22- Los Siete Varones Apostólicos de la Bética

 

         La Tradición Jacobea identifica a estos personajes apostólicos como los discípulos de Santiago que predicaron la palabra de su maestro por Hispania, y que tras la decapitación de Santiago en Jerusalén, raptaron su cuerpo en las afueras de la ciudad y lo llevaron clandestinamente a Hispania, donde alguna cita propone que el propio Apóstol les había pedido que lo llevasen a su muerte. De los nueve discípulos de inicio, dos de ellos, Atanasio y Teodoro, permanecieron custodiando el sepulcro jacobeo, y fueron después enterrados en el mismo espacio que Santiago. Los siete restantes -Torcuato, Segundo, Indalecio, Tesifonte, Eufrasio, Cecilio y Exiquio- son identificados como los Siete Varones Apostólicos. El Códice Calixtino (s. XII) dice de ellos que el propio Santiago los había elegido durante su predicación y que posteriormente serían ordenados obispos en Roma por Pedro y Pablo y volverían a Hispania a continuar con su misión hasta su martirio, identificándolos como un elemento continuador de la Tradición Jacobea.

          Pero hay otra versión más antigua sobre los Varones Apostólicos, unos manuscritos mozárabes del siglo X, a su vez fundados en otros de los siglos VIII, que no mencionan a Santiago y según los cuales son enviados por los apóstoles San Pablo y San Pedro a la Bética Hispana para predicar el Evangelio. Pero incluso este relato mantiene elementos comunes a la Tradición Jacobea, por cuanto tras acudir a Acci (Guadix), fatigados del camino, se quedaron en las afueras para descansar, enviando a algunos de los discípulos a la ciudad a comprar víveres, y celebrándose allí las fiestas de Júpiter, Mercurio y Juno, no fueron bien recibidos sino tratados hostilmente, les hicieron huir y les siguieron hasta el río Fardes, donde milagrosamente fueron protegidos por el hundimiento del puente romano, pereciendo los perseguidores. Ante esto fueron recibidos en Acci por la matrona Luparia, quien se convirtió al cristianismo, pidió el bautismo y levantó una iglesia y un baptisterio. Es decir que aparecen algunos elementos comunes con la Tradición Jacobea como partes de una tradición común.

          Posteriormente los Varones se distribuyeron por diferentes lugares para difundir la doctrina cristiana, y así Torcuato permaneció en Acci (Guadix); Tesifonte fue a Vergi (Berja); Indalecio a Urci (Pechina); Segundo a Abula (Abla según unos y Ávila según otros); Eufrasio a Iliturgi (Andújar); Cecilio a Ilíberis (Elvira o Granada), y Esiquio a Carcesa (Cazorla). Tras su muerte por martirio, sus reliquias obraron milagros y beneficios entre los fieles, y el que más festeja la tradición es que todos los años la víspera de la fiesta, un olivo plantado por los varones, se cubre de flor y al día siguiente da hermosas y muy abundantes aceitunas que los asistentes se apresura a coger para usos devotos.

          Los historiadores modernos coinciden en considerar los relatos como fruto de la narración legendaria, aunque no son pocos los que proponen un núcleo histórico principal entorno al hecho de la venida a España de los Varones Apostólicos en el primer siglo de la era cristiana con una labor evangelizadora. Los documentos en que se basa esta tradición hispana aunque considerados de fecha tardía, son numerosos, lo que da un fondo de verosimilitud histórica a los personajes y su misión, si bien muy alterada por los relatos legendarios. Entre los documentos en que se fundamenta la tradición manuscrita hay que considerar ante todo Los Calendarios mozárabes hispánicos, hasta siete completos del siglo XI, que mencionan la celebración de los Varones Apostólicos, y que son copia, según todos los indicios, de otro Calendario de la época del Rey Wamba (siglo VII), pero parece que existentes ya en el siglo IV, o a lo más en el V, lo que ofrecen un argumento serio a favor de la existencia y venida de los Varones Apostólicos a España. Por otro lado están Los Martirologios, en particular el de Lyon, redactado en el 806 y que en el 861 nos ofrece un relato más abreviado de la venida de los Varones Apostólicos España. También hablan de los Varones Apostólicos el Martirologio de Beda (735), el de Usuardo (873), el de Adón (875) y el Martirologio Romano (1583). Una tercera fuente documental son los Documentos litúrgicos mozárabes. Existe una Misa y un Oficio de los Varones Apostólicos de rito mozárabe y cuya antigüedad se data en el s. VII. Mas posterior es el Documento emilianense titulado De Misa Apostólica in Hispaniam ducta terminado de redactar el 994, y aún una Vita extensa del Leccionario complutense y la Vita brevis del Cerrao tense (s. XIII) del dominico Rodrigo de Cerrato, como documento más tardío que incluye un resumen biográfico de los Siete Varones Apostólicos. Todos estos testimonios concuerdan en afirmar que los Siete Varones fueron enviados a España por los Apóstoles desde Roma, donde fueron consagrados obispos; y todos coinciden en referir el suceso sobre el puente de Acci (Guadix), en donde lo más relevante que el dato legendario, es la localización geográfica del inicio de su labor evangelizadora.

          Es reseñable que las ciudades referidas ya existían en la época de predicación propuesta por la Tradición, y que pertenecían a una región que ya a finales del Siglo III y principios del IV estaban densamente cristianizadas, como acredita el concilio de Elvira (hacia el año 300), lo que da a la Tradición de los Varones un importante grado de verosimilitud. La mención de Acci (actual Guadix), resulta singularmente sugerente, pues sería inconcebible que desde la mera fantasía un relator situara en aquel rincón de la Bética y con topónimos ciertamente romanos, aunque transformados por las dominaciones posteriores, y bien comunicadas entre sí por vías romanas ya existentes en la época, de modo que es bien factible que los misioneros accedieran por la Vía Augusta, o bien entraran a Urci (Pechina) desde el Portus Magnus almeriense, siguiendo una vía marítima que era la más viable comunicación comercial y constante en la época con Ostia el puerto de Roma, como demuestran valiosos estudios arqueológicos con hallazgos paleocristianos, de forma entonces más lógica incluso que adentrarse en Córdoba o Sevilla, cuya importancia será muy posterior.  Un matiz cronológico necesario aclarar es que, sin duda, no todos murieron en la misma fecha que cita la Tradición, pero es natural que se conmemorara conjuntamente la labor de todo el grupo evangelizador (15 de mayo), de quienes hoy si se celebran en fechas diferentes.

          Como demuestran los documentos y restos arqueológicos, permiten ver que Acci era un núcleo notable de comunicaciones en la Bética romana en el siglo I a. C., y centro de actividad comercial y cultural relevante del ámbito romano, disponiendo de una importante red de vías de comunicación que mantenía estrechamente relacionada la ciudad, con el resto de poblaciones, lo que justifica bien que pudiera ser punto de inicio de la misión.

          Estos argumentos y evidencias, como el hallazgo reciente de un teatro y edificación romana en Acci, son suficientemente sólidos para aceptar como hipótesis aceptable el núcleo esencial de la Tradición de los Varones Apostólicos y es la solidez de estos testimonios lo que mejor justifica que este relato se incorporara a la Tradición Jacobea como forma de consolidarla; aunque merece indagarse mejor cual fue el verdadero origen y la misión de los Varones Apostólicos. El relato se funde con el de Santiago Apóstol, explicando que fueron los discípulos que Santiago convirtió, que presenciaron la visita de la Virgen del Pilar en Zaragoza, que le acompañaron en su retorno a Jerusalén, y que fueron luego los que tras su decapitación llevaron el cuerpo de Santiago de nuevo a España para enterrarle en Compostela.

          Por tanto requiere un serio análisis el origen y la misión de los Varones a Hispania, y valorar si su vinculación a Santiago es o no auténtica o si su origen se vincula más expresamente con un envío desde Roma. El contraste más relevante deriva de la comparación entre el Calixtino y los documentos mozárabes que citan a los Varones Apostólicos, pues las Actas y documentos mozárabes son muy anteriores al Calixtino, ya eran conocidos cuando menos desde el siglo VIII, y nada decían de su vinculación con Santiago y sí en cambio de su ordenación como obispos por parte de San Pedro y San Pablo, en Roma, y de su posterior envío a España en misión evangelizadora. Todo parece indicar que el Codex Calixtinus introduce la historia de los Siete Varones, sugiriendo su temprana conversión en Galicia como resultado de su labor apostólica, y su viaje de ida y vuelta a Jerusalén. Particularmente la Misa Apostólica, alude concretamente a los Apóstoles Pedro y Pablo, sin mencionar a Santiago, y dado que por esta época, s. XI, la Tradición Jacobea de Santiago en España se admitía generalmente, la misión de los Varones Apostólicos enviados por Pablo y por Pedro desde Roma, durante la segunda prisión romana del primero, recobra notables opciones.

          Por tanto la venerable y remota tradición de los Siete Varones Apostólicos tiene su dosis de viabilidad en lo sustancial, aunque no en su conexión jacobea, y cabe aceptar con notable precisión que el cristianismo se implantó en la Bética en los primeros siglos de la era  cristiana. Está bien documentado que muchos soldados de las legiones destacadas en Jerusalén en los tiempos de Cristo, eran de origen hispano, siendo conocedores e incluso adeptos del naciente cristianismo, y a su retorno a su tierra de origen pudieron convertirse en buena medida en difusores del cristianismo y apoyar a los misioneros que llegaran en labor evangelizadora, que luego la leyenda acrecienta y distorsiona, pero que no desmiente en lo esencial.

          Es una cuestión importante plantear como se explican las coincidencias de dos relatos tan distantes entre sí como Iria Flavia y Acci. Ya el Misal Gótico del IV Concilio de Toledo (633) menciona los hechos protagonizados por Torcuato, sus compañeros y Luparia, más de tres siglos antes de que fueran incluidos en los relatos Jacobeos. Parece, por tanto, obvio pensar que trata de una trasposición, en donde es evidente que el accitano fue el relato primario, por su coherencia, sin elementos apocalípticos y fantasiosos como el gallego. Torcuato y Luparia, que se citan en algunos relatos de la Tradición Jacobea no antes del siglo X, estaban ya presentes en documentos mozárabes anteriores; quizás en su traslado al norte durante la dominación musulmana fue cuando se intercalaron con el relato jacobeo para fundamentarlo mejor. Pero en realidad son tradiciones diferentes, no muy distantes en el tiempo, que se unificaron pero que hoy son claramente diferenciables.

          Los distintos relatos de la Tradición Jacobea (La Translatio Sancti Jacobo de Santiago de la Voragine, Las versiones de la Carta de San León, y los relatos de Glembours, de Shaschek, y de León Rosmithal), buscan dotar a la tradición popular, oral y poco documentada, de una forma escrita y culta, desde la creencia en el hallazgo de la tumba apostólica y la respuesta del mundo cristiano en forma de peregrinación. La primitiva versión de la Tradición mezcla desde su origen los dos focos de evangelización que en poco tiempo se unen entre sí como dos gotas de aceite: el Finisterre, de mano de un Apóstol en persona, y la iniciada en la Bética, por los Siete Varones Apostólicos enviados por Pedro y Pablo, o según otros, algunos decenios después por San Clemente (tercer sucesor de Pedro).

          Un hecho que amalgama el escenario común de estas antiguas tradiciones cristianas, es el ámbito romano. El Centurión Cornelio, primer gentil que, según relatan las propias Escrituras, fue bautizado por San Pedro, lideraba una corte militar de Itálica, la ciudad de la Bética hispana, cercana a la actual Sevilla. Se trataba de la corte que proporcionó la guardia que custodiaba primero a Santiago hasta su decapitación, y luego a Pedro en su liberación, desatando la represalia de Herodes. La evasión de tal represalia justifica la huida de la guardia romana, tal vez incluso llevando los restos tratados de Santiago por Simón el Curtidor a las lejanas tierras de Hispania, lo que también puede explicar la mezcla de las dos tradiciones.

          Un personaje que merece especial atención y estudio es la mujer que aparece en ambos relatos, Reina Lupa en el caso de la leyenda gallega y Luparia en el relato mozárabe. Es aquí donde puede estar la clave de enlace entre ambas tradiciones, pues parece ser un mismo personaje cuando en realidad son dos personajes distintos que se identificaron como uno solo. La Reina Lupa de la Tradición Jacobea es un personaje que la tradición popular gallega vincula a los mouros, seres míticos y mágicos del ancestral acervo gallego, pero que en realidad se trata de la noble hispano-romana Atia Moeta, titular del mausoleo funerario que aceptó los restos del apóstol Santiago, encajando en lo esencial con la Tradición Jacobea; por asimilación con la Tradición de los Siete Varones Apostólicos fue asimilada como Lupa que la leyenda elevó a la condición de reina, como modo de señalar su dignidad y autoridad local. Por su parte la Luparia del relato mozárabe fue una comerciante bien situada en Acci, relacionada con todos sus habitantes, entre ellos la colonia judía de Acci fruto de la Diáspora, tal vez incluso judía ella misma, que tomó contacto con Torcuato y sus compañeros con quienes alcanzó logros de entendimiento y colaboración. Surge una versión común que identifica estos personajes como uno solo, estableciéndose así fácilmente la fusión de ambos relatos, en donde se derivaba fácilmente la condición de discípulos de Santiago.

          Hay por tanto un gran escenario común en ambas tradiciones, la Tradición Jacobea y la Tradición de los Varones Apostólicos, que en algún momento se entremezclaron en una tradición única como modo de reforzarse mutuamente, pero que hoy son reconocibles como tradiciones diferenciables.

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