21- Milagro en Santiago de las Escombreras

De mi buen amigo Manuel Esperilla, de los Amigos del Camino de Santiago de Sevilla «Vía de la Plata», tomo prestado esta joya de artículo que dice mucho y bueno de su autor y de su asociación.

 

DE COMO LA ASOCIACIÓN DE AMIGOS DEL CAMINO DE SANTIAGO VÍA PLATA Y EL CLUB BÚHO PEREGRINO FUERON TESTIGOS DEL PRODIGIO QUE SE CUENTA, HACIENDO LABORES DE LIMPIEZA DEL CAMINO A LA SALIDA DE SEVILLA

“¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro!”, gritan las voces divertidas y en el fondo emocionadas.

“¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro!”, siguen gritando, reclamando la atención del resto de la cuadrilla que poco a poco abandonan sus aperos de limpieza y acuden a observar el hallazgo, el segundo, pues minutos antes han aparecido quemados los restos de una placa de un disco duro. “¡Bárcenas, Bárcenas, el portátil de Bárcenas!”, ha vociferado su descubridor, sin atreverse a declararlo “milagro” pues ni su fe ni la del resto ni la de cualquier alma, aún cándida, es bastante para creer en un hecho tan improbable.

Son apenas las nueve de la mañana y la sombra de la torre Pelli, como un dildo ortopédico de hormigón y cristal, todavía sin bruñir, proyecta su sombra sobre los primeros metros de tierra del Camino de Santiago.

La salida de Sevilla, buscando la antigua pasarela del ferrocarril a Camas, hoy Vía verde, sucia y llena de escombros, es fácil de imaginar para quien habitó en ciudades y conoció sus bordes, siempre degradados y abandonados. Las hierbas altas de esta primavera que todo lo ocultaban ardieron por gracia de algún pirómano, de algún desaprensivo que igual arroja colillas encendidas que suelas de zapatos, latas de cerveza que vidrio, mucho vidrio, o ropa vieja, colchones, alfombrillas, pelucas, restos de ordenadores, juguetes, condones y la biblia en pasta.

 

 

Todo el decálogo de objetos posibles arrojados desde las ventanillas de los autos que paran a hacer el stop del semáforo, o por los peatones que, camino del aparcamiento o de ese mercadillo digno de un estudio sociológico para el que todo un departamento universitario no sería bastante, han compuesto un paisaje desolador, un basurero improvisado que amenaza con tragarse el camino y enterrar la caseta del guardia.

Todo previsible, ¿todo? No. Entre los escombros incendiados, someramente enterrado, ha aparecido la figurilla de un santo. ¿Casualidad? Tampoco. El santo es el mismísimo Santiago, peregrino de metal que ha brillado cuando pasando de mano en mano se ha ido despojado de los resto de tierra, de cenizas, de tizne como una pátina que lo ultraja. Las caricias han terminado por devolver su aspecto lozano a esta figurilla de apenas diez centímetros de alto, reproducción de la que, en piedra, corona la fachada de la Quintana, por encima de la Puerta Santa, en la catedral compostelana, escoltado por sus discípulos. Teodoro y Atanasio.

El sitio de la aparición es marcado para convertirlo en lugar provisto de significado, en otro locus sancti iacobi (lúdico y sevillano) en el que levantar la futura capilla, ermita, crucero o santuario que acoja al santo. Arquitecto y aparejador (que haylos entre los devotos) ponen trabas urbanísticas, cuando enseguida aparece un manojo de llaves, “las de la futura capilla”, revela su descubridora, cual pastorcita de Fátima. Es entonces cuando los profesionales del rotring o del autocad, ya entregados, comienzan a pensar en el Plan Parcial para ejecutarla.

Con la vuelta al tajo, reina un breve silencio entre esta veintenade peregrinos voluntarios que han salido a limpiar este tramo, a practicar lo que alguno ha llamado “arqueología del desperdicio”, pues la recogida de basuras obliga a arquear el espinazo, invistiendo por si hiciera falta de una dignidad añadida el acto. Cada uno ha deseado en secreto la suerte de los descubridores, elegidos por el santo, uncidos con su gracia, y a todos les resulta fácil recrear el sentimiento de Pelagio, el ermitaño, o el de Miguel Payá, arzobispo de Santiago, cuando a ambos le fueron reveladas, con diez siglos de diferencia entre ambos sucesos, las reliquias del Santo.

Han sido casi tres horas de emociones intensas y duro trabajo. La sombra de la torre comienza a acortarse cuando más de cincuenta bolsas de basura, sacos y cajas repletos son cargados para ser llevados a la cuba más próxima (lejana). El Santo, que está por agradar (¡cómo si hiciera falta!), hace que aparezca en lontananza un vehículo de LIPASAM (empresa municipal de limpieza) con un par de operario que huyen en cuanto ven el fruto de nuestro trabajo, con la excusa de que sería decisión del responsable (que, como es lógico, no está pues hoy es sábado) acercarse hasta donde estamos para llevarse las basuras que les hemos cogido prestadas. ¡Y es que, aunque lo intente, ni el mismísimo Santo, Santiago de las Escombreras de todos los Caminos, puede obrar tan prodigioso milagro! Debe ser que tendrá de ser llevado, andando, a su tumba en Compostela, para ser allí bendecido y entonces sus poderes renovados.

De momento, y habiendo acabado temprano, peregrinamos hacia la bifurcación del Camino con el cortijo del infame Queipo de Llano, a quien por más que alguna vez se congraciara con el Matamoros, el Peregrino tendrá que haber castigado.

Señalamos el sitio en el que colocar una señal que aguante las riadas y continuamos a Santiponce, negociando incluso con un boyero, con el que casualmente nos encontramos, el acarreo del monolito pendiente de autorización para ser instalado.

En el polígono industrial llenamos la mochila con langostinos y gambas recién cocidos para emprender el regreso a la sede de la asociación y celebrar tal día como hoy, 31 de agosto de 2013, fecha ya imborrable en la historia jacobea sevillana.

Se unió a nuestra celebración un peregrino francés que comenzaba el día de la aparición su camino a Santiago. Comió, bebió y se emocionó con la crónica de nuestro hallazgo, por lo que pudiera ser que pronto lleguen noticias del milagro a Santiago, donde para nuestra desgracia, ningún Gelmírez sabrá sacarle todo el partido necesario.

Hasta aquí lo que se puede contar, pues otros prodigios y temblores de piernas se sucedieron para mayores favores, glorias y méritos de devotos, peregrinos y Santo.

Y cuenta este humilde cronista aficionado esto para que generaciones venideras acudan a esta memoria cuantas veces les hiciera falta.

Crónica apresurada del primer milagro del que se tienen noticias de Santiago de las Escombreras

De todos es sabido la beneficencia y favores de los santos, manifiestos en sus milagros. Muchos son los realizados por Santiago a lo largo de los caminos a Compostela: convertir a un pajarillo (txori) en higiénico asistente de una Virgen coqueta, hacer cantar una gallina después de asada, transustanciar ante un cura incrédulo el vino eucarístico en sangre… y un largo etcétera que hay que intentar comprender en su contexto, dentro de un tiempo en el que entre la lógica y la magia no existían fronteras, ambas permitiendo explicaciones igual de válidas del Mundo y de sus gentes.

Las crónicas de tales milagros resultan siempre deficientes, pues es una experiencia total y plena que al pretender trascribir da como resultado una simplificación incoherente, como comprobaremos en cuanto intentemos dar noticias del primer milagro, aún por reconocer, de Santiago de las Escombreras, ante la presencia de una veintena de peregrinos-barrenderos. Y sin embargo, convencidos estamos de que este Santo se sumará a otros píos que recorren la Vía de la Plata, como esa talla pesada de madera que bendice los campos sobre su carro arriero, o como aquel otro prístino esculpido en granito, colgado en una arquivolta de Santa Marta de Tera, y cuya reproducción adorna un rinconcito de nuestra sede.

Más o menos, han sido así los hechos:

Dos peregrinos de cierta edad, con su afán de trascendencia ya satisfecho (ambos con hijos, e incluso nietos) se casaron hace un par de años en segundas nupcias celebradas en Chipiona. Fue templo la playa y por dioses acudieron el agua salada, el sol tibio de invierno y la inmaculada arena. Y como distinguido cortejo, buena parte de los que hoy han participado en las tareas de limpieza de esos pocos de metros de camino como una inmunda escombrera. Es feliz esta pareja que celebra y vuelve a celebrar su unión en cuantos actos peregrinos se le presentan, pues no en vano deben los esponsales al Camino su feliz encuentro.

Hoy, finalizada la faena, de vuelta de Santiponce con las mochilas de mariscos llenas, ella ha comprendido por fin el sentido de esas vibraciones que ha dicho sentir Juan el búho (declarado beato como el de Iría, después de haber sido él quien encontrara al Santo de las Escombreras). Se ha atrevido ella a verbalizar lo que ha intuido desde hace apenas unos momentos, desde que tuvo la figurilla entre sus dedos. “Estoy embarazada”, confiesa tímidamente.

El grupo acoge con vítores de entusiasmo la buenanueva, y alguno no duda en calificar el hecho como milagro inmediatamente. Ávidos de conocimientos, han querido saber de cuánto tiempo, y le preguntan impacientes para echar cuentas sobre el alumbramiento, el bautismo, la guardería y el primer diente.

“Todavía me tiemblan las piernas”, responde con un rubor adolescente capaz de emocionar a cualquiera.

“¡Milagro! ¡Milagro! ¡Milagro!”. Otra vez se alzan las voces y se prodigan las felicitaciones y parabienes para la llena de gracia, graciosa y excelente cocinera que ha preparado para la ocasión una exquisita pastela. Su compañero, padre putativo, enseguida asiente y confirma el milagro sin mijita de celos, haciendo secretos cálculos sobre la reciente anunciación entre los escombros quemados, justo encima de la marca con que se ha señalado el lugar del descubrimiento, donde según los más fervientes tendrá que ser levantado el futuro templo.

“Es niña”, termina diciendo con una sonrisa de felicidad plena, imposible de dibujar con letras. No habiendo, o al menos no conociendo, versión femenina del nombre del hijo de Zebedeo se descartan Santiaga, Diega, Jacoba, Jaima… y comienzan las propuestas para ser sometidas a consenso:

Vieira: muy difícil de pronunciar por estas tierras, casi un trabalenguas.

Zamburiña: (así llamadas las vieiras en Isla Cristina), resulta un nombre más propio para una pastorcita navideña.

Coquina: cariñoso, bueno como diminutivo y exquisito bivalvo que podría provocar la incontinencia de los varones fogosos (entre los que, pecador al cabo, me encuentro).

Berberecha: inmediatamente descartado por prestarse a desmesurado cachondeo.

Albariña: gozoso en exceso.

Y así se van sucediendo las propuestas, sin acabar de dar con la tecla, hasta que por fin aparece Concha: también bivalvo, aunque sin subgénero, y apócope de Concepción. Y esta ambigüedad hace que la agraciada asienta, con el beneplácito de su putativo compañero.

Lo siguiente es fijar fechas para el bautismo previo alumbramiento (aunque sea esto lo de menos). A todos los asistentes parece venirles bien las Navidades, por ser días de natividad, de vacaciones y de fiesta. Y hasta entonces queda esta crónica en suspenso, salvo que tuviera que ser retomada por cualquier incidente.

Como has visto y ya te anunciaba, toda transcripción de cualquier milagro resulta siempre insuficiente, inevitablemente incompleta y reducida en su verdadera esencia.

 

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