40- El ultimo campanero de la catedral de Santiago

          En los grandes templos, el Campanero, claro está, era la persona formalmente encargada de tocar las campanas conforme a las necesidades litúrgicas. Se trataba de un oficio de origen medieval en que, por la elevada altura de su actividad y por ser referencia diaria de vida de la ciudad, su labor era muy necesaria, por lo que se encomendaba a una persona para ejercerla y se le facilitaba una vivienda en el propio campanario, donde se trasladaba a menudo con su familia.

          En la catedral de Santiago de Compostela, la Torre de las Campanas es la que se sitúa a la derecha según miramos la fachada del Obradoiro. Estas dos torres principales de la fachada se denominan respectivamente torre de las campanas, la situada en la nave de la epístola, y torre de la carraca en la nave del evangelio, y que sustituía los toques de la campana por los de la gran carraca en Semana Santa como símbolo de duelo por la muerte de Cristo. En otra torre independiente, Torre Berenguela o Torre del Reloj, se encuentran las dos campanas nuevas del reloj, de las horas y los cuartos respectivamente, mientras que las antiguas están expuestas en el claustro de la catedral.

          El nombre de fachada del Obradoiro procede de ser el lugar donde se situaban los talleres (obradoiros en gallego), para la construcción de la catedral románica, y sobre todo después para su remodelación barroca durante los siglos XVII y XVIII. Durante los primeros siglos de su existencia, la catedral mostraba una estampa oeste muy distinta a la actual. Dos torres románicas de altura desigual coronaban una portada abierta día y noche y que dejaba al descubierto el Pórtico de la Gloria, visible desde el exterior. Las remodelaciones barrocas, que a la postre sirvieron como absoluta renovación del exterior del templo, se inician en el año 1650 y elevan e igualan las torres en sus 74 metros de altura.

          Debido a la frecuencia diaria y al necesario rigor y puntualidad en los toques, el campanero no podía vivir muy alejado de la catedral, y hasta más allá de los años 60 del siglo XX los toques de campana eran el mejor medio de comunicación global posible en la ciudad. Por eso el campanero tenía una vivienda instalada en los tejados de la catedral, donde podía vivir él y su familia, a una elevada altura, con acceso rápido a las campanea para atender con prontitud a los toques de las mismas.

          Hasta que se produjo la gran expansión de Santiago fuera del casco histórico, la vida compostelana estaba regida por los toques de campana de la catedral, y la mayestática solemnidad de sus sones densos y potentes, marcaban el discurrir del tiempo en la ciudad de Compostela. Cuando esto aún era así, lo contaba de este modo Don Gonzalo Torrente Ballester en su obra Compostela y su ángel: “Compostela se hace en torno a la campana. La campana lo va creando todo día a día, siglo a siglo, sin más que dar las horas. Y la niebla es el caos de donde la campana va sacando las cosas

          Hoy el sistema de toques manuales prácticamente ha desaparecido con el desarrollo de la mecánica y la tecnología, con algunas excepciones en torres singulares. Los toques se realizan actualmente por medios electromecánicos, regulados por un ordenador en que están programados los toques de las horas y los cuartos del reloj y los repiques de las misas ordinarias. Hoy el campanero se encarga de la programación de ese ordenador para los toques cotidianos, así como los toques manuales no programados con motivo de las diversas festividades litúrgicas, defunciones y entierros, toques que también coordina a través del ordenador sin necesidad de subir a la torre ni mucho menos vivir en ella.

          Pero hace unos cuatrocientos años si lo era, por lo que se instaló allí una vivienda de dos plantas para toda la familia, y cuyo objeto era que el campanero pudiera dedicarse de pleno a la labor de realizar los toques de las Campanas de la Catedral, liberado de la necesidad de tener que subir y bajar varias veces al día. Hasta el año 1962 el campanero de la catedral de Santiago de Compostela fue Ricardo Fandiño Lage. Él, su mujer y sus tres hijos fueron las últimas personas en residir allí, a unos cuarenta metros de altura.

          La vivienda, hoy ya inexistente, y a la que se accedía desde el interior de la torre, se situaba en los tejados de la catedral, por detrás de la fachada, en el espacio entre la propia torre y la peineta central de la catedral, de un espacio de unos dos metros de anchura. Tenía dos pisos conectados por una escalera interior, el piso bajo para una cocina amplia que aportaba también calor a la vivienda, y una sala-comedor, y el superior para dos dormitorio, uno para el matrimonio y otro para los hijos. Estaba construida en piedra y había sido dotada con agua corriente y electricidad, siendo los primeros moradores que disfrutaban de estos servicios. Los campaneros anteriores funcionaban con velas y con agua que debían subir desde la ciudad.

          Conocemos datos de aquellos años por notas del propio campanero y algunos relatos de sus hijos. Se instalaron allí un 16 de enero de 1942, entrando como campanero con un salario de 180 pesetas al mes, que era el sueldo común de todos los empleados de la catedral, posiblemente conociendo que era un oficio que pronto desaparecería.

          La vida era muy diferente allí arriba. El frío y la humedad resultaban los inconvenientes mayores, a cambio, eso si, de unas vistas únicas sobre la ciudad. Allí arriba, sobre los tejados de la catedral, para facilitar la subsistencia y facilitar la labor con las campanas, plantó una pequeña huerta en la que recolectaba tomates, lechugas, pimientos, puerros, calabazas, ajos y otras hortalizas para consumo propio. Instaló tres cabras que le proporcionaban leche y le permitían elaborar un excelente queso que se curaban y consumían allí mismo. También había gallinas ponedoras que proporcionaban huevos a la familia Fandiño, y un gallo que cantaba diariamente los amaneceres de la ciudad, marcando el comienzo del día a los moradores y a los vecinos de San Paio de Antealtares. El gallinero estaba instalado en una nave lateral, flanqueada por almenas, las que se levantan a muchos metros sobre el claustro. Criaba también pollos que sacrificaban en fechas señaladas. La familia había habilitado un rincón del gallinero, hacía el claustro, que hacía las veces de retrete.

          Ricardo Fandiño se incorporó como campanero, al jubilarse su antecesor en el cargo, José María González. Pero como el salario era corto y había que alimentar a cinco bocas, empezó a ejercer también de sastre, profesión que ya ejerciera en Sobrado dos Monxes, de donde era natural. Lo hacía en una habitación acondicionada del interior de la torre de las campanas, junto a la vivienda, en una sala que usaba como taller de sastrería y como lugar de pruebas, donde recibía a sus clientes para tomar sus medidas; luego en 1961 trasladó esta sala unos pisos más abajo. Al morir el sastre oficial de la catedral que atendía a los canónigos, Emilio Quinteiro, Fandiño pasó a ocuparse también de los arreglos del clero.

          Allí nació el hijo más pequeño de la familia, en 1945, llamado también Ricardo. Encarnación, la mujer del campanero, se puso de parto, y la matrona hubo de subir para asistir al mismo sobre los tejados de la catedral.

          Además de campanero y sastre, sobre todo en Años Santos, Ricardo también actuaba como tiraboleiro, es decir, uno de los funcionarios que impulsaban el vuelo del botafumeiro, mientras era su mujer Encarnación la que, en tales ocasiones, se ocupaba de realizar los toques siguiendo las instrucciones que había dejado bien escritas a mano el propio Ricardo, que tenía todo anotado en legajos llenos de anotaciones, dibujos y croquis, todo manuscrito.

          La jornada del campanero era larga y continua, pues iniciaba a las seis de la mañana y llegaba hasta el anochecer, todos los días de sol a sol, sin descansos ni festivos ni vacaciones. Y su labor era compleja y exigente, con el dominio de los frecuentes toques que reflejaban, ordenaban y transmitían la compleja vida litúrgica de la catedral, además de las señales diarias, así como de los funerales, las fiesta y los toques especiales que tenían su complejidad, con al menos seis o siete clases de toques de coro diferenciados, no menos de una docena de toques de difuntos, a más de diversas señales para rosarios, novenas y otros actos piadosos. Ricardo Fandiño, ordenado por su hijo Jesús que también le ayudaba en sus tareas, dejó una excelente guía de toques tradicionales que suponen una cierta simplificación con respecto a la metódica antigua.

          Además, para facilitar la labor de tocar a menudo los distintos toques, Ricardo recurrió a ingenios que le facilitaran su realización, de modo que instaló un sistema de cables y poleas que le permitía realizar el primer toque matinal desde su propia cama, sin tener que levantarse, lo que aportó no solo comodidad sino que supuso un gran avance y tranquilidad para la familia.

          En la arista central que dividía la vertiente central de las cubiertas, había y sigue habiendo una pequeña espadaña, ahora vacía, pero antes albergaba una campanita que se accionaba, mediante una larga cuerda, desde la sacristía, y que era un sistema de comunicación con el campanero para algún comunicado extraordinario.

          En distintos lugares de la pared se conservan algunos grabados o grafitis improvisados por los campaneros o sus familias, desde 1872 hasta 1939, y que constituyen una pequeña historia de la torre.

          Allí estuvieron los Fandiño hasta 1962, en que la familia se trasladó a una vivienda de la Calle Entrerríos. Entonces se desmontó la vivienda del campanero y los toques pasaron a hacerse por control eléctrico, siendo el propio Ricardo Fandiño el primero en funcionar por este nuevo procedimiento.

          La casa del campanero por tanto fue desmontada y ya no existe. Desde hace algún tiempo, se pueden visitar las cubiertas de la catedral como una opción más de la visita a la catedral, lo que en cierto modo es recuperar una tradición que seguían los peregrinos ya en el Medioevo. Es una visita desde donde se logran unas vistas únicas de la ciudad y el entorno catedralicio, lleno además de espiritualidad y simbolismo, pues allí, donde la Cruz dos Farrapos, con un depósito adjunto, donde los peregrinos quemaban sus viejas prendas en señal de purificación y renovación espiritual.

          Uno de los hijos, Jesús Fandiño, a pesar de las limitaciones y la vida exigente, recuerda que eran felices considerándose vigías de la ciudad y guardianes del Apóstol, más cerca del cielo que el resto de los habitantes de la ciudad.

          La subida se hace ahora a través de los 105 escalones que llevan por el interior del palacio arzobispal de Xelmírez y el lado contiguo a la catedral de la torre de la Carraca, la tribuna sobre el Pórtico de la Gloria, y la torre de las Campanas hasta los tejados. Una visita altamente recomendable.

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