5- Lavacolla, mito o costumbre

Arroyo de lavacolla          Dice Aymeric Picaud en su guía del peregrino del siglo XII (libro V del Códice Calixtino): “fluius quidam distat ab urbe sancti Iacobi duobus miliariis, in nemoroso loco, qui lavamentula dicitur, id circo in eo gens gállica peregrina ad sanctum Iacobum tendens nos solum mentulas suas, uerum etiam totius corporis sui sordes apostoli amore lauari solet, uestimentis suis expoliata“.

          Es decir:

lavacolla          …un río que está a unas dos millas de Santiago, en un paraje frondoso, que llaman Labacolla, porque en él suele la gente francesa que peregrina a Santiago lavarse, no solamente sus partes, sino también, por amor al Apóstol, la suciedad de todo su cuerpo, despojándose de sus vestidos.

          Aymeric, que en este capítulo del Códice se dedica a hablarnos de la calidad del agua de los los ríos del Camino de Santiago, interpreta el nombre de Lavamentula como lavado de partes pudendas, lo que más allá de que pueda tratarse de un error etimológico, lo que nos relata el autor por conocimiento personal, es que allí se lavaban los peregrinos de su propia nacionalidad, hecho sin duda extensible a todos los peregrinos más allá de cual fuera su lugar de origen. Cualquiera que fuese el origen etimológico del topónimo lavamentula, éste era el lugar en el que tradicionalmente los peregrinos hacían sus abluciones o lavatorios para purificarse, y no solamente de su cuerpo, también de sus vestidos como preparación para limpiar luego su espíritu. El vado en este caso tiene aquí un significado de purificación ante la inminencia de la llegada al lugar santo.

Fuente de Almenar          Este hábito, que nada tiene de mito, como algunos autores quieren ver, sino de hecho normal y hasta necesario, perdura a finales del S.XVII, pues el peregrino Doménico Laffi, en su Viaggio da Napoli à San Giacomo di Galizia, también habla de ello, aunque lógicamente no se refiere al mismo lugar, ya que él llega a Santiago no por el camino de los franceses, sino de los portugueses: “más allá de al Menar (Amenal) llego a una fuente en compañía de otros peregrinos, donde refrescamos bien, mudando los vestidos, porque sabíamos estar cercanos a Santiago”.

          Es pues un hecho innegable y documentado este hábito extendido entre los peregrinos de lavarse, tanto el cuerpo como los vestidos, antes de su entrada en Santiago. En el Camino Francés esto ocurría en lugar llamado Lavacolla, más allá de cual pueda ser el significado etimológico del topónimo que, como suele ocurrir en los nombres propios de localidades, suele llevar a confusión y a interpretaciones múltiples, todas por la vía de la erudición filológica.

          Compostela se sabe ya próxima, menos de una jornada de la meta tanto tiempo ansiada, apenas un par de leguas, la emoción y el nerviosismo se imponen, el Apóstol espera al otro lado del otero, y es el momento de asearse para el encuentro. Unos, remangándose la saya peregrina se introducen en el arroyo para adecentar sus partes más íntimas; otros se desnudan y se bañan de cuerpo entero; otros lavan sus ropas ajadas y sucias tras tan largo viaje, y otros aprovechan para beber aquellas aguas dulces y limpias, siguiendo la descripción de Aymeric. Así es como nos cuentan las crónicas, que los peregrinos usaban estas aguas para lavanderapurificar sus cuerpos antes de salir hacia el cercano monte del gozo, para entrar limpios en Compostela, como paso previo para purificar allí su alma mediante los sacramentos. Que hoy día sigue usándose para lavar es incuestionable para las lavanderas que siguen acudiendo allí para hacer su colada.

          Haciendo caso omiso de los relatos de los propios peregrinos, algunos autores quieren redescubrir una verdad nueva desde la interpretación de las palabras y llegan a proponer que todo fue invención de Aymeric Picaud, que la tradición no existía, que la inventó él, y que acaso podría guardar algún contenido de purificación simbólica. Rizando el rizo de la desmitificación aparecen teorías que basándose en el origen filológico románico de los vocablos y tras sesudas disertaciones, apuesta por el término navea collea (río de cantos rodados) siendo su etimología naturalmente anterior a la peregrinaciones a Santiago, con lo que queda desterrada la tradición de las abluciones peregrinas por sabias deducciones filológicas y etimológicas.

Lugar del Camino, donde confluyen los dos pequeños ríos en Lavacolla          No hay mayor miopía intelectual que la deformación profesional de querer explicar algo desde el dominio de la súper-especialización lingüística, omitiendo las descripciones odepóricas de los peregrinos como evidencia innegable. Lo único que cabe aceptar del meticuloso estudio del origen semántico de “Labacolla” o “Lavacolla”, que de ambas formas se usa, es que no hay una relación entre el significado real del topónimo y el que se le atribuye por una cierta analogía semántica y conceptual, pero lo que no puede deducirse es que fuera inexistente el hábito, luego mitificado localmente, de asearse, también las pudendas partes del cuerpo, porqué no, con el significado de entrar en Santiago limpio de cuerpo y de espíritu.

          Es habitual que a los topónimos se les busque un origen, mucho más cuando se los vincula con un significado emblemático. Con el topónimo “Compostela” ocurrió otro tanto, y fueron distintos los significados supuestamente originarios del término, que se sugirieron a criterio de distintos eruditos, desde el mítico “campo de estrellas”, hasta “campo de sepulturas”, o “pequeña urbe bien situada o bien compuesta”, pasando por el nombre de mujer del lugar que figura como firmante en unos documentos medievales, y acabando por el más vulgar de “escombrera de minerales”. Lo único que puede decirse es que la querencia, a través del tiempo, puede vincular los topónimos con significados míticos que sintonizan bien con el valor emblemático del lugar, con la excitante perspectiva de encontrar en ello alguna explicación original y aclaratoria en la creencia de que hayan sido adjudicados para designar alguna función explicativa. Es una ilusión vana muchas veces, pues los topónimos no suelen ser más que nombres tradicionales cuyo significado original a menudo se desconoce y no tiene relación con ningún pretendido mensaje, o si lo tuvo se perdió en el tiempo, y se manejan con la única intención de denominar el lugar. La mayoría de las veces en los topónimos la importancia etimológica carece de verdadero valor que no sea mero interés lingüístico. Las teorías toponímicas encierran una carga emocional que busca un significado histórico revelador, pero nada hay que pueda verificarse con solidez y en cambio podrían ser topónimos vulgares y olvidada la antigua razón de su empleo, termina por no significar nada, como ocurre con casi todos los nombres de lugar, o asignarse un origen por analogía o deformación.

          Es el caso de Achaia Marmarica, y es lo que pasa también con Lavacolla, que se le asigna por analogía un significado que encaja bien con el mensaje que se le adjudica, aunque no sea su verdadero origen semántico. La labor de asearse antes de entrar en Santiago se haría a buen seguro en lugares próximos a la ciudad, y fue este lugar el que se vinculó con tal hecho, no generalizable, por otra parte, pero sí de significado emblemático; unos se lavarían y otros no, de los mitos que se vuelven tradición o de la tradición que se convierte en mito, importa más su contenido que la cuantía de su realidad, y el mito en si mismo sería ya causa para que muchos lo hicieran realidad por su sola influencia, sea cual fuere el origen etimológico de Labacolla.

          La explicación filológica es una teoría con su interés lingüístico, propia de un congreso jacobeo. Algo curioso y erudito, pero nada más. De otro modo debería llamarse “labacolla” a cualquier corriente de cantos rodados en Galicia. Pero una cosa es un nombre común, y otra un nombre propio o topónimo de lugar, en donde la etimología y la filología tienen ya muy poco que aportar que no sea meramente especulativo.

Peregrino lavándose en Lavacolla          Son los mitos y los pensamientos los que generan las palabras y no al revés, y desde la explicación de las palabras no se pueden destruir los mitos y concluir que su contenido nunca existió. La demostración es sencilla, no hay más que allegarse al regato fruto del análisis filológico, y tras lavarse en él la parte del cuerpo que se desee, comprobar que, sea cual sea el origen etimológico del nombre del arroyo, cumple perfectamente la función que la tradición le asigna y que sin duda fue aprovechada por numerosos peregrinos de ayer y de hoy, tal como ellos mismos relatan.

lavado en lavacolla          ¿Ficción o realidad?. La acuarela “peregrino lavándose en lavacolla” ilustra bien que puede tratarse de algo imaginado. La fotografía “Lavándome en Lavacolla, original que sirvió para dibujar la acuarela demuestra inequívocamente que lo que parecía ficción es fiel reflejo de la realidad. Su autor, C.L. comenta: Como manda la tradición (Los peregrinos se lavaban antes de llegar a Compostela en el río de Lavacolla…) así lo hice yo.

          Aunque esta tradicional costumbre haya menguado por el desarrollo de las condiciones higiénicas de hoy día, el río y las fuentes permanecen en el mismo sitio, y todo el que esté dispuesto a revivirla pueda hacerlo. No pocos lo siguen haciendo.

 

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