42- Paio el ermitaño y las razones de Teodomiro

     Una panorámica en altura permitiría divisar dos áreas separadas por no más de quinientos metros que hoy pertenecen al mismo núcleo urbano de Santiago de Compostela, pero que en los primeros siglos de la era cristiana pertenecían a ámbitos bien diferenciados.

          La visión arqueológica permite concebir bien estos dos ámbitos. El área que ahora ocupa la catedral compostelana era la base de un núcleo o fortificación romana de una cierta elevación y estructura defensiva. El otro área es el castro de San Fiz de Solovio un pequeño centro de campesinos y pastores que ocupaba un antiguo castro de posible ascendencia celta en el territorio de la Amaía, comarca entre los ríos Sar y Sarela, cerca de Santiago de Compostela hasta Iria Flavia (Padrón).

          Con el paso del tiempo la fortificación romana fue abandonada y absorbida por el fuerte crecimiento de la vegetación y se convirtió en un espeso bosque conocido como Libredón, y del que el robledal (carballeira) de Santa Susana podría ser muy bien legado del mismo. Por su parte  el castro quedo reducido a un resguardo de campesinos y pastores. Eran tiempos difíciles en que las tierras hispanas, tras una larga paz de siglos bajo el dominio del imperio romano, Hispania pasó a ser invadida en distintos momentos por los suevos, primero y los visigodo después, y posteriormente por las fuerzas invasoras sarracenas. Pronto será también víctima de los ataques de los normando o vikingos. El derramamiento de sangre en unos casos, la obligada negociación diplomática y tributaria en otros, y luego la lejanía de aquellas tierras de los asentamientos sarracenos en el Al-Andalus y la resistencia cristiana del renaciente pueblo astur en el norte peninsular, había permitido resurgir y mantenerse en aquellas remotas tierras.

          Lo cierto es que el pasado romano de aquellas lugares quedo literalmente sepultado por el paso del tiempo y el exuberante desarrollo de la vegetación y el bosque de robles. Nada quedó a la vista de las edificaciones defensivas y termales que permiten valorar que allí hubo un foco de residencia romana de cierta importancia, ahora olvidada y sepultada, aunque quizás aún conservada en la tradición oral de los lugareños.

          Aquí se situó una antigua ermita al cuidado de Paio (Pelagio o Pelayo), la de San Fiz de Solovio o Sub Lovium, es decir, debajo o al pie del bosque o de la enramada. Paio era un anacoreta que vivía junto a aquel bosque, en el que a veces se adentraba para hacer sus ayunos y oraciones, de modo que sabía que sumidos entre aquella maraña vegetal dormían unas ruinas romanas. Administraba una pequeña ermita que reavivó el modesto asentamiento dando servicio eclesiástico a los labradores  y pastores del propio Solovio y algunas otras aldeas circundantes.

        Es en este lugar donde la tradición jacobea sitúa la visión de luminarias sobre la antigua y abandonada ciudadela romana, ahora sepultada bajo el manto espeso de la vegetación autóctona; luminarias que, según la leyenda, llamaron la atención del ermitaño y de algunos vecinos del lugar. Paio y los humildes lugareños cambian impresiones y hasta realizan alguna incursión en el tupido bosque ante la memoria popular de que allí se localizaba antiguas ruinas con un pasado mencionado en su tradición oral. Fuese por inspiración divina, como dicen las fuentes más arcaicas, fuese por inducción de algunos datos y referencias históricos que el ermitaño pudiera poseer, o por la indagaciones y evidencias que hallaron de culto funerario asociado a conocimiento de la tradición oral de que por aquel entorno fueron sepultados los restos jacobeos, las gentes de San Fiz de Solovio se percataron de que allí se guardaba algo valioso, por lo que aquellas gentes resolvieron informar a la autoridad eclesiástica, el Obispo Teodomiro de Iria Flavia. No es desechable que el propio Teodomiro advirtiera a los moradores de aquellos contornos de esa contingencia, con el cometido de que le informaran caso de localizar unos restos antiguos de culto funerario.

          El obispo iriense tenía conocimiento de antecedentes que hablaban de que en algún lugar de Galicia debía de encontrarse la sepultura del Apóstol Santiago y de sus discípulos; repasó los viejos manuscritos que atesoraba en su modesta biblioteca, y no tardó en encontrar las referencias que despertaron y reforzaron sus sospechas de que el Apóstol podía estar enterrado en algún lugar no muy lejano. Recordó la cita de Aldelmo de Malmesbury obispo de Sherborne que en su Poema de Aris, compuesto a principios del siglo VIII, cita la predicación de Santiago el Mayor en la Península Ibérica, y sobre todo los escritos de Beda el Venerable, con citas de enorme valor jacobeo, que reafirman la predicación de Santiago en la península ibérica, y añade que los restos del Apóstol fueron enterrados en Hispania y posteriormente traslados y “escondidos en sus últimos límites frente al mar británico”, o mar de Occidente, que baña las costas de la Britonia lucense y que hoy se conoce como San Martín de Mondoñedo. Conoce Teodomiro que estas  citas inglesas tenía su base en textos conocido como el Breviarium Apostolorum, Anónimo, y en el De Ortu et obitu Sabctorum, de Isidoro de Sevilla, a su vez inspirados en textos bizantinos del siglo V que hablan de la localización de la sepultura jacobea en Arca Marmárica. Todo ello se reflejará en la obra de Beato de Liébana, heredero de la obra Isidoriana, que llegó a reconocer al Apóstol Santiago como Evangelizador y Patrón de España. Todo esto ha llegado a Teodomiro en su sede de Iria Flavia y él mismo debió de indagar cual era el lugar denominado Arca Marmárica, la olvidada sepultura del Apóstol Santiago, cuya localización sabe que no es una entelequia ni una mera tradición piadosa, sino un realidad perdida pero aún conservada en la memoria popular que se transmite oralmente y guardada en sólidos antecedentes escritos. Parece que Teodomiro, más que ser avisado por llamativas luminarias, estrellas celestiales, revelaciones divinas o cantos angelicales, sabía lo que buscaba, aunque luego la tradición revistió el relato con hechos alegóricos y sobrenaturales.  Algunas fuentes citan un culto prexistente en los siglos precedentes, abandonado por guerras, enfermedades y hambrunas, pero del que quedó memoria popular, como un estado de letargo anterior a la intervención del ermitaño Pelayo, en modo que la exhumación de Teodomiro pudo ser la de una tumba escondida y olvidada, pero de existencia local conocida.

          Por tanto, no se extrañó Teodomiro de que las gentes de Solovio le requirieran para investigar personalmente lo que allí se escondía. Ni los antecedentes ni los indicios anunciados invitaban a vacilar; ya resultaba evidente que allí se encerraba una incógnita que era preciso aclarar, e impulsado por estas razones, y tras la piadosa diligencia de guardar tres días de ayuno y oración, según cuenta la leyenda, Teodomiro resuelve ponerse en marcha con su cortejo explorador en compañía del ermitaño Paio y de los vecinos del viejo castro de San Fiz de Solovio, sumido en la inmensa masa boscosa de Libredón. Al llegar al lugar indicado por el ermitaño y los vecinos, comenzaron a desbrozar el paraje de la exuberante maleza y ramaje, y pronto comenzaron a encontrar bajo la exuberante cubierta de tierra y vegetación, restos de edificación arcaica,  sacando ladrillos, trozos de mármol, sillares de granito, hasta que al fin dan con los muros de un pequeño monumento bien labrado que terminan por dejar al descubierto. Localizaron dos sepulturas cubiertas con bloques de ladrillo y al franquear definitivamente el edículo ven un altar a cuyo pie hay una losa sepulcral rodeada de un pavimento de mosaico. En el entorno hay evidencias de culto cristiano funerario dedicado a los restos que hallan  bajo la losa y que por tanto no podía menos de ser de un Santo muy venerado. Examina todo el sepulcro, los objetos que en él se hallan, examina la bóveda, las paredes y todos los rincones del monumento, y tras confrontar los antecedentes consignados en algunos de sus manuscritos, analizando las circunstancias del lugar y del hallazgo, y los claros indicios de culto sepulcral cristiano, concluye en lo que ya estima como evidencia, que el Santo que allí yace sepultado no es otro que es el Apóstol Santiago, y que las otras dos sepulturas circundantes son los de sus discípulos custodios Atanasio y Teodoro.

          Es el primer tercio del siglo IX cuando Teodomiro, el obispo de Iria Flavia, acababa de localizar el Arca Marmárica oculta y olvidada bajo las retorcidas raíces de una tupida carballeira del bosque de Libredón.

Fuentes consultadas:

1.- Anónimo. Historia Compostelana (siglo XII). Edición de Emma Falque Re. Akal 1994, Libro I, Capítulo II, pp. 69-70.

2.- Enrique Flórez. España sagrada, Tomo XIX. Estado antiguo de la Iglesia Iriense, y Compostelana, hasta su primer Arzobispo. Segunda Edición, Madrid 1792, pp. 63-65.

3.- Antonio López Ferreiro. Historia de la Santa A. M. Iglesia de Santiago de Compostela. Santiago 1899. Tomo II, pp. 7–25.

4.- Manuel Vidal Rodríguez. La Tumba del Apóstol Santiago. Santiago 1924, pp. 44-48

5.- José Guerra Campos. Roma y el Sepulcro de Santiago, La Bula Deus Omnipotens (1884). Cabildo de la SAMI Catedral de Santiago de Compostela, 1985, pp. 23, y 55-56.

6.- Juan José Cebrián Franco. Obispor de Iria Flavia y Arzobispos de Compostela. Instituto teológico compostelano, 1997, pp. 48-50.

7.- Manuel Jesús Precedo Lafuente. Santiago el Mayor y Compostela, un apóstol, una ciudad, unos Caminos. Aldeasa 1998, pp. 58-59.

8.- José María Lacarra y de Miguel, Juan Uría Ríu. Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, Gobierno de Navarra, Madrid 1998., pp. 31-32.

9.- Manuel F. Rodríguez. Gran Enciclopedia del Camino de Santiago. Ediciones Bolanda. 2010. Paio, Volumen 13, pp. 138-139. Concordia de Antealtares, Volumen 5, pp. 167-168. Inventio, Volumen 10, pp. 153-155. San Fiz de Solovio, Volumen 15, pp. 201-202. Edículo sepulcral de Santiago, Volumen 16, pp. 102-103.

10.- Alberto Solana. El Enigma Compostelano. Cofradía de Santiago Apóstol de Madrid, 2016, pp. 61-69.

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