22- Cruz de Ferro entre la Maragatería y el Bierzo

          De buena mañana salgo de Catalina de Somoza dispuesto a cambiar las tierras de la Maragatería por las del Bierzo, topándome pronto con una vieja y modesta cruz de madera que recuerda la memoria sagrada de la ruta jacobea. Atravieso El Ganso, con la Iglesia de Santiago y su Cristo de los peregrinos, y unos kilómetros después Rabanal del Camino y su iglesia de la Asunción, que intensifica la subida hacia el renacido Foncebadón que, de su estado abandonado y ruinoso, ha rebrotado en lugar emblemático para el peregrino.

          Pero el mito de la peregrinación que se hace anhelar hoy es, sin duda, La Cruz de Ferro, uno de los lugares más representativo y simbólicos del Camino de Santiago Francés, además de un verdadero Hito de la peregrinación jacobea.

          Situada en plenos montes de León, el monte Irago, se sitúa a una altitud de 1504 m. Ya era mencionado el lugar en el Códice Calixtino del siglo XII, donde es mencionado como portus montis Iraci. Se sitúa entre dos aldeas míticas del Camino de Santiago; dos kilómetros antes ya hemos pasado la aldea de Foncebadón, otro lugar emblemático que llegó a estar en estado de ruina y desaparición, pero que el incremento del tránsito de los peregrinos lo ha revitalizado hasta convertirlo en uno de los lugares más representativos del Camino Francés. Y dos kilómetros después la aldea de Manjarín, prácticamente en estado de abandono, pero que parece mantener alguna actividad local gracias también al Camino de Santiago, y gracias al hospitalero de lugar, Tomás, que gusta de vestir ropa con distintivo templario y sorprender a los peregrinos con rituales que quieren proceder de la orden del Temple.

          La Cruz de Ferro se sitúa en el punto más alto del puerto del monte Irago, y debe su nombre al gran humilladero de piedras de origen remoto sobre el que se eleva un tronco de madera a modo de mástil de unos cinco metros de altura culminado por una sencilla cruz de hierro que da nombre al conjunto. Sin incluir el puerto del Somport del tramo Aragonés, puede considerarse el lugar de máxima altitud del Camino Francés, y es la puerta de entrada al Bierzo desde la región de Somoza. El ascenso es tan exigente que ya el peregrino alemán Küning recomendaba en el siglo XV eludir este paso y desviarse para evitar la dureza de los montes de León. El puerto marca la zona de vertiente divisoria de las aguas del Sil y del Órbigo.

          Por tratarse de un punto de culminación y límite de separación entre dos zonas geográfica y culturalmente bien diferentes, y por otra parte de extrema dificultad para el caminante, especialmente en temporada invernal, el paso tiene un valor relevante. Algunos dicen que desde el mons mercurii de los romanos y un supuesto altar al dios Mercurio, señalado como un lugar de ofrendas. Algunos quieren ver antecedentes aún mayores y significados mágicos de tiempos célticos que ofrecen más enigmas insondables que realidades tangibles.

          La identidad más reconocible del lugar viene de la mano del Camino de Santiago, y la colocación de una cruz sobre el mástil que inicialmente sirviera de indicador del camino en temporada invernal que era borrado durante las grandes nevadas. La cruz fue colocada por Gaulcemo, abad de la alberguería de Foncebadón y Manjarín a finales del siglo XI, en auxilio de los peregrinos. Se trataba de una cruz de hierro forjado que diera al lugar un sentido religioso más visible, junto a la asistencia humanitaria del hospital. En su recuerdo hoy se abre el albergue con ese nombre “Gaucelmo” en Rabanal del Camino.

          Los peregrinos medievales, quizás conservando una supuesta tradición remota de protección u ofrenda, o creo más bien que iniciándola en lo que fue una marca fronteriza con refuerzo invernal, ahora en pleno Camino de Santiago, depositan allí una piedra para dejar testimonio de su paso por el lugar o agradecer la llegada hasta el lugar. Adoptan el hábito también los arrieros, comerciantes y viajeros de toda condición en tránsito por el monte Irago. El paso de los siglos es la razón de que las piedras depositadas han acabado formando el más grande humilladero de España y Europa. Algunos lo hacen de espaldas al humilladero haciendo una petición, rememorando los supuestos tiempos en que se hacía tal rito implorando la protección de los dioses, hoy por la petición de ayuda para concluir el Camino con bien, o tan vez expresando los sentimientos más íntimos, como una oración o una reflexión personal, con el significado y valor que cada uno quiera darle. El ritual es tan conocido entre los peregrinos, que suelen traer consigo una piedra, o bien la toman de otro lugar del camino y la depositan allí como testimonio de su paso. Algunos otros dejan frases escritas en los cantos rodados o en algún papel que dejan sujeto, o alguna prenda personal a modo de exvoto, convirtiendo el lugar en un pequeño vertedero que hay que limpiar de vez en cuando. El lugar es de un sabor emblemático de tanta tradición, que o lo conservamos entre todos o terminará convirtiéndose en un gran montón de inmundicia, como ocurre ya en el mítico Finisterre y con otros rincones del Camino que, en vez de lugar de ofrendas se convierten en acúmulo de desechos. Por fortuna entidades locales como las asociaciones de Amigos del Camino de Santiago del Bierzo y de Astorga, periódicamente reclutan voluntarios para atender la necesaria labor de limpieza y mantener el sabor emblemático del lugar; de otro modo el mítico humilladero de piedras terminaría convirtiéndose en un cúmulo de porquería y basura. Lleva algunos siglos cumpliendo su misión de recibir las ofrendas pétreas de los peregrinos, y si queremos conservarlo debería ser más conscientes y cuidadosos, y limitarnos a dejar una piedra anónima que represente nuestro paso, nuestro homenaje o nuestra petición. Bien está participar de esta magia milenaria, pero deberíamos todos abstenernos de mayores protagonismos.

          La cruz original se conserva en el Museo de los Caminos de Astorga desde 1976. Y por fortuna, porque en los últimos años su réplica ha sufrido algún que otro percance, incluso el mástil de madera que la sostiene  llegó a ser cortado o desmontado para sustraerla. En los años ochenta del pasado siglo, se construyeron en las inmediaciones una capilla dedicada a Santiago y una fuente.

          El lugar es ciertamente merecedor de interrumpir la marcha unos instantes, concederle su valor emblemático, arrojar una piedra que llevemos con nosotros para la ocasión, hacer una oración o reflexión personal, y fotografiarse en el mítico lugar antes de continuar hasta Manjarín donde merece dedicar un rato a conversar con Tomás o alguno de sus colaboradores y descender hasta El Acebo, en un solemne descenso que nos pone a prueba, pues el cuerpo ciertamente se fatiga en las subidas hasta Foncebadón, pero donde surgen las tendinitis, los esguinces e incluso las ampollas, son en los duros descensos, como el que encontramos después de la mítica cruz de ferro camino del Acebo. La gravedad de nuestro cuerpo incrementada por el peso de la mochila, nos frena para subir pero nos empuja al bajar, y la pisada se hace menos estable e insegura, lo que aumenta el riesgo de traspiés y lesión. Se agradece llegar a El Acebo, donde toca descansar de las andanzas y emociones de hoy.

Esta entrada fue publicada en 22 Cruz de Ferro entre la Maragatería y el Bierzo, F- CRÓNICAS PEREGRINAS y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s