41- Carlomagno y el Camino de Santiago

          Carlomagno, conocido también como Carlos el Grande, fue el rey de los francos que instauró  el imperio carolingio en Europa Occidental. Nació en el año 742 en Herstal, cerca de Lieja en territorio que hoy conocemos como Bélgica. Hijo del rey franco Pipino el Breve y Bertrada de Laon, a la muerte de aquel en 768, su reino se dividió entre sus dos hijos Carlomagno y Carloman, pero esté último murió repentinamente en 771 de enfermedad natural, haciendo de Carlomagno gobernante único por consentimiento de todos los francos.

        Eginargo, presbítero, historiador y escritor que fue designado biógrafo por el propio Carlomagno, como testigo directo de sus campañas y vivencias, describe así a su señor: “Fue de cuerpo amplio y robusto, de estatura elevada, que con todo no pasaba de la justa medida —pues consta que su talla era de siete pies de alto—, de cabeza terminada en forma redonda, de ojos muy grandes y vivaces, de nariz algo mayor que la media, de bellos cabellos blancos, de cara alegre y jovial. Por todo ello adquiría, en su aspecto tanto sentado como de pie, autoridad y dignidad. Aunque su cuello parecía grueso y corto y su vientre algo prominente, la equilibrada armonía de los demás miembros lo disimulaba. Su paso era resuelto, y varonil toda la apariencia de su cuerpo; tenía la voz clara, pero esto no convenía en absoluto a su aspecto físico; de muy buena salud, salvo por el hecho de que, antes de su muerte, en los últimos cuatro años le acometían frecuentes accesos febriles

          Su éxito residió en la habilidad para combinar cualidades difícilmente compatibles: gran estratega militar, entregado guerrero, hábil político y mandatario, capaz reformador, sagaz talento para designar colaboradores, y equilibrado interés por las ciencias y las artes sin olvidar los valores de la antigüedad. Con estas cualidades logró dotar de una conciencia de unidad política y de esplendor a Europa.  Construye la unificación europea a la vez que restaura la grandeza de Roma, con una política expansiva instalada en un pacto con el Papado y su papel de máximo protector de la fe cristiana, consiguiendo la conquista de múltiples territorios como Sajonia, Suiza, Austria, Bélgica, Holanda y Luxemburgo, y la mayor parte de Alemania, del norte de Italia, Hungría, República Checa, Eslovaquia y Croacia. En 778 atravesó los pirineos y tuvo la derrota de Roncesvalles que luego precisaremos. Agregó Bohemia y sometió a los ávaros en la cuenca media del Danubio. Todo ello le convirtió en el monarca más poderoso de Europa. Logró la unidad y cohesión de este vasto conjunto territorial, conformando el Occidente Cristiano, superior al que lograron algunos emperadores de la Roma antigua. Pactó con el papado la formación de los Estados Pontificios, siendo considerado el máximo protector de la Iglesia. Se rodeó de un equipo de administrativos, académicos, económicos, gubernamentales, judiciales y religiosos que gestionaron la reforma carolingia, nombrando estratégicamente representantes en cada una de las regiones, logrando un gobierno eficaz de todo el Imperio, sentando las bases de una Europa unificada y moderna. Alcuino de York, el más destacado exponente de la cultura de su tiempo, protagonizó la reforma intelectual carolingia en la escuela palaciega de Aquisgrán donde creo una biblioteca con obras tanto de la antigüedad como de la modernidad medieval.

          La consecución exitosa de su hegemonía radicó en la combinación de tradición e innovación, fusionando las culturas germánica, romana y cristiana, poniendo el poder en defensa del cristianismo, la ley y el orden. Por ello fue tomado como modelo ideal en la Europa de su tiempo.

       Carlomagno fue coronado la noche del 25 de diciembre del año 800 no solo como el rey de los francos, sino como emperador de Roma, por el Papa León III en la Catedral de San Pedro. Fue entronizado como emperador de forma inesperada, pues mientras permanecía arrodillado ante el altar el Papa se aproximó por detrás y le impuso la corona de emperador, y de inmediato se arrodilló ante los pies del nuevo emperador mientras los clérigos entonaban la letanía de la coronación, y era aclamado por los nobles y ciudadanos. El rey de los francos se convertía en emperador romano. Relata Eginardo como confidencia del propio Carlomagno que si hubiera sabido lo que se proponía León, no habría puesto el pie en la iglesia incluso tratándose de tan importante festividad. Parece claro entender que Carlomagno sintiera deseo de obtener el título imperial, pero no por imposición Papal, que comprometía al soberano a la protección del Estado Pontificio, y en particular a sostener a León XIII ante las de las duras dificultades a las que se había visto sometido hasta la presente. Proclamándole públicamente y «por la gracia de Dios» e imponerle la corona con sus propias manos, no solo como soberano del reino franco sino como una nueva autoridad, la de Emperador del Sacro Imperio Romano, lo involucraba como defensor de la Cristiandad Occidental, y por ende de la ciudad de Roma, del Estado Pontificio y del propio Pontífice, que venían atravesando serias dificultades que más de una vez exigió le petición de auxilio al reino franco.  Recibiendo esa corona crecía su prestigio y jerarquía, pero en realidad no añadía ni un solo palmo de tierra a sus dominios y ni un solo súbdito ni vasallo a su potestad.

          Carlomagno es, en suma, artífice de una identidad común en Europa occidental, de la instauración del catolicismo en el imperio como religión, y del renacimiento carolingio. Por todo esto merece la consideración de «Padre de Europa», cuyo patrón religioso y cultural constituyen el legado carolingio que ha sobrevivido al paso de los siglos facilitando la gestación del Occidente medieval, y luego de los distintos estados europeos modernos.

          Ya con más de 70 años de edad, tras su brillante trayectoria militar y política, ante el peso de la enfermedad y la vejez, presintiendo quizás cercano su final y como modo preservar la unidad política del imperio, en el año 813 hizo llamar a su hijo Luis, el único que le quedaba de los tres que tuvo de su mujer Hildegarda. Lo hizo en asamblea general de los principales del reino de los francos, nombrándole heredero del título imperial y coronándole personalmente, ordenando que se le llamara augusto y emperador, de modo que desde ese instante compartió con él título como co-emperador hasta su muerte.

          El 28 de enero del 814 moría Carlomagno a consecuencia de una grave pleuritis, y esa misma noche, según las crónicas de la época, recibió sepultura en la Catedral de Aquisgrán, su sede predilecta. La localización precisa del lugar permaneció ignora da durante cerca de dos siglos hasta que, según se relató, el emperador Otón III descubrió la tumba, y tras vestirlo con ropas ostentosas, corona de oro y cetro de celebración, se volvió a enterrar. En 1165, el emperador Federico I Barbarroja abrió de nuevo la tumba y trasladó el cuerpo a un sarcófago que emplazó debajo del suelo de la catedral.​ En 1215, el emperador Federico II volvió a exhumar los restos de Carlomagno trasladando sus restos óseos a un sarcófago de oro y plata donde se custodian en la catedral. Sin embargo la sepultura del subsuelo permanece aún sin precisarse su localización a pesar de las excavaciones realizadas bajo la creencia de que se encontraba en la antesala de la catedral. Tras los resultados negativos parece que será complicado hallar el lugar en el que originalmente fue enterrado.

          Pero lo que eleva la figura de Carlomagno por encima de los criterios históricos, a niveles legendarios y mitológicos es su vinculación con el descubrimiento del sepulcro jacobeo y el Camino de Santiago.

          La relación del monarca imperial con Hispania se remontan al 778 en que atravesó los pirineos en supuesta campaña de apoyo a los cristianos hispanos contra los moros de Al Andalus en época del rey Silo de Asturias. Cuenta Eginardo que “Mientras combatía contra los sajones asiduamente y casi sin interrupción, y tras disponer guarniciones en lugares convenientes de sus confines, Carlos decidió atacar la tierra de España con él mayor aparato bélico que le era posible. Atravesado el obstáculo de los Pirineos, fue recibiendo el ejército de Carlos la sumisión de todos los castillos y plazas fuertes que iba encontrando en su camino. Iniciado el ejército de Carlos su camino de retorno, le tocó en suerte experimentar algo de la perfidia vasca. Pues como el ejército marchara desplegado en largas filas, según lo exigía la estrechez del lugar, los vascos, tendiendo una emboscada en la parte más elevada de la montaña y el espesor de los bosques, se precipitaron a la hondonada. Atacando los vascos la retaguardia que portaba el ejército, la impedimenta y a quienes cubrían la marcha del grueso del ejército, trabaron combate con ellos hasta apoderarse de los bagajes. Hasta que cayó la noche y se dispersaron con la mayor rapidez en diversas direcciones. En esta batalla resultaron muertos Egiardo, senescal real, el conde de palacio Anselmo y Rolando, duque de la marca de Bretaña.

          Atravesó los Pirineos y  tomó Pamplona, demoliendo sus murallas para prevenir su resistencia posterior. Al llegar a Zaragoza su nuevo mandatario se negó a entregar la ciudad y mantuvo sus puertas cerradas por lo que decidió cercar la ciudad. Durante el cerco, la sublevación de los sajones forzó la retirada para dirigirse al frente sajón. El tamaño del ejército franco y la falta de la defensa de Pamplona presagiaban una vuelta plácida. Pero en el transcurso de la maniobra, un 15 de agosto del año 778, el ejército franco fue atacado por los vascones en los desfiladeros de Roncesvalles, posiblemente en la hondonada o valle de Valcarlos cuyo nombre procede de Vallis-Karoli, el Valle de Carlos, infringiendo la primera derrota al gran Carlomagno.

          Aunque supuso un duro revés, sirvió para modificar la estrategia carolingia sobre la península Ibérica, reforzando la importancia de Aquitania como reino a cargo de su hijo Luis, acogiendo a los hispanos cristianos que huían del Islam, y precipitó la creación de una zona fronteriza entre el Imperio Carolingio y la Hispania musulmana, la Marca Hispánica, desde Pamplona hasta Barcelona, fundando condados que sirvieran de freno a la expansión islámica. El propio Carlomagno llegará a decir, en una de sus frases más famosas: “He aprendido mucho más de mi única derrota que de todas mis victorias”.

          Desde esta política de convertir en ventaja ideológica la derrota, el fracaso será mitificado y convertido en epopeya épica en la “Chanson de Roland”, Cantar de Gesta cuyo relato literario magnifica el acontecimiento y lo transforma en la leyenda mas popular de occidente europeo, que convierte a Rolando de comandante histórico de los francos al servicio de la Marca Bretona, en sobrino legendario del mismo Carlomagno y sobre todo en paladín heroico víctima de las fuerzas sarracenas en épica defensa del cristianismo contra el islam y exponente máximo de los valores francos.

          En esa dinámica legendaria de los Cantares de Gesta franceses, para relacionar el antecedente histórico con el origen del Camino de Santiago, se vinculó a Carlomagno con el descubrimiento del sepulcro jacobeo y el inicio de las peregrinaciones jacobeas, cuando el Códice Calixtino, en su libro IV o Historia Turpini, se cuenta la aparición del Apóstol Santiago a Carlomagno en sueños señalándole la Vía Láctea como manera de encontrar su sepulcro, que debe librar de los sarracenos para poder venerar sus reliquias. Como señala el medievalista López Alsina, con la alusión a Carlomagno, la Iglesia compostelana busca relacionar al emperador de Occidente con el apóstol de Occidente. Los intereses eclesiásticos encuentran conexión diplomática en la relación entre la monarquía asturiana y el imperio carolingio.

          La presencia de Carlomagno en la península quedó viva en el imaginario colectivo de los peregrinos medievales. Así nace el mito de Carlomagno como supuesto descubridor del sepulcro jacobeo y del Camino de Santiago, así como otras leyendas épicas fantásticas como la del monarca sarraceno Aigolando, la batalla con el bárbaro rey Furro en Monjardín, la lucha con el gigante Ferragut con Rolando, la destrucción de Lucerna, y otras fantasías novelescas. La irreal propuesta de la fantástica Historia Turpini es que Carlomagno había conquistado la Península Ibérica y descubierto la sepultura apostólica y liberado su acceso a los peregrinos, en el curso de varios años cuando la realidad es que apenas permaneció unos pocos meses.

          La memoria y huellas de Carlomagno y Roldán quedarán impregnando el Camino de Santiago. En Roncesvalles se encuentran el Silo de Carlomagno o capilla de Sancti Spiritus, edificación del siglo XII, la más antigua de Roncesvalles, que asienta sobre un pozo que servía de osario cuya tradición reconoce como el lugar donde fueron enterrados guerreros francos caídos en el 778. El museo del monasterio de Roncesvalles conserva el llamado ajedrez de Carlomagno en el que, según la tradición, el emperador jugaba cuando oyó la llamada de Roldán anunciando la fatal derrota del ejército franco. En realidad se trata de un relicario que alternan casillas con esmaltes y otras que conservan reliquias. En el alto de Ibañeta se encuentra el Monumento a Roldán y entre Roncesvalles y Burguete están las cruces de Carlomagno y de Roldan; y distintos lugares del Camino muestran capiteles y relieves que reproducen el combate entre Roldán y Ferragut. En la sierra de Aralar (valle del Ata) hay un menhir o Piedra de Roldán que el legendario héroe supuestamente lanzó contra el santuario de San Miguel, aunque no llegó por enredarse con su capa en el lanzamiento, de una marcas en la piedra se dicen ser las señales dejados por los dedos de Roldán. En el término de Linzoáin, valle de Erro, hay una piedra de 3 metros que la tradición dice ser la distancia del paso de Roldán. En la plaza de Urroz-Villa, hay otra Piedra de Roldán, un bloque de 2,60 metros y unos pequeños orificios naturales de los que se dice que los marcó el héroe al agarrar el bloque con los dedos para lanzarlo a los sarracenos, aunque no llegó en este caso dice la tradición por pisar una bosta de vaca al lanzarla. Todo este caudal se funda en hechos históricos deformados por la leyenda, reflejando que a través de los siglos la tradición asocia el Camino de Santiago con la memoria de las hazañas carolingias que arraigó en los peregrinos medievales y llega hasta nuestros días, llevando todo a una dimensión cósmica con la referencia a la Vía Láctea, desde entonces aceptada como el Camino de Santiago estelar.    

        Lejos de este ejercicio literario que ensalza los ideales patrios del reino franco y sus líderes en un contexto fantástico, fue el rey astur-galaico Alfonso II el Casto quien envió cartas y embajadas diplomáticas al rey franco en busca de un aliado poderoso en su lucha contra el Islam en momentos de verdadero agobio y peligro de su subsistencia. No se tradujo en apoyo objetivo del rey franco, pero parece que Carlomagno lo vio con interés en sintonía con su propósito por crear la Marca Hispánica y cuando menos generó cierto prestigio astur al conocerse en Europa que en el norte hispano había una monarquía cristiana que resistía al poderoso califato de Córdoba. Algún autor contemporizador sugiere que al descubrimiento de la tumba apostólica el rey astur Alfonso II el Casto, en cuyo tiempo se produce el hallazgo, informaría de la noticia al emperador. Atractiva propuesta si no fuera porque Carlomagno descansaba ya bajo la tierra de Aquisgrán, pues aun no había llegado el tiempo del descubrimiento del sepulcro apostólico.

          El Hallazgo de la sepultura jacobea se produce en el primer tercio del siglo IX. Pero no en el año 813 que se cita en las primeras fuentes y que aún hoy se menciona como cifra que forma parte de la propia leyenda, buscando avalar y difundir la peregrinación a Santiago desde todo el continente a partir del prestigio de Carlomagno. El año el 813 es un imposible histórico, pues en esa fecha aún no regía en la diócesis de Iria el obispo Teodomiro, protagonista del hallazgo, sino su predecesor Quendulfo II, que aún permanece en el cargo el 1º de septiembre del 818, fecha en que el Tumbo A del monasterio de Sobrado guarda el último documento con la firma de este obispo. Teodomiro no pudo llegar al obispado de Iria antes del 819, que es el año que se propone como inicio de su obispado, y por tanto el hallazgo del que será el sepulcro compostelano no puede ser anterior a esa fecha. El descubrimiento sepulcral debió producirse entre los años 820 y 830, bajo el reinado asturiano de Alfonso II el Casto, pero en que el Rey de los francos y Emperador de Occidente no era ya Carlomagno sino su hijo Ludovico Pio, cuya labor fue la de consolidar la Marca Hispánica.

Fuentes consultadas:

1.- Eginardo. Vita Karoli Magni. Biografía compuesta alrededor de 830-833. Texto original de la Bibliotheca Augustana. Edición bilingüe Latín – Castellano, 2016.

2.- Previté Orton. Historia del Mundo en la Edad Media. Editorial Ramón Sopena S. A. 1967. Tomo I. El Imperio Carolingio, pp. 413-458.

3.- Historia Universal. Salvat Editores 1980. Volumen II. Europa Siglos III-X. Hacia la Sociedad Medieval: El Mundo Carolingio, pp. 223-274

4.- Harold Lamb. Carlomagno. Biografía y Novela histórica. Edhasa, Barcelona 1991

5.- Luís Vázquez de Parga, José María Lacarra, Juan Uría Ríu. Las peregrinaciones a Santiago de Compostela. Editores: Gobierno de Navarra 1998. Tomo I. Las peregrinaciones y la literatura pp. 499-515.

6.- Antonio Regalado. Carlomagno en el Camino de Santiago. Carreteras: Revista técnica de la Asociación Española de la Carretera, Nº. 168, 2009, págs. 98-111.

7- Adeline Rucquoi. Charlemagne à Compostelle. Compostelle. Cahiers du Centre d’Étude, de Recherches et d’Histoire Compostellanes, 17 (2014), pp. 5-25

8.- Cristina Durán y David Barreras. Carlomagno y la Europa medieval. Punto de Vista Editores. Madrid 2017

9.- Gran Enciclopedia del Camino de Santiago. Ediciones Bolanda, 2010. Carlomagno. Tomo 4, pp. 114-119. Historia Turpini o de Turpín. Tomo 9, pp. 168-177. Turpín. Tomo 18, pp. 17.

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