21- De Santo Domigo de la Calzada a San Juan de Ortega

          Pasar de Santo Domingo de la Calzada a San Juan de Ortega, cuando se trata de topónimos de lugares del Camino, supone pasar de tierras vinícolas riojanas a campos de cereales castellanos por caminos que nos ofrecen una sucesión de escenarios que, como cuentas de un rosario, surgen ante nuestros pasos peregrinos con sus mensajes y sugerencias. Cuando hablamos de personajes del Camino que dejaron su impronta en él, entonces nos referimos a los llamados santos constructores por antonomasia, de quienes ya Aimeric Picaud, hacia 1140 y en el capítulo VIII del Libro V del Codex Calixtinus proponía a los peregrinos visitar sus sepulturas, más como deber moral que como recomendación. Era costumbre entre los peregrinos medievales rendir culto a las distintas reliquias de santos que encontraban a lo largo del Camino de Santiago, y en el territorio español estos eran de los más afamados por cuanto dedicaron su labor en ayudar a los peregrinos facilitándoles su tránsito creando puentes, allanando terrenos y prestando auxilio a los peregrinos expresamente en los lugares con dificultades de paso.

          Santo Domingo de la Calzada es el nombre de la ciudad en lo que era un frondoso bosque de encinas, en donde se instaló a mediados del siglo XI un ermitaño de nombre Domingo que decidió dedicar su vida a facilitar el viaje a los que peregrinaban a Compostela. Los relatos legendarios cuentan que con una hoz de segar -hoy en el escudo del lugar- taló todo el bosque como si se tratara de espigas, construyendo un puente que salvara los peligros del paso del río Oja que daba nombre a la región. La importancia de la obra llegó a oídos del rey Alfonso VI que decide visitarlo en 1076, donándole tierras y privilegios para consolidar el lugar como un punto relevante en el Camino de Santiago. Es obligado, como ya recomendaba Aimeric Picaud, detenerse en este emblemático lugar, visitar su catedral y admirar su sepultura y hacer memoria de su historia y milagros.

          Salir de Santo Domingo de la Calzada bien tempranito, antes que canten los gallos del milagro que guarda su catedral, permite atravesar el puente sobre el rio Oja casi en penumbra y con los faroles encendidos del puente que rememora el que levantó el Santo Domingo en auxilio de los peregrinos, generando de la nada un poblado por y para el Camino de Santiago, en un lugar inhóspito. Del puente de entonces solo queda el emplazamiento y la memoria, pues el actual de 150 metro y 16 arcos, es reconstrucción que se acometió primero en el siglo XVIII y luego en el XX. Pero no deja de permitir el paso del peregrino a través del mismo vado de entonces y transitarlo nos transporta a otros tiempos.

          A medio camino entre Santo Domingo y Grañón encontramos la Cruz de los Valientes, una cruz de madera que rememora un litigio de cierto siglo en el que no coinciden plenamente los relatos, entre los dos poblados riojanos por el uso de un encinar, que acordaron resolver mediante lucha de los dos jóvenes más aguerridos de cada lugar. Venció Martín García, de Grañón, y en el lugar de la lucha se izó una cruz, y aunque la leyenda magnifica la pugna y gusta citar la muerte de ambos contendientes por su arrojo sin límites, no hubo tal, sino que la pelea se pactó cuerpo a cuerpo y sin muerte. El vencedor ganó los derechos del encinar a sus vecinos y la cruz se levantó más bien en acción de gracias por la pacificación del lugar, y hoy es ubicación de reunión y festejo cordial de ambas poblaciones.

          Atravieso Grañón y su iglesia de San Juan Bautista, donde asienta un albergue de hospitalidad emblemática y tradicional hospitalidad, que cuenta con un destacado retablo. El lugar tiene su atractivo y está bien surtido de lugares de asistencia al peregrino en torno a su calle Mayor, pero esta vez no ha tocado hacer alto en este lugar de modo que cruzo lentamente los viejos callejones del tradicional diseño urbano cuadricular de las villas de peregrinación.

          Es poco después cuando se produce el paso a territorio castellano. Ocurre en Redecilla del Camino a cuya entrada encontramos un rollo jurisdiccional, una fuente y un mojón que nos avisa de que acabamos de entrar en tierras de Castilla y León. Merece visitarse la iglesia de la Virgen de la Calle, aunque solo sea por admirar su magnífica pila bautismal del siglo XII, del que dicen las guías que es una joya del románico, que remeda una ciudad amurallada en su cuerpo en forma de copa sobre una base de ocho columnas. Soporta estoicamente mis miradas y los disparos de mi cámara.

          Poco después llego a Viloria de Rioja, que aún conserva las ruinas de la que fue la casa de Santo Domingo de la Calzada. Un cartel recuerda el terreno donde se levantaba la casa, que terminó en ruinas y se ordenó su desplome total para evitar daños, pero conservando el recinto e indicando su ubicación y sus ruinas. Junto a ella está la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, llena de motivos en memoria del santo. Lamentándonos de que estuviera cerrada la pudimos visitar gracias a la mujer del alcalde que nos abrió el recinto, mientras nos daba cuenta de la difícil situación que atravesaba Viloria dentro de un contencioso que pretende dejar a Viloria fuera del trazado del Camino de Santiago. Sería una gran pérdida para el lugar y para el Camino. Viloria de Rioja merece seguir en el Camino y debe luchar por ello si no quieren que, como la casa del santo, caiga en ruina. Ya solo por visitar el lugar y esas ruinas vecinas, sellar en la iglesia como nosotros hicimos, merecería la visita. Si además se instalara un modesto negocio de bocadillos y refrescos y se diera opción de alimentar la idea de pernoctar en el meritorio albergue de Acacio y Orieta, Viloria podría muy bien mantenerse en el Camino de Santiago con motivo y orgullo para ello. Ánimo, amigos de Viloria.

          Tras pernoctar en Belorado, atravieso Tosantos, Villambista y Espinosa del Camino, con ese espíritu íntimo y personal con que el peregrino progresa por fuera y por dentro, hasta llegar en este caso a Villafranca Montes de Oca, un lugar en el que ya Domenico Laffi, clérigo Borgoñés del siglo XVII, recomendaba, en su relato de peregrinación, descansar y reponer fuerzas y alimento antes de acometer el duro y antaño peligroso tránsito de los Montes de Oca, lugar de refugio de forajidos y asaltantes que ponían en peligro la bolsa y la vida del peregrino si no iba convenientemente acompañado de protección. Hoy, en contraste con si peligroso pasado, es un lugar lleno de paz y espíritu de soledad silvestre rodeada de naturaleza, con buenas vistas como la que logra el mirador sobre la sierra de la Demanda, con rampas exigente hasta llegar a la fuente de Mojapán, a partir de donde encontraremos pistas inmensas entre robles, enebros y brezos, pasando junto a un monumento a las caídos y pasando luego en una larga pista forestal cercada de espesos pinares que nos llevará, no sin esfuerzo, hasta el monasterio de San Juan de Ortega.

          En la iglesia de San Nicolas de Bari encontramos un rico patrimonio de cultura del camino que el peregrino debe atender antes de continuar, pues aquí descansan los restos del segundo de los santos constructores, discípulo de Santo Domingo de la Calzada de quien siguió el ejemplo de dedicar su vida a facilitar el tránsito de los peregrinos a Santiago de Compostela mediante la construcción de puentes y calzadas en distintos tramos del Camino, y servir a los peregrinos como el que levantó aquí, en el pequeño núcleo urbano que lleva su nombre y donde creó un hospital de peregrinos y levantó un templo dedicado a San Nicolás de Bari, a quien se encomendó en un trance con riesgo de naufragio cierta vez que peregrinó a Tierra Santa.          

          En su interior destacan un baldaquino gótico florido con relieves de la vida del santo, un bello sepulcro románico y, sobre todo, los capiteles románicos, de gran expresividad. Uno de ellos encierra un valor emblemático en las fechas de los equinoccios de primavera y de otoño. Se trata del capitel de la Natividad, en que el diseño arquitectónico del templó ha previsto que el rayo de luz lo ilumine comenzando con la anunciación del ángel a María y continuando con el nacimiento.

          Es un lugar que puede considerarse de visita obligada para el peregrino donde puede rendir homenaje a las reliquias del santo, desde que Aymeric Picaud lo recomendaba en el siglo XII, hasta el día de hoy en que es un alivio para el cuerpo y para el espíritu encontrar este lugar tras el exigente paso de los Montes de Oca. El peregrino puede instalarse en la histórica hospedería, tantos años atendida por José María Alonso Marroquín, que elevó la atención del peregrino a una tradición emblemática que convirtieron a este lugar y a su hospitalero en uno de los hitos del Camino Francés, adquiriendo singular fama sus sopas de ajo. 

          Tras rendir homenaje a los emblemáticos personajes de los que allí queda memoria, decido continuar mis pasos durante algunos kilómetros más hasta Agés que conserva uno de los puentes románicos atribuidos a San Juan de Ortega, y desde entonces guardo en mi corazón peregrino reconocimiento a su memoria.

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