2- Diego Gelmírez y el Pío Latrocinio

g27p31f1          Los hechos que serán aquí analizados se conocen con la denominación de “Pío Latrocinio”, término con el que fue nominado por el cronista de la Historia Compostelana en lo relativo a este pasaje, Hugo, arcediano y canónigo de Compostela. Con estas dos palabras, cualquier historiador o entendido, sabe que se habla de la sustracción de las reliquias de San Fructuoso, San Cucufate, San Silvestre y Santa Susana, y su traslado furtivo desde su origen en Braga hasta Compostela, por iniciativa personal del obispo compostelano Gelmírez, acompañado de su comitiva.

          Es común encontrar opiniones muy interpretativas de los hechos. Así puede leerse que el prelado compostelano temía que la sede bracarense se convirtiera en foco de peregrinación que emulara con el compostelano; tal temor es irreal por cuanto las peregrinaciones no compiten entre sí, sino que se complementan y retroalimentan mutuamente, pero sobretodo este supuesto temor es imposible, pues Braga llevaba siglos sin sede eclesiástica operativa por la invasión sarracena, mientras que Compostela, como sede de uno de los apóstoles elegidos del Señor, era ya mirada con suspicacia por Roma por ser centro de peregrinación reconocido en toda Europa y meta del que ya empezaba a llamarse Camino de los franceses e incluso existen ya las peregrinaciones portuguesas a Santiago, siendo entonces Galicia y Portugal tierras que comparten intereses administrativos y culturales. Braga no podía competir con una Compostela que en cambio si era vista desde Roma como una competidora de la propia sede de Pedro.

          Otras veces se califica el acontecimiento con juicios y calificaciones negativas o peyorativas desde un juicio moral de perspectiva actual, como si se tratara de un suceso históricamente próximo o contemporáneo, influyendo en la opinión del profano impropiamente, omitiendo causas, obviando hechos y circunstancias, y eliminando una observación imparcial y desprejuiciada.

          Si se quiere ser objetivo e imparcial a la hora de analizar o enjuiciar unos hechos históricos no ya de otros tiempos, sino de otra Edad, con una distancia de más de ocho siglos en este caso, es tan necesario como prolijo bucear en los antecedentes históricos, las circunstancias, las interrelaciones… Solo haciéndolo así se comprueba que Cospostela anidaba la necesidad legítima de corregir una situación contradictoria que exigía el asentamiento de un nuevo estatus eclesiástico-administrativo.

Teodomiro Inventio          Desde el descubrimiento de la Tumba apostólica por Teodomiro hacia el año 829, se produce una sede bicéfala con una cabeza oficial que es Iria y una cara espiritual que es el Locus Sancti Jacobi que pronto será Compostela. Desde la aparición del primer conjunto eclesial del Locus Santo del año 834 del obispo Teodomiro, que será enterrado allí a suIMG muerte, está aquí la sede residencial principal del obispo, e Iria cobra una importancia subsidiaria. Pero la sede administrativamente seguía con el título de sede episcopal de Iria, hasta el punto de que un primer intento de corrección es el nominal que da origen al de “Obispo de Iria y de la Sede Apostólica”.

          El desarrollo de los acontecimientos, aunque con dificultad, conducirá a una Compostela arzobispal y metropolitana, pero como resultado de un larguísimo proceso que empieza ya con el obispo Teodomiro (819-847) que centra la importancia en el Locus Sancti Iacobi, que siguen Adulfo I (847-855) y Adulfo II (855-876) que adoptan el grado de Epíscopus in Loco Sancto, que continúa con Sisnando I (877-920) que adopta el título de Obispo de Iria y de la Sede Apostólica, que se mantiene así durante los decenios siguientes hasta costarle la excomunión al Obispo Cresconio (1037-1066) que se ve obligado a negociar con Roma hasta que el Obispo Dalmacio (1094-1095) consigue los primeros logros de reconocimiento romano que finalmente asentará Gelmirez (1100-1140).

          El título de “Obispo de Iria y de la Sede Apostólica”, no gustó nada a Roma que se opone a la denominación, hasta el punto de que el Papa León IX excomulga al obispo Cresconio en el concilio de Reims de 1049, por el uso de este título de “Episcopus Iriensis et Apostólice Sedis”, que suscita en Roma suspicacias y miedo a un posible cisma. Cresconio se vio obligado a rectificar y reducir el título al de Episcopus Iriensis y entablar negociaciones con la Santa Sede para aclarar que la situación se debía a la dualidad de la sede Iria-Compostela y no a un querer medrar por un grado jerárquico o un prestigio eclesiástico.

          Otra extraordinaria contradicción es que la sede de Iria, antes de descubrirse el sepulcro compostelano, era sufragánea de Braga, es decir que Iria era subordinada o dependiente de Braga, y que esto seguía siendo teóricamente así incluso durante los tres siglos que Braga careció de actividad eclesiástica propia y sus herederos debieron trasladarse a Lugo como consecuencia de la dominación musulmana hasta su restauración como sede arzobispal y metrópoli en 1070. La contradicción era mucho más fuerte por cuanto en los tiempos de máximo dominio territorial musulmán, todas las Metrópolis hispanas, Braga, Toledo, Tarragona, Mérida e Híspalis, están inactivas y desaparecidas administrativamente, lo que contrasta con la creciente fama y veneración hacia la sede de Iria-Compostela, de modo que en la práctica todas las iglesias de Hispania encuentran en Iria y la Sede Apostólica (que así se le llamaba por las razones de dualidad apuntadas) la referencia física y espiritual como si se tratara de una auténtica Metrópoli y sede primada.

          Pronto esta situación generará rivalidad y despertará envidias ante los logros y privilegios que la sede compostelana irá adquiriendo.

          Aún hay más, y es que Iria-Compostela se convierte en la sede que más recupera y rehabilita la diócesis de Braga, y da acogida y recursos de subsistencia a distintos obispos sufragáneos de Braga que buscan refugio en Iria, pero resulta que Braga es la que figura oficialmente como Metrópoli e Iria-Compostela como sufragánea suya, lo que supone una contradicción de intereses administrativos y eclesiásticos de difícil resolución, pues por un lado Iria era sufragánea teórica de Braga, y Compostela tenía derechos adquiridos sobre algunas de las iglesias de Braga. Dalmacio, obispo de Santiago entre 1094 y 1095, encuentra una solución a la desproporcionada situación logrando que la capitalidad de la sede pase a Compostela en vez de Iria, y conceder una liberación de la condición de sufragánea o dependiente de toda metrópoli salvo la propia Roma. Se trata de reordenar la importancia de la sede Iria-Santiago, que pasa a ser Santiago-Iria, y liberarse de la vinculación de sufragánea de una Metrópoli que primero no está operativa y que luego es claramente inferior a Compostela. Era complicada una solución administrativa, y se opta por liberar a Santiago de toda dependencia salvo la de Roma, naturalmente. Es decir, Dalmacio convierte en situación de derecho lo que hasta entonces era una situación de hecho durante varios siglos.

          Pero se trata de una solución a medias o transitoria mientras Santiago no adquiera la condición de Arzobispado y Metrópoli. Y estas son los objetivos a los que se emplea Gelmírez, que tardó veinte años en conseguir, desde 1100 hasta 1120, y en una situación extraordinariamente compleja y adversa desde puntos de vista geográfico y sociopolítico que solo un hombre de su genialidad supo afrontar jugándose el tipo más de una vez, ante las conveniencias de los monarcas, de los nobles, de los burgueses, de los vikingos y de los sarracenos. Si se me permite la expresión, el asunto “mandaba huevos” y Gelmírez se los puso.

          El Pio Latrocinio tiene su lado gris, desde luego, sobretodo desde una visión moral actual, pero hay que considerar que hablamos de una Edad Media en la que todavía impera el feudalismo, y que Santiago es precisamente un Señorío que es gobernado por el Obispo, que debe actuar no solo como patriarca en la fe, sino como gobernante e incluso como líder militar. No es una cuestión de soberbia, sino de necesidad en aquellos tiempos. Estas circunstancias no las genera Gelmírez, las genera su época, y el tiene que administrarlas como mejor sabe. La historia de Gelmírez no es la de un déspota ladrón de reliquias, sino un hábil gobernante que tuvo que atender multitud de frentes que no le facilitaban la gestión, sino que se la complicaban extraordinariamente. Desde esta posición de cabeza de un señorío y el poder y el derecho que este poder le otorga, Gelmírez decide llevarse a Compostela los restos de los santos ya mencionados para rendirles mayor culto y aumentar la dignidad de Compostela como sede episcopal, y sin duda también para desacreditar a Braga, alguna de cuyas parroquias y monasterios pertenecían al Señorío de Santiago como consecuencia de actuaciones y gestiones acreditadas y reconocidas.

Montelios          Dos siglo antes a Gelmírez, en consonancia con el empuje reconquistador de Alfonso III y con la repoblación de los gallegos sobre tierras y ciudades vacías, el Obispo compostelano Sisnando I, a caballo entre los siglos IX y X, secunda esta actuación restaurando iglesias y monasterios abandonados. Se encuentra abandonado y en ruinas el monasterio de San Salvador de Montelios de Braga, donde reposaban los huesos de San Fructuoso, siendo reconstruido y restaurado en él la vida religiosa. Otro tanto ocurre con la Parroquia de San Vitorio, parroquia de Braga poseedora de los restos de San Silvestre, San Cucufate y Santa Susana, pero entonces abandonada y sin culto. Ambas entidades pasan entonces a propiedad y jurisdicciónSin Victor Braga del obispo de Iria y de la Sede Apostólica. Pero en aquel entonces Iria era sufragánea de Braga, lo cual era solo puramente en teoría, pues Braga, largo tiempo sin obispos residentes, no ejercía su condición de metropolitana. La obtención de la propiedad de los centros citados no es una maniobra usurpadora, sino restauradora de centros de culto allí donde no existía jerarquía ni organización eclesiástica como consecuencia del dominio musulmán. Es una medida en consonancia con la protección y apoyo documentada en los archivos del Tumbo A de la Catedral por la que Iria ya en el siglo VIII, antes del descubrimiento de la Tumba apostólica, prestaba acogida y sustento a obispos afectado por la invasión musulmana, lo que se hacía ya en memoria del Apóstol Santiago.

          Ya mencionamos que el primer logro de un amplio proceso lo dio el obispo Dalmacio, anterior a Gelmírez, que logra en 1095 del papa Urbano II que Compostela adquiera la capitalidad de la sede episcopal en lugar de Iria, y quede liberada de la condición de sufragánea de Braga, quedando desde entonces solo dependiente de Roma.

          Recién restaurado el Arzopispado de Braga tras más de tres siglos de interrupción en la persona de Giraldo, Gelmírez logra del papa Pascual II la declaración escrita de la libertad de las parroquias de la sede Compostelana, y entre ellas algunas de las situadas en Braga, que pertenecían ya desde hacía más de dos siglos al señorío de la iglesia de Santiago por concesiones particulares. Portugal es desde 1095 condado independiente, aún no reinado (lo será a partir de 1139), y su delimitación territorial apenas acaba de situarse en el río Miño.

          Esta situación y la reciente restauración de la metrópoli bracarense, hacen despertar en Gelmírez el temor de perder lo que considera de su propiedad y que de hecho lo es desde la jurisdicción eclesiástica, por lo que tras justificar que los sepulcros no reciben la atención ni el culto que merecen, decide trasladar a Compostela los restos de los mártires enterrados en instituciones eclesiásticas bracarenses pero bajo la propiedad del Señorío de Santiago, si bien entonces la propiedad jurídica de la Iglesia de San Victor era compartida por Braga y Compostela, según menciona la propia Historia Compostelana.

          Gelmírez teme que el pueblo bracarense se alce en rebelión, ante lo cual planea con toda premeditación un subterfugio clandestino que sus colaboradores califican como “Pío Latrocinio”, dando a entender que se trataba de una maniobra oculta pero conveniente, al menos para los intereses compostelanos. Son los propios autores de la Historia Compostelana los que con todo lujo de detalles relatan los acontecimientos que apodan Pío Latrocinio. No es cuestión de adular ni dar coba, dos palabras no camuflan todo un preciso relato, lo que hay es convicción en que se obra conforme a derecho a pesar de la clandestinidad preventiva. Resulta llamativo que a pesar de sus temores, no tiene mayores problemas en el traslado a pesar que se detecta el expolio antes de lo conveniente, y más llamativo aún que el propio arzobispo bracarense Giraldo no protestara ni se produjera ninguna maniobra para reclamar las reliquias, que no volverán a Braga ya hasta el último cuarto del recientemente pasado siglo XX.

Iglesia de Santa Susana          Santa Susana se convertiría en co-patrona de Compostela y titular de una de sus más populosas parroquias fundada en su honor en el llamado Otero de Potros. San Fructuoso, San Cucufate y San Silvestre pasaron a recibir culto en lugares significados de la Catedral hasta que en el siglo XVI pasaron a la capilla de las reliquias de la catedral, hasta que a su vez y hace aún pocos años fueron devueltos a la sede bracarense.

          Lo que Gelmírez pretende es engrandecer Compostela en todos los órdenes para hacerla, desde su condición de Sede Apostólica, merecedora de la condición de Arzobispado y Metrópoli, lo cual se propone desde su nombramiento en el 1100, pero no consigue hasta 1120, después de 20 años de dificultades, conflictos sociales y políticos, ataques normandos y sarracenos, aislamiento territorial y complejas negociaciones hasta con cuatro papas: Urbano II, Pascual II, Gelasio II y Calixto II, y que luego tuvo que mantener ante otros dos: Honorio II e Inocencio II.

          El Pío Latrocinio, con su lado gris y cuestionable, no es el fruto de un acto cobarde y ruin, sino la parte de un plan complejo de múltiples piezas como una partida de ajedrez peligrosa y arriesgada en donde Gelmírez, como en otros episodios de su compleja gestión, se jugó todo, y pudo perderlo, incluso la vida, pero ganó. Su logro no fue su prestigio o su poder, sino Compostela, que le debe lo que hoy es, a su primer arzobispo: Diego Gelmírez.

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