3- La peregrinación de Cesáreo de Montserrat

cartotecadigital.icc.cat          Cesáreo, fundador y primer abad del monasterio de santa Cecilia de Montserrat, primer monasterio documentado en esta montaña, es un interesante personaje histórico, poco y mal conocido y al que se llega a presentar como ejemplo de ambición de poder al adjudicarle la pretensión unilateral del arzobispado de Tarragona. Todo apunta a que esta adjudicación es la generalización acrítica ante la ausencia de fuentes, pero no parece muy justa la observación sintética, y lo más plausible es que Cesáreo fuera designado por una iniciativa de nobles y obispos catalanes de la Marca Hispánica que, en el primer intento de unificación eclesiástica de los condados catalanes, desde el reconocimiento de un prestigio y una autoridad superior de los condes de Barcelona, se gestó el intento de unidad mediante la restauración de la metrópoli tarraconense; las funciones episcopales sobre la ciudad y sobre la diócesis, y las metropolitanas sobre toda la región estaban asumidas entonces por la Iglesia Metropolitana de Narbona, del Languedoc francés. En este intento se eligió al abad Cesáreo de Montserrat, encomendándole que acudiera a Santiago de Compostela en busca de apoyos que legitimaran esta empresa.

          Y no es infrecuente, con poco fundamento, oír que Cesáreo de Montserrat no creía que Santiago hubiera predicado en los lugares occidentales de Hispania o la llamada Provincia del Apóstol Santiago. A cerca de lo que Cesáreo aceptaba o negaba no hay constancia documentada, pero cabe aceptar más bien que él asumía los dos aspectos de la Tradición Jacobea, la predicación y la sepultura en Hispania occidental. De otro modo no hubiera logrado el apoyo que buscaba, pues sería como ir en busca de autoridad donde no se reconoce. Lo que ocurría es que, en modo similar a Mérida,San Pablo desde la invasión musulmana, Tarragona se había quedado sin arzobispo y había perdido la condición de sede metropolitana que era lo que se quería recuperar. Lo que Cesáreo argumentaba para recuperar lo perdido era que, al modo de la sede de Iria-Compostela, Tarragona era sede eclesiástica nacida del Apostolado de San Pablo en la Provincia Oriental Hispana, lo que implicaba aceptar, ante las autoridades pertinentes, que reconocía la evangelización del Apóstol Santiago en la Provincia Occidental Hispana, y lo que fundaba el nombramiento es que la ordenación se había realizado ante el cuerpo de Santiago Apóstol.

          Será después, como veremos, cuando surja una competencia hispana oriente – occidente abanderadas respectivamente por San Pablo y Santiago, la que genera una discrepancia de intereses, y solo entonces, ya fuera de la encomienda de Cesáreo, es cuando se da la polémica sobre que evangelización era auténtica y legítima, llegándose a posturas exclusivistas. Pero la verdadera discrepancia no fue religiosa sino política-territorial, y a partir de aquí el papel de Cesáreo de lograr el apoyo compostelano será interpretado como pretensión individual, e incluso se entiende como causa de que que el culto jacobeo y sobretodo las peregrinaciones del ámbito catalán a Santiago de Compostela se consideren más tardías que las procedentes de diversos ámbitos hispanos y europeos.

  notodo.com        El caso es que, en su momento, Cesáreo asumió la misión que se le encomendaba y fruto de su hábil gestión, y acaso también deseoso de revestir su nombramiento de la autoridad debida, sobre el año 954 se reunió un concilio con los obispos Hermenegildo de Lugo, San Viliulfo de Tui, San Rosendo de Dumio, Gonzalo de León, Oduario de Astorga, Domingo de Zamora, Teodomundo de Salamanca, Fredulfo de Orense, Ornato de Lamego, Diego de Oporto y varios abades. Expuesta por el tarraconense su instancia, fue aprobada con fundadas y elocuentes razones por el metropolitano de Lugo, el obispo de Tuy y el abad Adamancio quienes, en defensa de la pretensión de Cesáreo se expresaron así: “Sabemos que está establecido por los Santos Padres que en cada provincia haya un Metropolitano, y puesto que Tarragona en un principio fue ciudad metropolitana en que se celebraron concilios hasta la destrucción de nuestro reino por los ismaelitas, restablezcamos los antiguos y consagremos al puntoa éste por Prelado”. A estos criterios se sometió la totalidad del Concilio, aprobándose la confirmación de la solicitud y procediéndose a la consagración solemne de Cesáreo como Metropolitano de Tarragona. Ésta tuvo lugar en la catedral de Compostela bajo la presidencia del prelado Compostelano Sisnando II, expidiéndole la correspondiente acta, posteriormente confirmada por el rey de León Sancho I e informando de ello al papa Juan XII.

          Lo que el clero y la nobleza catalana querían era restaurar esa dignidad perdida y que era muy legítimo recuperar. Pero hete aquí que cuando Cesáreo se presentó en Tarragona con su ordenación, el Conde de Barcelona entendió que esto suponía un reconocimiento del predominio del Reino de León y y sometimiento a su soberano, y no reconoce por esa razón la ordenación de Cesareo, mirando entonces hacia Roma como sede apostólica del Occidente Hispano, lo que derivó en que los obispos catalanes rechazaron la resolución y no le aceptaron como su superior metropolitano, aceptando como tal al prelado de Narbona que ya venía ejerciendo el cargo. Para justificar su postura y de paso desacreditar a Compostela, alegaron que Santiago no fue el apóstol de las Españas, ni predicó la fe, puesto que su cuerpo fue traído solo después de muerto, de modo que la Iglesia compostelana no era la obra directa de un Apóstol. No era una cuestión de conflicto de soberanía, sino de rivalidad con el vecino. Se pretendía ganar mayor fuerza y supremacía en la Iglesia hispana desde el prestigio de ser fundada en vida por San Pablo. Cuando menos este testimonio de los prelados catalanes de la Marca Hispánica acredita la creencia generalizada en que la tumba de Compostela era del Apóstol Santiago y así se recoge en la Historia General del Languedoc.

Monasterio de Santa Cecilia de Montserrat. Història Medieval de Catalunya          Aunque luego Cesáreo, una vez muertos tanto el obispo Sisnando de Iria-Compostela como el papa Juan XII, logró validar teóricamente la designación tras su apelación al papa Juan XIII, quien resolvió la restauración de la Metrópoli, pero entonces Cesáreo fue nuevamente ninguneado por la nobleza y el clero catalán cuando a instancias del Conde de Barcelona, Borrel, usó su poderosa influencia ante el Santo Padre que resolvió restaurar la Metrópoli tarraconense pero defirió su ocupación final a la recomendación ricamente apoyada del Conde, nombrando entonces metropolitano al arzobispo Adón que lo era de Vich. Su bien ganada ordenación como arzobispo metropolitano tarraconense solo alcanzó valor de puertas adentro de su monasterio, y Cesáreo murió con el título más bien honorífico de arzobispo de Tarragona.

          Cesáreo, designado primero y depuesto después, y  a quien a menudo se culpa de ambicionar lo que nunca llegó a ejercer, realmente fue víctima de la ambición de otros. En primer lugar del prelado de Narbona, porque la restauración de Tarragona como sede Metropolitana, suponía desmembrar de su diócesis las muchas y muy ricas iglesias, fundaciones y privilegios, por lo que se hizo fuerte ante sus prelados sufraganeos catalanes para impugnar la designación, que se sumaron a la impugnación en buena medida porque conociendo la mas que probable legitimidad del nombramiento, la coyuntura les permitía alimentar sus claras aspiraciones de ocupar el elevado sitio al que habian propuesto ocupar al abad del humilde monasterio de Santa Cecilia de Montserrat.

          Cesáreo puede, al menos, ser considerado como el primer peregrino conocido del ámbito catalán a Santiago, y así se recoge en algunas fuentes. Aunque incluso este honor se le cuestiona argumetando que sus motivos no fueron devotos sino interesados. A título personal creo que al bueno de Cesáreo le va bien aquello de “burro y apaleado”. Más allá de estas diferencias de criterio que siempre me parecieron injustificadas, creo de justicia reconocer a Cesáreo de Montserrat como primer peregrinó catalán a Santiago de Compostela, poco tiempo después del renombrado Godescalco de le Puy. Solo por esa razón merece una mención en la relación de peregrinos ilustres.

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