6- El Mineral y La Piedra

jpg peregrinos 8 y 9 feb 2003

          Días 8 y 9 de Febrero del 2003. Un grupo de peregrinos convocados por la AGACS hemos sido trasladados desde Muxía hasta el pedregal de Cuño para limpiar en lo posible su infinidad de rocas heridas y enlutadas por el depósito sobre ellas de chapapote en forma de negros y gruesos posos de engrudo que descaradamente se encaramaba sobre los lomos de las piedras que nos reclamaban auxilio. El primer contacto fue desolador… alguien sugería la dispersión por todo el área contaminada…. vosotros por allí… otros más allá… Aquella primera impresión con el problema fue un cruel bofetón a nuestro ánimo. Pero… que hacemos… esto es imposible… nunca lo lograremos…

1475852_10202554609374416_359178128_n          Pero ya no hay marcha atrás, allí estábamos equipados hasta los ojos, sellados y aislados del entorno, todavía blancas nuestras figuras, limpias nuestras manos enguantadas y vacíos nuestros capachos. Y vienen a nuestras mentes los primeros consejos: nada de rascar por arriba… hay que remover y levantar las piedras… el chapapote se esconde debajo… buscarlo un poco y lo encontraréis. Y entonces pronto descubres que la jornada va a ser muy dura, porque es mucho lo que hay que hacer y muy peliagudo de realizar.

Imagen3          Al principio afronto la faena de pie o en cuclillas, pero esta postura es agotadora y tras mantenerla un buen rato siento mareos al incorporarme para aliviar la fatiga, así que pronto acabo sentado, recostado, y finalmente despanzurrado sobre las piedras. Así tan cerca de ellas empiezas a oír que cada una está pidiendo ayuda, que reclaman atención, unas padecen en silencio lastimero, otras lloriquean su desgracia y algunas claman auxilio con desesperación, y te vuelcas con desenfreno en busca de su liberación. Aquellas inocentes piedras eran libres y ahora están injustamente enterradas y encarceladas en una selva de repugnante chapapote que las ensucia y entierra. Se sienten ganas de llorar, de hecho se llora y se disimula el llanto.

1482812_10202554607174361_817503725_n          No hay tregua, y los capachos aunque despacio pero sin pausa van dejando constancia de que no estamos de paseo. Las manos empiezan a sentirse agarrotadas de sujetar con fuerza el mango de la espátula. La fatiga empieza a expresarse en una respiración más movida que se agolpa y se hace densa sobre la mascarilla de fieltro. La musculatura lumbar empieza a quejarse con pinchazos y contracturas de mantener tanto tiempo una postura inusual.

 1475943_10202554607854378_430501579_n         Suspendo mi actividad. Siento que no puedo más. Suelto la espátula y aún sentado, me incorporo. Diviso a Mario que se acerca animando al personal y proporcionando repuestos sólidos y líquidos. Le reclamo su asistencia. ¡Mario ofréceme algo que desfallezco!. Tranquilo Alberto, descansa un rato y bebe un trago de agua. Mario me dosifica el agua para no atragantarme, con cuidado, con afecto, y suspende el suministro cuando presiente que voy a tragar. Ahora prueba esto, y suelta en mi boca una piezas de frutos secos que me devuelven la vida. Después otro trago de agua y sobretodo una buena dosis de amistad. Gracias Mario, me has devuelto la vida. Ánimo Alberto y si me necesitas me llamas. Y se aleja prestando su atención a otros necesitados.

1463146_10202554605054308_110853500_n          Y me entrego otra vez a la faena de cuidar a las piedras, de arrancarle su pringosa cubierta, de cambiarlas de lugar de una en una después de prepararlas un lecho algo más limpio que el que tenían. Y empiezo a notar que algunas piedras descansan tranquilas y alguna inclusa me agradece el esfuerzo. Arranco del suelo con mis manos una masa de chapapote con una dureza en su interior, y al golpear con mi espátula se abre en dos y surge, liberada y limpia, un canto rodado liso y brillante. El chapapote lo tenía prisionero pero sin mancharlo siquiera. Incluso al caer en mi mano no se manchaba con el abundante chapapote que impregnaban mis guantes verdes. Le pedí a Moncho que ya se había liberado del mono blanco que me lo guardara. Y continué limpiando mi territorio, cuando un golpe ciego con mi espátula dado más a causa de la fatiga que de la voluntad, sentí que un fragmento de roca saltaba por los aires y se quedaba pegado al dedo gordo de mi mano izquierda. Con sorpresa compruebo que se trata de un brillante y reluciente cristal de mica, como si fuera una lentejuela, un espejito reluciente pegado a mi pulgar enlutado. Le pido a un voluntario manos limpias que me lo recoja y me lo guarde en mi bolsillo interior del traje de aguas.

          Con las emociones y las prisas con que todo se sucedió, perdí la pista a la piedra y al cristal de mica. Ya en Madrid, y al limpiar los manchados pantalones de mi heroico chándal, aparecen en sus bolsillos, el pulido canto rodado y la brillante laminilla de mica. Son sonrisas minerales que me he traído sin saberlo en agradecimiento a mi esfuerzo sobre el pedregal de Cuño. Son parte del mismo pedregal que han querido venirse conmigo en compensación de lo que allí he dejado, como mis compañeros de jornadas de limpieza.

          Son sonrisas minerales que celebran el encuentro reparador entre la mano y la piedra, en un encuentro sorprendente en que ambas, mano y piedra, descubrieron que comparten un mismo planeta y que ambas se necesitan mutuamente.

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