34- Ulf el Gallego y el último ataque vikingo a Compostela

          La presencia e impacto en España y particularmente en Galicia de los guerreros navegantes escandinavos, comúnmente llamados vikingos, entre los siglos IX-XI, es un tema mal conocido por la escasez de datos y el alto componente historiográfico de subjetivismo y parcialidad que dificultan su comprensión histórica por proceder sobre todo de crónicas de los reinos cristianos, con una orientación unidireccional muy sesgada.

          La imagen que se tiene de los vikingos es la de una horda de guerreros sanguinarios, que actuaban cruel y ferozmente en sus razias o ataques súbitos que hacían a bordo de sus naves ágiles y rápidas, los drakkar, que en un número elevado de naves atacaban ciudades accesibles y monasterios indefensos, saqueando cuanto encontraban de valor o raptando personas valiosas para obtener luego rescate, dejando a su paso un rastro de muerte y destrucción. Esta imagen de relativa objetividad solo representa rasgos guerreros, por otro lado magnificados, pues sus maneras y ademanes no eran ni más ni menos brutales que cualquier otro pueblo de su tiempo en acto de guerra. No se debe olvidar que fueron grandes marineros que abrieron rutas de navegación y vías comerciales, y descubrieron nuevas tierras. La población guerrera era por otra parte una minoría de la población escandinava que en los largos periodos de paz se ocupaba en actividades comunes de agricultura, ganadería, caza, pesca, comercio y artesanía, con su propia escritura y sus conocimientos de cálculo geométrico y matemático que les hizo óptimos marinos y navegantes. Eran, eso si, maestros en acciones militares por sorpresa que les permitía combatir y superar fuerzas mayores a la suya, mediante cualidades de audacia, una gran organización y rigurosa disciplina; muy lejos de ser las bandas salvajes y primarias que obraban por un instinto feroz y destructivo, eran guerreros bien instruidos y organizados, que contaba con un sistema eficaz de información sobre las defensas de las ciudades, los días de mercado, festividades y eventos en donde aumentaba las posibilidades de encontrar un botín más cuantioso y valioso para sus propósitos.

          La imagen de los Vikingos llegó a ser tan mitificada y deformada que incluso se les representaba con aditivos que nunca existieron: poderosos y hercúleos guerreros de soberbio desarrollo muscular, tremendo armamento y feroces cascos armados de cuernos. Los verdaderos cascos vikingos jamás llevaron cuernos, pero ya es una asociación inmediata imaginarles de esta forma sobrehumana con cuernos en sus cascos, lo que parece que se debe a que aparecían en los enterramientos junto a los cascos. Eran cuernos para que el difunto bebiera, pero se interpretó erróneamente que se habían desprendido de los cascos y los artistas románticos pronto difundieron grabados de vikingos empleando cascos con cuernos. Aunque esto se conoce desde hace mucho tiempo por los historiadores, la imagen ha quedado firmemente grabada en el imaginario popular colectivo.

          De hecho su fama feroz e invencible estaba lejos de ser cierta, pues si en otras partes de Europa, como Francia, Islas Británicas o Irlanda, su influencia dominadora fue ostensible, no lo fue en la península ibérica en donde tanto los ejércitos cristianos como islámicos, ofrecieron una resistencia tan fiera como la que ellos trataban de imponer en modo que las incursiones vikingas no lograron en la península constituirse como una fuerza dominadora, y nunca pudieron crear bases estables en suelo peninsular, sino que fruto de la resistencia local terminaban siendo ellos los derrotados, viéndose una y otra vez obligados a retirarse entre multitud de bajas y naves ardiendo. Cabría decir que los reinos cristianos y los musulmanes, enzarzados en frecuentes luchas entre sí, no eran menos fieros que los vikingos, y en ocasiones se llegó a acuerdos con ellos como tropas auxiliares mercenarias para luchar contra un adversario común.

          La mítica letanía latina “A furore Normannorum libera nos Domine”, que se hizo popular a partir del refrán creado por los clérigos anglosajones tras el ataque vikingo que arrasó el monasterio de Lindisfarna en Northumbria, no encontró correspondencia en la ruda Hispania; acaso los guerreros escandinavos acuñaron otro: “A furore hispanorum libera nos Odin”.

          Ya el término vikingo es equívoco, pues no se refiere a una acepción étnica, sino que designa la iniciativa de expedición marítima de saqueo a tierras lejanas por parte de pueblos nórdicos hacia otros lugares de Europa atlántica, llamando «período vikingo» (800-1050). Nunca tuvieron el propósito, y mucho menos el logro, de conquista territorial ni asentamiento permanente, sino busca de botín y prisioneros. Los ataques vikingos a Galicia fueron intermitentes entre los siglos VIII y XI, y se agrupan en oleadas de ataques enumeradas en primera, segunda, tercera y cuarta.

          La primera oleada fue entre 842 y 850, bajo reinado de Ramiro I. La segunda fue durante el reinado de Ordoño I en el año 858. La tercera fue en el reinado de Ramiro III hacia el año 968, la más agresiva y duradera, penetrando por la ría de Arousa hasta Iria Flavia con derrota y muerte del obispo Sisnando en el campo de batalla, campando los vikingos a sus anchas por toda Galicia durante tres años, llegando hasta la Tierra de Campos, lo que podría ser la explicación de la existencia de un pueblo en la provincia de León llamado Lordemanos. Ésta fue la incursión más grave y duradera, finalmente reducida por un ejército leonés dirigido por el noble Gonzalo Sánchez en que se dio muerte a Gunderedo y la mayor parte de las naves vikingas fueron incendiadas. Finalmente la cuarta oleada de ataques vikingos tiene lugar en el siglo XI, e incluye el ataque a Tuy en el 1015 por el Rey Olaf con destrucción de su catedral y su reconstrucción por una nueva tipo fortaleza y en lugar más elevado. Incluye también el ataque de Ulf el gallego, considerado el último ataque vikingo a Galicia.

          Mención singular y foco de este artículo merece este último personaje, el afamado Ulf el gallego o Ulv Galiciefarer, conocido con el sobrenombre de “el lobo de Galicia” fue un jarl o conde danés y caudillo vikingo, que adquirió notoriedad por las exitosas incursiones llevadas a cabo en Jakobsland (que era como llamaban a Santiago de Compostela), por lo que fue apodado con el nombre de las tierras en las que luchó. Santiago de Compostela, con el fenómeno de peregrinación desde toda Europa, se había hecho conocida, famosa y rica, por lo que se convirtió en un objetivo para los vikingos.

          Este normando originario de la nobleza danesa, que debió nacer hacia el año 1000 y que perteneció al séquito del rey Canuto el Grande (1018-1035), tuvo ciertamente influencia en la historia del territorio gallego, consiguiendo controlar gran parte de la zona por su relevante influencia militar. Participa ya en el ataque vikingo del año 1028, y parece que dirigió al grupo de mercenarios que ayudó al conde gallego Rodrigo Romariz contra un grupo de vascos en 1032, que ayudaron al conde Ulf en su lucha contra Vermudo III, haciéndose fuertes en Lapio, cerca de Lugo. Posteriormente se vincula la derrota de los normandos de Ulf el gallego a manos del obispo Cresconio, lo que debió ocurrió en 1047. Es decir, que la presencia de Ulf en Galicia, fue cuando menos de 19 años, entre 1028 y 1047, tiempo en el que este vikingo saqueó, controló, actuó como mercenario de condes locales, y terminó derrotado en una batalla en la ría de Arosa contra Cresconio, desapareciendo entonces de la historia posiblemente retirándose a su tierra, pero en definitiva explicando el apodo por el que es conocido en la Historia.

          Hacia el año 1028, en el seno de la llamada cuarta oleada de ataques vikingos, el reino de León atravesaba una situación delicada. El rey de León Alfonso V había muerto asediando una ciudad musulmana en Portugal, y le sucedió en el trono su hijo Vermudo III que era solo un niño cuando fue nombrado rey, por lo que fue tutelado por su madrasta Urraca Garcés, hermana del rey Sancho III Garcés de Pamplona. Galicia estaba dividida en luchas civiles, circunstancia que fue aprovechada para esta incursión de una flota vikinga que, según la Knytlinga Saga estaba capitaneada por el famoso jefe vikingo Ulf el Gallego.

          Pero el obispo realmente gallego Cresconio (1037-1066), como algunos de sus antecesores en el cargo, tuvo que hacer frente a los ataques vikingos. Fue definido como el arquetipo de prelado medieval que conjuntaba las funciones obispales y militares, “de báculo y ballesta”. De él dice la Historia compostelana: «Y así Cresconio, nacido de nobilísimo linaje, resplandeció con la luz de tanta nobleza que, con el notable valor de su ejército acabó por completo con los normandos que habían invadido estas tierras. Construyó muros y torres para proteger la ciudad de Compostela, hizo la iglesia de Santa María y levantó el castillo de Oeste para la defensa de la Cristiandad, al cual habiéndose retirado cerca del fin de sus días, fue derribado por el golpe de la temible muerte en la era ICVI (año 1066)”. Efectivamente este obispo, según las excavaciones en la catedral de Santiago y ciudad compostelana, mandó reforzar las torres que protegían Compostela desde tiempos de Sisnando. Durante su episcopado, sus soldados fueron eficazmente entrenados en la estrategia y tácticas militares precisamente para superar a los vikingos hasta vencerles definitivamente. Al llegar la flota normanda a la entrada de Iria Flavia, chocaron con las cadenas que Cresconio había ordenada colocar atravesadas de una a otra orilla para evitar el avances de las naves enemigas, que al desembarcar, advertidas y dispuestas las tropas gallegas para el momento, derrotaron al ejército de Ulf el gallego obteniendo una victoria definitiva. Cresconio resultó ser más feroz y astuto que Ulv Galiciefarer que tuvo que tuvo que huir con toda la rapidez que pudo para no volver a ser nombrado en las crónicas.

          Cresconio tuvo el acierto de ordenar la construcción de las famosas Torres de Oeste en Catoira, en un lugar clave de la ría de Arousa para la protección de la entrada a Iria Flavia y Compostela. Según la Historia Compostelana, fueron levantadas sobre las ruinas de las «Aras de Augusto» con mano de obra campesina traída por precepto real desde Triacastela hasta la costa, dada la importancia estratégica de su ubicación por ser el punto de entrada y vigilancia a Iria Flavia. Fueron construidas a mitad de siglo XI, y las excavaciones realizadas comprobaron la inicial existencia de cinco torres y probablemente dos más, aunque actualmente sólo se pueden observar los restos de dos, una de ellas más antigua, de época romana, asociándose a restos de edificaciones romanas en las que se han encontrado cerámica y tégulas de datación romana. Según las fuentes, el obispo Cresconio murió mucho después de derrotar a Ulf el Gallego, cuando se dirigía a esta fortificación en el año 1066.

          A partir de aquí termina el periodo vikingo propiamente dicho en España, aunque realmente habría que precisar que los ataques no desaparecieron totalmente sino que se redujeron considerablemente, siendo desde entonces más bien escasos y esporádicos. En cuanto a Ulf, se desconoce qué suerte corrió el lobo escandinavo en Galicia, pero su recuerdo quedó bien presente durante mucho tiempo entre los habitantes de la región. Curiosamente del paso de los vikingos en Galicia y en toda la península Ibérica no existen restos materiales de ningún tipo, con una única excepción: la cajita de marfil en San Isidoro de León, un singular recipiente de forma cilíndrica con gran riqueza ornamental, tallado en asta de ciervo, de 44 mm de altura y 33 mm de diámetro, datado de finales del siglo X y que se conserva en el Museo de la Colegiata de San Isidoro de León.

          Diez siglos después el nombre de Ulv Galiciefarer vuelve a sonar. Bjarne Henning Nielsen, un arqueólogo danés, cree haber encontrado la sepultura donde fue enterrado el caudillo vikingo conocido como Ulv Galiciefarer, en el norte de Jutlandia. Ulv “el lobo” Galiciefarer, Ulf el Gallego, conde de Dinamarca, era el abuelo de Boedil Thurgotsdatter, esposa de Eric I de Dinamarca, y bisabuelo Valdemar el Grande, rey de Dinamarca a fines del siglo XII. La saga Knýtlinga, escrita en la década de 1250, cuenta que Ulv pasó su vida asaltando y saqueando las costas de Galicia y comunidades monásticas en las islas de San Simón, Cies y Toralla. Bjarne Nielsen, arqueólogo en el Vesthimmerlands Museum, ha estudiado las tumbas de otros importantes príncipes, funcionarios, condes y reyes daneses históricos, y ha encontrado similitudes notables en las prácticas funerarias utilizadas en su hallazgo con las prácticas funerarias comunes para la importante nobleza danesa en tiempos históricos. La tumba en cuestión fue construida en una tierra que se cree que fue parte de la herencia ancestral de Valdemar el Grande transmitida de generación en generación durante cientos de años. Si el área alrededor de Næsby en Jutlandia, donde se encontró la tumba, en realidad era propiedad de Valdemar y su familia, entonces es probable que su bisabuelo, Ulv Galiciefarer, hubiera sido enterrado en algún lugar de la zona. La tumba fue encontrada rodeada por un “cuadrado” oscuro en el suelo. Las manchas oscuras en la tierra generalmente provienen de material en descomposición a base de carbono, como las paredes de madera. La tumba probablemente tenía originalmente algún tipo de edificio a su alrededor, lo cual era una práctica común entre los entierros nobles de ese período. Los arqueólogos también encontraron una espada con el guerrero enterrado en la tumba, y la usaron para fechar el entierro en la primera mitad del año 1000 DC, justo cuando Ulv Galiciefarer habría estado viviendo. Un jarl o conde danés era un funcionario importante que, en ausencia del rey, controlaba una región o incluso un país entero. Tal persona probablemente se habría ganado un funeral principesco. No hay una certeza incuestionable, pero Nielsen propone que el momento y el lugar de enterramiento son muy sugerentes de un enterramiento de aquella época a un personaje histórico destacado a quien el rey quiso honrar.

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