25- Beda el Venerable y la sepultura jacobea

          Beda el Venerable, el mejor representante del monaquismo inglés y uno de los eruditos más insignes de la alta Edad Media, nació en Newcastle en 672 o 673. Los datos de su biografía nos llegan por relato del propio autor en el último capítulo de su más grande obra, la “Historia Eclesiástica del Pueblo Inglés”, con palabras escritas en 731, cuando el fin de su vida terrenal no estaba lejano, mostrando la humildad de un autor cuya magna obra será reconocida y admirada en todo el orbe.                    El propio Beda nos dice: “Y es así que, muy interesado en la historia eclesiástica de Bretaña, especialmente en la raza de los ingleses, yo, Beda, sirviente de Cristo y sacerdote del monasterio de los benditos apóstoles San Pedro y San Pablo, el cual se encuentra en Wearmouth y Jarrow (en Northumbria), con la ayuda del Señor he compuesto, cuanto he logrado recabar de documentos antiguos, de las tradiciones de los ancianos y de mi propio conocimiento. Nací en el territorio del mencionado monasterio, y a los siete años fui dado, por el interés de mis familiares, al reverendísimo abad Benito Biscop, y después a Ceolfrid, para recibir educación. Desde entonces he permanecido toda mi vida en dicho monasterio, dedicando todas mis penas al estudio de las Escrituras, a observar la disciplina monástica y a cantar diariamente en la iglesia, siendo siempre mi deleite el aprender, enseñar o escribir. A los diecinueve años, fui admitido al diaconado, a los treinta al sacerdocio, ambas veces mediante las manos del reverendísimo obispo Juan de Beverley, y a las órdenes del abad Ceolfrid. Desde el momento de mi admisión al sacerdocio hasta mis actuales 59 años me he esforzado por hacer breves notas sobre las sagradas Escrituras, para uso propio y de mis hermanos, ya sea de las obras de los venerables Padres de la Iglesia o de su significado e interpretación”. 

          Después de esto, Beda inserta una relación de sus anteriores escritos y, finalmente, termina su gran obra con las siguientes palabras: Y os ruego, amoroso Jesús, que así como me habéis concedido la gracia de tomar con deleite las palabras de vuestro conocimiento, me concedáis misericordiosamente llegar a ti, la fuente de toda sabiduría, y permanecer para siempre delante de vuestro rostro.         

          Durante su largo monacato una enfermedad epidémica diezmó la región y todos los monjes murieron, excepto el abad y Beda. A partir de entonces, dirán misa en común en una abadía desierta. A pesar de ello Beda nunca abandonará su abadía que retornará pronto a su dinámica acostumbrada de oración, trabajo y educación de nuevos monjes. Se convirtió en uno de los mejores eruditos de su tiempo, conociendo a San Teodoro y el abad San Adrián de Canterbury, grandes eruditos, que viajan a Gran Bretaña para formar discípulos y de ellos aprende griego y latín, y estudia astronomía, gramática, filosofía y música, así como matemáticas, medicina e historia, lo que nunca le impedirá hacer las faenas monásticas y la oración, encarnando el benedictino ideal que combina trabajo, conocimiento, saber y oración. Dejó muchas obras valiosas, aunque poco difundidas, y su incansable labor docente a generaciones de jóvenes en un rincón apartado de la actual Escocia, que, en buena parte gracias a su trabajo, se convirtió en un centro de cultura que contribuiría en toda Europa a afianzar la fe cristiana y salvaguardar la ciencia greco-latina.

          Por la carta que dirige a su amigo Egberto, obispo de York, sabemos que Beda pasó allí algunos días del año 733, y cabe deducirse que pudo visitar a otros amigos en otros monasterios fuera del suyo de Jarrow, pero fuera de esos cortos períodos, su vida estaba consagrada a la oración, al estudio y a la composición de libros dentro de su comunidad monástica. Poco antes de la Pascua del año 735, Beda agravó su estado por una enfermedad respiratoria que hizo temer su próximo fin. Sus discípulos, aunque tristes, continuaron sus estudios junto al lecho del santo, y como su enfermedad agravaba por momentos el propio Beda les decía: “Id de prisa, porque no sé cuánto tiempo podré resistir, ni si Dios va a llamarme pronto a El”.

          Por el gran cariño de sus discípulos nos llega el conmovedor relato de los últimos momentos de Beda, que revela que ya en vida se le profesaba profunda admiración y estaba rodeado de una especie de culto. Cuenta su discípulo Cuthbert que su búsqueda del conocimiento no fue interrumpida por su enfermedad y los hermanos le leían mientras él estaba en cama, pero la lectura era alternada a menudo por las lágrimas. Puedo declarar en honor a la verdad que nunca vi con mis ojos, ni oí con mis oídos a nadie que agradeciera tan incesantemente al Dios vivo. Incluso el día de su muerte el santo estaba ocupado dictando una traducción del Evangelio de San Juan. Al atardecer, el muchacho Wilbert, que la estaba escribiendo, le dijo: Solo queda una frase por traducir, querido maestro. Y cuando la hubo traducido y el joven amanuense le anunció que el trabajo estaba terminado, Beda exclamó: Has dicho bien; todo está terminado. Sostenme la cabeza en tus manos para que pueda sentarme y mirar hacia la capilla en que acostumbraba a orar y así, podré invocar a mi Padre. Y así, sobre el suelo de su celda, cantando Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, exhaló su último aliento. Sus restos fueron llevados a la Catedral de Durham en el siglo XI.

          El calificativo Venerabilis que parece se le aplica ya en vida, se consolida poco después de su muerte. Una leyenda cuenta que al esculpir el epitafio de Beda, el monje encargado no supo completar la frase y a la mañana siguiente se encontró con que los ángeles habían llenado el espacio con la palabra venerabilis: Hac sunt in fossa Bedae Venerabilis ossa, (En esta tumba yacen los restos del Venerable Beda). En realidad se trata de un título de respeto que se daba a los miembros distinguidos de las órdenes religiosas. Es calificado arraigó hasta formalizarse en el Concilio de Aquisgran en el año 836. El término fue aceptado por las generaciones posteriores, que lo mantuvieron en uso a través de los siglos. Aunque se pidió que fuera declarado Doctor de la Iglesia, no será hasta el 13 de noviembre de 1899 que León XIII decretó que el 27 de mayo toda la Iglesia debía celebrar la fiesta del Venerable Beda, con el título de Santo y Doctor de la Iglesia, siendo hasta hoy llamado Venerable.

          La influencia de Beda entre los eruditos ingleses y extranjeros fue muy grande, distinguiéndose entre sus contemporáneos como el hombre más sabio de su tiempo y su fama póstuma en la Europa medieval por su obra y escritos que le valieron ser considerado pronto como el último de los Padres de la Iglesia. Algunas de sus obras se abrieron paso en las escuelas y sus manuscritos se difundieron pronto por todo el continente. Su obra muestra que tuvo a su disposición todo el conocimiento de su época, pues Biscop se esforzó en traer libros en sus numerosos viajes, de modo que la biblioteca de Wearmouth-Jarrow contaba entre 300 y 500 libros, una de las más extensas de Inglaterra. Más que un teorizador del saber, Beda es ante todo un maestro que puso lo mejor de sí mismo en transmitir lo recibido.

          En el amplio catálogo de sus obras, Beda se muestra como gran conocedor de la literatura cristiana antigua, de la que se muestra un gran comentarista y exégeta con un marcado sentido de propiedad literaria que cuida mucho en precisar sus fuentes. Dejó un amplio conjunto de obras de distintos géneros: gramática, retórica, métrica, poesía, música, aritmética, meteorología, física, cronología, filosofía, teología. Destaca, entre ellas, la ‘Historia ecclesiástica gentis Anglorum’ sobre el cristianismo en Inglaterra desde sus inicios hasta la época de Beda, una obra maestra elogiada por los eruditos de todas las épocas. Los tratados cronológicos de Beda “De temporibus liber” y “De temporum ratione” (Sobre el cálculo del tiempo) también contienen resúmenes de la historia general del mundo desde la creación hasta el 725 y el 703, respectivamente, naciendo aquí el hábito de referir las fechas en relación al nacimiento de Cristo.

          Su larga lista de obras exegéticas fueron consideradas las más importantes y sus homilías toman la forma de comentarios sobre el evangelio. La colección de 50 (divididas en dos libros) atribuidas a Beda son en su mayoría auténticas, pero se sospecha de la autenticidad de algunas.  Beda menciona varios escritos didácticos en la lista que nos dejó de sus obras y la mayoría de ellos aún se conservan. Sus tratados de gramática “De arte metricâ” y “De orthographiâ” han sido editados adecuadamente en tiempos modernos. Más allá de la vida métrica de san Cuthbert y algunos versos incorporados a la “Historia Eclesiástica”, no poseemos mucha poesía que pueda ser atribuida con toda certeza a Beda, pero al igual que otros eruditos de su época, seguramente escribió una buena cantidad de versos. El mismo menciona su “libro de himnos” compuesto con diferentes métricas o ritmos.

          El Venerable Beda es el testigo más antiguo de la tradición puramente gregoriana de Inglaterra. Sus obras “Musica theoretica” y “De arte Metricâ” son consideradas especialmente valiosas por los eruditos que hoy en día se avocan al estudio de la forma primitiva del canto. No en vano Beda aprendió el canto llano y los fundamentos de música de Juan Chantre, maestro en San Pedro del Vaticano abad de San Martín en Roma, a quien el papa Aghaton había enviado a Inglaterra con Benito Biscop. El propio Beda expresó su dedicación al canto diario en la iglesia.

          Si bien Beda estuvo muy al tanto de la obra de autores hispanorromanos como Orosio y visigóticos como Isidoro de Sevilla, la influencia de su obra en España se vio en principio oscurecida entre los autores mozárabes por el dominio sarraceno, del que el propio Beda se hace eco cuando evoca Covadonga como resurgir del afán hispano en recuperar su tierra y su fe. Pero su fama póstuma termina por abrirse camino con el Renacimiento Carolingio, empezando por la Marca Hispánica y en particular el monasterio de Ripoll a principios del siglo X. Posteriormente en el siglo XII se compila en Santiago de Compostela el Codex Calixtinus, en el que se menciona a Beda hasta en ocho ocasiones y se incluyen algunas de sus homilías. Después la General Estoria de Alfonso X el Sabio (siglo XIII) vuelve a estar muy presente la obra del Venerable monje inglés. Después retoma interés entre los apologistas católicos españoles del siglo XVI a raíz de la reforma Protestante y el Cisma de Inglaterra, como alegato de la apostolicidad y catolicidad de la Iglesia, y en particular de la inglesa, viendo en Beda el más puro cristiano británico. Numerosos autores españoles del XVII se interesaron por la obra del Venerable, como los casos de Quevedo en su Vida de San Pablo Apóstol, o Saavedra Fajardo en su Corona Góthica, entre otros. Su huella es tan notoria a lo largo de la historia que llega incluso hasta nuestros días y tiene notable presencia en la bibliografía moderna y la actualidad de muchos de sus comentarios se refleja en el hecho de que algunos de sus pasajes siguen utilizándose en la liturgia de las Horas y hoy por ejemplo se edita en castellano “Homilías sobre los Evangelios” de Beda el Venerable, en dos volúmenes por su extensión.

          Una cuestión que interesa singularmente aquí son sus referencias al Apóstol Santiago. Ya otros autores anteriores habían hablado de la labor evangelizadora de Santiago en Hispania, Pero Beda fue el primero en señalar además que el apóstol Santiago estaba enterrado en las tierras occidentales de la Península Ibérica. Disponía en su monasterio de una biblioteca única para la época, y pudo consultar distintas fuentes en que baso su afirmación sobre Santiago, entre ellas el Breviarium Apostolorum (s. VI-VII), texto latino que sitúa a Santiago predicando en las tierras occidentales hispanas, además de otras fuentes anteriores perdidas pero que son acreditadas como fuentes literariamente diferentes por el hagiógrafo Bollandista Baudouin de Gaiffier, y dado el rigor de Beda en sus estudios, de existencia cierta, posiblemente oriental. Estudiando el Breviarium y otros catálogos coetáneos, revisando las contradicciones entre ellos y consultando otras fuentes anteriores, propone la evangelización de Hispania por Santiago el Mayor en sus textos. En su Homilía XCII sobre San Juan Evangelista señala: “Este [San Juan Evangelista] es el hermano del bienaventurado Santiago, cuyo cuerpo descansa en Hispania”. Pero lo más valioso de este autor es que es el primero en escribir, un siglo antes del hallazgo del sepulcro, que el enterramiento es en Hispania, con claras referencias de situarlo en Galicia. Su Martirologio dice: “Los sagrados restos mortales de este bienaventurado fueron trasladados a Hispania y escondidos en sus últimos límites frente al mar Británico”, donde el término británico no se refiera a las islas Británicas ni a la Bretaña Francesa, sino a Britonia, la diócesis bretona del noroeste hispano cuya sede era Santa María de Bretoña, hoy San Martín de Mondoñedo (Lugo). 

          Es decir que Beda relaciona las dos partes de la Tradición Jacobea, una que habla de un viaje de Santiago a España y de su predicación en tierras hispanas, y otra que se refiere al traslado de los restos del Apóstol a Galicia por algunos discípulos, en modo que la conexión entre las dos partes existía ya antes del descubrimiento de los restos apostólicos. Incluso propone con claridad que la custodia de los restos apostólicos se hizo con reserva y anonimato, lo que justifica plenamente que la cuestión no fuera conocida ni difundida aún en el mundo cristiano, labor que será luego acometida por el obispo Teodomiro aproximadamente hacia el año 825.

          Beda el Venerable es, por tanto, una de las claves y evidencias más notables previas al hallazgo del sepulcro apostólico que concede a la Tradición Jacobea, cuando menos, visos de verosimilitud, y lamentablemente suele hoy abundar quien desde el desconocimiento y la ceguera cerrilmente anti-eclesiástica, se obstina en negar toda opción a la vieja y verosímil Tradición del Apóstol Santiago en Hispania que ya Beda dejó bien planteada. 

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