18- Virgen de Biakorri de los pastores y peregrinos.

          Dicen algunas guías que a unos 12 km de salir de Saint-Jean-Pied-de-Port y a unos 14 antes de llegar a Roncesvalles, se llega a una zona llana donde se encuentra la Virgen de Biakorri. No hay que atender demasiado a las guías porque hay kilómetros… y kilómetros, que es de cajón que no es lo mismo subir que bajar o llanear, y los que debemos recorrer hasta llegar al lugar de Biakorri, hay que hacerlos a expensas de notar el resuello de la fatiga y el sudor de gota gruesa, y aunque haga fresquito o frío franco, hay tramos de un notable desnivel ascendente antes de llegar al lugar que me refiero, y los kilómetros parece que son más largos de lo normal. Se hace necesario tomarse un respiro en el pueblito de Huntto o quizás mejor en el refugio de Orison, antes de aventurarnos, ya casi a monte abierto, a ir en busca de la Real Colegiata de Santa María de  Roncesvalles.

          La talla de la Madre de Dios de la que os hablo se encuentra, pues, a mitad de camino, más o menos, de la mítica etapa entre Saint-Jean-Pied-de-Port y Roncesvalles, y surge como una aparición celestial a la que bien merece dedicar un alto en el camino y detenerse un ratico a admirar el paraje en que nos recibe  y encomendarnos a la modesta pero sobrecogedora imagen de la Virgen con el niño Dios en brazos.

          En el trayecto de subida nos acompaña un paisaje verde frondoso en ascenso escarpado y muy exigente que se ameniza con la visión de abundante ganadería local, y entre una cosa y otra, la visión de una atractiva naturaleza conformando un paisaje que nos despierta un sentimiento de paz y de compañía, lo que junto al hecho de que suele ser la primera etapa de nuestra peregrinación, las fuerzas soportan el castigo con el entusiasmo propio de quien aborda el mítico paso por los puertos de Cize, donde las leyendas medievales cuentan algún que otro milagro jacobeo.

          Servidor es cristiano viejo, no solo como hijo, nieto y biznieto… de cristianos, lo que hasta hoy no tenía demasiado mérito en la vieja Hispania, tierra de la que se decía no ha mucho ser tierra de misioneros, botijos y toreros; cristiano viejo más que nada por peinar canas desde hace años, y estar un tanto chapado a la antigua usanza, muy hecho a los hábitos y tradiciones de mis mayores, ahora ya propios, incluyendo por supuesto y sobre todo la misa de los domingos y fiestas de guardar. A la milenaria peregrinación por el Camino de Santiago, si le falta la motivación religiosa, le falta lo esencial, y aunque dicen que tiene mucho de pragmático y senderismo, yo camino con la memoria del Apóstol, la fe, la devoción, la oración y el canto gregoriano, cosas que andan conmigo entre mi mochila y mis botas de siete leguas.  

          Con ese espíritu peregrino, que impulsa al caminante más con el alma que con las piernas, es como inicio la subida hacia los montes pirenaicos que separan La France de L’Espagne por el tradicional paso que llaman ruta de Napoleón, por ser este el paso de las tropas napoleónicas en la invasión de España, por la Vía Aquitania. Lo hago casi sorprendido y sobretodo agradecido de poder hacerlo en solitario, rodeado de esa soledad que no se vive como abandono ni aislamiento impuesto sino como retiro voluntario en que sientes que el propio espíritu del Camino va contigo, que Dios y su apóstol Santiago me acompañan haciéndome más llevadero el peso de la mochila en las durísimas rampas de desnivel que voy encontrando. Quedó atrás la ciudadela medieval de Saint-Jean-Pied-de-Port que me fue tan grato visitar; quedó atrás la pequeña aldea de Huntto y su anunciado albergue; atrás también el mirador de Francia y su emblemática panorámica que encontraremos como aliada en casi toda esta jornada;  y atrás quedó también el tentador refugio de Orisson y su atractiva terraza hacia las montañas, donde se impone un descansito para reponer. Todavía asciendo junto a mi propia sombra por tramos ahora menos exigentes que transcurren entre las cimas del Pic D’Orissons, de Itchachéguy y D’Hostatéguy envolviéndonos entre verdes prados de pastoreo llenos de ganadería local y de rincones privilegiados de la naturaleza, hasta llegar a un punto en que el camino se hace inusualmente amable y que desemboca en una casi-planicie desde la que se divisa, por su izquierda, un promontorio rocoso en cuya cresta destaca una figura en la distancia. Conviene acercarse para comprobar que es la imagen de la Virgen de Biakorri, tambien llamada d’Orisson, protectora de pastores y peregrinos, dice alguna cita que traída hasta allí desde Lourdes por pastores, una modesta talla fruto de la fe y la devoción de los lugareños, adornada con flores, collares, conchas, buenos deseos… y distintas ofrendas con que peregrinos y pastores gustan obsequiar a la Madre de Dios y a su divino niño.

          Se impone una parada, no solo para descansar como recomiendan las guías, sino porque desde allí se domina con la vista una panorámica de amplísimos valles y cumbres que sobrecoge el alma e invita a respirar con mayor profundidad y menor ritmo, paraje merecedor de que el Santo Virila quedara allí extasiado por su contemplación. En todo caso es un buen lugar para rezar y meditar, comprobando una vez más que en Camino lo sagrado y lo profano son parte de una misma cosa, que se complementan y hacen que la peregrinación logre su dimensión más plena. El tiempo, algo fresquito tan solo hace un rato, flota aquí templado en el ambiente por efecto de un sol espléndido que permite ver la majestuosidad de algún ave que planea sobre un cielo abierto y generoso. A buen seguro que desde allí la Virgen, colocada mirando hacia Santiago, vigila a los peregrinos que se dirigen a Compostela. Ahora, con su protección podemos seguir hacia el Col de Bentarte, hacia el puerto de Lepoeder y descender luego hacia Roncesvalles siguiendo la llamada mítica del Olifante de Roldán.

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