37- Prisciliano en la cresta de la ola jacobea

        La historia de Prisciliano y el priscilianismo es la de un proceso fluctuante entre la ortodoxia y la heterodoxia en una escalada creciente potenciada por factores religiosos y sobre todo por hechos socio-políticos a lo largo del curso de la Historia entre los siglos IV y VI, que hicieron del obispo de Ávila un mártir para unos y un hereje para otros.

        Cuando el discurso de Prisciliano empieza a oírse en la segunda mitad del siglo IV, el Imperio romano sufre una profunda transformación en la que el cristianismo ha pasado de ser una religión perseguida y castigada a una posición dominante, asentada pero en que la Iglesia convivía con el paganismo aún no desaparecido sino que pervivía en muchas latitudes del imperio. Por otro lado este asentamiento de la Iglesia conlleva, la aparición de desviaciones doctrinales del dogma ortodoxo y el surgimiento de los concilios ecuménicos para corregirlas. Aparecen así las herejías que vienen a cuestionar los fundamentos doctrinales de la Iglesia, el arrianismo a la cabeza que, frente al credo niceno ortodoxo, conlleva la adhesión de líderes eclesiásticos e incluso el favor de la casa imperial.

          Las primeras comunidades cristianas en la Península Ibérica se instauraron en las principales ciudades ibéricas (Mérida, León, Astorga, Zaragoza o Tarragona). En el siglo IV el cristianismo sumaba multitud de conversiones, no solo por evangelización doctrinal sino que muchos lo hacían por conveniencia política haciendo de la iglesia un instrumento desbordado y poco exigente en el control de esta situación. Muchos sacerdotes paganos adoptaron el cristianismo manteniendo sus viejos ritos de idolatría que no era controlada ni perseguida, ni la castidad era observada en un contexto de permisividad y tolerancia. Por momentos se practicaba un bautismo colectivo sin instrucción previa, por lo que el politeísmo y la magia eran comunes en un ámbito de permisividad. Empezaban a aparecer los primeros movimientos heréticos, y la penetración del cristianismo en la clase alta despertó la crítica de la riqueza de los nuevos cristianos, algunos de los cuales eran consagrados obispos. La iglesia realmente estaba instaurada pero su estructura era débil e inestable, fácilmente censurable desde diversos frentes, generándose un movimiento de depuración y defensa de los principios doctrinales.

          En este terreno de pugna entre paganos y cristianos por un lado, y ortodoxos y heterodoxos por otro, junto a los acontecimientos políticos radicalmente cambiantes, es cuando tiene lugar la aparición de Prisciliano, elegido como cabeza de una tendencia reformadora dentro de la Iglesia, dando nombre al movimiento. La doctrina priscilianista que se revela en sus fuentes escritas resulta, en lo doctrinal, un tanto imprecisa pero, desde su origen culta, pudiente e influyente en la sociedad tardorromana, logra hacerse eco en el ámbito popular con su propuesta de vuelta a las raíces evangélicas del cristianismo frente a cierta relajación de costumbres de la Iglesia oficial, más ocupada en definir sus fundamentos doctrinales y su relación con el Estado romano frente a las corrientes paganas, con un predominio de las clases acomodadas frente a las humildes.

        Prisciliano, del que realmente se ignora su origen, es un joven de familia rica y aristocrática, de elevado nivel cultural, terrateniente y con gran número de servidores y clientes, un laico erudito y de gran nivel e influencia social. Hacia el año 370 viaja a Burdigala (Burdeos) para formarse con el retórico Delphidius, y a las afueras de esta ciudad funda una comunidad de tendencia rigorista junto a su mentor y la mujer de éste, Eucrocia, y la hija de ambos, Prócula. Pasa a encabezar un movimiento reformador en el seno de la iglesia, convirtiéndose en su líder y máximo portavoz, ofreciéndole la mitra de una sede episcopal de alguna ciudad hispana. Muy posiblemente era originario de Lusitania o de la Bética, como lo eran también Instancio y Salviano, los dos primeros afines a su causa y compañeros inseparables de Prisciliano, obispos de sedes lusitanas (Salamanca y Coria probablemente), próximas a la ciudad de Ávila (aún sin sede obispal); tierras donde existían abundantes patrimonios familiares aristocráticos y lugar en donde surge la primera alarma contra la nueva corriente ascética. Nada permite afirmar su ascendencia gallega, y mucho menos iriense como proponen algunas fuentes de forma infundada. Solo Próspero de Aquitania (390-455) le designa Priscillianus episcopus de Gallaecia, pero Próspero, que no es coetáneo de Prisciliano, parece referirse de un modo genérico a la fase de difusión del priscilianismo en Gallaecia romana, de la que Prisciliano nunca fue obispo en ninguna de sus sedes, pues la ciudad de Ávila romana, siempre perteneció, desde Diocleciano y Constantino, a la provincia administrativa Carthaginensis y a la metrópolis eclesiástica de Toletum, aunque si pudo tener influencia de movimientos lusitanos. Incluso, como sugieren algunos autores es probable que Prisciliano nunca estuviera en Galicia en vida.

          Su doctrina, verdadero desafío a la Iglesia oficial de la época, obtiene buena acogida entre las clases menos favorecidas como movimiento social reivindicativo que censura el lujo y el poder de los obispos y promueve una vida ascética con una igualación de la mujer en la vida social y religiosa. La propuesta implica el conocimiento suficientemente extendido de un cristianismo primitivo y es el atractivo popular de esta doctrina lo que logra una expansión por las provincias hispanas de Lusitania y Bética, y luego por Gallaecia, Tarraconensis y Aquitania, con la ventaja de no encontrar el rechazo y la persecución que tuvo el cristianismo primigenio. Es esta difusión la que genera la convocatoria del concilio de Zaragoza en el año 380, con asistencia de obispos de estas provincias. En este sínodo el priscilianismo fue censurado pero no condenado por estratégica ausencia de los obispos priscilianistas, ya que el papa Dámaso (para evitar el conflicto) dejó sentado que no se condenara ninguna doctrina en que sus seguidores no estuvieran presentes. El priscilianismo lo asumió como un éxito y, en contra de las actas de Zaragoza se sintió habilitado para nombrar a Prisciliano obispo de una sede hispana. Para hacerse con las riendas del poder eclesiástico, se pretendía la sede metropolitana de Mérida, buscando la destitución de su arzobispo titular Hidacio, produciéndose un choque hostil, naciendo así el priscilianismo como una corriente populista generadora de tendencias enfrentadas.

          Como Hidacio no fue depuesto de la sede emeritense, Prisciliano fue nominado por la vía rápida, obispo de Ávila, creada exprofeso para él, haciéndolo por encima, según Henry Chadwick, de algunas normas de la ordenación del derecho canónico, pues como seglar y asociado al movimiento maniqueo, Prisciliano estaba incapacitado para el sacerdocio y más aún para el obispado; sin embargo pasó en un instante de seglar a obispo. La ambigüedad eclesiástica y la indiferencia o inhibición de Roma propició esta ascensión repentina de Prisciliano como líder religioso, provocando desde el inicio del proceso un choque entre sus seguidores que lo aceptaban como un santo varón, mientras que sus detractores lo veían como un intruso que había sido elevado irregularmente al obispado como modo de medrar en la jerarquía eclesiástica en contra de sus intereses.

          La cuestión se agrava e inicia una escalada de lucha por el poder eclesiástico, en donde unos y otros se sienten atacados en su legitimidad, pasando la cuestión de un problema interno de la Iglesia hispana que debería haberse resuelto en un concilio local, a transformarse en un conflicto religioso internacional llevado primero a las cortes pontificias de Milán y Roma y luego a la corte imperial de Tréveris. Hidacio recurrió al obispo Ambrosio de Milán, denunciando el priscilianismo de actividad herética, logrando un fortalecimiento de su posición en la sede de Mérida, y una respuesta del emperador Graciano en apoyo de la ortodoxia nicena, ordenando que los priscilianistas abandonaran sus iglesias y territorios, de modo que tuvieron que dispersarse y ocultarse, adquiriendo Prisciliano caracteres heréticos que marcarán el devenir de los acontecimientos futuros.

          El priscilianismo acude a Roma y Milán para defender su causa. En Roma piden audiencia al papa Dámaso, a quien llaman “el primero de los obispos”. Dámaso no reconoce a la comitiva priscilianista, por lo que no los recibe y no atiende su reclamación. Tras la muerte de Salviano, uno de los mayores defensores del movimiento, recurre a Milán. Como la reclamación no encuentra eco, recurren mediante soborno a las intrigas palaciegas a través de Macedonio, quien logró, por gestiones administrativas, un rescripto imperial de Graciano que les reponía en sus sedes, dando un vuelco radical de la situación que acogía en la Iglesia al priscilianismo y cuestionaba el papel de sus acusadores.

          Un nuevo giró político cambiará radicalmente el rumbo del proceso en contra de Prisciliano. El emperador Graciano es asesinado en agosto del 383 y sube al trono imperial de Magno Clemente Máximo, quien tomará una postura inflexible ante la herejía, nuevamente acusada ahora por Itacio de Ossonoba, en Tréveris. El giro político desemboca en un sínodo en Burdeos para revisar el conflicto. Prisciliano interpreta que esta es una situación adversa a sus propósitos y ante una posible condena en el sínodo de Burdeos que liquide sus expectativas, recusa su autoridad, no se presenta ante el tribunal de Burdeos y decide exponer su caso directamente ante el emperador, apelando al poder civil, a la autoridad imperial de Máximo, intentando nuevamente con ayuda del dinero de sus valedores, adquirir los apoyos necesarios para salvar su causa, confiado en encontrar una nueva mediación favorable como logró antes en Milán a través de Macedonio. La apelación de Prisciliano buscaba evitar la sentencia eclesiástica para ponerse en manos de la justicia imperial. Este fue el grave error de Prisciliano, evadir el proceso eclesiástico y buscar un remedio por la vía civil. El proceso había entrado en una ley del todo o nada. Burdeos hubiera aportado una resolución que quizás podría ser contraria a Priciliano pero en todo caso nunca fatal como resultó ser. La propia iniciativa de Prisciliano abre un proceso judicial que otorga al emperador el poder dar un golpe a la lucha contra la herejía y cisma arriano, de modo que todo se vuelve contra Prisciliano.

          El hecho de que se abriera juicio contra un miembro del clero provoca una controversia sobre si era lícito o no que un obispo fuese juzgado mediante proceso civil y no por un sínodo episcopal como exigían Martín de Tours y Ambrosio de Milán. La contradicción era grande pues el propio Prisciliano, que ya estaba siendo valorado por el sínodo de Burdeos, fue quien rechazó su autoridad y apeló a la corte imperial de Tréveris. El juicio contra Prisciliano fue dirigido por el prefecto del pretorio, Evodio; Itacio ejerció de acusador aunque luego se retractó y retiró del proceso al verse que su acusación condenaba a muerte a otro obispo, dejando el puesto a un fiscal imperial. Pesó decisivamente en su contra su irregular acceso al episcopado, su aceptación de los libros apócrifos y los cargos imputados, especialmente el de brujería, atendidos por la conocida afición de Prisciliano por la astrología y el ocultismo, que seguramente se magnificaron en su contra, fundamentándose una acusación de maniqueísmo, magia y brujería que las leyes del imperio reconocían como delitos civiles de máxima gravedad, por lo que entendió legal su enjuiciamiento civil. Se le juzgó con la máxima severidad, sentenciándole a muerte a él y a quienes le acompañaban, pesando también el interés que el emperador Máximo sentía por las propiedades de los priscilianistas, con cuyas riquezas podría financiar sus campañas militares.

          Fruto de esta condena y castigo capital, se sucedió una drástica división en la Iglesia entre los que creían en la culpabilidad de Prisciliano y sus seguidores que veían excesiva la sentencia capital de Tréveris por el brazo secular contra miembros de la Iglesia, con el trasfondo de los móviles políticos del emperador. Lejos de apaciguarse, el conflicto se agravó por la fama adquirida por “los mártires de Tréveris” ante la injusta severidad de quien era considerado un emperador usurpador, finalmente derrotado y muerto en el año 388. De modo que los priscilianistas pasaron de ser considerados “santos” por sus seguidores a ser ahora “mártires” víctimas injustas del brazo secular romano.

        Simposio de Astorga, era el único obispo que quedó afín al priscilianismo, por lo que surgió en el cuadrante noroccidental peninsular un núcleo priscilianista, encabezado por este obispo y posteriormente su hijo Dictinio, en fase del priscilianismo plenamente urbano y culto, próximo al ámbito episcopal, provocando un cisma hispano. La condena como herejía en el Concilio de Toledo del año 400, y ante el peso de ser considerados herejes excomulgados de la Iglesia, ablandó la resistencia de los obispos priscilianistas que acabaron por aceptar la fórmula conciliadora del sínodo toledano, y el episcopado galaico y las clases cultas abandonaron, aunque solo aparentemente, el priscilianismo y se acogieron a la «amnistía religiosa» por retornar a la ortodoxia eclesiástica, aunque juraron secretamente mantenerse fieles al priscilianismo.

          Un nuevo acontecimiento cambia el rumbo de las cosas, pues entonces Galicia pasa a ser invadida y dominada por los suevos, y el movimiento priscilianista encuentra cobijo en esta Gallaecia sueva y rural, menos romanizada y en cierto modo aliándose al paganismo gallego prerromano aún existente. No toda Gallaecia era priscilianista como algunos proponen; el gallego Orosio en el 414 escribe un alegato dirigido a San Agustín, en contra del priscilianismo, e Hidacio obispo de Chaves (Orense) en el 433 luchó abiertamente contra el priscilianismo que consideraba una secta blasfema y perniciosa, y algo después, hacia el 445, Toribio de Astorga, un tiempo ausente, al retornar a su sede lucha abiertamente para erradicar la que considera peligrosa herejía priscilianista. Carmen Cardelle de Hartmann en “Ortodoxos y priscilianistas en la época sueva”, sitúa a Pastor y a Siagrio en las sedes de Iria y Aquis Celenis—, supone que Agrestio de Lugo era ortodoxo pero partidario de la coexistencia con los priscilianistas, y que la ordenación de Pastor y Siagrio, dos activos adversarios del priscilianismo, representan el intento de otros obispos más duros de imponer en el distrito de Agrestio una política anti-priscilianista más decidida. Conviene citar esto porque suele creerse que toda Galicia asume el priscilianismo como algo autóctono, lo que está lejos de la realidad, pues la iglesia galaica estaba fraccionada en un cisma irreconciliable en que en las ciudades como Lugo, Orense, Astúrica Augusta, Iria Flavia, Aquis Celenis…  no viven los suevos y no ejercen su poder ni su administración, y sigue vigente la estructura, la legislación y el orden romano, sus gentes eran hispano-romanos, y sus obispos ostentaban el poder romano y la iglesia oficial contraria al priscilianismo que no obstante puede prosperar porque el dominio suevo lo permite, pero centrándose en las áreas rurales. Con Requiario el reino suevo abraza el catolicismo parece que instado por Valconio de Braga,  verosímilmente tras un concilio local católico celebrado en Caldas en el 447 que condena el priscilianismo. Galicia es dominantemente católica y el priscilianismo queda recluido aún más a zonas rurales donde desaparecen aspectos doctrinales y perduran solo aspectos costumbristas de corte ascético.   

          Rei Teodomiro cos bispos Lucrecio, Andrés y Martin DumioEl priscilianismo pervive ciertamente en Galicia, pero más que una larga y activa pervivencia habría que hablar más bien de una lenta desaparición ante el aislamiento y la permisividad sueva, hasta su plena desaparición gracias a la labor de san Martín de Braga y San Andrés de Iria, que supieron, sobre todo el primero, conciliar los postulados de la Iglesia oficial, con el paganismo local, los movimientos ascéticos y los de los propios priscilianistas ya muy amortiguados, hasta que en el segundo concilio de Braga de 572, presidido por el propio Martin de Braga, se informa que no queda rastro del priscilianismo ni del paganismo y se acaba de configurar el Parroquial Suevo nacido en el concilio de Lugo del 569, cuando los suevos han adoptado el catolicismo.

        La cuestión de marcado interés histórico cobra hoy día una sorprendente actualidad con insólito fervor desde planteamientos marcadamente nacionalistas. La hipótesis de que sean suyos los restos de la tumba compostelana son sugeridos por Louis Duchesne en un breve ensayo titulado Saint Jacques en Galice publicado en abril de 1900, en la revista Annales du Midi. La propuesta, lejos de ser una tesis de investigación, se plantea como posibilidad en forma de vaga sospecha, basada en ciertas coincidencias: los dos fueron decapitados y de los dos se habla de su traslado a Hispania. Dado el halo legendario del traslado jacobeo frente a la certeza del traslado priscilianista en la crónica de Sulpicio Severo, parece legítimo pensar que el traslado fuera el de Prisciliano y que la memoria apagada de éste se confundiera con la de aquel, y la opción se rodea de una verosimilitud argumental de partida, que la hacen atractiva y novelesca.

        El tema ha sido tratado con demasiada querencia y escaso rigor, y en ningún caso se exponen indicios rigurosos de certidumbre que argumenten con solvencia que sea Prisciliano quien pueda estar en Compostela, y desde meras vaguedades se despiertan intereses en resaltar su supuesta “galleguidad“, aunque no puede afirmarse que Prisciliano fuera gallego y menos aún iriense, sino que se asume que fuera lusitano o bético, además de que el concepto de “gallego” estaba muy lejos de estar conformado en el siglo IV, ni como idioma, ni como cultura, ni como unidad de sentimiento de un pueblo. De ahí con sorprendente automatismo se inventa el argumento de que Prisciliano pasó a ser natural de Iria Flavia y obispo de Gallaecia. Lo cierto es que nunca tuvo nada tiene que ver con Iria y que jamás habló gallego sino que hablaba y escribía en latín. Prisciliano fue un hispano-romano, ajusticiado seguramente de modo abusivo e inmerecido, cuya memoria y legado merecen estudio y quizás rehabilitación histórica; pero no desde una perspectiva nacionalista, en que desde un Prisciliano resucitado por la polémica jacobea, es reivindicado como el espíritu genuino del alma gallega. El nacionalismo nubla, a veces, las mentes más preclaras. Los grandes autores del Rexurdimento gallego y la Xeración Nós, en su visión romántica de Galicia consideraron a Prisciliano “prototipo do panteón céltico, lonxe de toda heterodoxia” de modo que vieron “rexurdir” en él “o druidismo céltico”. Desde la visión distorsionada de identificar lo celta con lo gallego, se llega a proponerle como alternativa excluyente a la tradición jacobea, y el ocupante del sepulcro compostelano pasa a ser Prisciliano y no el Apóstol Santiago, negando a éste lo que se regala a aquel sin fundamento para una cosa ni otra. No importa si hay otros lugares con mejores opciones para localizar el sepulcro de Prisciliano que deberían investigarse mejor, no interesa apenas su legado ideológico e intelectual, lo que interesa es cruzar las similitudes entre dos figuras y subrayar que una es el olvido y la reinterpretación de la otra. En algunos autores se detecta mayor interés por desmerecer la Tradición Jacobea que por estudiar objetivamente el valor histórico de Prisciliano y hasta parece que es más atractivo y rentable menoscabar la Tradición Jacobea que recuperar la imagen de Prisciliano.

          Sulpicio Severo (363 – c. 425) cita que los restos de Prisciliano y sus compañeros, tras los juicios de Tréveris, fueron trasladados a las Hispanias, donde fueron venerados como mártires, pero sin revelar ningún indicio localizador. Descubrir el lugar de enterramiento podría explicar el arraigo del priscilianismo y clarificar quiénes fueron los responsables del retorno de los ajusticiados. La búsqueda hasta hoy es infructuosa, y los lugares propuestos además de Santiago de Compostela, son Santa Eulalia de Bóveda (Lugo), la capilla de Os Mártores (San Miguel de Valga, Pontevedra), y la basílica de San Vicente, Sabina y Cristeta (Ávila), si bien a criterio de Diego Piay Augusto, destacado estudioso de Prisciliano y el priscilianismo, a día de hoy la evidencia parece apuntar a la Gallaecia del siglo IV, y particularmente Astúrica Augusta como lugar más probable de localización de sus reliquias, dado que el obispo Simposio de Astúrica Augusta era entonces el único obispo simpatizante del priscilianismo tras los ajusticiamientos de Tréveris, y puede aceptarse que fue él quien los aclama como mártires y quien apoyó y financió el traslado de los ajusticiados.

        El error de la controversia entre Santiago y Prisciliano está, a mi juicio, en establecer, de partida, una exclusión mutua entre ambos personajes, como protagonistas incompatibles de un mismo fenómeno del que uno de los dos debe ser necesariamente descartado. Prisciliano, para quien se propone otras posibles localizaciones de su sepulcro con mayor verosimilitud que la compostelana, seguramente merece ser estudiado, de hecho lo es con profusión, y quizás sea merecedor de rehabilitación histórica, pero no a costa de Santiago, y el arraigo del priscilianismo en la Gallaecia romana puede entenderse incluso indicio de un cristianismo galaico primitivo que precisamente el priscilianismo propone recobrar; incluso hay autores que ven el priscilianismo como un movimiento esencialmente ortodoxo, que predicaba un cristianismo más puro, y un retorno a los principios que habían regido a las primeras comunidades cristianas.

          Prisciliano y Santiago no son mutuamente excluyentes sino compatibles, como acredita bien el ferrolano Xosé Leira Domínguez en su obra “Xacobe e Prisciliano”, en que propone que ambas figuras merecen idéntico tratamiento intelectual sin interferencias discriminatorias. Pero hay criterios más sólidos que resuelven el caso: el largo “Silencio arqueológico” inalterado, que garantiza la preservación del contenido de la cámara mortuoria del edículo sepulcral, desde su inhumación entre la segunda mitad del siglo II y su hallazgo en el siglo IX, con la particularidad de que en el interior del edículo, tras la reubicación de las tumbas, fue sellado por un mosaico ornamental del siglo II que existía, por tanto, mucho antes de la muerte de Prisciliano. La fecha del mosaico, junto a la evolución arqueológica del edículo, sus fenestellas martiriales de factura romana, la inscripción Atanasio Martir del tapón de las Fenestella, el Ara de San Paio, y la valoración dinámica, integral y multidisciplinar del conjunto, acreditan un culto muy anterior a Prisciliano. Un enterramiento en el siglo IV o V, hubiera sido detectado por la arqueología y la hipótesis priscilianista tendría su verosimilitud. Pero la conclusión es la imposibilidad de que Prisciliano sea quien esté enterrado en Compostela.

          De espaldas al error de situarlo en Compostela, la hipótesis priscilianista, contradictoriamente, despierta interés y sigue recibiendo crédito de escritores, novelistas, partidarios, asociaciones y en las redes sociales incluso desata inusitado fervor rayano en el fanatismo acrítico, y sea por intereses editoriales, por pasión nacionalista, desconocimiento técnico, anticlericalismo, esoterismo, sensacionalismo, ficción o morbo, que de todo hay, es un tema que se recicla como producto literario o audiovisual polémico. Este lamentable y casi voluntario error creo que se mantiene sobre todo por el hecho de que la identidad del sepulcro jacobeo sigue siendo cuestionada, pero no porque sea legítimo situar a Prisciliano en Compostela.

        Para construir la hipótesis de Prisciliano en Compostela hay que desbaratar los posibles indicios de verosimilitud jacobea. La actitud es radical y sin estudiar el terreno con rigor, los defensores de “compostelanismo” de Prisciliano son sobre todo detractores de lo jacobeo para los que todo lo relativo Santiago es una super-confabulación multidisciplinar, un complot supra-histórico, en que las datos documentales favorables a Santiago carecen de crédito o son falsificaciones, los estudios arqueológicos son manipulaciones interesadas, la necesidad y la oportunidad de unas reliquias de primer orden será motivo suficiente para que se alineen en un mismo bando monjes, prelados, reyes, políticos, militares, hombres de ciencia, y las actitudes y documentos de gentes de distintos momentos históricos, son o interesados, o falsos, o equivocados, o manipulados. Sin embargo crean la hipótesis de Prisciliano, con unos argumentos de alguna apariencia inicial, pero finalmente más fantásticos e infundados que los de la Tradición Jacobea a la hora de situar la sepultura en Compostela sin sentirse obligados a acreditar tal propuesta sino solo limitándose a sugerirla. Cabe cuestionar que allí se custodien los restos de Santiago pero es un error plantear que sean los de Prisciliano, que puede estar en algún otro lugar de las “Hispanias” como dice inespecíficamente Sulpicio Severo, que es el único que lo menciona, o quizás en algún lugar de la Gallaecia romana, posiblemente en Artúrica Augusta.

          Bien está que se estudie y difunda la figura de Prisciliano, se viene haciendo desde hace mucho y se sigue haciendo hoy, pero que sea para analizar su aportación histórica y doctrinal, fuera de esto es un sinsentido perpetuar este contumaz desacierto en contra radical de la Tradición Jacobea un auténtico tesoro de nuestro patrimonio tanto español como gallego, que debemos preservar y potenciar, porque tiene su propia idiosincrasia y verosimilitud totalmente ajena a la figura de Prisciliano.

Fuentes consultadas (entre otras)

1- Prisciliano de Ávila de Henry Chadwick. Espasa Calpe 1978

2- Prisciliano introductor del ascetismo en Gallaecia. José María Blázquez Martínez. Primera reunión gallega de estudios clásicos : (Santiago-Pontevedra, 2-4 Julio 1979) : ponencias y comunicaciones, 1981, págs. 210-236

3- Prisciliano y el Priscilianismo. Los Cuadernos del Norte VV.AA. (1981)

4- O Primeiro Espertar Cultural de Galicia. José Eduardo López Pereira (1989)

5- Xacobe e Prisciliano (Ensaio sobre unha piadosa creenza e dum proceso más político que religioso), Xosé Leyra Domónguez 1997

6- El priscilianismo tras Prisciliano, ¿un movimiento galaico?. Carmen Cardelle de Hartmann: Habis, Nº 29, 1998, págs. 269-290

7- Historia Mágica del Camino de Santiago. Fernando Sanchez Dragó. (1999)

8- Ensayo histórico sobre Santiago en Compostela. Jacques Chocheyras. (1999)

9- Prisciliano, Profeta contra o poder. Xosé Chao Rego. (1999)

10- Prisciliano de Compostela. Ramón Chao Rego (1999)

11- Actitud del Estado romano ante el priscilianismo. Andrés Olivares Guillén. Espacio, Tiempo y Forma, Serie II, H.’ Antigua, t. 14, 2001, págs. 115-127

12- Prisciliano entre la ortodoxia y la heterodoxia. Influencia del ambiente político y religioso en la evolución histórica del priscilianismo (ss. IV-VI d.C). Andrés Olivares Guillem: Ilu. Revista de ciencias de las religiones, Nº 7, 2002, págs. 97-120

13- Prisciliano y el priscilianismo. Historiografía y realidad. Francisco Javier Fernández Conde. Clío & Crímen: Revista del Centro de Historia del Crimen de Durango, Nº. 1, 2004.

14- Acercamiento prosopográfico al priscilianismo.  Diego Piay Augusto. Antigüedad y cristianismo: Monografías históricas sobre la Antigüedad tardía, Nº 23, 2006, págs. 601-626.

15- “Prisciliano, contexto histórico”. Ponencia de Anselmo López Carreira no I Simposio Prisciliano, organizado pola Agrupación Cultural O Galo no Auditorio de Galiza de Santiago de Compostela os días 24 a 26 de novembro de 2006. https://youtu.be/bEIViJxIAB0

16- La Persecución Jurídica contra Prisciliano. María José Bravo Bosch. Universidad de Vigo Hispania Antiqua XXXIII-XXXIV (2009-2010) pp. 311-322. Universidad de Valladolid

17- Astúrica Augusta: un posible destino para las reliquias de Prisciliano Diego Piay Augusto. Astórica: revista de estudios, documentación, creación y divulgación de temas astorganos, Nº. 29, 2010, págs. 67-88

18- Arqueología y Priscilianismo. Diego Piay Augusto. Universidad de Santiago de Compostela. Hispania Antiqva XXXV (2011) pp. 271-300. Universidad de Valladolid.

19- A difusão do Priscilianismo pela Gallaecia o testemunho de Idácio de Chaves. Danilo Medeiros Gazzotti. História e Cultura Vol. 1, Nº. 1, 2012, págs. 71-84

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