36- Aymeric Picaud y la redacción del Códice Calixtino

          Uno de los personajes históricos del Camino de Santiago que viene suscitando más controversia en los ámbitos académicos es Aymeric Picaud. El caballo de batalla de las divergencias de los medievalistas está en definir el grado de autoría en la composición de la obra compostelana por antonomasia: El Codex Calixtinus (copia compostelana, versión más antigua y rica de todas) o Liber Sancti Jacobi (nombre genérico de los distintos manuscritos); o Iacobus, que es como figura en el encabezamiento de la obra, a pesar de lo cual no ha tenido mucho éxito el término para designarla.

          Si el conjunto del Codex Calixtinus, tiende hoy a concebirse como el resultado de una compilación en la que intervinieron diversas personas y que ha sido atribuido al Papa Calixto II buscando el prestigio de la autoridad papal, el Liber Peregrinationis, libro V del códice, si parece tener un origen más definido cuyo redactor, o uno de ellos, encaja bien con un clérigo francés que parece tratarse de nuestro Aymeric Picaud, si bien y según veremos, es muy probable también la intervención de otras manos en posible colaboración con las de Aymeric o en continuidad a ellas. En todo caso la autoría de la obra íntegra es la temática que más se ha debatido, con cierta ineficacia pues los interrogantes siguen abiertos.

        Casi todos los extremos pueden leerse, desde una participación nula consistente en ser mero portador del Códice a Compostela, pasando por simple compilador de sus distintos fragmentos, llegando a las versiones que le postulan como único o principal creador intelectual de la misma como canciller del papa Calixto II (1119-1124) y sus sucesores Honorio II (1124-1130) e Inocencio II (1130-1143) . El gran equívoco nace del hecho de que en Santiago, por aquellas fechas, se documentan dos Aymericus, uno en 1131, Aymericus Cancellarius, que llega a Compostela con carta de recomendación del Patriarca hierosolimitano para Gelmírez. El otro es el aludido por la Bula de Inocencia II que cierra el Codex, el poitevino Aymericus Picaud de Parthenay-le-Vieux, alias Olivier d’Asquins-sous-Vézelay, que portó la obra a la iglesia de Santiago de Galicia hacia 1139-1140. A pesar de la confusión y discrepancia sobre la cuestión, no creo descabellado identificar ambos como un mismo Aymericus, lo que justifica mejor un protagonismo en las labores de confección del Códice Compostelano además de la labor culminante de entregarlo en la Catedral compostelana. Ambos nombres aparecen en la mencionada carta de Inocencio II, creo que no como personajes distintos, sino como funciones distintas en un mismo personaje: primero se le cita como autor de un himno a Santiago y como portador del Códice que entrega en Santiago de Galicia, y luego como firmante del propio escrito papal en su papel de servidor del vaticano. Diría que Aymeric hace uso de la tercera persona cuando cita aspectos de gestión de la obra como forma académica de transmitir una perspectiva objetiva, y cita luego la primera persona cuando abre la relación de autoridades que avalan el códice en la carta del Papa Inocencio.

          No comparto los adjetivos de fraude o falsificación dados al hecho de atribuir a Calixto la autoría del libro, pues si ciertamente Calixto no lo escribió, una adjudicación ficticia tan fácilmente verificable acredita que no se funda en el engaño sino en el homenaje a quien tuvo estrechos vínculos con la nobleza de Galicia y engrandeció durante su papado la sede compostelana elevándola a la condición de arzobispado y sede metropolitana, además de otras medidas de protección y proyección de Santiago de Compostela en el mundo cristiano, como la instauración del Jubileo en Año Santo. Guido de Borgoña, luego papa Calixto II, pontificó la iglesia entre 1119 y 1124 y el libro fue llevado a Compostela hacia 1139-1140, donde siguió experimentando nuevas adaptaciones y cambios para engrandecer tanto su aspecto como su contenido. Evidentemente no puso ser Calixto quien lo escribiera, ni es menester sesudas reflexiones para deducirlo. Pero es un hecho claro que mantuvo una fluida y fecunda relación con Diego Gelmírez, y entre ellos medió, con discreta eficacia, un tal Aymeric, que entabló buena relación con Gelmírez y el propio Guido y futuro papa Calixto, así como con el ámbito compostelano y con la peregrinación jacobea. No puede descartarse a Calixto II como primer impulsor de una obra que renueve el culto apostólico y la liturgia hispana, sustituyéndola por la liturgia romana. Para esta empresa que proyecta para Compostela, necesita la labor de múltiples gentes que le faciliten abundante material renovador, que eleve la preparación y el nivel de sus canónigos, por lo que Gelmírez manda venir a Compostela destacados maestros y especialistas, envía canónigos de su sede a los más prestigiosos centros de Europa para su formación, y en ese contexto tiene su espacio nuestro Aymeric a quien Gelmírez pudo encargar la coordinación de la obra en memoria de su primer impulsor, Guido de Borgoña y papa Calixto II.

          Cuando se encuentran propuestas tan distantes, incluso opuestas, no cabe duda que alguna yerra y orienta a una solución muy abierta, en la que todas se equivocan y todos aciertan en algún grado. Desde el acierto de unas y otras, quizá se pueda construir un acercamiento mejor a este singular personaje de la historia del Camino de Santiago. Yo lo intentaré cometiendo seguramente mis propios errores.

          Diría ante todo que Aymeric Picaud, como tantísimos otros eclesiásticos, no tuvo el propósito expreso de ser autor ni protagonista de una obra literaria cuyo alcance era impredecible. Los clérigos, como creadores de una obra literaria, musical o artística, habitualmente carecían de toda aspiración de que su nombre estuviera asociado a su producción, y las obras permanecían anónimas. Y si la tuvieron, en la iglesia de entonces no cabían protagonismos, salvo que se fuera una eminencia, patriarca, cabeza de escuela o tendencia europea, como Isidoro de Sevilla, Beda el Venerable, Fulberto de Chartres, etc., o tuviera la autoridad papal, de un Calixto II por ejemplo. Es precisamente el Códice Calixtino la primera obra medieval de conjunto en que se hace mención de los nombres de los escritos y piezas que la integran, aunque no con la estricta pretensión de mostrar los autores supuestamente participantes, sino buscando el prestigio de nombres destacados, buscando su jerarquía intelectual y sobre todo que pertenecieran a todos los lugares de la cristiandad, hacia una universalidad geográfica y sacra, con una clara intención, en suma, la de dar a la obra una idea de universalidad y dignidad suprema, en sintonía con la aspiración de Gelmírez a que Roma reconociera en la sede compostelana su preeminente sobre las iglesias occidentales por la dimensión universal del culto apostólico y la diversidad ecuménica de la procedencia de los peregrinos.

          De su vida y su persona no se sabe casi nada, aunque pueden deducirse algunas cosas del análisis del Códice Calixtino y particularmente del Libro V, el Liber Peregrinationis. Se trata de un monje francés del siglo XII, considerado natural del Poitou, que gozó de una condición canónica con connotaciones de clérigo giróvago y fraile goliardo, de vida errática, sin residir en un monasterio fijo, familiar de los caminos que llevaban a los santuarios más concurridos, desde Jerusalén a Compostela, pasando por los de Italia, Alemania y Francia, en posesión de una buena formación académica entre universitaria y monástica, de vida un tanto licenciosa y errática, pero con una posición de estudiante cultivado y cierta facilidad de desplazarse de uno a otro monasterio, biblioteca y centros de cultura de la Europa medieval, y acceder a las grandes jerarquía eclesiásticas, incluso la cancillería vaticana. En algún momento de su correría, recabó en uno de los principales ramales del Camino de Tours hacia Santiago de Compostela, que descendía a su Poitou natal por Thouars y Parthenay, donde conecta con la peregrinación jacobea, llegando a ser clérigo de Parthenay-le-Vieux, donde probablemente tiene noticia de la iniciativa del aún obispo Gelmírez de Compostela por crear una obra que renueve la liturgia, lecturas y cantos del culto al Apóstol Santiago en las primeros décadas del siglo XII. Años después, con más bagaje cultural, acude a Santiago avalado por el Patriarca hierosolimitano en 1131, donde conecta de nuevo con Gelmírez y su proyecto, y se reafirma allí lo que era embrión y ahora se hace proyecto que define objetivos y contenidos, y nace allí como una obra de encargo, o tal vez habían contactado en su larga estancia de Gelmírez en Cluny o Vezelay; en ese amplio y ambiguo contexto debió de nacer el proyecto de confeccionar un manuscrito que reuniera una selección de textos de distinto origen, recopilados en el Codex bajo el patrocinio de la sede compostelana, deseosa de realzar el culto y la peregrinación a Santiago.

          No se trataría de una empresa puntual, sino de un largo proceso de selección de textos, de relatos, de relación de milagros, de piezas musicales, de elementos litúrgicos y referencia para peregrinos, y luego de la ordenación de los distintos temas que van a conformarlo. La creación final no es el resultado de la acción de un único redactor, sino la compilación de escritos de diferente origen, finalmente acomodados al ambiente jacobeo de Santiago de Compostela, donde convivían clérigos gallegos y extranjeros que competían en intervenir en los ambiciosos planes eclesiásticos del ya arzobispo Gelmírez, que ha crecido por tanto en rango eclesiástico y en planes para su sede, y se rodea artesanos de los talleres de manuscritos, amanuenses, copistas, ilustradores y escribanos eclesiásticos conocedores del propósito de engrandecer el culto del Apóstol Santiago y de renovar la liturgia. Tiene su coherencia la propuesta de incluir en esa compleja labor al italiano Rainerius, cercano a Gelmírez y su obra, que negoció con él la donación de una reliquia de Santiago a Atón de Pistoya, muy bien conectado con círculos eclesiásticos de Europa, que culminó sus pasos académicos como maestrescuela en Santiago. Pudo aportar muchas ideas y labores en el diseño y elaboración del Códice, como otros maestros y especialistas que Compostela atesoraba.

          En su momento Aymeric se sintió fuertemente llamado a participar activamente en el proyecto gelmiriano y encuentra que la mejor manera de hacerlo es peregrinar a la ciudad del Apóstol desde su tierra natal, viaje que debió de acometer en algún momento entre 1131 y 1140, posiblemente en más de una ocasión, creando una guía del camino que pudiera servir de ayuda a futuros peregrinos a Compostela. Así escribió una valiosa obra cuya singularidad reside en tratarse de la primera guía del Camino de Santiago, que podría considerarse como primera guía de viajes de Europa, y que formará el libro V del futuro Códex Calixtinus o Liber Sancti Jacobi, de la Catedral de Santiago.

          No es asumible que viajara solo y de hecho se menciona que viajó en compañía. Lo más probable es que lo hiciera en el seno de una cierta expedición equipada que le garantizara protección y material necesario para tomar sus apuntes y notas. Se Cita expresamente que viajó junto a Gerberga de Flandes, que pudo muy bien intervenir en la redacción del Liber Peregrinationis y que suyo puede ser el enfoque femenino de muchas observaciones y notas de detalles sobre cocina, vestuario y costumbres de los lugareños de las tierras por las que pasaban. Así se deduce de la carta del Papa Inocencio II que presenta como garantía de autenticidad de la obra, carta o bula que (más allá de la certeza de su valor que hoy unos especialistas descartan y otros validan), deja constancia de que no viajó solo, sino entre otros en compañía de esta peregrina de Flandes, otra gran desconocida, pero que cabe entender como una figura ilustre del monacato femenino posiblemente dotada de gran cultura y capacitada para la escritura y que algunos identifican con la mítica religiosa Hildegard Von Bingen que recurre al inespecífico nombre de Gerberga de Flandes buscando anonimato, igual que Aymeric utiliza el nombre de Olivier de Iscán. Otros quieren ver entre ellos una relación más prosaica. En todo caso queda constancia de que acompañó a Aymeric en el traslado del Códice Calixtino desde Roma, con connivencia papal, hasta su sitio definitivo en Santiago de Compostela; es una evidencia de su protagonismo en la obra los detalles antes apuntados y la presencia de algunos vocablos flamencos en algunos pasajes, por lo que es casi obligado concluir que una religiosa no acompañaría a Aymeric Picaud como mera comparsa, sino que intervine en la narración; y es muy posible que lo hiciera también más gente selecta en el grupo, que hacen sus aportes y dan apoyo de autoridad y garantía, en compañía y protección de cierta guarnición de protectora.

          Esta peregrinación en aquella época estaba llena de aventuras y peligros. En uno de los lances sufrió el asalto de algunos pobladores de la zona, mataron a sus caballos para dejarles inmovilizados, lo que propone como causa determinante en los juicios críticos negativos, verdadera fobia, contra los territorios y las gentes hispanas, con especial animadversión a las tierras y gentes navarras y vascas, a quienes guarda un acentuado rencor y describe con exagerada procacidad, diametralmente opuesta a los elogios que había dedicado a los poitevinos; todas las maldades y vicios para unos y todas las virtudes y excelencias para otros, dando idea de su origen natal.

        Una de sus mayores críticas, probablemente por haberlo padecido, es el cobro de portazgos como derecho de paso de ríos, una de las malas artes de los moradores del Camino. Insistía Aymeric que los peregrinos estaban exentos de ellos y que la codicia de los barqueros o los propietarios no reconocía este derecho, aprovechando que eran paso obligado para ir a Santiago, y obligando al pago con ademanes hostiles y procedimientos poco seguros para los peregrinos que, caso de perecer ahogados dejaban sus pertenencias al barquero.

          El monje describe con detalle muchos elementos geográficos y etnográficos, costumbres de un lugar y carácter de sus gentes, cambio de monedas, cuestiones lingüísticas, distancias entre poblados, santuarios y monumentos en la ruta, observaciones gastronómicas, potabilidad de las aguas, avisos de peligros, y multitud de anécdotas y consejos prácticos, ofreciendo información de interés para el peregrino. Aquí y allí parece estar hablando de experiencias y lugares que conoce bien por haberlas vivido en primera persona. Menciona los cuatro itinerarios franceses que conducen hasta Puente la Reina, lugar donde confluyen todos para dirigirse hacia la Ciudad del Apóstol.

        Divide el itinerario del llamado “Camino Francés” en la península ibérica, de unos setecientos kilómetros a partir de Puente la Reina, en trece jornadas, lo que implica el diseño dirigido a peregrinos de elevada condición, capaces de asumir los costes del alquiler de cabalgaduras rápidas y vigorosas, a buen seguro protegidos por una cierta guarniciones militar, lo que es claro indicio de que el clérigo Aymeric Picaud diseñó esta guía viajando de este modo, en grupo o pequeña comitiva como garantía de seguridad ante el riesgo de agresión al que debió enfrentarse en más de una ocasión.

          El camino que recorre Aymeric Picaud no era una ruta incipiente, sino que la peregrinación era ya frecuentada por gentes que acudía al reclamo del descubrimiento del sepulcro del Apóstol Santiago, y el itinerario, que no era otro que la vía pública que utilizaba toda clase de gentes para desplazarse de una población a otra, y que los tramos que conducían a Compostela ya eran conocidos en su conjunto como “Camino Francés”, era una vía bien trazada y atendida, en consonancia con que la peregrinación a Santiago entraba en una fase de esplendor, y eran muchas las reformas y construcciones de puentes y allanamientos para eliminar peligros y facilitar el acceso a los viajeros, con desarrollo y reorganización de las ciudades de paso, incluso creación de algunas nuevas, a fin de cubrir las necesidades de una población fija en parte pero sobre todo migratoria y creciente. Hay un cierto reconocimiento en el Liber Peregrinationis de Picaud a todos cuantos han colaborado a esa mejora en el buen acceso hasta Compostela, tanto a los constructores como a las autoridades civiles y eclesiásticas, por su apoyo económico y rector, que por otro lado revierten en repoblación de sus tierras y nuevos recursos para sus arcas, vinculando a los reinos cristianos de Hispania con Europa en aspectos doctrinales e ideológicos como socioeconómicos y culturales.

        Si el relato es rico en descripciones a las distintas regiones del Camino que relatan cómo eran los territorios atravesados, hay una notable omisión en la descripción de las poblaciones del Camino, algo poco lógico tratándose de núcleos que según la Guía, son los lugares indicados para finalizar la jornada y organizar el descanso. Pueden explicarse esto como la falta en esa época de una ordenación sistemática de la asistencia al peregrino, y por ello se peregrinaba principalmente en grupos formados y, en buena medida, autosuficientes, albergándose en Monasterios del Camino, centrando su máximo objetivo en definir el acceso a Compostela, junto con el marcado deseo de ilustrar, aconsejar e incluso defender los derechos de los romeros, en el trato y la consideración que deben recibir. Pensando en su seguridad y la de sus cabalgaduras, informa bien de los ríos y la calidad de sus aguas. Se ocupa de la alimentación y de las enfermedades, y censura abiertamente a las autoridades, tanto civiles como religiosas, y señores dominantes de la zona, de los abusos y engaños hacia el peregrino que en su condición de extranjero y viajero se encuentras en estado de indefensión, denuncia los trucos y artimañas de los malos posaderos y exalta la hospitalidad como la virtud cristiana más loable entre las gentes que viven junto al Camino.

          No hay que olvidar que entonces primaba la peregrinationis pietatis causa y el aspecto devocional, de ahí que uno de los temas más cuidados del Liber Peregrinationis es la descripción detallada de los centros de culto con reliquias de santos y mártires que el peregrino podía encontrar a lo largo de las distintas rutas jacobeas, por los que el propio Aymeric Picaud sentía gran devoción, terminando con una descripción de la morada del apóstol en su catedral compostelana, que describe con admiración y amplitud, en suma como culminación sagrada de la peregrinación, que debe atender con máxima atención el culto dirigido al cuerpo de un Apóstol de Cristo, “que se ha de visitar con sumo cuidado y devoción”.

          La Guía termina con el himno Ad honorem regis summi, que resume los veintidós milagros del Libro II, y lleva el nombre de su autor: el presbiter Aymericus Picaudi de Partiniaco. Luego viene la mencionada carta del papa Inocencio II (1130-1143) escrita como epílogo del Codex Calixtinus para confirmar su autenticidad mediante la firma de ocho cardenales contemporáneos de Inocencio II, agregado a la colección en 1139 o poco después, al mismo tiempo probablemente que el último milagro que se relaciona con Brun de Vézelay, peregrino de Santiago.

        La intención del Liber Peregrationis es, por tanto, además de servir como guía de viaje, promocionar la peregrinación y constituir un monumento a la gloria del Apóstol, su santuario y su peregrinación. En 1131 pudo acometer el viaje, tal vez más de una vez, y entre 1135-1140 fue su redacción, y su entrega en Compostela fue hacia 1140. La fecha tope de creación no podría ser posterior a 1173, fecha en que Arnaud du Mont, monje de la abadía de Ripoll, vino a copiarla a Compostela. Pero el Codex Calixtinus, íntegro tal y como lo conocemos hoy, pudo tardar más de cuarenta años en elaborarse. Sería entre la segunda mitad de la década de 1120 e inicios de la de 1170, aunque estaría muy avanzado hacia 1150. Se elaboraron los textos buscando garantizar un discurso estructurado a favor del prestigio que la tradición jacobea precisaba para consolidarse. La redacción comenzó, muy significativamente, en los primeros tiempos de Diego Gelmírez ya como arzobispo, muy probablemente con el apoyo y aval del Papa Calixto, incluso la voluntad de participar en él, como gran benefactor que fue de la iglesia compostelana, que optó por atribuirle su autoría global como manera de objetivar su papel impulsor y patrocinador de la obra. No creo dudoso que Calixto conociera los inicios de este proyecto al que se dio su nombre como dedicación póstuma. Ni si quiera Gelmírez que fue su auténtico promotor, llegó a conocer la obra completada.

          La pieza que Aymeric lleva entonces a Santiago, muy preliminar al Códex final, es recibida por una Compostela en que Gelmírez o acaba de fallecer o lo hará en breve, lo que no es óbice para que sea acogida por la Escuela Episcopal que existe desde el siglo X, una escuela en la que se forman hijos de reyes y condes, además de prelados ilustres y de los propios canónigos compostelanos. Una escuela episcopal que logra con Gelmírez su máximo esplendor más allá de su muerte, a la que son atraídos por su afamado prestigio y sobre todo contratados por ella, los mejores maestros de Europa, acreditando que se trataba de una escuela del máximo nivel en su tiempo, superando incluso a las de Bolonia o París, y a la que se encomienda todas las obras producidas bajo los episcopados de Diego Peláez y Diego Gelmírez. Un centro cosmopolita donde no importaba si se era francés, británico, italiano o ibérico, y al que concurrían peregrinos de todas las regiones y lenguas de la cristiandad, y que se reflejaba en ediciones y composiciones de la propia escuela, con una filosofía creadora anónima donde carece de sentido el concepto actual de autor o propietario intelectual de algo. Allí se acoge y se da al Codex su verdadera dimensión de obra universal, que desde entonces no es la creación de un nombre concreto sino que es realmente una obra nueva y anónima, como es norma en la época, y tras la cual se encuentra el conjunto de los miembros de la escuela episcopal compostelana, componiendo una obra en que se revisan y deciden los textos y su redacción definitiva, momento en que lo más coherente es considerar el Codex Calixtinus como una elaboración auténticamente compostelana, encargada por Compostela, revisada y elaborada por sus escribas, copistas, ilustradores y amanuenses al estricto servicio de los intereses compostelanos.

          Desde esta perspectiva seguir rumiando si la obra se confeccionó en Francia por un francés o franceses me parece un criterio chovinista y patriotero cuando su trasfondo real es auténticamente cosmopolita como lo es la propia Compostela y el Camino que lleva hasta la ciudad del Apóstol. Que está plena de elementos franceses es tan obvio como anodino. Como bien proponen Manuel Cecilio Díaz y Díaz, Adeline Ruquoi y Fernando López Alsina, la obra fue conformada en Compostela y responde a intereses compostelanos detrás de los cuales hay componentes múltiples que no responden a un nombre sino la iglesia de Santiago de Compostela, a la renovación litúrgica, al culto jacobeo, a las miras de la cristiandad europea ante un islamismo invasor que amenaza la integridad de los reinos cristianos de Hispania y de Europa.

        Se menciona una supuesta homogeneidad como argumento de una autoría centralizadora de la obra. No hay realmente tal cosa; esa supuesta homogeneidad o uniformidad no nace de una supuesta única mano redactora con un nombre y en un momento dado, sino que es una uniformidad de propósitos, una unidad de doctrina y de culto que busca promocionar la peregrinación y el culto al Apóstol Santiago, todo en el contexto de una renovación litúrgica y una sustitución de la liturgia hispana por la romana, y diseñado por todo un equipo de especialistas de la confección de la obra con unas consignas comunes dirigidas al culto al Apóstol y la peregrinación a Santiago. Más allá de la homogeneidad de su propósito pro-jacobeo, es una obra diversa y cosmopolita, como la propia ciudad del Apóstol, su Escuela Episcopal y el Camino de Santiago que a ella conducía, como lo era muy probablemente el propio Aymeric Picaud como clérigo giróvago de vida errática y cambiante, sin monasterio ni techo fijo, asiduo de caminos a los santuarios más concurridos, desde Jerusalén a Compostela.

Textos consultados:

1- Moisan André. Aimeri Picaud de Parthenay et le « Liber sancti Jacobi » In: Bibliothèque de l’école des chartes. 1985, tome 143, livraison 1. pp. 5-52.

2- Millán Bravo Lozano. El liber peregrinationis de Aymeric Picaud (c.1130), primera guía medieval del Camino de Santiago: Lección inaugural del curso 1991-92. Universidad de Valladolid.

3- Manuel Cecilio Díaz y Díaz. El Liber Sancti Iacobi, situación de los problemas. Revista Compostellanum, Vol. 33, Nº. 3-4 (Julio-Diciembre), 1987, págs. 359-442

4- Manuel C. Díaz y Díaz. El Códice Calixtino de la Catedral de Santiago: Estudio codicológico y de contenido. Monografías de Compostellanum, Centro de Estudios Jacobeos 1988.

5- Liber Sancti Jacobi – Codex Calixtinus- Traducción por A.Moralejo, C.Torres, J.Feo. Xunta de Galicia 1998.

6- José María Anguita Jaén. Navarra y el “Liber Sancti Iacobi” (in memoriam Millán Bravo). Príncipe de Viana, Año nº 60, Nº 216, 1999, págs. 209-234

7- Diego Catalán. La épica española: nueva documentación y nueva evaluación. Madrid: Fundación Ramón Menéndez Pidal, 2001.

8- Inés Ruiz Montejo. El camino a Santiago: andares de un peregrino en la España del siglo XII. Tres Cantos (Madrid): Foca, 2004.

9- Mantel, María Marcela. El Liber Sancti Jacobi y la sacralización universal de las reliquias compostelanas. Estudios de Historia de España Vol. XII, Tomo 2, 2010

10- Guillermo Fernando Arquero Caballero. El Liber Peregrinationis como fuente para la historia del Camino de Santiago y de las sociedades medievales del norte peninsular. Ab Initio: Revista digital para estudiantes de Historia, Año 2, Nº. 4, 2011, págs. 15-36

11- María Victoria Veguín Casas. Gerberga de Flandes: un misterio en el Calixtino. Peregrino: revista del Camino de Santiago, nº. 153-154, 2014, págs. 31-33

12- Adeline Rucquoi. Compostela, centro cultural cosmopolita en los siglos XI y XII. El Camino de Santiago: Historia y patrimonio / coord. por Luis Martínez García, 2011, págs. 39-55

13- Guillermo Fernando Arquero Caballero. El Liber Peregrinationis como fuente para la historia del Camino de Santiago y de las sociedades medievales del norte peninsular. Ab Initio: Revista digital para estudiantes de Historia, Año 2, Nº. 4, 2011, págs. 15-36

14- Fernando López Alsina – Diego Gelmírez, las raíces del Liber Sancti Jacobi y el Códice Calixtino. 2013. O século de Xelmírez, pp.301-386

15- Alison Stones. Aymericus, Rainerius y los canónigos de Saint-Léonard de Noblat ¿Quién escribió la “Guía del Peregrino?”. Ad Limina, Volumen 9, N.º 9, 2018, págs. 21-39. Santiago de Compostela.

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