20- Almanzor y las Campanas de Santiago de Compostela

          Su verdadero nombre era Abi Amir Muhammad. En el inicio de sus campañas victoriosas contra los cristianos del norte peninsular decide tomar un sobrenombre honorífico (costumbre hasta entonces reservada a los califas), y adopta el título de al-Mansur bi-Allah «el que recibe la victoria de dios», que será reducido al castellano como Almanzor, con el que le identificaron sus enemigos y con el que pasó a la Historia dejando huella en el acerbo colectivo.

         Como hombre de gran temperamento pero no avalado por una condición palaciega, debía lograr su cuota de poder primero a costa de aprovechar bien los lances favorables para medrar estratégicamente en la corte, y luego a  base de prestigio militar, que no podía lograr más que a base de empresas militares victoriosas y deslumbrantes, subrayadas por gestos paradigmáticos que reforzaran su reputación y autoridad por encima de lo terrenal, abriendo el campo de lo mítico y legendario. Y lo consiguió en buena medida, esculpiendo un nombre al que se unió el apodo de “el Victorioso”, con que despertaba el entusiasmo popular. Para ello transformó a fondo el ejército tal como era concebido por los primeros Omeyas, y lo reforzó con tropas beréberes con las que alcanzó una fuerza muy estable y eficaz, y sobre todo muy fiel a su persona. Expulsó del ejército califal a la mayor parte de los mercenarios eslavos que habían llegado a constituir una verdadera casta de privilegiados en la corte cordobesa- y sustituirlos por unos 20.000 beréberes, reclutados por él mismo en el norte de África, medida que le proporcionó una enorme popularidad. Y emprendió una profunda reestructuración de sus tropas con el propósito de acabar con la organización tribal de éstas, lo que era fuente de continuos conflictos, dispersando en diferentes unidades a los miembros más destacados de cada familia. Su fuerza radicaba en su ejército, a lo que se unía una astucia en la estrategia de campaña en que se alzaba como un riguroso defensor del Islam. Cuando no era por fidelidad incondicional, lograba apoyos a través del temor que inspiraba o por conveniencia, acuñando pactos con líderes cristianos basados en el acuerdo de respeto mutuo por el que se comprometía a no saquear ni devastar las tierras de sus aliados; y también con el de la recompensa, repartiendo parte del botín de sus éxitos y obsequiando valiosos presentes de joyas, telas y tapices sarracenos. Así es como logró reunir una fuerza “invencible” que le permitió acuñar su fama y su sobrenombre, que le sirvieron para vencer, en sus arrasadoras  campañas, a los territorios cristianos del Norte y entrar victorioso en las principales ciudades y centros religiosos de Cataluña, de Castilla, de Navarra y de León. Ante la proximidad del año 1000, muchos pensaran que estos brutales ataques formaban parte del apocalipsis, porque estas razias arrasaban con todo.

          Mientras Almanzor hacía frente a una insumisión en África, el rey Bermudo II de León  decidió suspender el pago del tributo acordado el año anterior. La contestación de caudillo andalusí, que entonces contaba con 57 años, fue rápida e inesperada, convertir la deslealtad de Bermudo en la justificación de golpe rotundo a Santiago de Compostela como modo de afligir a todos los fieles del credo contrario e incrementar su largo prestigio de defensor del islam. Para mayor insidia contó además de nobles cristianos leoneses contrarios a la decisión de Bermudo que decidieron aliarse con el chambelán sarraceno.

        Había llegado al más alto grado de su poder y prestigio cuando optó por una empresa idónea para él y que hasta entonces nunca abordada por otro líder musulmán. Decidió marchar contra Santiago de Compostela para coronar su trayectoria con un órdago de lujo que le encumbrase al nivel de los grandes líderes de la historia como Alejandro Magno o César Augusto. Santiago era la ciudad de Galicia que albergaba el más importante santuario cristiano de España y de las regiones cercanas del continente. La iglesia de Santiago, en propio decir islámico, era como la Meca, yendo allí en peregrinación desde los países europeos más lejanos; creen, decían ellos, que allí estaba enterrado Jacobo, equivalente a su Yaqub, uno de los doce apóstoles de Cristo, el que gozaba de la mayor intimidad de Jesús, que para predicar su doctrina vino a España y llegó hasta Galicia; volvió a Palestina y siendo allí condenado a muerte, pero sus compañeros trajeron sus restos para enterrarlos en esa iglesia que se hallaba en el límite extremo hasta donde había llegado en sus viajes. Hasta los sarracenos conocían la tradición jacobea como fuente de peregrinación y de fuerza moral para los cristianos y eran conscientes de que le invocaban en sus dificultades y se decía que les daba fuerza invencible en sus batallas.  

          Ningún príncipe musulmán había tenido nunca el proyecto de atacar tal lugar ni de llegar hasta allí, en razón de las dificultades que se oponían al acceso de su emplazamiento en tierra abrupta y de la gran distancia a que se hallaba. Se añadía aquí la opción de romper un mito para el mundo cristiano.

          La expedición estival salió de Córdoba el sábado 3 de julio del año 997, en la que se contaba como su cuadragésimo octava campaña. Su objetivo era acrecentar su huella de poder y destrucción en una tierra y lugar señera para los cristianos, derrotando a su ejército, arrasando sus posesiones y ciudades, minando su moral y obteniendo un rico botín para sus arcas. Entró primero en la ciudad de Coria, al norte de Extremadura y que venía siendo, por su posición estratégica, lugar de pugnas entre musulmanes y cristianos. Después se trasladó a Viseu, y allí se le reunieron buen número de condes cristianos que reconocían su autoridad y que, descontentos con el rey cristiano, se le presentaron con sus guerreros para unirse a las tropas musulmanas.

          A fin de llevar su empresa militar  a buen término planeó muy bien su estrategia y ordenó la formación de una gran flota en Alcaçar do Sal, donde debía embarcar y ser transportados los cuerpos de infantería, los aprovisionamientos y las armas, hasta mas al norte del lugar de Porto en la desembocadura del Duero, río que remontó hasta el lugar elegido para reunión de todas las tropas.

          Se dirigió entonces al norte, atravesando el Miño y subiendo hasta Valladares (Vigo), y cruzando extensas regiones y atravesando diversas rías, arrasando y saqueando todo lo que encontraban, haciendo botín, capturando prisioneros y ensanchando la senda para que pudiera pasar su colosal ejército.

          Llegaron a la ría de Lurqui (Arosa), cruzaron el río Ulla y penetraron y tras aprovisionarse en llanuras bien cultivadas y abundantemente abastecidas llegaron a Padrón, donde se alzaba uno de los templos consagrados a Santiago, que para los cristianos seguía en importancia al que guarda su sepulcro, por lo que acudían a él devotos de las regiones más distantes de la cristiandad. Tras arrasarlo fueron a acampar ante la orgullosa ciudad de Santiago el 10 agosto. Sus habitantes la habían abandonado y los musulmanes se apoderaron sin resistencia alguna de todas las riquezas que en ella hallaron. La ciudad fue sometida a un riguroso saqueo durante una semana y, posteriormente se incendiaron y derribaron sus murallas, sus edificios, sus palacios y todas sus edificaciones, de modo que no quedaron huellas de las mismas. Completando la humillación al mundo cristiano y acaso para dejar el brillo de uno de esos gestos emblemáticos que engrandecerían su renombre, dice la leyenda que dio de beber agua a su caballo en la pila bautismal. Sin embargo, los guardias colocados por Al-Mansur hicieron respetar el sepulcro del santo, e impidieron que la tumba recibiera daño alguno. Ibn Idari inserta en el Rayan al-Mugrib el relato de la presencia de un anciano monje que, en solitario, custodiaba la tumba del Apóstol, abandonada por el resto de los habitantes; «¿Por qué estás ahí?», le preguntó el chambelán cordobés. «Para honrar a Santiago», le respondió sin sombra de pánico el celoso guardián. Sus palabras decididas, la santidad y pureza de su misión y tal vez, los últimos resortes supersticiosos del hayib, le salvaron la vida, y el vencedor dio orden de que le dejaran tranquilo.

          Entre otros bienes conseguidos en el saqueo figuran seda brocada en oro, paños finos, pieles preciosas, además de las campanas del santuario y las puertas de la ciudad. El Códice Calixtino, que calificó la acción de Almanzor como instigación del demonio en contra de la herencia de Carlomagno, incluye en el expolio los códices, las mesas de plata, las campanas y los demás ornamentos. Esta inclusión en el Calixtino da plena credibilidad al robo de las campanas como parte del botín. Campanas y Puertas de la ciudad constituyen, más que el hurto de elementos valioso, todo un mensaje simbólico: las campanas con que los cristianos convocaban las ceremonias de su religión estaban destinadas a alumbrar la mezquita cordobesa, el recinto sagrado de la fe contraria, y la madera de las puertas tras las que los compostelanos creían parapetarse se utilizarían en el artesonado de las nuevas naves de un edificio musulmán.

          Las tropas conquistaron después las comarcas vecinas y llegaron hasta el lugar de Maianca, punto extremo al que ningún musulmán nunca había llegado, y en la que se detuvo el avance. Al-Mansur comenzó su retirada desde Santiago, justamente tras ser consciente de que había avanzado más lejos que ningún otro de su credo y que había logrado sus objetivos de arruinar el prestigio protector de Santiago como máximo emblema de los cristianos, y superar toda hazaña conocida de un líder sarraceno. En su regreso atacó y saqueo otros lugares pero respetando las posesiones de los condes aliados a su ejército, a los que despidió en la fortaleza de Lamego, después de un desfile militar con todos los honores y recompensarles con parte de los bienes saqueados. Desde Lamego el ejército regresó a Córdoba victorioso y cargado de botín, después de una campaña considerada como una bendición para los musulmanes y que había encumbrado a su caudillo hasta la máxima cima lograda nunca.

          En razón de los efectos morales conseguidos, la expedición a Santiago figura, por derecho propio, entre las que más renombre dieron al caudillo andalusí. Aquel que, sin duda, mereció el epitafio que sus adeptos escribieron sobre su tumba:

Sus hazañas te enseñarán sobre él

como si tus propios ojos lo estuvieran viendo.

¡Por Dios!, nunca volverá a dar el Mundo nadie como él

ni defenderá las fronteras otro que se le pueda comparar.

         A pesar del valor mítico de su nombre, que sembró el miedo en varias generaciones cristianas, y del éxito militar de sus brutales  incursiones, el éxito de Almanzor fue mas moral que real, pues no logró modificar apenas las fronteras ni evitar la ruina económica del califato. Su única medida económica efectiva fue la guerra, con la toma de numerosos prisioneros  y el logro consiguiente de rescates y venta de esclavos. Sus hijos, en un intento de iniciar una saga de chambelanes, fueron incapaces de conservar el poder heredado y pronto inició disgregación del Califato en taifas. Medina Alzahira, en árabe la “ciudad resplandeciente” fue una ciudad palatina construida por Almanzor en el siglo X en las cercanías de Córdoba en la margen derecha del Guadalquivir. Su construcción se produjo entre 979 y 987. Almanzor abandonó la sede de Medina Azahara y se instaló en Medina Alzahira, que convirtió en el segundo centro administrativo y de poder del Califato, hasta que fue saqueada y destruida en abril de 1009. Los hijos de Almanzor no estaban a la altura de su padre, provocando como consecuencia la decadencia de la ciudad, que en el año 1009 fue invadida por el pueblo de Córdoba. Todos los bienes muebles fueron saqueados y los edificios, monumentos, fuentes y muros de la ciudad fueron destruidos con furia. Nada debía permanecer para recordar a la efímera dinastía de los amirí, todo fue destruido y abandonado hasta el punto que los arqueólogos siguen sin saber con seguridad la ubicación de la ciudad.

          Igual significado, más emblemático y efectista que objetivo y práctico, fue el famoso expolio de las campanas de Compostela, de las que se cuenta, con un mucho de valor legendario, que los prisioneros cristianos fueron obligados a cargar con las campanas del templo de Santiago hasta Córdoba donde fueron empleadas como lámparas de la nueva ampliación de la Mezquita. De modo que las campanas que habían honrado y glorificado a uno de los Apóstoles de Jesucristo, se encontraban ahora alumbrando la mayor mezquita que jamás se viera en occidente. Cabe imaginar escenas épicas de los esclavos portando dura y forzadamente colosales campanas de bronce por medio de plataformas portadoras, como si fueran presos de una galera en tierra y a través del largo trayecto entre Compostela y Córdoba. Y también entre el mito y la realidad se dice que las campanas regresaron de forma idéntica a Santiago, dos siglos y medio después, está vez a manos de prisioneros musulmanes capturados por Fernando III «El Santo».

          Siendo precisos y para dar al relato dimensiones reales, hay que considerar que no solo se expoliaron las campanas de Santiago, sino la de todas las de las iglesias de la campaña, tanto al ir como al regresar. La cuantía de bronce total obtenido debió ser muy abundante. Pero más relevante para desmitificar el hecho es que la basílica compostelana destruida era un templo de dimensiones modestas que se quedaba pequeño a una cristiandad que peregrinaba hasta él, pues se trataba de un templo prerrománico levantado a finales del siglo IX, que contaba con un carrillón de unas 11 campanas mas bien pequeñas. Las crónicas hablan que dado el tamaño de tales campanas podían ser adecuadas para servir de lámparas de aceite para iluminar el interior de la mezquita, dándolas la vuelta sobre unos trípodes y llenas de aceite. El resto de las campanas saqueadas en tierras cristianas parece que sirvieron para hacer puertas de bronce para la mezquita. Tras la reconquista de la ciudad de Córdoba por parte de Fernando III el Santo, se pensó compensar a la mitra compostelana con nuevas campanas, y se refundieron aquellas, sí, pero vertiendo en esos nuevos moldes el bronce de las campanas que habían sido recicladas como lámparas y el de las puertas de la mezquita, que provenían tanto de las expoliadas en Santiago como del resto de campanarios saqueados en aquella campaña.

          Las campanas actuales de la catedral de Compostela no son ya las nuevas campanas refundidas en Córdoba para su retorno, fue necesario construir otras para la catedral románica. Durante la transformación barroca del siglo XVI se erigió una nueva torre en la catedral, que llaman hoy del reloj o Torre Berenguela, la cual necesitaba una gran campana, y se consiguió fundiendo las nuevas que habían llegado desde Córdoba para conseguir la monumental “Campana Berenguela”, que descansa hoy sobre un pedestal en una esquina del claustro y que podemos admirar, tras ser reemplazada por una nueva campana hecha en Holanda cuando la original se agrietó.

          La devolución de estas campanas era una cuestión de honor, un hecho simbólico con gran carga emotiva para aquellas gentes que, no obstante, subyace en el espíritu de la campana Berenguela muda y agrietada que reposa como una pieza de museo. Este espíritu de retorno y compensación del agravio fue recogido por diversas expresiones artísticas, como la que guarda la catedral de Gregorio Español, datada ente 1594 y 1596.

          Pero si se quiere y mientras contemplamos esa vieja y agrietada campana que descansa muda en el claustro, cabe aceptar un legado heredado desde los tiempos de Almanzor el Victorioso, pues parte de bronce que hoy descansa en el claustro catedralicio fueron las campanas expoliadas por Almanzor y retornadas después por Fernando III al templo del apóstol. 

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