cables y poleas que le permitía realizar el primer toque matinal desde su propia cama, sin tener que levantarse, lo que aportó no solo comodidad sino que supuso un gran avance y tranquilidad para la familia.

          En la arista central que dividía la vertiente central de las cubiertas, había y sigue habiendo una pequeña espadaña, ahora vacía, pero antes albergaba una campanita que se accionaba, mediante una larga cuerda, desde la sacristía, y que era un sistema de comunicación con el campanero para algún comunicado extraordinario.

          En distintos lugares de la pared se conservan algunos grabados o grafitis improvisados por los campaneros o sus familias, desde 1872 hasta 1939, y que constituyen una pequeña historia de la torre.

          Allí estuvieron los Fandiño hasta 1962, en que la familia se trasladó a una vivienda de la Calle Entrerríos. Entonces se desmontó la vivienda del campanero y los toques pasaron a hacerse por control eléctrico, siendo el propio Ricardo Fandiño el primero en funcionar por este nuevo procedimiento.

          La casa del campanero por tanto fue desmontada y ya no existe. Desde hace algún tiempo, se pueden visitar las cubiertas de la catedral como una opción más de la visita a la catedral, lo que en cierto modo es recuperar una tradición que seguían los peregrinos ya en el Medioevo. Es una visita desde donde se logran unas vistas únicas de la ciudad y el entorno catedralicio, lleno además de espiritualidad y simbolismo, pues allí, donde la Cruz dos Farrapos, con un depósito adjunto, donde los peregrinos quemaban sus viejas prendas en señal de purificación y renovación espiritual.

          Uno de los hijos, Jesús Fandiño, a pesar de las limitaciones y la vida exigente, recuerda que eran felices considerándose vigías de la ciudad y guardianes del Apóstol, más cerca del cielo que el resto de los habitantes de la ciudad.

          La subida se hace ahora a través de los 105 escalones que llevan por el interior del palacio arzobispal de Xelmírez y el lado contiguo a la catedral de la torre de la Carraca, la tribuna sobre el Pórtico de la Gloria, y la torre de las Campanas hasta los tejados. Una visita altamente recomendable.

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33 Nicolas Flamel y El Camino de Santiago

          Nicolas Flamel es un fascinante personaje de la Baja Edad Media, nacido entre 1330 y 1340 y fallecido en 1417 o 1418, cuya vida y papel histórico han sido extraordinariamente deformados a través de leyendas esotéricas que lo ensalzan como alquimista al que se atribuye los dos logros más buscados del arte alquímico: la transmutación de los metales en oro gracias a la elaboración de la piedra filosofal, y la inmortalidad a través un elixir o “panacea universal” que curaba todas las enfermedades y lograba vencer a la muerte.

          Nació posiblemente en Pontoise, a siete leguas de París, en el seno de una familia modesta de la que él mismo cuenta que estaba muy bien considerada por todos, incluso por sus rivales, en virtud de su gran honestidad. Pudo adquirir cierta formación heredando el oficio de copista de su padre, y gracias a su dominio de la escritura se instaló en París como escribano público, oficio que desempeñó muchos años. Ubicado primero en la proximidad del cementerio de los Santos Inocentes, allí prosperó como calígrafo y escribano de prestigio, lo que le permitió trasladarse al barrio de Saint-Jacques-la-Boucherie, donde ofrecía sus servicios en una tienda junto a la iglesia, en la activa cofradía del gremio de carniceros, alcanzando allí un reconocido prestigio y una notable bolsa de clientes, llegando a ser designado librero jurado de la Universidad (el cargo requería juramento académico), lo que otorga la categoría privilegiada de los libreros, iluminadores, escritores y encuadernadores, creando una escuela de escritura para enseñar a los analfabetos modestos y un taller de edición de libros con opción de pintar iluminaciones para los patrocinadores más ricos. La imprenta aún no se había inventado y el acceso a la escritura es raro y difícil, por lo que la nobleza y la burguesía son analfabetas, lo que convierte a Flamel en un hombre letrado y de influencia, pues los buenos escribanos gozaban de reconocimiento y prestigio laboral y acumulaban gran actividad y remuneración, todo lo que le permitió forjar un importante nivel económico, junto al hecho determinante de su matrimonio con Pernelle, viuda mayor que él, que aportó al matrimonio bienes notables de sus dos matrimonios anteriores, y se convertirá en su compañera incondicional e inseparable, y cuyos bienes se convirtieron ante el notario en legado de propiedad mutua, don que se renovó varias veces y que excluía de la herencia de Pernelle a su hermana y los hijos de ésta.

          A estas ocupaciones se dedicó en un ámbito de acomodado burgués, aunque dedicando buena parte de sus economías a obras piadosas en ayuda de sus semejantes y construcciones de edificios religiosos y donaciones benéficas.

          En plena Guerra de los Cien Años, en 1357, por su condición de librero, se cuenta, se fabula más bien, que cayó en sus manos un libro singular y misterioso, un grimorio o libro mágico y ocultista de contenido alquímico en clave hermética que cambió su vida. Aquí empieza la magnificación y nace la especulación esotérica desde ese primer instante, con versiones distintas y en creciente fantasía, que relatan que lo recibió de un desconocido que necesitaba ingresos con urgencia, o que lo compró casi al azar o que le fue entregado por un ángel en sueños. El contenido de ese libro resultaba totalmente enigmático para el escribano, excediendo sus conocimientos para interpretar sus símbolos y figuras, a lo que dedicó, se dice, 21 años de su vida para intentar descifrarlo, sin conseguirlo. Se trataba del libro conocido como “El libro de las figuras jeroglíficas”, o el libro de Abraham el judío.

          La leyenda se desborda en relatar la transformación de Flamel de quien se dice que, viéndose incapaz de interpretar el mensaje del manuscrito hermético, se decidió a emprender el Camino de Santiago para rogar al Apóstol que lo iluminara en su búsqueda de encontrar la Piedra Filosofal y se dice que peregrinó caminando hasta llegar a la tumba del Apóstol. Casi en contradicción con esta búsqueda devota de iluminación, se dice que para poder descifrarlo viajó a España, donde en aquella época y bajo la influencia andalusí, parece que residían las máximas autoridades de la Cábala, los mayores sabios de los saberes del mundo antiguo, las mejores traducciones del griego clásico que se producían en las universidades españolas. Mientras tanto los esotéricos hacen del Apóstol Santiago un Mago poderoso y referencia, guía y patrono de los alquimistas, que ven en la peregrinación jacobea no un acto de culto sino un simbolismo alquímico de transformación.

          Tras llegar a Santiago Nicolás Flamel no encuentra eco a sus ruegos e inicia el regreso, siendo al pasar de nuevo por la ciudad de León, cuando encontró, por misteriosas circunstancias, a un viejo maestro judío converso, el maestro Canches, conocedor de los profundos secretos de la Cábala y la Alquimia, quien identificó la obra como el Aesch Mezareph del Rabí Abraham, y enseñó a Flamel el lenguaje y el simbolismo de su interpretación, hasta entonces ocultos a su entendimiento.

          Parece que Flamel intentó llevarse consigo al maestro Canches vía marítima, e iniciaron después ruta hacia París, pero Canches, ya viejo y enfermo, recayó y terminó muriendo en Orleans, donde Flamel cuenta que le dio cristiana sepultura, regresando de inmediato a su casa de París, donde se entregó durante tres años a aplicar las enseñanzas del Maestro Canches, hasta que después de arduas experimentaciones y ensayos, Flamel y su esposa Perenelle, en su laboratorio parisino, obtuvieron la Piedra Filosofal, en 1382, por la que lograron la transmutación metálica de mercurio en oro: Yo transformé efectivamente el mercurio en casi la misma cantidad de oro corriente. Puedo decir esto en honor a la verdad. Realicé la obra por tres veces con la ayuda de la Perenelle“… Sería toda una verdadera declaración si no fuera porque estas palabras no son realmente suyas, sino puestas en su boca con propósito literario novelesco.

          El enigmático maestro Canches, a quien supuestamente Flamel debe sus valiosos logros, es también la prueba de que todo es una fabulación, pues Flamel, tras darle cristiana sepultura, dice: “Dios tiene su alma; porque él murió en buen cristiano, y ciertamente si no me lo impide la muerte, le daré a esta Iglesia algunas rentas para que diga por su alma todos los días algunas misas”. Es decir, Flamel adquiere el sagrado compromiso de fundar medios que generen recursos periódicos en beneficio del Maestro Canches. Tuvo sobradamente tiempo y recursos para hacerlo, pero una investigación amplia y precisa revela que jamás lo hizo, nunca existió la menor iniciativa con ese propósito hecha por Flamel. El afamado escriba, fundador y generoso benefactor, ¿había olvidado la promesa dada a su maestro y amigo que lo dio todo, hasta la vida, por su causa?. No le dedica recurso alguno, ni siquiera una mención en su testamento. Quien tuvo generosidad sin límite para con tantos indigentes a quienes nada debía ¿se olvidó de aquel a quien debía riqueza y vida inmortal?. La única realidad es que Flamel no olvidó nada, sino que el maestro Canches nunca existió, solo como personaje ficticio para novelar una supuesta inspiración hermética que nunca hubo.

          ¿Y peregrinó Flamel a Compostela?. En las distintas representaciones de su imagen jamás se vio una que le identifique como peregrino. Pero es el propio Flamel quien, refiriéndose al retorno de su peregrinación, supuestamente dice: “Quien quiera ver cómo fue mi llegada y la alegría de Perrenelle, que nos contemple a los dos en esta villa de París sobre la puerta de la capilla de Saint Jacques-de-la-Boucherie, del lado que está junto a mi casa, donde estamos representados: yo dando gracias a los pies de Santiago de Galicia y Perenelle a los pies de san Juan, a quien había invocado muy a menudo”. En efecto, entre otras muchas dádivas a esa iglesia, Flamel financió en ella un hermoso relieve que representa a Flamel y Pernelle en actitud piadosa, hoy derruido como toda la Iglesia de Santiago de la que solo se salvó, con gran fortuna, la Torre de la Iglesia que sin embargo Flamel nunca llegó a conocer pues se construyó mucho después de su muerte. En todo caso, si Flamel debía figurar alguna vez con hábito de peregrino, esta obra de la iglesia de Santiago era la oportunidad en que debió de hacerlo. No lo hizo porque nunca peregrinó a Santiago, por eso aparece vestido a la manera de su tiempo, como burgués.

          En 1407, ya viudo, Flamel se hizo construir una casa, que aún se conserva, en el número 51 de la rue de Montmorency, diez años después de la muerte de Pernelle, en la que estableció su taller bajo el signo de la flor de lys. La decoró con grabados e inscripciones religiosas en donde se han querido ver toda clase de interpretaciones jeroglíficas donde solo había devoción piadosa. Había incrementado en mucho su fortuna, que usó generosamente desprovisto de toda ambición y de hijos a los que sostener, haciendo grandes donaciones y financiando la edificación de hospitales, iglesias e instituciones benéficas, en sintonía con el desprendimiento que se supone debe caracterizar a un verdadero alquimista. Porque a esas alturas Flamel ya no era solo un Adepto de la alquimia y de su filosofía, sino el Gran Maestro de la misma, el descubridor de los grandes objetivos alquímicos. Los rumores de su fortuna crecen; para unos el origen es sin duda su descubrimiento de la piedra filosofal, para otros es su bufete de escribano, la escuela de escritura y el taller de edición de libros iluminados lo que le proporciona sus ingresos, junto a una sabia inversión de los bienes legados por Pernelle, mucho más de lo que necesita; tiene a su servicio varios copistas y entre su clientela se encuentran las mejores familias de París. A través del médico y consejero real, la fortuna de Flamel llega a oídos del rey, y se llega a decir que el rey Carlos VI de Francia le pidió oro a las arcas reales. La realidad es que ante los rumores de Flamel y sus misteriosas riquezas el rey ordenó una investigación en la que no se encontró nada de lo fantásticamente sugerido, sino un ambiente normal e incluso modesto donde destacaba el uso de vajilla de barro y enseres cotidianos. Nada de laboratorios sofisticados ni acúmulos de oro ni riquezas.

          Se especula que con el logro de la Piedra Filosofal y junto a Pernelle, elaboró también un elixir o tintura, la Panacea Universal, por la que obtuvieron ambos esposos la inmortalidad. A la muerte de Pernelle programó profusas exequias y tuvo que afrontar requerimientos y conflictos hereditarios por parte de la familia de Pernelle, por una clausula testamentaria de última hora, por la que otorgaba algunos derechos hereditarios a su hermana y sus hijos a la muerte de Flamel. Protección hereditaria en beneficio de Nicolás que supuestamente no necesitaba dado el extraordinario hallazgo que protagonizaron juntos y que sin embargo parecen prevenir posibles dificultades económicas a su querido compañero Nicolás. Ella recibió sepultura en el Cementerio de los Santos Inocentes y él 20 años después en el de Saint-Jacques-la-Boucherie. En homenaje a Pernelle, Flamel construyó y decoró en 1939 una de las grandes arcadas del osario común en cementerio de los Santos Inocentes, y en el mismo año financió la reparación del portal de Saint-Jacques-de-la-Boucherie, representado en oración a los esposos al pie de la Virgen María, Santiago y San Juan.

          Se cuenta que el entierro fue ficticio y que al ir a exhumarlo se encontraron la tumba vacía, ante lo que se disparó la creencia de su inmortalidad, fabulando sobre su rejuvenecimiento insólito, y haciéndole recorrer mundo tras su supuesta muerte, en aventuras recopiladas y noveladas inventivamente por Paul Lucas (1664-1737). Deja de ser un personaje de la historia para convertirse en un personaje de ficción, citado desde en el Péndulo de Foucault de Umberto Eco, en El Código Da Vinci de Dan Brown, en El Secreto Egipcio de Javier Sierra, y hasta en el mundo de fantasía de Harry Potter de JK Rowling, así como por no pocos cronistas y novelistas que encuentran en su nombre y en el terreno de la alquimia un generoso e ilimitado espacio para la fabulación novelesca jugando con un trasfondo de supuesta historicidad.

          Su realidad histórica, auténtica, y su celebridad como escribano y librero bien trabajada y merecida, se ve distorsionada por la idea exagerada que se tuvo de su fortuna, y por las extravagancias fingidas sobre el origen de una opulencia solo conquistada al precio de muchos sudores y el noble uso de sus recursos e iniciativas. Fascinó tanto a sus contemporáneos que no se percataron de la sencillez de su existencia, a causa de su caritativa y piadosa prodigalidad. Fue en su trabajo inteligente, en su espíritu de orden y de sabia gestión económica y comercial, donde encontró la piedra filosofal. Hombre de fe y lleno de generosidad, pensaba que la caridad era un don de Dios recibido en el corazón como una calidad permanente, que le llevaba a amar a su semejante y a socorrerlo en la adversidad. Es pues este espíritu religioso de caridad el que animaba al artista laborioso, y lo que le hizo emplear su fortuna para aliviar a las viudas y huérfanos, fundar hospitales y reparar iglesias. Rico en la imaginación de la gente, dejó realmente una herencia modesta.

          Este piadoso cristiano murió el 22 de marzo de 1417 en su casa, ubicada en la esquina de las calles des Ecrivans y Marivaux. Curiosa reliquia de este viejo barrio demolido para la prolongación de la calle de Rivoli pero conservando casi por azar, la Torre de la Iglesia de Saint-Jacques-la-Boucheri, y la casa de Flamel. La vieja casa de piedra y madera de Flamel, ocupada desde largo tiempo por un tabernero de aguardientes que aún existía el 1 julio de 1852 y hoy reconvertida en un albergue restaurante que conserva su nombre como reclamo. No había nada notable en la casa; sin embargo, había conservado algo de su fisonomía de la Edad Media a pesar de las alteraciones del tiempo y la mano del hombre. Sus tres pisos antaño fueron sombreados por una marquesina, y todavía se percibía sus rastros; pero se veían allí las imágenes e inscripciones piadosas que adornan su fachada, y algunas interiores que, según el testimonio del Padre Villain, fueron robadas en 1756, tras las excavaciones llevadas a cabo en las subestructuras de la casa por intrigantes adeptos de la filosofía hermética que, bajo el pretexto de reparar a sus gastos las casas caducas que pertenecían a las iglesias, revolvieron todo para encontrar allí los supuestos tesoros enterrados que ya obsesionaron a otros investigadores en los siglos XV y XVI. Fue enterrado en la nave de la iglesia de Saint-Jacques-la-Boucherie. Su mujer Pernelle, había fallecido 20 años antes que su marido, el 11 de octubre de 1397, y fue enterrada en el cementerio de los Santos Inocentes, según su propio testamento.

          Merecedor Flamel de una estatua conmemorativa, muy al contrario, los sans-culotte (revolucionarios radicales franceses), en su lucha contra el absolutismo y la burguesía, dispersaron sus huesos, como los otros de ilustres difuntos que dormían en su entorno, bajo las bóvedas sagradas. Esta y no otra explicación ilusoria es la causa de su tumba vacía. Su estela funeraria, que se había hecho hacer en vida y que guardaba mientras en su casa como sano y desprejuiciado pensamiento de la muerte ya próxima, y que, según su última voluntad, se había agregado al pilar más cercano, sobre su sepultura, fue arrancado y vendido a una frutera de la calle Saint-Jacques-la-Boucherie, del que se sirvió mucho tiempo para machacar sus espinacas. Se creía que este pequeño monumento había sido destruido, cuando fortuitamente fue encontrado en 1847, por M. Dépaulis, en casa de un vendedor de curiosidades, dándolo a conocer a las autoridades y confirmándose su autenticidad. Primero se pensó sellarla en la torre de Saint-Jacques; pero finalmente enriquece el museo de Cluny de París.

          El testamento de Nicolas Flamel, mucho tiempo olvidado, se conserva en la Biblioteca Nacional Francesa y varios siglos después fue transcrito al francés para su plena comprensión. Su lectura no encierra nada que permita vislumbrar su singular sabiduría alquímica, sino que de un modo monótono y protocolario describe las diferentes donaciones a iglesias para celebrar misas según criterios precisos de la ceremonia.

          Se le atribuyen varios manuscritos alquímicos y herméticos: el Libro de las figuras jeroglíficas, el Sumario filosófico, el Libro de los lavamientos o el Deseo deseado. Pero una cita muy poco sospechosa de anti-alquimista como Fulcanelli (seudónimo que encierra una personalidad o grupo anónimo de autoría de libros de alquimia del siglo XX) indica que el famoso libro de las figuras jeroglíficas y otros que le son atribuidos, eran un pastiche o plagio apócrifo fabricado después con propósito de presentarle como original de Nicolas Flamel. Así, algunos manuscritos se fabricaron en el siglo XVII y XVIII, siguiendo las descripciones supuestamente dadas por Flamel en su manuscrito y luego impresas como libros suyos. Todo es realmente pura invención, dice Fulcanelli, y ningún bibliógrafo puede atestiguar la existencia de un libro original que contenga las figuras jeroglíficas, de modo que nos vemos obligados, dice el propio Fulcanelli, a concluir que esto es un trabajo inexistente que solo se presume. Pirueta y triple salto alquímico al contra-argumentar que la personalidad que estaba detrás de Fulcanelli era la del propio Nicolas Flamel para camuflar sus extraordinarios logros alquímicos.

          Fulcanelli también afirma que la peregrinación a Compostela es pura alegoría, un viaje simbólico que debe ser emprendido por todos los alquimistas para su transformación interior. Esa es la metáfora que interpretan los alquimistas como un grado de sabiduría, pero que no sirve para esconder que Flamel es un producto concebido y manipulado hasta convertirlo en lo que nunca fue.

          En el siglo XVIII, el párroco de Saint-Jacques-la-Boucherie, padre Villen, abochornado por la sombra proyectada tras la muerte de Nicolas Flamel y su mujer Pernelle, recopila todas las escrituras, registros, documentos debidamente autenticados y escribe en 1761 un libro titulado “Histoire Critique de Nicolas Flamel Et de Pernelle Sa Femme”, donde acredita que el origen de los bienes materiales del matrimonio, no son fruto de un portentoso hallazgo, sino plenamente justificables y cuantificables, en ningún caso fruto de un enriquecimiento brusco y desmedido, sino producto de una labor intensa y buena gestión de sus recursos.

          Ni enseñanzas del maestro Canches, ni Camino de Santiago, ni libro de jeroglíficos, ni hallazgos alquímicos, ni transmutación de metales por una Piedra filosofal, ni inmortalidad por Panacea universal. Nada de esto existió sino en la iniciativa de un escritor fantasioso que dejó escrito que lo hacía todo para divertir al lector, legítimo objetivo literario del novelista.

          ¿Es posible la conversión en oro a partir de mercurio o plomo?. Oro, mercurio y plomo son, en suma, elementos simples, compuesto por átomos formado de electrones alrededor de un núcleo de protones. Por tanto la Química y la Física modernas pueden lograr la pretendida conversión de los alquimistas. No sería por la quimérica piedra filosofal, sino con la mediación de un sofisticado acelerador de partículas y de reacciones nucleares. El inconveniente de este proceso, inaccesible por otra parte a los alquimistas de los siglos XIV y XV, es que cada átomo de oro producido costaría millones de veces más que el de su valor comercial.

          Como reflexión final, Nicolas Flamel merece una rehabilitación histórica que lamentablemente es imposible esperar hoy. No por eso voy a dejar de plantear mi conclusión y luego haga cada cual de su capa un sayo. Flamel nunca fue alquimista, ni manejó una redoma ni un matraz. No invirtió sus horas ni sus años en interpretar jeroglíficos ni símbolos, ni en buscar quimeras filosóficas ni panaceas curativas, sino en la noble labor de la escribanía, en crear una escuela de escritura y contra el analfabetismo de su época y de copia de textos en tiempos que no conocían la imprenta, en desarrollar un taller para la edición de libros ilustrados. Fruto de su continua laboriosidad compartió sus bienes con los pobres, prodigó donativos y obras benéficas, levantó edificaciones y ornamentos eclesiásticos que reflejaban su fe y su caridad. Colaboró con la cofradía de Santiago del barrio de la Boucherie de París y mostró su fe y devoción en el Apóstol Santiago de Galicia, donde no peregrinó ni física ni simbólicamente como un alquimista que nunca fue ni ambicionó ser. Mi admiración y respeto por el escribano parisino Nicolas Flamel.

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32- Hermann Künig von Vach y el culto jacobeo en Alemania medieval

          El culto a Santiago en la cultura alemana tiene una larga tradición cuya mención se encuentra ya documentada en el siglo IX. En el siglo X se inscribe el 25 de julio como el «día de Santiago» en el calendario bávaro, y surgen las peregrinaciones a Santiago, proliferando alojamientos para peregrinos en Duderstadt, Erfurt y Frankfurt. En el siglo XIII existen ya más de 500 iglesias consagradas a Santiago. En los siglos posteriores, las regiones situadas a lo largo del Rin, las ciudades de la actual Suiza, Baviera y el Tirol se convierten en los puntos principales de culto jacobeo. El Apóstol pasa a ser el patrón de distintos gremios y se fundan numerosas hermandades jacobeas.

          Las primeras citas son del siglo X, como el de 930, un peregrino tullido del Monaterio de Reichenau, o el del franco-germano Bretenaldo. Incluso se han descubierto tumbas de peregrinos enterrados con conchas de vieira en sepulturas alemanas que parecen anteriores al siglo X. Será en el siglo XI cuando se da la gran eclosión de la peregrinación alemana. En 1072 tiene lugar una de las más famosas, la del arzobispo Sigfrido I de Maguncia. También por esos años peregrina con gran devoción el conde Eberhard de Nellenburg, que abrazó la vida monástica y alcanzó la condición de Beato. Después fue Konrad, conde de Wittelsbach, asimismo arzobispo de Maguncia (1164); luego la condesa Sofía de Holanda (1176) y Heinrich der Lówe en 1182. A partir de aquí serían burgueses, patricios y mercaderes quienes emprenderían el difícil camino hacia el sur, con abundante seguimiento y popularidad hasta la frontal oposición de Martín Lutero en el siglo XVI en el seno de su reforma protestante.

          Durante el largo viaje solían entonar cantos jacobeos o jacobslied, de los que perviven letras que expresan una gran devoción jacobea. Los peregrinos germanos contribuyeron señaladamente a la popularizaron del rito de la coronación del peregrino por el que colocaban en sus cabezas la corona metálica de la estatua románica de Santiago sobre el Altar Mayor de la catedral, como gesto de agradecimiento y satisfacción tras el largo esfuerzo. El rito es descrito por Arnold von Harff, mencionando las burlas que dicho hábito provocaba entre el resto de los romeros y que derivó en poner al apóstol el sombrero del propio peregrino, un rito emparentado con el del abrazo a la figura del apóstol en el camarín del altar mayor, que no tuvo mucho arraigo y terminó por desaparecer, permaneciendo el del abrazo.

          Entre los más célebres alojamientos de peregrinos en su viaje a la tumba del apóstol Santiago se cuenta el «Kompostellhof» en Frankfurt, inicialmente fue sede de la orden de caballería alemana y más tarde, a partir del siglo XV, residencia del elector de Maguncia, siendo mencionado en «Dichtung und Wahrheit» (Poesía y verdad), de Goethe. El complejo de edificios sufrió graves daños durante los ataques aéreos de 1944 y luego fue demolido.

          El Camino de Santiago tuvo, pues, en Alemania una gran historia en que el culto religioso o la expiación de una culpa lo que movió a la gente hacia Galicia en un viaje de unos 2500 km que exigían varios meses de peregrinación. Existieron relatos de viaje de peregrinos alemanes, y entre los más famosos los del caballero Arnold von Harff de Colonia (1499) y sobre todo los del monje Hermán Künig von Vach (1495).

          El noble Arnold von Harff de Colonia, con veinticinco años realizó una larga peregrinación a las más destacadas metas del cristianismo: Roma, Jerusalén y Santiago que afrontó en más de tres años de peregrinación. Su diario de viaje constituye un gran ejemplo de literatura odepórica, donde él mismo testimonia su doble motivación: “Para consuelo y salvación de mi alma […] pero también para conocer las ciudades, los países y las costumbres de los pueblos”. En cuanto al itinerario, partió de Venecia siguiendo una ruta terrestre hasta entrar en España por Saint-Jean-Pied-de-Port, cruzando los Pirineos hasta Roncesvalles y seguir después el clásico Camino Francés hasta Compostela y llegando luego hasta Finisterra.

          Pero sin duda el relato alemán más famoso es el de Hermann Künig von Vach, monje que escribió en 1495, en Estrasburgo, una guía de peregrinación dirigida fundamentalmente a sus compatriotas pero que durante el siglo XVI fue muy utilizada por los viajeros centroeuropeos. La terminó de escribir en el año 1495, en verso, con el título Die Walfart und Strass zu Sant Jacob, siendo editada varias veces y, últimamente, con «gran esmero», por K. Haebler, Das Wallfahrtsbuch des Hermannus Kunig von Vach un die Pilgerreisen der Deutschen nach Santiago de Compostela, Strassburg, 1899. Luego se hicieron traducciones en los distintos idiomas europeos.

Los primeros versos de la obra son una verdadera declaración de intenciones:

Yo, Hermann Künig, von Vach,
quiero, con la ayuda de Dios,
hacer un pequeño libro
que ha de llamarse «Camino de Santiago»,
En él quiero describir caminos y senderos,
y cómo ha de procurarse comida y bebida
cada uno de los hermanos de Santiago
y también citar las felonías de los taberneros”.

          Se considera “La clásica peregrinación alemana a Compostela” por excelencia y brinda información valiosa sobre la naturaleza de caminos y sendas, distancias, los lugares sagrados o de avituallamiento, los tipos de cambio de moneda, los derechos de aduana y las ocasiones donde pueden ser engañados, las comidas, los albergues y hospitales, los anfitriones y su amabilidad u hostilidad hacia los alemanes y muchos más consejos a sus paisanos. Aunque el texto es de una modesta calidad literaria, su información práctica proporciona consejo valioso sobre los problemas cotidianos de la peregrinación de esa época.

          Su itinerario comienza en Suiza, en el santuario de Nuestra Señora de Einsiedeln, un centro de peregrinación al sur del lago de Zúrich. En el viaje por recorrer, describe lo que él llama “Obere Strasse” o Camino Alto, tal vez porque comienza desde la Alta Alemania y cruza los Alpes al comienzo de su curso; en oposición a la “Niederstrasse” o Camino Bajo, que describe en el viaje de regreso, retornando a Burgos y desviando luego por el túnel natural de San Adrián, y que después de haber cruzado el oeste de Francia y los Países Bajos, regresa a Alemania por Aquisgrán.

          En cuanto al itinerario por España, entra por los pirineos por Roncesvalles y sigue básicamente el Camino Francés pero con dos variantes en las provincias de León y Lugo. En la primera de ellas, en el trayecto entre León y Astorga, Künig recomienda dejar el itinerario calixtino y no pasar por Astorga sino desviarse a mano derecha para llegar al Bierzo sin pasar montaña alguna. La descripción es bastante precisa. Advierte el monje que desde León se pueden tomar varias opciones: una subir hacia San Salvador (Oviedo), otra alternativa es caminar hacia Astorga y la tercera, que él recomienda, es que al llegar a un otero o colina con un crucero de piedra (San Martín), el camino se bifurca. Si vas a la Izquierda llegas a Astorga, “pero si sigues mi consejo, gira hacia la derecha aquí y no tendrás que subir las montañas, estas todas quedan a la izquierda. Mi consejo es evita Rabanal“. Así el peregrino sale de San Martín del Camino y tomar la ruta de Santa Marina del Rey y Benavides, y entra en el valle del Tuerto por Cogorderos o sus proximidades, para cruzar la Cepeda y entrar en el Bierzo por el valle de Tremor, concretamente a Cerezal de Tremor, siguiendo desde allí hacia Ponferrada.

          De este modo, frente a las cotas de 1500 metros de altura del paso de Foncebadón, Künig opta por un paso cercano a Brañuelas al que se accede, en suave ascenso, sin cruzar montañas y a una cota de unos 1100 metros, en territorio ameno y bastante poblado, tal como dejó escrito el monje alemán. La ruta, además de una orografía más asequible, atraviesa lugares que entonces eran relevantes; Santa Marina fue un importante lugar en que llegaría a residir el obispo de Astorga; y Benavides tuvo un notable poderío local, y en Cogorderos hubo un monasterio medieval bajo la advocación de Santiago. De este modo, dice el propio Künig: “esta ruta te llevará pronto a Bonfotat (Ponferrada) [….] y deja Astorga a tres millas a tu izquierda. Irás a través de un poblado tras otro, hay buena gente aquí, el viaje es seguro y te darán gozosos comida y bebida“.

          Y el segundo caso consiste en que, después de pasar Villafranca del Bierzo, Künig propone no subir por La Faba hacia O Cebreiro, sino dejar esta subida a la izquierda y tirar cruce a la derecha, pasando así por As Nogais, Becerreá, Baralla y O Corgo llegando tras unas 10 leguas a Lugo, en la que cita sus baños y su singularidad romana.

          Despacha rápidamente el paso por Santiago de Compostela, e inicia de inmediato el camino de retorno por la que denomina “vía baja”, desviándolos, desde Burgos, por el famoso túnel natural de San Adrián en el que actualmente se denomina Camino Vasco del Interior.

          “y llegando a Aquisgrán, allí confesarás tus pecados y darás gracias a Dios y a María por haber podido regresar con buena salud. Servirás a Dios y a María con piedad, para que disfrutes de la gracia que muchos hombres de tierras lejanas buscan obtener. María nos protege del castigo eterno y nos muestra su gracia, pobres pecadores, para que podamos morir de muerte eterna, pero para que podamos mirar eternamente a Dios, a Santiago, a todos los santos ya nuestra Santísima Virgen. Amén

Y finalmente concluye:

          “Yo, Servita de María, Hermann Künig von Vach, he compuesto este folleto llamado Camino de Santiago. ¡Que Dios nunca me deje morir y permanezca siempre cerca de Él! Lo escribí en el año 1495, el día de Santa Ana. ¡Que Dios nos preserve del castigo eterno! Amén”.

 

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39- Inicio y evolución de la Sede de Iria Flavia

          La iglesia de Santiago de Compostela surgió como continuación y posterior separación de la Sede de Iria Flavia, que aparece por vez primera en la Historia en el Concilio I de Braga (561), año en que Andrés, obispo de Iria, firma las actas del mismo, figurando por ello como el primer obispo de Iria.

          Hay no obstante indicios, tanto arqueológicos como epigráficos, de que el obispo Andrés no fue el primero, sino que Iria tuvo actividad eclesiástica anterior y en la que Andrés era un continuador más y no su iniciador. Otros argumentan que la sede de Iria fue el traslado de la cercana Aquis Celenis (Caldas de Reis), núcleo romano importante por sus aguas termales, de existencia prerromana, en la Vía XIX de itinerario Antonino como la propia Iria, que sufrió dificultades con los bárbaros ante lo que el prelado de Celenis pudo optar por mudar la sede a Iria, en modo que el Obispado de Celenis pasó la dignidad obispal a Iria.

          Antes del I Concilio de Braga, se celebraron el Concilio de Elvira (Granada) en el año 302, el de Arlés (314), el de Sárdica (342) y I de Toledo (400). Todos en zonas muy lejanas a Iria, más allá de las montañas que separaban Galicia del resto de la Península. No es de extrañar que no asistiera a ellos ningún obispo de iria, como tampoco asistieron a ellos otros obispos de Galicia de los que no hay duda que ya existían. Ciertamente la presencia de un obispo a un concilio constatada con su firma, acredita su existencia, pero su ausencia no permite deducir que su sede no existiera.

          Lo sugerido no es mera especulación, pues tan solo 8 años después del citado Concilio l de Braga, tiene lugar otro en Lugo (569), al que también asistió Andres de Iria, igualmente convocado por el rey suevo Miro (559-570) y en que surgió el documento conocido como Parochiale Suevicum o Divisio Theodemiri.

         Este documento muestra la organización de la Iglesia en Galicia, organización que con pequeños retoques ha llegado a través de los siglos hasta nuestros días. Se trata de un importante manuscrito de la segunda mitad del siglo VI, donde se refleja la organización eclesiástica del Reino de los Suevos, con una relación de 134 parroquias agrupadas en trece diócesis, y aunque este documento solo refleja iglesias pertenecientes al poder episcopal, parece corresponder a una tendencia común de fundación de iglesias y monasterios en gran parte del antiguo Imperio romano, pequeñas construcciones, poco propicias todavía para la reunión de un amplio número de fieles, pero que suponen ya una innegable implantación física de la Iglesia en el territorio.

          No puede aceptarse que Iria estuviera sin obispo hasta el tiempo de los suevos católicos, y había sedes en Parochiale Suevicum que no eran de creación sueva, sino la confirmación y desarrollo de sedes ya existentes, definiendo su competencia territorial y completando con otras de nueva designación. Desde el año 556 era obispo de Braga en el I concilio bracarense, Martín Dumio, a quien se atribuye la conversión al catolicismo de los suevos, labor en la que el citado obispo Andrés de Iria no fue mero testigo sino coprotagonista. En el mencionado Concilio Andrés acreditó mayor antigüedad que Martín Dumiense, es decir que fue consagrado en fecha anterior que él y así figura en el riguroso protocolo conciliar. Es decir que Iria era ya sede eclesiástica antes del propio concilio de Braga y por tanto también antes de la Parochiale Suevicum. No es, por otra parte, creíble que hasta mediados del siglo VI no existiera prelado en Iria y que en el dilatadísimo espacio de Galicia entre Braga y Lugo no existiera otra Cátedra Pontificia hasta la designación de los suevos católicos. No es admisible dada la mucha cristiandad que desde los siglos precedentes había ya en Galicia. El propio priscilianismo (siglo IV), del que se acepta que Galicia abrazó masivamente, habla de la existencia de un cristianismo precedente y por tanto en época muy anterior a los tiempos del I Concilio de Braga. Es decir, la sede Iriense era anterior y debió de ser atendida por prelados precedentes a Andrés.

          En la asistencia de Andrés de Iria al posterior concilio de Lugo, a buen seguro con su protagonismo, se fijó el territorio de la diócesis iriense, que llegó a nosotros consignada en el citado Parroechiale Suevicum. El documento hace una asignación de territorios a cada una de las diócesis del reino suevo. A Iria le asigna los siguientes: Ad lriensem (Sedem); Morracio, Saliniense, Continos, Celenos, Metacios, Merciense s, Pestomarcos, Coporos, Celticos, Brecantinos, Prutenos, Pluzios, Bisaucos, Trasancos, Lapaciengos et Arros, nombres en los que identificamos los de gran parte de los actuales arciprestazgos de la diócesis de Compostela, lo que nos habla de la conexión entre Iria y la futura Compostela.

          No puede asumirse, pues, que Miro fuera el primero en instituir sedes episcopales en el reino suevo de Galicia, sino que se debe interpretar que fue el primero en documentarlo. Parte de la organización eclesiástica gallega ya estaba constituida y lo que Miro hace es dar forma escrita y reglada, ampliando las diócesis eclesiásticas por ser pocas para un territorio tan grande, pero incluyendo en la relación las sedes e iglesias ya existentes, y citándolo los cronistas en modo que parecen de nueva creación. Es sin duda el caso de Iria, ya acreditada como preexistente.

          Iria es un enclave de fundación romana que nacería como centro creado ex novo a mediados del siglo I d.C. Cuenta con una excelente situación estratégica natural, comunicada con el interior del territorio mediante una vía terrestre, de disposición norte – sur, y otra fluvial formada por el puerto del río Ulla, de disposición este – oeste. Son sus excelentes condiciones geográficas las que crean un entorno excepcional para el desarrollo comercial, situado en la vía XIX del Itinerario Antonino, que une Bracara, Lucus y Asturica. Las excavaciones han sacado a la luz una serie de estructuras constructivas que podrían formar parte del antiguo núcleo urbano de Iria, que alcanzó un notable progreso ante lo que Vespasiano (Tito Flavio), emperador romano en el siglo I, elevó a Iria en el año 70 a la consideración de municipio romano y a partir de entonces se le llamó Iria Flavia. Entre los materiales arqueológicos encontrados hay una pequeña escultura votiva de un torito de bronce, que constituye el indicio de culto grecorromano a Serapis en la antigua Gallaecia, como muestra de que Roma adoptaba distintas creencias y las llevaba a distintas partes del imperio. Que allí prosperara un núcleo urbano que fuera objetivo y foco de evangelización cristiana no es una arbitrariedad, pues fue precisamente la infraestructura romana la primera en propiciar la cristianización en los lugares que ocupaba. Los estudios arqueológicos de la iglesia de Santa María de Iria Flavia revelan una sucesión de fases: romano-imperial, tardo-romana, sueva y medieval, con edificación y enterramientos de inhumación, hasta alcanzar un sustrato de destrucción atribuido a la invasión de Almanzor. En este aglomerado romano, nacido en el siglo I, se constata una serie de transformaciones en las que destaca la creación de una necrópolis bajo la actual iglesia de Santa María que Chamoso Lamas (1972) interpreta como los restos del pavimento y otras estructuras constructivas de la primitiva basílica «romano-cristiana»; y después «sueva», parece que dos iglesias, Santa Eulalia y Santa María, que terminan por unirse, y que se construiría sobre un rico edificio romano, probablemente una «domus urbana» (y quizá «domus ecclesia»), en la vía XIX del Itinerario Antonino              El primitivo cementerio cristiano de Iria parece ser en su origen una basílica cementerial donde se honraba a los mártires y santos enterrados allí. Esto explicaría satisfactoriamente la existencia de veintiocho sepulturas de Obispos en aquel sitio, en consonancia con los sarcófagos antropomorfos de granito encontrados y que lamentablemente llevan allí años sin ponerse en valor su significado con la señalización e indicación pertinente; en opinión experta aún queda mucho por descubrir, al considerar que la zona de estudio es mucho más amplia que la considerada en el PXOU (Plan Xeral de Ordenación Urbana) y de no llegarse al fondo del yacimiento por falta de recursos. Muchas de las piezas encontradas en las excavaciones son derivados a distintos museos de Santiago, A Coruña y Pontevedra, en vez de a un mueso propio, y reabrir el Museo de Arte Sacro de la casa de los Canónigos (frente a la iglesia), lamentablemente cerrado al público. En principio, el proyecto es que la rehabilitada casa de los capellanes, en el lateral de la iglesia, acoja el Museo de nueva creación de Historia de Padrón, municipio que incluye hoy el núcleo de Iria Flavia, y el de arte sacro, actualmente cerrado en una de las casa de los canónigos. Supondría la rehabilitación de un enclave emblemático para la Tradición Jacobea que puede convertirse en un punto de referencia para el Camino Portugués a Santiago de Compostela en el Año Santo Jacobeo de 2021.

 

          Los abundantes hallazgos arqueológicos en el subsuelo de la Catedral de Compostela, permiten establecer un vínculo con la sepultura del Apóstol Santiago y con el obispado de Iria, de modo que es posible establecer un nexo de unión entre un extremo y otro, y entender que allí surgiera un pequeño grupo cristiano que guardó el sepulcro apostólico y sus enseñanzas. Nuevamente hay que decir que no es especulación ni leyenda piadosa, sino creencias populares firmemente apoyadas en la Tradición Jacobea y en los hallazgos arqueológicos.

          Los discípulos del Apóstol Santiago, Atanasio y Teodoro, según las tradiciones legendarias, fueron sepultados a su lado en la actual cripta de la Catedral. La inscripción sepulcral del primero de ellos fue descubierta en 1988. Parece obvio que hayan sido los primeros pastores del grupo formado en torno a la tumba de Santiago, los iniciadores de un culto local e iniciadores del primer núcleo cristiano de lo que más tarde sería la diócesis de Iria.

          El Episcopologio Compostelano, debe incluir los obispos de su diócesis predecesora, la diócesis de Iria Fravia, asentando el relato de que la sede iriense no era de comienzo suevo, sino que antecedía a los prelados de los siglos V-IX, con un breve texto que de una etapa anterior: In ecclesia Yriensi fuerunt XXVIII episcopi, qui in eadem sunt sepulti, et vocantur per unum preuelegium corpora Sanctorum, refiriendo a los 28 obispos santos que la tradición atribuía a la sede de Iria en un momento anterior a su primer prelado conocido, Andrés hacia el año 560; estos 28 varones santos habrían ocupado el lapso de la bajorromanidad y primer cristianismo hasta el reino suevo, es decir desde el momento apostólico hasta el I Concilio de Braga, y habrían sido enterrados en el templo de Iria. Esta tradición se formula por vez primera en un memorial gelmiriano de 1134 que restablece la Canónica de Iria: ubi XXVIII pontificum sanctissima corpora sepulta conquiescunt. La noticia fue incorporada a la tradición hasta que en el siglo XV se integró de manera natural en la Crónica de Santa María de Iria, escrita o copiada a mediados del siglo XV por el Presbítero Ruy Vázquez, refiriendo que contense ennos privillegios da Eglleja de Iria que enla son sepultados viinte et oito, os bispos santos.

          Esta tradición de los 28 obispos valora la diócesis iriense como fundada por este primer núcleo cristiano continuador de la evangelización en estas tierras del apóstol Santiago, a partir de la labor continuadora de sus discípulos Atanasio y Teodoro, y la labor ya organizada de una diócesis por la sucesión de estos obispos anónimos hasta llegar al mencionado obispo Andrés como primer obispo conocido de Iria (s. VI).

          El Episcopologio Iriense-Compostelano escrito en tiempos de Don Alvaro de Isorna (1445-1449) sitúa estos 28 obispos en época anterior a la dominación goda sobre Galicia, es decir a época romana y sueva. A pesar de ello hay autores que especulan si estos 28 Obispos fueron los titulares no ya de Iria, sino de otros lugares refugiados allí durante la dominación musulmana. López Ferreiro argumenta que la Iglesia de Iria Flavia dio ciertamente refugio a obispos de otras sedes, pero no en la misma Iria, sino en territorios pertenecientes a ella, dotándoles de rentas para su sustento. Estos 28 serían por tanto los obispos de Iria que de forma ininterrumpida sucedieron la labor de San Teodoro y San Atanasio durante los cinco primeros siglos de la Iglesia. El espacio de tiempo entre el número de obispos daría una media de unos 15 años de pontificado a cada uno, en modo que estos 28 obispos pueden llenar los casi cinco siglos entre los discípulos del Apóstol y obispo Andrés, media que podría ser algo inferior, estimándose en 12’5 años, habida cuenta de que podría haberlos que no hubieran sido enterrado allí por haberse ausentado o por no haber ganado el honor de merecerlo.

          Pasada la puerta principal de la iglesia, entrando por la nave de la epístola, a la derecha la pila bautismal, proponen algunas fuentes que el peregrino debe detenerse al llegar al primero de los pilares que separan la nave principal de la del lado de la epístola. Allí, en el suelo de los primeros pilares están enterrados, junto al altar de San Roque, los cuerpos de los veintiocho prelados de Iria que la tradición considera santos. Al pie de esta misma nave se ve la pila bautismal; en el muro, los altares dedicados a San Roque y a San Pedro de Mezonzo; y en el fondo, el de san Martín. Cerca de este último altar se abre en la pared la capilla fundada en el siglo XVII por don Alonso de la Peña y Rivas, natural de Padrón y obispo de Quito, que es el nombre que la capilla lleva. El altar está dedicado a san Ildefonso.

          La iglesia colegiata de Iria Flavia, conocida como Santa María Adina, es restauración en del siglo XII por el arzobispo Gelmírez, pero sobre estructura muy anterior, de traza romana cuyo inicio se pierde en los principios del cristianismo del siglo I, y que fue derruido por Almanzor en el año 997, por lo que requirió la restauración mencionada de Gelmírez en el siglo XII y posterior reforma en el siglo XVII, bajo el mandato del arzobispo Monroy.

          La diócesis de Iria Flavia fue trasladada a Compostela, con la que compartió durante algún tiempo capitalidad, conocida como Iriense-Compostelana, en tiempos del obispo Dalmacio, cumpliendo la determinación del Papa Urbano II en el Año 1095. Posteriormente se desligaron y mientras Compostela culminó su engrandecimiento bajo Diego Gelmírez, primer arzobispo de Santiago de Compostela al lograr el privilegio de sede metropolitana en detrimento de la iglesia emeritense. La separación de las sedes de Iria y Compostela es una realidad de hecho desde que el obispo Teodomiro y sus sucesores, trasladan su lugar de residencia habitual y de modo continuado a Compostela. Pero en realidad este proceso no constituyó la desmembración de la sede de Iria, ni supuso la creación de otra nueva sede, sino que fue más bien un cambio de denominación, de asentamiento y de estatuto jurídico.

          Los obispos irienses Adulfo I (847-855) y Adulfo II (855-876) adoptan el título de Epíscopus in Loco Sancto. El primer antecedente de separación se da con Adulfo II, quien en 866 solicitó a Roma, por razones de seguridad ante las incursiones normandas, trasladar la sede de Iria al Locus Sanctus (fututa Compostela), a lo que el papa Nicolás I accedió a condición de que Iria mantuviese la condición de cátedra o sede oficial. Surge así la nominación de Obispo de Iria y de la Sede Apostólica que inició Sisnando I (877-920) y mantiene Cresconio (1037-1066). El título no gusta a Roma que se opone por temor a un posible cisma, generando que el Papa León IX excomulgue a Cresconio en el concilio de Reims de 1049. Cresconio se vio obligado a rectificar y reducir el título al de Episcopus Iriensis y entablar negociaciones con la Santa Sede para aclarar que la situación se debe a la dualidad de la sede Iria-Compostela y no al propósito de medrar en jerarquía.

          Iria, en tiempos en que todas las sedes metropolitanas ibéricas estaban inactivas bajo la invasión musulmana, adquirió un prestigio que le concedió preeminencia ante las demás sedes por la fama y veneración hacia la Tumba de Santiago, y la miraban como si fuera verdadera sede metropolitana, pasando a denominarse Iria y Sede Apostólica.

          El obispo Dalmacio (1094-1095), en el Concilio de Clermont de 1095, en el que se convocó la primera cruzada, pidió al Papa Urbano II la exención de dependencia a la autoridad de un metropolitano, pues hasta entonces Compostela no dejaba de ser una sede secundaria de la Iglesia de Iria y como tal, sufragánea de Braga que, aunque estaba entonces inactiva por el dominio musulmán, no tardaría en restaurarse, lo que dejaría a Compostela en una situación contradictoria, con una importancia y prestigio reconocidos en teoría pero que en la práctica carecían de un fundamento jurídico. Accedió el papa a la solicitud de Dalmacio expidiendo la Bula Veterum Synodalium el día 5 de diciembre de 1095, reconociendo la independencia jurídica de Compostela, decretando la extinción de Iria como sede episcopal, y pasando todas sus parroquias, iglesias y propiedades a la iglesia compostelana, heredera total de la de Iria, y quedando exenta de la autoridad de Braga, de la que era sufragánea, y pasando a depender sólo de la Santa Sede, que será quien nombre o confirme a sus obispos.

          En 1120 el papa Calixto II, en la Bula Omnipotentis dispositione, eleva a Compostela a lo calidad de Sede Metropolitana sustituyendo a Mérida, que la había perdido a consecuencia de la invasión musulmana, en modo que Diego Gelmírez se convierte en el primer arzobispo de la sede compostelana.

          Compostela no va a olvidar su origen iriense, y en su máximo esplendor, recién conseguido el grado de arzobispado y sede metropolitana, la Historia Compostelana describe que “Es conocido y sabido por todos, sin la menor sombra de duda, que la sede compostelana, antes del descubrimiento del cuerpo del Apóstol había sido fundada y establecida antiguamente en Iria”. Relata a continuación como tras el cambio de sede, la iglesia de Iria llegó a quedar muy disminuida y llegar a la extrema pobreza, hasta perder incluso el culto religioso, en modo que los pocos clérigos que allí vivían carecían hasta de recursos para alimentarse. El obispo Gelmírez corrigió esta situación restaurando el templo y devolviéndole su perdido esplendor con la concesión de la categoría de colegiata y designando para los servicios religiosos un cabildo de doce canónigos y un prior, disponiendo para esta comunidad rentas comunes suficientes para su alimento y ropa.

          El propio Gelmírez, reconociendo Iria como destino del traslado del Cuerpo Apostólico, mandó restaurar y ampliar la pobre y pequeña iglesia de Santiago a las orillas del Sar, donde según la tradición amarró la barca que trajo el Cuerpo Santo, siendo depositado allí al desembarcarlo de la nave. La amplió a un templo de tres ábsides, la decoró con ricos ornamentos, y la dotó también de rentas para el servicio eclesiástico adjudicado a doce canónigos.

          La Iglesia de Iria pierde su condición de sede episcopal en beneficio de Compostela, aunque mantiene su Palacio Episcopal hasta 1602, quedando reducida primero a Colegiata con cabildo de canónigos y luego a Iglesia Parroquial, que es su situación actual, aunque recientemente se le concedió, con valor honorífico, el nombramiento de Sede Titular, es decir, sedes desaparecidas que se otorgan a obispos cuyo cometido no es presidir una iglesia, sino ocupar cargos de obispos auxiliares o coadjutores, o simplemente como obispos eméritos.

          Hay por tanto una reciprocidad espiritual e histórica entre Iria Flavia y Compostela. Primero porque es en Iria (Hoy Padrón) donde se fragua el hallazgo del sepulcro jacobeo que constituirá el surgimiento de Compostela. Y segundo, porque Compostela, reconociendo sus orígenes, veló por la conservación de estas raíces que son cuna de la Tradición Jacobea en su sentido más completo: lugar de predicación del Apóstol Santiago y cauce histórico y cultural en el hallazgo del sepulcro jacobeo. Con toda razón, Padrón debe ser lugar que viajeros y peregrinos deben tener muy en cuenta. Santiago y el culto jacobeo, no son solo una tumba y una catedral, es también una cultura que influye poderosamente en una identidad cultural y espiritual del culto jacobeo y el finisterre conceptual sean partes de una misma cosa.

          En las inmediaciones de la Iglesia de Iria hoy pueden verse, como parte de su largo pasado, varios sepulcros antropomorfos, lápidas, estatuas medievales y otras piezas. Frente a la fachada de la Colegiata se sitúan las casas de los canónigos, en la actualidad ocupadas en buena medida por la sede de la Fundación Camilo José Cela. Formando parte del atrio de la iglesia está el Cementerio de Iria o de Adina, cantado por Rosalía en sus composiciones, y en donde estuvo enterrada la popular escritora gallega, luego trasladada al Pabellón de gallegos ilustres de Santiago de Compostela. En dicho cementerio reposan hoy los restos de uno de los más ilustres literatos, Don Camilo José Cela, quien reposa debajo de una enorme piedra a la sombra de un precioso olivo, tumba sellada con una losa de granito de Padrón en la que tan sólo figuran su nombre, su título, Marqués de Iria Flavia, y las fechas de nacimiento y muerte.

Fuentes Consultadas:

-Cebrián Franco, Juan José. Obispos de Iria y Arzobispos de Santiago de Compostela. Instituto Teológico Compostelano 1997.

-Cebrián Franco, Juan José. “Dos mil años de sucesión Apostólica en Iria-Compostela”. Revista Compostela nº 8, Enero de 1996, pág. 6-7.

-Chocheyras, Jacques. Ensayo histórico sobre Santiago en Composela. Editorial Gedisa 1999. Barcelona, pág. 202.

-Flórez, Enrique. España Sagrada, Tomo XIX, cap. V, pág. 48 y 49. Cap. VI, pág. 62 y 110

-Historia Compostelana. Edición de Emma Falque Rey. Akal 1994, pág. 556-558

-López Alsina, Fernando. La ciudad de Santiago de Compostela en la Alta Edad Media. Santiago. 1988, pág. 110.

-López Ferreiro, Antonio. Historia de la S.A.I. Tomo I, cap IX, pág. 357 ss.

-Martín Fernández Calo. Contribución de dos textos eclesiásticos tempranos para el reconocimiento de la administración romana de la Callaecia en el siglo III”, Pyrenae, 48/1 (2017), pp. 115-136.

-Martín Fernández Calo. Plinio, o Parroquial Suevo, e a evolución estrutural do poder local galaico na Antigüidade. Gallaecia, 34 (2015), pp. 175-207.

-Millán González Pardo, Isidoro y Blanco Freijeiro, Antonio. “Hallazgo en el mausoleo del Apóstol del título sepulcral griego de su discípulo San Atanasio”. En Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo CLXXXVI, cuaderno II, pág. 209-220. Madrid 1989.

– Millán González Pardo, Isidoro. Autentificación arqueológico-epigráfica de la tradición apostólica jacobea, El Camino de Santiago, Camino de Europa. Curso de Conferencias El Escorial 22-26 VII 1991, Xunta de Galicia, págs. 45-105.

-Sánchez Pardo, José Carlos. Iglesias y dinámicas sociopolíticas en el paisaje gallego de los siglos V-VIII. Hispania, 2013, vol. LXXIII, nº. 243, enero-abril, págs. 11-50.

-Evidencias materiales de la actividad comercial romana en Iria Flavia (Padrón, A Coruña): las sigillatas. María del Carmen López Pérez, Luis Francisco López González, Yolanda Alvarez González. Localización: Gallaecia, Nº 18, 1999, págs. 239-264.

-Organización eclesiástica y social en la Galicia tardoantigua. Una perspectiva geográfico-arqueológica del Parroquial Suevo. Hispania Sacra, LXVI 134, julio-diciembre 2014, pp. 448-450

-Nueva marca sobre tegula procedente de Iria Flavia (Padrón, A Coruña). Erik Carlsson-Brandt Fontán, Verónica del Río Canedo. Universidad de Santiago de Compostela, Dpto. de Historia I. ex/officina/hispana boletín. 07 abril 2016, pp. 21-23

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38- Las dos en punto

          El primer conocimiento, y acaso el único, que obtiene el visitante ocasional de Santiago de Compostela de la visión de las dos estrafalarias estatuas de mujeres veteranas, maquilladas y vestidas con vivos colores, a la entrada del parque de la Alameda, y a pesar de la placa explicativa que acompaña a las figuras desde 2011, es una visión vaga de mujeres extravagantes y perturbadas que solían pasear en otro tiempo por las calles de Compostela. Se llevan en sus cámaras la fotografía de un instante compostelano que deja el poso de un momento cómico y anecdótico sin huella de ningún significado histórico de los personajes retratados y queda el desconocimiento o el olvido de su trasfondo histórico. No está de más conocer que hay detrás de estas imágenes grotescas tan a la vista del turista y descubrir que tras ese aspecto caricaturesco hay un fondo romántico y entrañable que justifica con holgura su popularidad y apego en la ciudad.

          Las llamadas Marías, eran una pareja de hermanas cuyos nombre eran Maruxa y Coralia, entre las que había más de 16 años, diferencia que no se notaba tanto en la apariencia física como en la cifra numérica, pues Maruxa nació en Santiago un 4 de enero de 1898 mientras que Coralia, también santiagueña, lo hizo en un 24 de agosto de 1914. Fruto de su conocido tránsito por las viejas calles compostelanas, fueron representadas desde 1994 en una famosa y colorida escultura ubicada en un lugar muy accesible del parque de la Alameda de Santiago.

          Las dos hermanas adquirieron una marcada popularidad en la ciudad por su diario y constante pasear por la zona vieja de la ciudad hasta la Alameda, ataviadas con un vestuario colorido y estrafalario, y un maquillaje recargado y profuso con los que, siempre a los dos en punto de la tarde, salían a flirtear con los jóvenes universitarios que a esa hora solían callejear en busca de donde comer bien y barato, de modo que la ciudad mostraba entonces una gran actividad y animación. Era esta la razón, dicen muchos, para su apodo de “Las Dos en Punto”, aunque otros pensaban que más que deberse a una cuestión horaria era por el hecho de que siempre aparecían la una junto a la otra, apoyándose y protegiéndose entre sí, en unos años tan oscuros, de tanto silencio y represión, en que ellas se mostraban desenvueltas, atrevidas, paseando por Santiago de forma llamativa, con no poco descaro, haciéndose notar, actuando como jóvenes siendo ya “venerables”, envueltas en su propio mundo acaso como mejor modo de romper con lo que había supuesto su difícil pasado, o tal vez como manera de revelarse contra él.

         Cuentan quienes las conocieron que Coralia, acaso por ser la menor de las dos, aunque también la más alta, era tímida y poco habladora, mientras que Maruxa, más bajita pero bastante más veterana en edad y desenvoltura, era la que llevaba la iniciativa en sus avatares con los universitarios que veían en ellas una ocasión de lanzar sus galanterías y requiebros unas veces entre cortés y desenfadado, y otras plenamente jocoso y burlesco.

          No eran precisamente los jóvenes quienes veían, en la holgada diferencia entre la mocedad de ellos y la vetustez de ellas, una frontera insoslayable en el trato, motivo de que las dedicaran el apodo de “Las Marías”, con significado de inocentes e ingenuas, sino que eran más bien sus conciudadanos quienes enjuiciaban, con mayor o menor tono de reproche, la actitud de las hermanas a las que apodaban de “locas” y “solteronas”, con un trasfondo más áspero y crítico que a veces se convertía en “rojas” o “putas”. Entre uno y otro extremo se encontraba la verdadera razón de una actitud que resultaba reprobable para unos e inocentemente extrovertida para otros. La postura de las hermanas era el resultado de un proceso de maltrato institucional primero, y social después, bajo las exigentes condiciones en que se vieron sometidas en el pasado.

          Las hermanas María y Coralia pertenecieron a una familia asentada, desde el siglo XIX, en el número 16 de la rúa Espíritu Santo del viejo Santiago. El padre, Antonio Fandiño Requeijo (1866-1941) era zapatero que ejercía en el número 32 de la rúa Algalia de Arriba. La madre, Consuelo Ricart Pombo (1868-1961) era costurera que ejercía en su propia vivienda, en la que hubo un taller de ocho o nueve mujeres, entre sus hijas y otras mujeres de la ciudad. El matrimonio concibió trece hijos, nueve mujeres y cuatro hombres. Maruxa o María ocupaba el cuarto lugar, mientras que Coralia era la duodécima. Y de los cuatro hijos varones, tres militaron en la Confederación Nacional del Trabajo (CNT), llegando uno de ellos, Manuel, a ser dirigente destacado de la misma.

          Los años treinta del siglo XX fueron de grandes cambios sociales que se vivían con ilusión y esperanza. Con la izquierda en el poder los sindicalistas Manuel, Alfonso y Antonio Fandiño Ricart vieron cumplidas parte de sus aspiraciones sociopolíticas. Eran buenos tiempo para la familia Fandiño Ricart, y es en estos años cuando las hermanas eran conocidas como las tres Marías: Maruxa, Coralia y Sara, y solían realizar sus paseos por la ciudad entre las décadas de los años treinta a cincuenta, pues aunque Sara fallece en el año 36, debió de ocupar su lugar otra hermana hasta los años cincuenta, pues quedan testimonios de que seguían siendo tres las hermanas paseantes hasta esos años, finalmente reducido a dos en las décadas sesenta y setenta, las consabidas Maruxa y Coralia, tan fieles en sus paseos diarios que se ganaron el apodo de “Las Dos Marías” o “Las Dos en Punto”. En cualquier caso el tiempo de exposición pública fue tan prolongado que se entiende que fueran muy populares y llegaran a convertirse en un icono de la ciudad. En los años de juventud aquel paseo de las hermanas tenía como fundamental objetivo el de encontrar novio con el que contraer matrimonio, paseando por las calles vestidas con ropas hechas en su casa, con telas de colores brillantes y alegres. Pero cuando este objetivo parecía fuera de toda lógica y esperanza, no dejaron de mantenerse el hábito del paseo diario, incluso con renovada motivación y propósito, logrando mayor impacto social y nuevas interpretaciones a los motivos que las impulsaban, intensificando el colorido de las ropas y del maquillaje.

          María y Coralia, como otras de las hermana Fandiño Ricart, aprendieron de su madre el oficio de costurera hilvanando, bordando, manejando la máquina, y cortando patrones de toda clase de prendas femeninas. Se desconoce si llegaron a trabajar en alguna de las fábricas locales de la época, pero hay constancia de que ambas trabajaban en domicilios particulares con sus propias máquinas de coser en la calle del Vilar en los años cuarenta del pasado siglo.

          Las ilusiones revolucionarias quedaron truncadas cuando estalla la guerra en el 36. La represión posterior fue despiadada. Amigos y familiares son perseguidos y asesinados y los hermanos Manuel, Alfonso y Antonio Fandiño Ricart tienen que esconderse o exiliarse porque son perseguidos por su actividad sindical, y Antonio llega a ser detenido y torturado. Manolo se mantuvo escondido durante años y Alfonso logró huir en barco hasta ser detenido años después y encarcelado hasta su muerte.

          El acoso en busca de los fugados se convierte en pesadilla para la familia y las hermanas para averiguar su paradero, con visitas intempestivas a cualquier hora del día o de la noche, para proceder a violentos registros en que ponían patas arriba la vivienda, sometidas a la ingesta de aceite de ricino y del rapado de pelo en público. Aunque no está acreditado (como iba a estarlo), se dice que desnudaban, torturaban y violaban a las hermanas para forzarlas a confesar, con la consecuente humillación, vejación y deshonra que ello suponía. La represión se traducía en que las familias que tradicionalmente les hacían los encargos de costura, por miedo a ser significados con la izquierda, los dejaban de hacer con lo que mermaron primero y desaparecieron después tanto el trabajo como los ingresos de las hermanas.

          Puede pensarse que el violento maltrato físico y moral generó el trastorno psicológico de las hermanas, que desarrollaron el mecanismo defensivo de encerrarse en sí mismas. O puede interpretarse que se rebelaron contra todo aquello precisamente como modo de afrontarlo y de superarlo. Lo cierto es que sin oficio ni ingresos, María y Coralia seguían, a pesar del paso del tiempo, saliendo a la calle para recordar lo que habían sido, mujeres jóvenes con ilusiones que no iban a traicionar, como modo de no doblegarse a la injusticia, como manera de rebelarse a la realidad que les había tocado vivir. Esa insolencia en usar vivos colores en el vestido y el maquillaje podía ser muy bien el modo de romper con la norma. Otros lo niegan y argumentan que todo se debía a que solo podían aprovechar las telas que les regalaban o los viejos retales del taller de su madre. Algunos argumentan que imitaban los maniquíes y modelos de alta costura de las revistas parisinas. Y lo hacían de manera excesiva, provocativa y voluntariamente, llamando la atención de la gente, encontrando alivio y compensación moral en ir a contracorriente de una sociedad sometida y doblegada, llegando a encontrar divertido hacerlo con cierto descaro rompiendo con lo socialmente ético y razonable, como modo de rebelarse y de protestar ante lo mucho que habían tenido que callar y sufrir, como un mecanismo de supervivencia, de superación y de rebeldía.

          Las dos hermanas superaron así su pobreza y lograron cierta popularidad, despertando la caridad de la gente. Surgieron entonces la simpatía y las ayudas de los vecinos, algunas directas y otras encubiertas, y hasta en cierta ocasión se les ayudó con una sustanciosa colecta para reparar su vivienda que había sufrido destrozos tras una tormenta. Maruxa y Coralia, encontraron el modo de evadirse de la realidad, y cuerdas o locas, recuperaron su ilusión por vivir y su sueño de juventud, desdentadas por la desnutrición y delgadas por el hambre y el sufrimiento, vistieron y maquillaron su longevidad con ropas de colores llamativos, polvos de maquillaje, carmín y coloretes atrevidos, como máscaras de una comedia renacida o reeditada que contrastaba con la mediocridad, la miseria y la represión que se vivía en Santiago de Compostela, con excepción de la vida universitaria con la que supieron conectar. Tantas veces sometidas, frustradas, obligadas a vivir humilladas en la miseria y en la vergüenza, no se entregaron, no renunciaron y recuperaron su dignidad conservando sus paseos por Compostela, sin encerrarse en casa por la represión, sino encontrando su orgullo y su fuerza en recuperar sus ilusiones y seguir sintiéndose libres.

          Maruxa falleció en Santiago de Compostela en 1980 con 82 años. Coralia, que siempre decía que le hubiera gustado llamarse Rocío, se fue a vivir a La Coruña con otra hermana, con el pensamiento siempre puesto en Maruxa y en Santiago de Compostela hasta su muerte en 1983, a los 68 años de edad, acaso necesitando a su hermana para seguir paseando con ella en el más allá.

 

          En 1994, acaso para cumplir ese deseo eterno, el escultor vasco César Lombera, logró convencer al Ayuntamiento para instalar una escultura en su memoria, reproduciendo a las dos mujeres en uno de sus paseos, basada en el pose de una conocida fotografía, con Maruxa a la derecha, con el brazo extendido, y Coralia sosteniendo un paraguas, instalada en la Alameda, donde hoy continua, de vez en cuando rehabilitada.

          Pero hasta 2014 las hermanas se encontraban enterradas en tumbas separadas y alejadas en el compostelano cementerio de Boisaca con uno y otros familiares, hasta que en Mayo de ese año se decide reunir los retos de las dos hermanas en una tumba nueva en que el Ateneo de Santiago y la Asociación Cultural O Galo promueven un homenaje a Coralia y Maruxa y coloca una lápida de recuerdo.

          Las hermanas Maruxa y Coralia Fandiño Ricart, siempre jóvenes en el espejo, vestidas con las mejores costuras de vivos coloridos, como muñecas de porcelana, maquilladas con polvo de arroz en su rostro, colorete en sus mejillas y carmín en sus labios, pasean juntas y para siempre por las calles de la eternidad, rua abaixo, camino de la Alameda, a encontrarse con los ojos de aquel joven estudiante… (de la obra de teatro “Las dos en punto” de Walter Sánchez Rodríguez)

Fuentes consultadas:
JOSÉ HENRIQUE RIVADULLA CORCÓN. Coralia e Maruxa, as irmás Fandiño. Documental estrenado el 11 de abril de 2008.
RAIMUNDO FERROL. Las “dos marías” a las dos en punto, en Santiago de Compostela, resistiendo… 14/4/08
MARÍA FABREGAS (Santiago de Compostela) La verdad de ‘Las Marías’. Artículo en el diario El País (Madrid) del 17 de abril de 2008.
XOSÉ LOIS BERNAL (FARRUCO). Cara e cruz das “Dúas en punto”. 2009
ENCARNA OTERO CEPEDA. As Marías: irmás Fandiño Ricart. Cultura Galega 2010
WALTER SÁNCHEZ RODRÍFUEZ, obra de teatro “Las dos en punto”, representándose en Buenos Aires desde 2016.
MARTA CAAMAÑO. Las Marías y la represión contra la mujer durante el franquismo. Feb 11, 2017
AURA SÁNCHEZ. Las Marías de Santiago de Compostela. Representación de la identidad femenina en los medios de comunicación © 2017 Libros.com

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