33- Monarquía Asturiana y fecha de hallazgo del sepulcro jacobeo

          El Reino de Asturias fue la primera entidad política cristiana en la península ibérica tras la desaparición del reino hispano visigodo y su rey Rodrigo en la batalla de Guadalete y la subsiguiente conquista musulmana de la península ibérica. Inicialmente su extensión territorial se limitó a la cornisa cantábrica y sus comarcas adyacentes y posteriormente realizó una vigorosa expansión que a principios del siglo X alcanzó el río Duero. Comienza en el año 718, fecha de la elección de Don Pelayo como princeps o líder de los rebeldes. De origen incierto, Pelayo fue posiblemente un noble godo que se enemistó con Witiza y llegó a ser alto funcionario de Don Rodrigo que tras la derrota de Guadalete se refugió en las tierras astures. También las fuentes musulmanas (crónica de Al Maqqari) mencionan su origen godo, cuando el cronista Isa ben Ahmad Al-Razi, con un tono bastante despectivo, dice que en tiempos de Anbasa ben Suhaim Al-Qalbi, se levantó en tierras de Galicia un bárbaro llamado Pelayo. Con Don Pelayo surge la vocación de revertir la invasión musulmana y restaurar el perdido reino visigodo con la idea de una monarquía astur heredera de la visigoda, destinada a reconstruir la recientemente perdida unidad de España. Alfonso X incluso lo hizo descendiente del rey Chindasvinto, para resaltar su ascendencia monárquica. Con Pelayo se reanuda una monarquía hereditaria, pues había sufrido en sus carnes los problemas sucesorios visigóticos, cuya monarquía era electiva.

          Aunque la versión musulmana habla de una pequeña escaramuza en la que no merecía la pena invertir más esfuerzos ni recursos, lo cierto es que en la batalla de Covadonga (722) surge la legendaria figura de Don Pelayo que supone el inicio de la Reconquista. En los territorios hispanos del norte, su tradicional resistencia a ser subyugados se fusiona con los intereses de los godos fugitivos de la batalla de Guadalete (711). La invasión musulmana se instaura en solo cuatro años, sin resistencia, por capitulaciones pacíficas, transacciones y pactos amistosos, y solo a veces por fuerza militar, se apoderan de casi toda la península. Don Pelayo será el artífice de la fusión de la rebeldía de los pueblos del norte con la motivación patriótica de los visigodos fugitivos y aglutina un único movimiento que, quizás a partir de sentimientos diversos, finalmente se agrupan en un frente común. Así desde la fundación de Oviedo en el siglo VIII la Reconquista tiene como objetivos identificables en las crónicas, la expulsión de los musulmanes como usurpadores de lo visigodo, y la restauración del reino visigodo, que ya había logrado la deseada unidad territorial de la península hacia el año 700, precisamente unos años antes de la invasión musulmana. La intacta identidad visigótica reinició pronto un proceso de reinstauración, y no por motivación doctrinal sino patriótica. Para Sánchez Albornoz la Reconquista no tuvo nada de guerra santa, por cuanto no obedecía al cumplimiento de un precepto al modo que proponía el Islam, ni se entendía como forma de muerte martirial. Tampoco puede entenderse como una cruzada porque no se llevó a cabo con motivaciones religiosas como la recuperación de focos de valor religioso, ni la extensión de un credo. En todo caso cabría decir, a quienes quieren verlo como cruzada que, en tal caso, fue una cruzada bien distinta, realizada “a domicilio” y la única que resultó victoriosa aunque a costa de una guerra dura y terrible al islam, cruzada perpetua empezada con Pelayo en las montañas asturianas poco después del 711, y que acabaría en 1492, después de una lucha de ocho siglos.

          El tan esgrimido oportunismo militar del descubrimiento del sepulcro jacobeo, para el que todo sería un montaje al servicio de la Reconquista, encuentra un caldo de cultivo teórico favorable. Lo cierto es que el argumento es tan aparente como inconsistente, pues Santiago ya era motivo de culto en el norte de España y considerado patrón protector más de cincuenta años antes del hallazgo de su sepultura, y porque entre el comienzo de la Reconquista con la Batalla de Covadonga (año 722) y el momento de la Inventio o descubrimiento del sepulcro apostólico (sobre el 829), transcurre más de un siglo, y tardará siete siglos más en completarse. Establecer aquí una relación causa-efecto es un sin sentido que algunos quieren ver como argumento. No lo es, por cuanto es inconsistente pensar que más de un siglo después del inicio, se recurriera a la farsa de un sepulcro espectacular para incentivar la Reconquista. La arqueología dejará fuera de toda duda que lo encontrado en Compostela no es montaje oportunista sino un verdadero hallazgo, con edificación romana del siglo I y un mausoleo sepulcral de esa época generador de una necrópolis paleocristiana.

          En los tiempos que surge esta resistencia antimusulmana no existe aún Compostela, sino su precedente, Iria Flavia, y durante este el tiempo que va del inicio de la Reconquista hasta el descubrimiento del sepulcro apostólico se suceden, siguiendo la propuesta de Juan José Cebrián Franco, seis obispos irienses. El primero de ellos será Emila, del que el Cronicón lriense afirma que era obispo en el reinado de Don Pelayo. A Emila siguieron otros tres: Román, Augustino y Honorato, de los que solo conocemos sus nombres y orden de sucesión. Cabe muy bien hacer la conjetura de que tres obispos son suficientes para cubrir el espacio cronológico de los reinados de Alfonso I, Fruela, Aurelio, Silo y Mauregato, que supondrían unos 45 años para tres obispados. Es explicable el vacío documental por la falta de concilios en la época y la precariedad de la vida en este rincón de Galicia, presionado por las continuas invasiones musulmanas.

          Con posterioridad vienen dos obispos con el nombre Quendulfo: Quendulfo l y Quendulfo ll. El Cronicón lriense solo cita un Quendulfo y La Historia Compostelana cita dos. El largo período estimado en unos cuarenta años después de Honorato hasta la Inventio o descubrimiento del sepulcro jacobeo, junto a la firma de documentos firmados con el nombre Quendulfo o Kindulfus como Obispo de Iria, que aparece en escrituras de Samos (811), dos en Oviedo (noviembre de 812) y en el Tumbo A de Sobrado (setiembre de 818), hace verosímil la afirmación de la Historia Compostelana al citar dos obispos del mismo nombre que son los que se aceptan como Quendulfo I y Quendulfo II. A estos dos seguirá Teodomiro, bajo cuyo pontificado y durante el reinado de Alfonso II el Casto, se produce el descubrimiento del sepulcro jacobeo entre el 820 y el 830, posiblemente en el año 829, fecha de los primeros documentos locales que lo relatan reinando Alfonso II.
         Al valorar la historia paralela del Reino Astur, durante el pontificado de estos obispos, después de Pelayo reinaron Favila, Alfonso I, Fruela I, Aurelio, Silo, Mauregato, Bermudo y Alfonso II bajo cuyo reinado se descubrió el sepulcro. Desde Don Pelayo hasta el descubrimiento del sepulcro han pasado unos 110 años, lo que daría una media de 15,7 años por pontificado, cifra verosímil que da valor al número de obispos registrados para ese periodo de tiempo.

          Inicialmente las fuentes dan como fecha del hallazgo del sepulcro la del año 813, con una solidez que prácticamente se integra en la propia Tradición Jacobea, de modo que “el año 813 se generaliza como fecha en que el Obispo de Iria Flavia, Teodomiro, examina en el lugar denominado Arca Marmorica y halla una tumba, que por varios vestigios que contenía, reconoció como la del Apóstol Santiago, Jacobo Boenerges, hijo del Zebedeo y de Salomé“.

          De este modo se hace posible la participación del emperador Carlomagno, que murió el 28 de enero del 814, dando cabida a las creencias medievales que atribuían a Carlomagno la liberación del sepulcro jacobeo. Este era el propósito de adelantar la fecha del descubrimiento por delante del 814, poner el descubrimiento jacobeo bajo la tutela del máximo y más prestigioso defensor de la cristiandad. Incluso se fabricó, muy al gusto de la época, un relato fantástico en que el Apóstol Santiago se aparece en sueños al emperador y le señalaba la Vía Láctea como modo de llegar hasta el lugar donde se hallaba olvidada la sepultura que él debía descubrir y proteger.

          Pero esta fecha resulta de todo punto un imposible histórico, pues durante la misma aún regía en la diócesis de Iría el bispo Quendulfo II, y por tanto Teodomiro no podía aún ser el protagonista del descubrimiento del sepulcro del Apóstol. La firma de Quendulfo II en documento del 1 de septiembre de 818 del Tumbo A de Sobrado: “Sub Christi nomine Kindulfus dei gratia episcopus confirmo», acredita que este obispo, antecesor de Teodomiro, aún estaba vivo y activo en tal fecha, lo que retrasa no menos de un lustro la fecha del descubrimiento de la Tumba y descubre que Carlomagno no tuvo participación ninguna en el acontecimiento, que solo era una querencia probablemente nacida de la tradición de los Cantares de Gesta franceses que gustaban de idealizar los hechos de sus héroes.

          El hallazgo tuvo que ser entre el 819 y el 830, muy posiblemente en el año 829 en que aparece el primer documento compostelano que relata que el descubrimiento fue en tiempos en que el obispado de Iria estaba ocupado por Teodomiro, bajo el reinado de Alfonso II el Casto.

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