19- Dalmacio, último obispo de Iria y primero de Compostela.

          Dalmacio fue obispo, primero de Iria y luego de Santiago de Compostela, de muy breve mandato, pues su obispado duró poco más de un año, pero fue de gran importancia, pues durante su dirección la ciudad compostelana logró una de las más grandes prerrogativas de su historia.

locus-sancti-iacobi-s-x           Estamos a finales del siglo XI; las peregrinaciones al Sepulcro del Apóstol habían adquirido tal dimensión que el Templo restaurado por Pedro de Mezonzo y D. Cresconio resultaba muy insuficiente para recibir la multitud de fieles y peregrinos que se congregaban en torno a la sepultura apostólica. Compostela, para protegerse de las agresiones normandas se había dotado de una protección amurallada y se accedía a la ciudad por algunas de sus vigiladas y protegidas puertas, que daban acceso a la ciudad desde los distintos puntos cardinales de las peregrinaciones.  

Fachada románica de la catedral. Arturo Franco Taboada          Fue el obispo D. Diego Peláez quien concibió el proyecto de construir una grandiosa obra de nueva planta y gran amplitud venciendo grandes dificultades para llevar a cabo su magna empresa. Las dimensiones ideadas para el enorme templo exigían la demolición de algunos edificios, tiendas y monasterios colindantes a la pequeña catedral prerrománica existente. La mayor dificultad fue lograr la firma de la Concordia de Antealtares, en virtud de la cual los monjes benedictinos, mediante ciertas concesiones, accedieron a la demolición de su Iglesia abacial para dejar libre los terrenos que requería la nueva catedral, y logrando de Alfonso VI autorización y recursos para iniciar su grandioso proyecto.

Construcción de la Catedral con la Basílica de Alfonso III. Ilustración de José Luis Serrano          Las obras iniciaron hacia 1074 o 75 por la capilla del Salvador y la Girola y en el 1087 estaban ya levantados el ábside y la puerta de Platerías. En el año 1088 y en el contexto de unas revueltas en contra del rey, Diego Peláez cayó en desgracia ante Alfonso VI y fue acusado de traición, detenido y depuesto en sus funciones en el Concilio de Husillos, año de 1088, y nombrado en su lugar al abad Don Pedro de Cardeña hasta 1090, pero éste no fue reconocido por el papa y fue depuesto del cargo. Aunque Peláez ya no recuperó la Sede compostelana, pronto recobró la libertad, y el papa Urbano II  desautorizó la conducta de su Legado en Husillos y la del propio Monarca, devolviendo a Diego Peláez la dignidad episcopal, aunque por razones de prudencia no le repuso en la sede de Compostela, que fue declarada vacante, si bien no fue reconocida formalmente como tal hasta 1094, en que se autorizó el nombramiento de un nuevo prelado.

Miniatura que representa al rey Alfonso VI de León (1047-1109). Forma parte del Tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela.          Alfonso VI otorgó a Galicia parte de la autonomía que tuvo, nombrando conde a Raimundo de Borgoña que fue quien designó en 1093 la administración compostelana a su secretario y canciller, el jovencísimo canónigo compostelano Diego Gelmírez, que gestionó durante un año con notable competencia y que en el futuro desempeñaría un protagonismo decisivo en el devenir del creciente nucleo jacobeo.

          Autorizada en 1094 por el Papa Urbano II la elección de Obispo de Iria, Cabildo y clero eligieron para ocupar la sede al monje cluniacense Don Dalmacio. Aunque borgoñón, estaba entonces en España visitando por encarjo del abad Hugo de Cluny, los monasterior sujetos a la reforma de su orden. Su reiterado paso por Compostela por esta misión, imparcial y significativa, determinó que los canónigos y el clero compostelanos pensaron en él para suceder a Peláez.

Urbano II presiede el Concilio di Clermont, miniatura del siglo XIV          Como se ha dicho ya su pontificado fue brevísimo, aunque uno de lo más fecundos. En el Concilio de Clermont de 1095, en el que se convocó la primera cruzada para conquistar la Tierra Santa, Dalmacio pidió al Papa para la Iglesia del Apóstol Santiago la exención de la autoridad del metropolitano. En rigor ésta no era más que una sede secundaria de la Iglesia de Iria y, por tanto, sufragánea de Braga. Entonces la metrópoli bracarense estaba interrumpida desde la invasión musulmana (año 712), pero cada día estaba más cerca su restauración; de producirse, como ocurriría solo dos años después, la Sede Apostólica quedaría reducida a una mera sufragánea y la creciente importancia de la misma no se correspondía con su categoría jurídica. El tema venía de lejos, pues ya en el 858 el obispo D. Adulfo II, argumentando los daños a la lglesia de Iria por los Normandos y la relevancia de dotal al Locus Sancti Iacobi un lugar seguro, solicitó y obtuvo del Papa Nicolás I el traslado de la Cátedra Pontifical de Iria en Compostela, con la condición de que Iria siguiera siendo la sede oficial. Dalmacio pretendía un paso más en modo que Compostela ocupase la primacía.

Recreación de la antigua basílica de Santiago de Compostela en la ciudad medieval. Exposición sobre los orígenes de la ciudad y del Camino de Santiago (2011) 2          Accedió el papa a la solicitud de Dalmacio expidiendo la Bula Veterum Synodalium el día 5 de diciembre de 1095, en la que decretaba la extinción de la sede de Iria, pasando todas sus parroquias, iglesias y propiedades a la que en adelante sería Iglesia Compostelana, que surgía así como heredera total de la de Iria. Desde entonces la nueva sede no dependerá ya de otro metropolitano que del Romano Pontífice, que será el encargado de confirmar la elección y consagrar a sus obispos. La excepcional importancia de este logro reside en la enorme dificultad que hubo siempre en conseguir la traslación de una Sede episcopal, singularmente en este caso, pues Iria gozaba del prestigio de ser sede de fundación apostólica, y en todo caso tenía una probada antigüedad, desde el siglo V por lo menos, y la disciplina de la Iglesia prohibía el establecimiento de las Sedes episcopales en lugares poco populosos, y Compostela surgía de la espesura de un bosque abrupto y solitario.

          Pidió también Don Dalmacio el uso del Palio, e insignia propia del Papa y de los Metropolitanos, pero Urbano II no se lo concedió y sería después Diego Gelmírez quien lograría de Roma el otorgamiento de estos privilegios.

          Tan solo ocho días después de esta decisiva condición liberadora, el 13 de diciembre de 1095, probablemente en Cluny, Don Dalmacio entregó su alma a Dios, dejando de nuevo a Compostela en otra larga Sede Vacante, hasta el nombramiento de Don Diego Gelmírez en 1100. Dalmacio será pues el último obispo de Iria y el primero de Compostela, en una relevante transición desde la sede iriense a la compostelana.

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